Recomendado, gafe ¿Se es o se hace?

The Knick

«En los momentos previos a una operación, la mayoría ya estamos inmersos en nuestra rutina. Repasamos la anatomía, el plan y los pasos a seguir durante la sesión informativa preoperatoria. Pero, ¿qué sucede cuando la persona en la mesa de operaciones no es solo un paciente, sino un atleta destacado, el director ejecutivo de una gran corporación, un médico de renombre nacional o el cónyuge de un colega?

Un fenómeno conocido desde hace tiempo, pero del que a menudo se habla poco, es el síndrome VIP. Las primeras referencias y análisis se remontan a hace más de 50 años. El síndrome VIP se refiere a la distorsión del juicio clínico y la desviación de la atención estándar que puede ocurrir cuando los médicos se ven influenciados por la preeminencia o la importancia percibida de un paciente.

A pesar de nuestras mejores intenciones, el deseo de hacer más o ser especialmente perfectos para alguien poderoso, respetado o con buenos contactos puede llevar a decisiones subóptimas y resultados inferiores*. Según la experiencia de los autores, existen indicios de que los pacientes VIP pueden tener peores resultados que los pacientes comunes…»*

Dearani, J. et al., 2026. Caring for VIP patients in cardiothoracic surgery: Navigating bias, pressure, and protocol. J Thorac Cardiovasc Surg, 171(6). Ver artículo en PubMed

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Los autores del artículo hablan de pacientes VIP: personas cuya relevancia puede ejercer una presión especial sobre quienes los atienden.

Pero no hace falta ser una celebridad para que ocurra algo parecido. En nuestro medio basta muchas veces con ser “recomendado”.

Esa etiqueta no solo modifica la percepción del paciente: actúa también sobre quienes lo atienden, cambiando la expectativa del caso, la actitud del equipo y el modo en que se interpreta lo que ocurre.

Y aparece una curiosa creencia, a medio camino entre la experiencia y la superstición, que seguramente muchos cirujanos reconocerán: cuando un paciente viene recomendado, algo acabará pasando.

No es que uno lo diga en serio, o no del todo, pero todos hemos oído alguna vez algo parecido a:

—Ya verás éste, es enchufado del gerente.

Entonces parece que se pone en marcha un pequeño catálogo de desgracias: la sutura automática que pierde su automatismo, la malla carísima que se contamina cuando no hay repuesto, la torre de laparoscopia que sufre un apagón tecnológico, el sangrado de un vaso que no sale en los libros y nos alarma más de la cuenta.

Si todo va bien, probablemente nadie diga nada. Pero si aparece una complicación, aunque sea de las que pueden darse en cualquier intervención, enseguida llega el recuerdo de casos anteriores.

—¿Ves? Tenía que pasar algo.

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Cuando estos pacientes especiales evolucionan con normalidad desaparecen de nuestra memoria: se operaron, todo salió bien, fin de la historia. En cambio, si surge algún problema, el caso adquiere categoría propia. “Un nuevo caso de síndrome del recomendado”.

Y la coincidencia empieza a parecer una explicación, aunque solo estemos recordando mejor aquello que confirma lo que ya esperábamos.

Es perfectamente posible que los recomendados tengan más complicaciones. Pero no conozco estudios que lo sostengan, y el artículo que ha dado pie a estas líneas, aunque lo sugiere, tampoco lo demuestra.

Ser recomendado no es ser paciente de riesgo. Lo que sí parece claro es que a estos pacientes se les mira distinto y probablemente tampoco se les trata exactamente igual. Se intenta que sea mejor: se les atiende con preferencia, se presta más atención, se busca al especialista más adecuado, quizá se comprueba todo dos veces… y el proceso se distorsiona.

La paradoja es que, a veces, lo que hacemos para aumentar la seguridad acaba disminuyéndola.

La atención extraordinaria no es, por sí sola, mejor atención. Se puede aumentar la complejidad añadiendo más pruebas o gestos quirúrgicos que interfieren; consultar a más especialistas y fragmentar la responsabilidad; saltarse procedimientos que provocan fallos de comunicación; o modificar protocolos, alterando una rutina pensada precisamente para reducir los eventos adversos.

Cada decisión puede tener su justificación, pero el problema empieza cuando se toman determinadas medidas por ser quien es, y no porque estén estrictamente indicadas. A veces intentamos proteger al recomendado de un riesgo que nosotros mismos estamos provocando.

Por eso hay una pregunta que durante años me hice de vez en cuando:

—¿Habría hecho lo mismo si no supiera que es recomendado?

La pregunta es más fácil de hacerse cuando uno está de pie que cuando está tumbado en la mesa de operaciones.

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Porque aquí va una confesión que complica un poco todo lo anterior: a pesar de todo esto, yo también prefiero ir recomendado.

Si mañana tuviera que entrar en un quirófano para algo importante, no me importaría que alguien me dijera:

—Fulanito es el que tiene más experiencia. Te va a atender él.

No creo que estuviera buscando privilegios. Como médico, lo sensato es que el recomendado sea tratado como cualquier otro. Como paciente, agradecería que alguien se hubiera preocupado especialmente por mí.

No sé si esa contradicción tiene una solución elegante. No se trata de desestimar la recomendación, sino de procurar que la consideración personal no termine condicionando las decisiones.

Ahora que estoy jubilado, todavía recuerdo esa sensación muy concreta: el paciente ya dormido, el monitor marcando su ritmo tranquilo, y alguien que se asoma antes de empezar solo para decir:

—Conozco a su marido, es abogado.

Nada más. No hacía falta decir nada más. Algo había cambiado ya en el quirófano, antes de que yo me hubiera puesto los guantes.

Y quizá ahí esté la cuestión.

¿El recomendado es gafe… o acabamos viéndolo como tal?

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1 Comment

  1. says: Ramón González Correales

    Creo que Susan Sontag decía en “La enfermedad y sus metáforas” que los pacientes debían de saber su diagnostico de cáncer, entre otras cosas, para buscar un medico competente que intentara curarlos, como le ocurrió a ella misma. Lo que inevitablemente pone sobre la mesa algo que probablemente sea verdad: que no todos los médicos, ni todos los hospitales o centros de salud tienen la misma calidad, ni los mismos recursos y que, a veces, hay grandes diferencias entre ellos como, de hecho, demuestran las estadísticas de morbilidad y mortalidad cuando se publican (por ejemplo las de los servicios quirúrgicos).

    Por eso cuando alguien se pone seriamente enfermo, si se lo puede permitir, intenta acudir a los sitios o a los médicos en concreto que han conseguido prestigio y lo han sabido trasmitir a través de los medios de comunicación o del boca a boca. Algo que tampoco garantiza del todo estar en las mejores manos. Porque algunos de los medicos muy conocidos y con mucho prestigio quizá ya no estén en su acmé o estén demasiado agotados por sus muchos compromisos y ya serían otros que, nadie conoce fuera de su entorno, los que en ese momento estén haciendo mejor las cosas en cualquier hospital desconocido. Y es que incluso para los médicos no es fácil saber en cada momento que colega es confiable y está dispuesto a “hacerse cargo” y a dar esperanzas de curación para la enfermedad que tenemos nosotros o nuestros seres queridos.

    Actualmente en los procesos de mediana intensidad, que son los mas frecuentes, en la medicina española, publica y privada, donde las listas de espera son cada vez mayores y la incertidumbre anega de angustia a muchos pacientes, con todas las excepciones que se quiera, todo el mundo intenta ser recomendando, buscar a alguien que conozca a alguien que le recomiende a alguien que pueda tratarlo de forma “especial”, como una persona y no solo como un caso clínico, con una buena capacidad técnica y que trabaje con un mínimo rigor. O al menos que pueda colarlo en las interminables listas de espera donde la picaresca impera de manera inevitable.

    La película “El doctor” ilustra muy bien la diferencia que existe entre estar a un lado u otro de la mesa: las expectativas y la fragilidad que tenemos los médicos cuando enfermamos. Esperamos ser tratados de forma especial por los colegas (cosa que antes se consideraba casi un deber y ahora es un valor que se cultiva mucho menos) tanto en gestos clínicos como en trato personal. Y lo atribulados que nos sentimos cuando esto no ocurre y, ya viejos, nos encontramos en las urgencias del hospital en el que trabajamos toda la vida, con una batilla ridícula, arrumbados durante horas, esperando un diagnostico que nadie nos comunica de la manera que necesitamos, porque ya nadie de esos medicos jóvenes y arrogantes nos conoce ni nos respeta. Quizá una venganza poética por todas las veces que hicimos lo mismo. Pero cuestiones que conviene pensar para prevenir disgustos y desgracias en la selva de que de hecho la actual medicina.

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