John Lennon: cuarenta años de la muerte de un músico prodigioso

Lo inquietante y también lo interesante de las vidas de otros (y también de las nuestras), cuando se hace un intento de contarlas o solo de comentarlas sin conocerlas realmente, es que todo cambia mucho según el punto de la línea del tiempo por el que se comience o por el que se concluya, según se atienda a unas dimensiones personales o a otras, según se interpreten los detalles biográficos que se encuentran por ahí para definir al personaje o se utilice el sistema de creencias con el que nos enfrentemos a él, que nos permitirá juzgarlo de alguna manera, seguir considerándolo alguien importante para nosotros o para el mundo o solo un impostor que no fue coherente con algunas de las cosas que alguna vez defendió públicamente y, por tanto, posible objeto de descalificación para afirmarnos nosotros mismos en los gustos que tenemos, en lo que creemos hacer o en las ideas con las que justificamos ahora nuestras acciones.

Así John Lennon, uno de los iconos culturales del siglo XX que fue asesinado hace hoy 40 años, puede ser valorado de forma muy distinta si se atiende a distintos momentos de su vida. Al niño humilde del Liverpool de la postguerra, que se crió sin padre, entre mujeres de las que su madre era la más liberal, la que le regaló su primera guitarra y murió trágicamente muy jóven, que fue al colegio pero no lo aprovechó y se convirtió en un rebelde con causa que supo subirse a la fiebre del skiffle para conquistar desde The Beatles  el éxito absoluto en la música pop, con canciones que hacían soñar en otra vida cotidiana posible. O al músico precozmente desnortado por el éxito que buscaba a tientas su identidad y promover la creación de un nuevo sistema de referencias en la contracultura, cuando probablemente ese era un reto demasiado grande para él que solo era un músico con algunas otras cualidades excepcionales pero con limitaciones evidentes para tamaña empresa, cuando además ya era un personaje acosado por una popularidad salvaje y múltiples contradicciones que solo terminó pudiendo resolver con el recurso de las drogas, el tarot, las filosofías orientales o las terapias alternativas. O con la música que siempre siguió siendo su último refugio.

Porque Lennon en sus 40 años de vida hizo muchas cosas, da casi vértigo leerlas en los muchos artículos y libros que se han publicado sobre él o en los documentales que circulan por ahí y, desde muy joven,  las realizó bajo el foco inclemente de los medios de comunicación, en la época crispada de la guerra fría y en el momento en que a un occidente próspero se le estaban rebelando sus jóvenes que no se sentían cómodos en eso que Charles Reich en “The Greening of America” (1970) llamó la “conciencia II”, los valores de una sociedad organizada en instituciones cada vez más jerarquizadas, opacas y arbitrarias que ignoraban los deseos vitales de los individuos que estaban deseosos a  abrirse a la “Conciencia III”, a la libertad personal, al igualitarismo y a las posibilidades de las drogas recreativas para el crecimiento personal o solo para encontrar sensaciones agradables o evadirse en el aqui y ahora. Algo quizá no tan distinto de lo que ocurre actualmente en la sociedad globalizada en la que vivimos. Para ilustrar sus argumentos Reich se refería a obras literarias, musicales o cinematográficas. Es curioso que él encontrará los inicios de la “Conciencia III” en El guardian del centeno” de J.D. Salinguer, el libro que estaba leyendo el asesino sentado al lado del cadaver del hombre que había escrito “Strawberry Fields Forever” la canción de los Beatles que, según él, mejor reflejaba, con “Eleanor Rigby” la alienación que producía el sistema.

Leo y escucho por ahí mil juicios sobre su vida, sobre su relación con los otros Beatles, sobre todo con Paul, con Brian Epstein, con Yoko Ono y las otras muchas mujeres, con sus hijos que cuidó o descuidó; sobre los posibles perfiles de su personalidad o de su humor; sobre su relación con las drogas, los panteras negras, el FBI o el Maharishi Mahesh Yogi; sobre su fin de semana perdido de 15 meses acompañado de May Pang y anegado en alcohol; sobre su lucha pacifista desde una cama blanca; sobre si era o no autentico en su lucha o solo un ricachon que se aburría, se inventaba causas y no era un “verdadero revolucionario” sino solo un jodido burgués que vivía en un apartamento de lujo de NY y casi merecía morir por los disparos de un tronado al que le había firmado un disco esa misma mañana. Y de pronto me doy cuenta que todo esto me da relativamente igual o que solo me interesa como escenas de la vida de un hombre que vivió con intensidad en el torbellino de los años sesenta, experimentando todos los dilemas que se dieron entonces desde una posición de privilegio y a la vez de máxima exigencia. Alguien que procedía de una familia humilde y que con una cultura limitada y un gran talento tuvo que lidiar con el éxito y sus expectativas en los demás o en él mismo, con todo lo que cambia el dinero y, además, con el reto de cuestionar la moral establecida e intentar crear otra que a menudo lo sumía en emociones y relaciones que le eran muy dificiles de manejar (porque siempre los son) y a menudo tanteaba y se perdía y buscaba nuevas certezas. Pero tengo la sensación de que siempre siguió ahí con un punto de dignidad y autenticidad que mucha gente captaba y admiraba.

Recordé, en el parquecito que hay frente al edificio Dakota, el sitio donde lo mataron, en una noche de Septiembre de hace dos años, donde llovía, hacía algo de frío y estabamos solos, lo asombrosa que es la música, como puede hacernos cambiar, conectarnos, crearnos posibilidades y sueños, abrir la memoria, darnos calor y certeza, embriagarnos de alegría, dar sentido al dolor, impulsarnos a la acción. Recordé una película que había visto y que ahora he buscado: Yesterday de Radosław Piwowarski. Quizá está en ella todo lo que significaron los Beatles para los adolescentes del mundo, en aquellos momentos, en paises muy distintos. Su música, que captaba algo que ya estaba en el aire, diluía de inmediato los convencionalismos y estimulaba los sueños de libertad individual, impulsaba a un cambio casi inmediato en la vida cotidiana, en la forma de amar, de relacionarse, de tomarse el trabajo o las normas sociales y las jerarquías, ampliaba la posibilidad de autorrealización en el sentido de Maslow que era muy popular en esa época, aportaba fuerza y alegría inmediatas, como si abriera las puertas del deseo. Por eso los del Ku Klux Klan llamaron a quemar sus discos en piras tan similares a las de los nazis o los autoritarios de todos los colores se pusieron tan nerviosos y se esforzaron tanto en denigrarlo, en desacreditar a todo el grupo.

Pero la vida es así. Casi siempre un poder genera un contrapoder y las cosas se terminan torciendo y, como en la película de Piwowarski, los que se amaron tanto en la juventud terminan detestándose en la madurez y se convierten en otros que ya no son los mismos. Las modas cambian, los puritanos siempre vuelven, los años pasan y en el invierno el cielo no suele ser azul. Es justo en ese momento cuando hay que poner canciones de los beatles, mirar sus risas, sus melenas, sus barbas, sus disfraces, sus tonterías y observar como vuelve el calor de la vida, como su música, tras sesenta años, sigue igual de fresca para todas las generaciones que la escuchan. Lennon estuvo ahí y fue determinante para crear esas canciones además de algunas otras, magníficas, que compuso en solitario o con Yoko, una artista que fue, y es, mucho más que su pareja. Por eso hoy lloramos todavía la muerte de Lennon que, además, es un símbolo de la fragilidad de las cosas bellas y de las vidas de los que las hacen, que tan fácilmente pueden ser tronzadas, en cualquier tiempo, por el azar, los estúpidos, los fanáticos o los asesinos. Aunque también lo es de la fuerza regeneradora de la vida y del poder del arte que siempre termina abriendose paso, como el sol entre las nubes, para iluminar de esperanza el tiempo en pugna de los que quieren seguir sintiéndose vivos.

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