Cuarenta años del London calling de The Clash

Existe un chiste no muy bueno, porque es de esos que intentan menos hacer reír que revelar aspectos ocultos de lo que algunos llaman condición humana. Es el típico tipo (perdón por la aliteración) que tiene que esconderse en el armario cuando el marido legítimo llega antes de tiempo a la casa donde se está cometiendo un sabroso adulterio –que ya son ganas, habiendo hoteles… El marido es vendedor de perfumes, y tiene todo el muestrario profesional metido precisamente en el armario donde se ha refugiado nuestro salteador de camas. Según el chiste, el marido aprovecha que su mujer está en el lugar adecuado y con la desnudez adecuada para acostarse también con ella, y, mientras, el pobre señor en pelotas se impregna de todos las fragancias deliciosas y pegajosas del mundo, esas que tapaban la completa falta de higiene de nuestros antepasados. El marido por fin se va -qué aprovechado también él: polvo mágico que lo echas y despareces-, y el amante irrumpe entonces en el dormitorio exclamando a voces: “¡¡¡mierda, quiero oler mierda!!!”.

Pues yo creo que es cierto, que los humanos somos así (no adúlteros, que también, sino fáciles de cansar), y que si perdimos el Paraíso terrenal fue porque nos hartamos de él, al igual que jamás alcanzaremos la utopía realizada, porque la satisfacción nos duraría cinco minutos en términos de computo histórico[1]. Creo que lo mismo sirve como analogía de la música de la década de los setenta. Todo era buenísimo, que duda cabe, pero se iba aburguesando, discotequizando, tornándose en la música de ascensor de los rascacielos del capitalismo. Y entonces llegó el punk, y lo puso todo patas arriba . Se ha señalado muchas veces: el punk fue el revulsivo, fue la transfusión de sangre joven que necesitaba el rock. El punk, al principio, era musicalmente muy inferior a la música contra la que acometía, pero tenía lo de lo que la otra carecía, eso que a falta de mejor nombre llamamos “actitud”. Sería mierda, como la del chiste, pero mierda necesaria, la mierda que había que oler para revivir. Sin embargo, enseguida, en el curso de dos años únicamente, el punk adquirió una calidad sobresaliente, y lo hizo en el álbum doble (que se cobraba, por cierto, como uno solo…) de The Clash, London Calling.

Hoy, 14 de diciembre, se cumplen cuarenta años desde la publicación de ese disco. Es decir, que yo estaba a un día de cumplir nueve años, aunque no lo conocí hasta una década después. Me lo grabó un amigo del instituto en un cassette cutre asegurando que era la polla encima del pan –yo tampoco entiendo esta expresión de mi amigo Ramón, que me flipa, pero suena también punk y la escribo. Lo era, en efecto: un montón de canciones buenas que te cagas. Canciones melódicas y a la vez marchosas, rockeras, saltables y sudables en una sala de ska, eso que entonces denominábamos “pogo salvaje”. El pogo salvaje consistía en chocarse con todo bicho viviente con el tronco, sin que intervengan los brazos, de manera que termines, como poco, completamente empapado de sudor ajeno. Una noche yo hasta me hice un esguince. Pero la música de Simonon y Strummer era demasiado elaborada, y demasiado social en sus letras, para ser desperdiciada en una comunión dionisiaca de guarreras punkis vulgares, por divertida y borracha que fuera la fiesta. Soportaba perfectamente su escucha gozosa en casa, a solas, haciendo cualquier otra cosa. Pronto conseguí las letras de cada tema, las de Joe Strummer, que tuve que copiar una a una de forma manuscrita. Eso era devoción. The Clash removía en ese disco toda la porquería y la injusticia de la era Thatcher, esa que en gran parte vuelve hoy[2]. Me cuenta mi amigo Stefano que él habló en una ocasión con Strummer, cuando Stefano era joven y generoso en su ánimo de erigir divinidades y el dios en cuestión seguía aún vivo –los dioses, a diferencia de Dios, nacen y mueren. Por lo visto, le dijo al gran Joe que él y otros colegas suyos le tenían por un héroe, a lo que el punki más elegante y concienciado de todos los tiempos contestó: “yo sólo soy un cretino…” Esa confesión es, sin duda, el principio de la sabiduría. Y, si creemos al Sócrates histórico, y no al que recreó Platón, seguramente el final de la sabiduría también. Pero lo bueno y fructífero de esa autoconciencia está en que, entre darse cuenta de que uno es bastante necio, y morir ratificándolo, hay cosas que hacer, como grabar un doble disco magnífico que exhibe la portada más emblemática de la historia del rock…


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[1]Va una reflexión punk, ya que estamos en eso, y que no pretende ser popular. Me parece que el sueño de la utopía política se regula por la misma lógica que la del maltrato de género. Precisamente porque el régimen que propone la sociedad perfecta te ama tanto, no permite que seas más que suyo exclusivamente, y te dará de hostias o acabará contigo por la pura sospecha de que pudieras estar flirteando con otras ideas u otras costumbres foráneas. De ahí que los comunistas, por ejemplo, que aún quedan (Corbyn, hoy mismo, ha dimitido por pasarse de rojo) defiendan invariablemente que los crímenes de los estados del socialismo real se debieron a una mala praxis de una bella teoría. La teoría como tal, el marxismo, sigue pura, impoluta, por realizar, del mismo modo que el amor del maltratador es tanto más verdadero e integral en tanto que no ha sido capaz de expresarse más que en forma de palizas. Te zurro porque te quiero, pero zurrarte no anula la grandeza de mi amor, que ahora, sí, a partir de ahora, cariño, se plasmará por fin en su forma correcta. Naturalmente, en la siguiente ocasión las palizas retornan como siempre, justamente porque la naturaleza de ese amor, o de esa teoría política, es totalmente absorbente, y no admite desviaciones, impurezas, replicas o enmiendas. Así, la demanda de nuevas oportunidades es ilimitada, y ningún resultado real servirá jamás de refutación del absoluto de partida.

[2] Something about England, de Mick Jones y del cuarto album, en 1980, empieza con los siguientes versos: They say the inmigrants steal the hubcaps / Of respected gentlemen / They say it would be winw and roses / If England were for Englishmen again.

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4 Comentarios

  • Era un juego de palabras pedanton (no tengo tildes). El rock tiene eso, que es fisiológico, cosa que no ocurría con la música clásica. Desde hace poco más de sesenta años los humanos comemos, dormimos, trabajamos, follamos y escuchamos música. Es todo del mismo orden corporal. Las demás artes no han logrado esa organicidad. Por eso el rock siempre consiste en la eterna lucha entre ser asimilado o no por el cuerpo social, al que pertenecen los mercaderes. El London calling estuvo como a medio camino entre la ruptura del equilibrio cultura/mercadería y su readaptación. Ahora es algo casi totalmente asimilado, como un remolino en el pelo que no se nos deja del todo peinar…

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