Meditación del agua

Anderson. David Hockney

El 20 de agosto de 2019 publicaba en estas páginas de Hypérbole, la pieza Construir el agua, entre lo filosófico y lo arquitectónico de las aguas y su misterio físico y poético; si es que cabe hablar del agua como material arquitectónico y constructivo. Encabalgado el proyecto constructivo en reflexiones plurales entre Gaston Bachelard y Eduardo Cirlot, entre pìezas de Hockney y fotografías de Julius Schulmann. Y así podía contar en aqel recuento tan lejano como improbable: “ Las aguas – dice Bachelard en su texto El agua y los sueños (1942, en traducción de la escritora uruguaya, Ida Vitale)–  no construyen verdaderas mentiras; dando a entender con ello la amplia categoría de mentiras que podemos descubrir en la vida y en el agua: mentiras falsas, mentiras auténticas y verdaderas, medias mentiras, mentirijillas y mentiras mendaces y pavorosas. Es necesario un alma muy perturbada y muy atormentada para que de veras se engañe con los espejismos del río. Que es casi otra metafora mentirosa.  Esto es, las aguas no engañan, ni nos engañan; los engaños los provocamos nosotros desde nuestra superficialidad contemporánea y desde nuestros aires modernos.  O desde nuestra esencia terrera”. 

Para avanzar, líneas después con la doble referencia esbozada: “La propuesta citada de Gaston Bachelard, es la de subrayar todo lo que ignoramos –que es otra forma de engañarnos–, verificando un recorrido poético por ese enjambre misterioso que organiza la vida. Y así distingue el francés,  entre las aguas claras, las aguas primaverales, las aguas corrientes, las aguas estancadas, las aguas muertas, las aguas dulces y las saladas, las aguas reflejantes, las aguas de purificación, las aguas profundas y las  aguas tempestuosas. De ellas, de las aguas –que ya son  varías y no una, como tantas otras cosas – dice Cirlot en el Diccionario de Simbólos que “tanto si las tomamos como simbolos del inconsciente colectivo o personalizado, como si las vemos en su función mediadora y disolvente, es evidente que su estado expresa el grado de tensión, el carácter y el aspecto con que la agonía acuática se reviste, para decir, con mayor claridad a la conciencia, lo exacto de su mensaje”. 

Siete años déspues, llegan otros mensajes que nos pueden confundir de nuevo y por repetición aproximada. Así han coincidido la extrema sequía del padre río Danubio, que habría hecho palicidecer a Claudio Magris, en su trabajo memorable sobre ese río que tatúa la Mitropa; con la captura realizada por Revista de Occidenteen su número estival de julio-agosto (542-543) con unos llamados Dialogos del agua, con textos destacados, como el de Estrella de Diego (Viaje a la superficie del agua) y el de Alfonso Lucini (Dialogos del agua. Nota preliminar), que hace mención –como no podía ser de otra forma,al anterior trabajo de 2006 de la misma Revista de Occidente (noviembre, número 306) y que se denominaba Los sentidos del agua. Número realizado al amparo del gobierno de Aragón, que sería responsable de la Exposición Universal de Zaragoza de 2008, dedicada al agua, como referente reflexivo y temático. 

Once años después, en el citado texto de Hypérbole de 2019, daba cuenta de otra pieza memorable en el entorno de las reflexiones del agua. Y así: “Hace algunos años y con motivo del XXI Congreso de la International Water Supply Asociation, se publicó en España en 1997, un libro excelente denominado Imágen del Agua, que era un recorrido por la presencia del agua en la cultura; particularmente en la literatura y en la pintura. Casi como un anticipo de que se escribe y se pinta lo que se extingue y desaparece, como decía Machado de “que se canta lo que se va yendo y desaparece”.  Desde  poemas variados de Ibn Said del siglo XIII (“¡Que bello el surtidor que apedrea el cielo/ con estrellas errantes que saltan como ágiles acróbatas¡”), hasta las explicaciones del Capítulo IV del Génesis (“Salía de Eden un rio que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos”). Igualmente, podíamos descubrir el Narciso de Caravaggio, el Aguador de Sevilla de Velázquez, un Baño de Juan Navarro Baldeweg o de Degas, la Fuente de la Mezquita de Sorolla o la Fuentede Fernando Zóbel. 

Todo ello para dar a entender la condición cambiante y misteriosa de las aguas libres o domesticadas, de las aguas dormidas y de las aguas despiertas. De las aguas enigmáticas y de las aguas escurridizas. Como presintiendo ya desde la Pintura y desde la Creación lo que años más tarde la Ciencia se atrevería a confesar: su desconocimiento y su zozobra. De ello, de la dimensión pictórica de algunas agua, tuve ocasión de escribir sobre las aguas en el texto  Lluvia, publicado en la revista Formas en 2007. “La pertenencia de la lluvia al universo de las aguas diversas y plurales, hace que participe de sus características complejas, desde la peculiaridad que supone su propia esencia desviada… Particularidad de la lluvia que en el diccionario Espasa-Calpe emerge sólo con tres anotaciones temáticas, las referidas a la historia de las religiones, a la iconografía americana y la estrictamente metereológica”. Incluso la idea de movimiento que se añade al líquido como algo invisible e inasible. “Movimientos que podríamos conectar con las posiciones de Kapp y de Hegel. Aquél con su división de la historia en tres fases; potámica, talásica y oceánica. Y éste con la descripción de la relación de una topografía y una forma de Espíritu y Estado: la meseta, el valle y la costa. Tres posiciones, pues del agua, como los tres estados de la materia en que puede presentarse”. 

Por ello fijaba, Fernández Polanco en el referido texto El agua en la pintura dentro de Imágen del Agua, un primer movimiento de aguas verticales: el pozo, la fuente, la lluvia; un segundo movimiento horizontal: el lago, el río, el mar y el canal; y terminaba con una tercera opción de movimiento diagonal, que exige una mirada oblicua y misteriosa. No se, si la ubicación de la lluvia es justamente la del paseo vertical del primer apartado, o si por contra merece estar alojada en la mirada oblicua que aplaza y atiende. Rara vez la lluvia verifica ese movimiento en posición vertical y en sentido inverso a la otra lluvia invertida que es la evaporación. Desde estas dudas de ubicación de la lluvia en el universo de las Aguas, se puede releer a Bachelard cuando apuntaba: “Hay gotas que cayendo del follaje después de la tormenta parpadean de igual modo y hacen temblar la luz y el cristal de las aguas. Al verlas, se les escucha temblar”.

Casa Kaufmann en Palm Springs. Slim Aarons

Por ello, no me sorprende haber leído hace algún tiempo un trabajo de la revista Nature en el que se concluye que los nuevos estudios sobre el agua subrayan su rareza y su excentricidad. Más aún, apunta Philip Ball, cuanto más se estudia el agua, se hace más misteriosa. Frente al esquematismo del H2O de nuestra química elemental de bachillerato; frente a la leyenda inundada de Noé y su Arca flotante; frente a la lluvia que cae monótona sobre el cristal empañado de la clase del poema machadiano y frente al misterio de su presencia/ausencia; frente a la definición vieja de ‘incolora, inodora e insípida’, algunos físicos llegan a creer que las peculiaridades del agua sólo se pueden explicar si se supone que ésta puede existir, no como un líquido, sino como dos. Parte de esa rareza se acentúa con el frío, como ya demostró Austen Angell, al enfriarla por debajo de los treinta y ocho grados bajo cero y manteniéndola líquida, comprobó, que el agua podía tener ‘propiedades improbables’. Qué fantasía de un científico digna de un relato de misterio: un elemento, un cuerpo o un material con ‘propiedades improbables’. Tener tales propiedades improbables, es, casi como no tenerlas, o carecer de ellas. Algunas de estas rarezas acumuladas, se constatan si llegamos a conocer que ese agua solidificada es también algo improbable: ya que pueden existir hasta once tipos o estados diferentes de hielo; que ya no sabemos si es el agua en estado sólido u otra cosa más improbable aún. Haciendo buena la diversidad de las denominaciones del ‘color blanco’ en boca de los esquimales, que llegan a diferenciar, justamente, once tonos o variaciones de lo blanco. Aprendidas y dictadas por la supervivencia necesaria para distinguir el hielo quebradizo, del hielo sólido a la pisada; de la nevisca fatal a la nieve complaciente; de la pura nieve caída al pelaje camuflado de un oso tremendo.

En 2008, en la citada  Exposición Internacional de Zaragoza, se ofreció una reflexión sobre la importancia del Agua, bajo la rúbrica de ‘Agua y desarrollo sostenible’, que quería mostrar, a visitantes y participantes, la preocupación por el agua  en el mundo contemporáneo, en unos momentos presididos por severas restricciones en los recursos potables disponibles al consumo humano, y por una significativa inflexión en la secuencia del Cambio Climático. No sé qué quedará de todo ello, dieciocho años después, más allá de algunos pabellones y edificios en desuso, de la reflexión de la Economía del Agua en momentos de transformaciones abiertas.

Marina Bay Sands. Singapur

Ese fin de semana del mes de julio de 2019 el suplemento Babelia, en un verano tan intenso como seco, recogía materiales para otro ensayo, memorable aunque este de estirpe artística, que denominaba en su portada Piscinas: trampolines hacia el arte. Y que configuraban sendos trabajo de Ángela Molina (Paraísos artificiales) y Anatxu Zabalbescoa (Construir un espacio para el agua). Trabajos que dejaban ver la artificialidad de los paraísos exhibidos en los enclaves hiperturísticos y cosificados de tanto plástico estilizado que se despliega en ellos. En la medida en que las miradas capturadas de pintores, cineastas y arquitectos estaban referidas a ese recinto tan simbólico/emblemático como recreativo/adorativo que es la piscina contemporánea, entre el lujo y el glamour, entre la sofisticación y el postureo. La piscina como nuevo espacio donde oficiar algunos ritos actuales, algunos vivos, otros muy deteriorados.

Piscina enfatizada y reforzada en la redondez tópica del verano de Babelia, cuyo epitome por excelencia sea la pintura del recientemente desaparecido David Hockney The big Splash (1967). Pieza en la estela del Pop-Art que deja ver algunas de las obsesiones particulares de su autor, natural de un Bradford brumoso, británico y nublado, pero añorante de las imágenes coloridas, soleadas y erotizadas de la California brillante y satinada de los primeros sesenta: Meca del cine y meca del glamour rosa y verde. Aunque yo me inclino más por elegir las piscinas parisinas del Hotel Molitor, no sólo por su carácter público y severo, frente a la privacidad de las piezas californianas, sino por el gesto simbólico de que allí, y en fechas tan tempranas como el 5 de julio de 1946, el ingeniero francés Louis Rèard presentó la primicia de un bañador de dos piezas. Un estruendo que acabó denominando Bikini, en consideración a la coincidencia temporal con las pruebas nucleares que, los Estados Unidos ultimaban en el atolón del Pacífico, Bikini. Otra muestra de la llamada por Beatriz Colomina, Domesticidad en guerra. Una pieza ¿para la guerra? llamada al escándalo inicial pero que acabaría marcando el devenir de playas y piscinas. Y el doble misterio de las aguas y los cuerpos.

Para seguir disfrutando de José Rivero Serrano
Casa Entenza, Saarinen y Eames, 1946, Pacific Palissades, Santa Mónica
Una de las casas construidas bajo el programa CSH (Case Study House)...
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