Las horas del verano al final del invierno

Una reunión familiar de esas que se hacen a fecha fija, un poco por obligación, porque es verano o porque es navidad. La madre sola y elegante de 75 años en la casa grande, con el jardín verde y los objetos preciosos. Los tres hijos, triunfadores relativos (el triunfo siempre es relativo), repartidos por el mundo: el economista en Paris, la decoradora en Nueva York, el empresario en China. Los nietos corriendo por allí, los perros, los regalos casi de compromiso. El pintor famoso que fue algo más que un tío del que guardar la memoria, el marido ya muerto que pertenecía a otro mundo.

La madre que lleva esperando mucho tiempo, organizándolo todo, haciendo inventario de los cuadros y los muebles, de los recuerdos, que quiere hablar de lo que ocurrirá con todo cuando ella no esté. El hijo mayor que no quiere, que se escabulle, que opina que queda mucho tiempo y todo seguirá igual solo para taparse los ojos, que se resiente de no sentirse suficientemente valorado por su madre. Esas sensaciones que sobrevuelan las familias como mariposas que duran toda la vida y quizá nunca existieron con esos colores. Las visiones que se crean en la infancia y permanecen porque nos construimos sobre ellas, la mirada percibida de los otros cercanos que quizá no es la verdadera, las pequeñas rencillas que se perpetúan en anécdotas que, sin embargo no dejan de recordarse toda la vida, los afectos que no llegan a expresarse para que sirvan para algo, la intimidad que no encuentra las palabras o los gestos y queda en un juego solitario que, finalmente, reposa en los cuadernos perdidos en los cajones o vaga suspendida en los objetos que todavía tienen la llave mágica de la memoria. Las despedidas sin que haya dado tiempo a casi nada, las cerezas que se olvidan los niños antes de marchar.

Lo que siempre ocurre por sorpresa y explota y acaba con un mundo que parecía eterno. De pronto la conciencia de la diferencia con los otros, de lo que supone librarse de la carga del pasado, de los vínculos que pueden perderse. Las casas que iban a pervivir y se venden muy rápido siempre improvisadamente. El mundo tan grande que parecía invulnerable y se diluye tan bruscamente cuando pasa el tiempo, como algunos viejos van perdiendo la memoria o ya no encuentran con quién hablar que reconozca sus ojos. Todo lo que dejamos de saber de los otros muy próximos, las conversaciones que se dejan suspendidas en el aire, todo lo que se desconoce y sin embargo, se supone tan firmemente. Las expectativas que es tan difícil cumplir, los objetos que nunca cabrán en otras casas ni volverán a tenerse entre las manos, las reuniones de tantos años que no volverán a suceder. Las casas con jardín que envejecen tanto cuando la muerte pasa por ellas. Lo que ya parecía perdido y de pronto retorna con las risas nuevas de los adolescentes.

«Las horas del verano» una película encantadora y nostálgica de Olivier Assayas, leve, como esbozada y a la vez profunda, que invita a pensar sobre lo que casi siempre se piensa cuando ya es demasiado tarde. Una magnífica película para la noche del sábado….

More from Ramón González Correales

Meterse en la noche

  Cada día vivimos partes ausentes, en las que no existimos. La...
Read More

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.