Lennon: la guitarra verité y la cebolla

El Dakota Building era, y sigue siendo, un edificio endemoniado desde que Polanski se empeñara en rodar allí La semilla del diablo. Nadie sabía, mientras Mia Farrow y John Cassavettes componían imágenes de un terror doméstico, lo que pasaría el 8 de diciembre de 1980. Toda la niebla gris y densa de esa noche, se acumula en el recuerdo, moteado por los fogonazos azules de los coches de la policía de New York y por las manchas amarillas de las luces de la ambulancia y por los restos de la munición desparramada por un loco, que decía que  ya era el auténtico Lennon y por eso debía disparar sobre el otro, que eras tú y que serías, por tanto, un impostor. Para acabar con él. Te pidió un autógrafo y bajo su gabardina cobriza escondía un revolver, que no viste cuando se acercó con el Álbum blanco, pidiendo tu firma. Luego te fuiste y él se quedó embobado leyendo El guardián entre el centeno. Pobre Salinger, pobre Lennon. Maldito Chapman. Pétalos de rosa olvidados.

Pétalos de rosa desaparecidos, hollados por zapatos anónimos, aventados por esos vientos gélidos que baten Mannhatan, pétalos descompuestos y embarrados por la lluvia que ha caído desde entonces sobre nuestras conciencias. Chapman, tu asesino con munición del 38, dice que ha soñado desde la cárcel de Attica, con volver al Dakota Building, esquina de la Calle 72 con Central Park West. Volver, para ver que queda de aquella escena rota que dice tener grabada en su mente alucinada y que cree congelada sobre el asfalto gris y azul y que se repite todos los días como los campos de fresa. Para siempre.

Un crio y una guitarra verité

El viernes, 12 de diciembre de 1980, dos días después de su muerte, El País publicaba en su última página la última entrevista de Lennon, realizada por la RKO y que fue emitida el día 9 diciembre cuyos titulares dejaban a las claras el estado de ánimo de Lennon. “Me siento como un crio y tengo tantos años por delante…”. Del recorte que conservo dentro del volumen, Lennon recuerda (editado por Akal en 1975), aparecen otras anotaciones que no dieron para un titular como el citado, pero singulares. Y entre esas anotaciones destaco dos. La primera fija “Sobrevivimos a las drogas, a la guerra, a la política, a la violencia en la calle…Los sesenta nos mostraron a todos la posibilidad y la responsabilidad que teníamos por delante”. Historia de un superviviente que, pese a todo, confía en tener un largo futuro por delante. Incluso avisa sobre ese futuro que va llegando. “Yo no quiero volver a vender mi alma de nuevo para tener una gran éxito discográfico. He descubierto que puedo vivir sin ello, y eso me hace más feliz, pero volver atrás y tratar de crear una persona que podrían no ser yo mismo [¿…?]”.

La conmoción del asesinato de John Lennon fue de tal magnitud que el citado diario editorializó el 10 de diciembre –algo nunca visto–, con la escueta rúbrica de su nombre: John Lennon, para decir casi una plegaria o un rezo: “Sin John Lennon, sin los Beatles, nuestro mundo sería distinto y peor de lo que es. Porque muchas gente que hoy se encuentran en la madurez están marcadas, influenciadas o vivificadas por la constelación trazada por y en torno a los Beatles”. De igual forma que Máximo, el dibujante de cabecera de El País le dedicó una viñeta el mismo día 10, con un Lennon –cual ángel celestial alado, anticipando el de Wim Wenders, ángel exterminador y alado, transitando las nubes– que se dirige al Hit Paradise, que ya no es una Hit Parade. De igual forma que en Diario16, Pedro Bofill –diputado del PSOE, por Teruel– escribía John Lennon y la libertad, como si de un líder político se tratara. Cosa que hoy sería impensable, por Bofill y por el PSOE.

El libro citado Lennon recuerda (editado por Akal en 1975, edición inglesa de 1971 y traducción de Juan Pablo Silvestre) recoge la entrevista de 1971 –un año después del final del grupo– en la revista Rollins Stones, y está lleno de indicaciones y sugerencias, donde cuestiona a Bob Dylan, a Paul McCartney, a los Rolling Stones, A Brian Epstein y George Martin. Entre otras, esa consideración de sí mismo como guitarrista propio de un tipo de cine francés.

  • RS. ¿Qué opinión tienes de ti mismo como guitarrista?
  • JL. Bueno, eso depende de qué clase de guitarrista.
  • RS. De rock and roll.
  • JL. Soy Bueno. Técnicamente, no muy bueno, pero puedo hacerla hablar y moverse. Yo era el guitarrista rítmico. Era un papel importante. Soy capaz de hacer andar al conjunto.
  • RS. ¿Qué te parece George?
  • JL. Es muy bueno. Bueno… Me prefiero a mí mismo tengo que ser sincero, me pongo muy nervioso acerca de mi manera de tocar la guitarra porque es muy pobre…Soy un guitarrista de cinéma verité.

2. Ocho días por semana, incluso nueve

Hace escasas semanas –escribía hace al menos cuatro años, en 2016– y no recuerdo la razón, reparé con cierto detalle, si es que eso se puede decir con frialdad, en la letra de Glass onion’, canción que aparece en el Álbum blanco The Beatles de 1968, y que entre otras particularidades contiene altas dosis de auto referencialidad. Como si ya John Lennon, al escribir su letra estuviera recapacitando sobre lo pasado-compuesto y sobre lo futuro-simple. Y estuviera mirando la hoja de papel escrito desde el canto o desde el filo, justo desde el lado desde el que no se ve casi nada. Situación que le llevaría, posteriormente, a ciertas constantes de estirpe surrealista, como ocurre con esa misma semana que quiere contar con más días de los debidos.

Este hecho fue capturado hace dos años, en 2014 por Fran G. Matute en su texto de la revista Jot Down, denominado Pelando la cebolla. Una aproximación literaria al Po(p)stmodernismo’, para dar cuenta de ese viaje al centro de la cebolla, desde un oculto homenaje a Günter Grass. Hermanando propósitos musicales y retos literarios. Como si a la vuelta de los años, pudiéramos leer y escuchar el fenómeno Beatles, en claves diversas, más allá de las estrictamente musicales. Preguntando y preguntándonos ¿cómo fue posible aquello?, ¿cómo fue posible todo ello en tan poco tiempo?

Y todo ello, todas esas lecturas y relecturas vinieron a coincidir con el estreno del ¿documental? De Ron Howard sobre The Beatles en 2016. La pretensión de Ron Howard, de introducir algo más de dos años de fragmentos de conciertos, la mayor parte en Estados Unidos, por parte de los Beatles, en algo menos de dos horas en Eigth days a week. The touring years, es un esfuerzo imposible.

Aunque tal supuesto de ‘lo imposible’ se aviene bien con algunos supuestos admitidos por los mismos Beatles, en bloque o de forma aislada a partir de 1967. Aunque haya pistas previas de la pérdida de cierta cohesión como grupo conjuntado, ya con Rubber soul en 1965. Álbum que marca, no tanto el comienzo de una disgregación del cuarteto equipado y uniformado, como una experimentación sonora que no haría más que crecer hasta 1969. Siendo esa fecha de agosto de 1966 (último concierto de la gira en USA), el comienzo de un trabajo musical que valoraría más el trabajo en estudio que el directo, por las posibilidades de experimentación. Y con ello ocurriera cierto repliegue de las posiciones sostenidas hasta entonces.

Piénsese que la mirada de la película de Howard, que cuenta con guion propio a pesar de utilizar mayormente imágenes documentales de época y testimonios posteriores de Harrison y Lennon, más opiniones actuales de McCartney y Star, se detiene básicamente en el recorrido triunfal del grupo, entre febrero de 1964 (Entrevista con Ed Sullivan) y el concierto final de agosto de 1966 en el Candlestick Park de San Francisco. Años que coinciden, tras el asesinato de Kennedy, con los movimientos civiles anti-segregación, con la guerra de Vietnam y con el inicio de movimientos juveniles de protesta en todos los países occidentales.

Por todo ello, puede decirse que Eigth days a week, recorre más la melancolía de unos años, que entre nosotros fueron epigrafiados certeramente como La década prodigiosa por Pedro Sempere y Alberto Corazón. Unos años y sus realizaciones diversas que, vistos desde la planeidad contemporánea, no dejan de resultarnos tan extraños como sobresalientes. No sólo en lo musical y no sólo con los Beatles. Piénsese en el mar de realizaciones que se solapan desde 1960 a 1973, por poner unos límite temporales, que Sempere y Corazón acotan como: “Entre la cabeza reventada de John F. Kennedy y el casco numantino de Salvador Allende hay diez años prodigiosos”. Realizaciones musicales de otros grupos y autores (Dylan, Rollings Stones, Who, Cream), cinematográficas (desde la Nouvelle Vague, al Free Cinema o la Nuovo Cine brasileño), pictóricas, incluso literarias. Por eso la pregunta realizada en vivo en los años sesenta a Paul McCartney de “¿Cuál será la aportación de los Beatles a la cultura y qué permanecerá de ellos?”, contara con una respuesta tan contundente como desprejuiciada. “¿Cultura?, nosotros sólo hacemos entretenimiento”. ¿Habría dicho hoy lo mismo? Puede que McCartney no estuviera en lo cierto a la vista del legado musical recibido, sin el cual estos años serian incomprensibles, más grises y hasta más fríos. Y eso que todo ello, todas las canciones memorables, fueron compuestas en sólo siete años. No ocho, ni nueve años, como serían los días que demandarían las semanas de trabajo rotundo para obtener tales réditos.

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