Enemigos

"La visita de la madre al hospital" Enrique Paternina
Pre-textos para médicos y pacientes

La medicina es mi esposa legítima; la literatura mi amante.

Anton Chejov

Poco después de las nueve de una oscura noche de septiembre, el único hijo del médico rural Kirilov, Andréi, de seis años de edad, moría de difteria. Justo cuando la esposa del médico acababa de dejarse caer sobre sus rodillas al lado de donde yacía el niño muerto, entregándose al primer ataque de dolor, se escuchó un agudo timbrazo proveniente de la puerta de entrada.

A causa de la difteria, todos los criados habían sido enviados fuera aquella mañana. Kirilov, tal y como estaba, sin chaqueta y con el chaleco desabrochado, con el rostro y las manos empapadas, ardiendo a causa del ácido fénico, se dirigió él mismo a abrir la puerta. El vestíbulo estaba oscuro, y lo único que pudo distinguir del visitante fue que se trataba de un hombre de estatura mediana, con una bufanda blanca, y un rostro pálido y alargado, tan blanco que daba la impresión de que su aparición hubiera iluminado la estancia…

—¿Está el médico en casa? —preguntó el recién llegado sin perder un minuto.

—Sí que estoy —respondió Kirilov—. ¿Qué quiere?

—Oh, ¡es usted! Encantado —dijo el hombre con satisfacción, y al instante se afanó en buscar en la oscuridad la mano del médico, que apretó con firmeza entre las dos suyas—. Estoy muy contento de verle. ¡Nos conocemos! Soy Aboguin… Tuve el gusto de verle el verano pasado, en la casa de Gnuchev. Estoy muy contento de encontrarle en casa… Por el amor de Dios, por favor, no rehúse a acompañarme de inmediato… Mi esposa está gravemente enferma… He traído mi carruaje…

Su tono de voz y sus movimientos revelaban su nerviosismo. Como si estuviera asustado por un fuego o por un perro loco, apenas podía controlar su respiración agitada, hablaba atropelladamente y con la voz temblorosa, y se percibía en su tono un auténtico miedo infantil. Como todo el mundo que está asustado y aturdido, sus frases eran cortas y abruptas, y utilizaba muchas palabras superficiales que no tenían nada que ver con el asunto.

—Tenía miedo de no encontrarle —continuó—, mientras venía hacia aquí mi corazón sufría… Se lo ruego, coja su abrigo y partamos, por el amor de Dios… Ha ocurrido de la siguiente manera: Papchinski, Aleksandr Semiónovich, usted lo conoce, vino a visitarme… Charlamos un rato… Nos sentamos a tomar el té, de pronto mi esposa ha soltado un alarido, se ha llevado la mano al pecho y se ha dejado caer sobre el respaldo de la silla. La hemos llevado a la cama, y… Ya le he dado frotamientos en las sienes con amonio, y le he lavado con agua… Está ahí echada, como una muerta… Temo que se trate de un aneurisma, me da miedo que sea un aneurisma… Vámonos… Su padre murió de un aneurisma…

Kirilov escuchaba en silencio, como si no entendiera ruso.

Cuando Aboguin volvió a hablar sobre Papchinski y sobre su suegro, y una vez más había intentado encontrar la mano del médico en el vestíbulo, denegó con la cabeza y dijo, alargando cada palabra con apatía:

—Lo siento, no puedo ir… Hace cinco minutos mi… Mi hijo ha muerto…

—¿De veras? —suspiró Aboguin, retrocediendo un paso—. Dios mío, en qué terrible momento he venido a esta casa. Qué día tan terrible… Increíblemente terrible… Qué coincidencia… ¡Debe de tratarse del destino!

Aboguin agarró el picaporte y, pensativo, agachó la cabeza. Era obvio que estaba dudando y no sabía qué hacer, marcharse o pedirle una vez más al médico que le acompañase.

“Enemigos” Anton Chéjov (seguir leyendo)

“The Doctor” (1891) Luke Fildes

El médico en la niebla de madrugada aquel invierno, camino del pueblo cercano para hacer un aviso. Los fragmentos de la conversación telefónica reverberando como peces locos en su cabeza. El cuerpo secuestrado por un cansancio amargo que había adquirido sensaciones propias que evocaban una memoria conocida y muy aversiva: los acúfenos, el sabor de la saliva, el sudor pegajoso y maloliente, la irritabilidad, los olvidos de las gafas, las llaves o el sello para las recetas y la fragilidad que le creaba todo eso. Tres días de guardia para tres pueblos en triángulo, sin centro de salud, ni consulta a la que pudiera ir la gente, de domicilio a domicilio cuando no había teléfonos móviles y solo se contaba con alguna amistad piadosa que recogiera los avisos durante el día -cuando se iba a otro pueblo- a la que era posible llamar antes de volver, por si había que pasarse antes por otro municipio. El tira y afloja por teléfono: “tiene que venir, le duele mucho la barriga y tiene diarrea”; “tiene veinte años, ha estado de fiesta, lo más probable es que no sea grave que tome Fortasec y mañana veremos”; “tiene la obligación de venir a verlo, y si tiene algo más grave, no puede estar seguro sin verlo…” La tiranía de los “y si …”, la perpetua incertidumbre y la convivencia perenne con los distintos matices del miedo: en los pacientes que se mostraban hostiles o desconfiados pero también con los que parecían confiar.: “no me ingrese ahora, no será nada, me fio de usted, espere a mañana…” La decisión que se toma casi por instinto y luego la convivencia tremendista con todos los “y si…” de las experiencias pasadas y todo el listado de los posibles diagnósticos diferenciales que podrían suceder: “y si el dolor abdominal del viejo es un infarto inferior, y si es una isquemia mesentérica…” “y si…”

El R2 en las Urgencias del hospital sintiéndose muy solo de madrugada, con muchas dudas sobre un paciente que le impresiona de enfermedad y no sabe lo que tiene pero que no se atreve a preguntar: en la tarde el adjunto ya le reprochó con muy malas formas que no lo molestara para estupideces cuando le preguntó por un electro. El TC que podría aclararle las dudas pero que no se atreve a pedir porque sabe que el radiólogo de guardia se va a enfadar mucho si lo despierta y le pedirá que le consulte a su adjunto. La familia que exigió hablar con ella y se encuentra muy asustada y algo hostil después de haber estado tanto tiempo en la sala de espera. Los otros cinco pacientes de los que es responsable, los informes que todavía tiene que redactar, todo lo que cree que debería saber y no sabe y no tiene tiempo de aprender entre las guardias y los cursos on line y las consultas. El desencuentro con J que le dice que no puede seguir así o no continuará con ella. El miedo a no poder tener hijos porque los cuarenta llegan muy rápido y aún le queda mucho para situarse profesionalmente.

“La sala de espera del médico” (1870) , Vladimir Makovski

En “Enemigos” Chéjov muestra (esta es su maestría, la aproximación fenomenológica -como viven lo que les ocurre- a los personajes) el desencuentro y el choque radical del médico rural Kirilov, que acaba de perder a su hijo de difteria, y Aboguin un músico de clase alta que cree que su mujer puede tener una enfermedad grave que amenaza su vida. La esposa del médico está arrodillada al lado del cadáver del niño todavía caliente, la casa huele a ácido fénico y está en penumbra, el médico lleva tres noches sin dormir y tiene el corazón roto por el dolor. Aboguin que ha venido con su coche de caballos conducido por un cochero y vestido con arreglo a su clase social. Primero es amable pero luego su tono cambia y exige y apela a la ley y por fin a la vocación: “Cuando Aboguin dijo unas cuantas frases más sobre la vocación del médico, sobre el sacrificio, etcétera, el médico preguntó con gesto sombrío: ¿es muy lejos?”

Cuando se leen las enfermedades en los textos en que se estudia hoy la medicina todo parece muy técnico, muy evidente, parece muy claro lo que hay que hacer. Preguntar y obtener todas las respuestas, examinar y saber interpretar todo lo que se ve y se toca, contemplar las distintas posibilidades diagnósticas, pedir todas las pruebas pertinentes e interpretarlas para llegar a un diagnóstico claro y aplicar, de inmediato, el mejor tratamiento que siempre estaría disponible. Pero en la realidad las cosas no son así exactamente y, muy a menudo, distan mucho de ser ideales. La asistencia se produce en el contexto de un sistema sanitario concreto: con una gestión más o menos competente, con unos profesionales más o menos motivados o formados, con tensión entre unos recursos siempre limitados y una demanda en continuo aumento por motivos diversos y complejos, con pacientes más o menos frustrados por la masificación de las consultas, las listas de espera o la situación de las urgencias que, con frecuencia, se convierten la única manera de ser atendidos de forma más rápida.

“La niña enferma” (1885), Edvard Munch

En este escenario real, al final, siempre hay un encuentro de dos personas concretas en un momento concreto. No se encuentran “el médico” y el “paciente”. Se encuentran una mujer aterrada por un síntoma que interpreta como una amenaza vital y un profesional que lleva veinticuatro horas trabajando y apenas ha dormido ni ha podido comer. Un residente inseguro con un adjunto irritable que acaba de atravesar un divorcio. Un médico de familia desbordado con un hombre que lleva meses intentando que alguien ponga nombre a sus molestias y, sobre todo, que alguien las escuche. Ambos llegan a la consulta acompañados por sus biografías, sus miedos, sus prejuicios, sus esperanzas y sus expectativas. La medicina ocurre en ese territorio humano mucho antes de que aparezcan las pruebas complementarias, los protocolos o los algoritmos. A veces, por fortuna pocas veces, el encuentro se transforma en desencuentro. Eso es lo que sucede entre Kirílov y Aboguin. Ambos sufren, pero cada uno está tan ocupado por su propio dolor que termina siendo incapaz de reconocer el del otro. Lo que Chéjov describe con extraordinaria lucidez es lo que podría llamarse el egoísmo de los desgraciados. No porque sean peores personas, sino porque el dolor intenso tiende a estrechar el campo de visión moral. La desdicha no siempre vuelve a las personas más comprensivas o compasivas. Puede también volverlas injustas, irritables, hipersensibles o crueles. En determinadas circunstancias el sufrimiento no une: separa. Y separa precisamente cuando sería más necesaria una alianza de colaboración.

Leer este cuento y otros de Chejov ayuda a comprender, a vislumbrar desde lejos, los límites que la empatía puede tener en algunas circunstancias, lo difícil que puede ser cumplir unos ideales profesionales en circunstancias adversas. El precio personal que puede tener intentarlo cada día apelando a la vocación y al sentido de la responsabilidad. Porque el deber profesional siempre tiene un límite humano y puede ser trágico ignorarlo. Como olvidar lo que le hace el dolor ajeno al que cuida, el precio que tiene la exposición continuada al sufrimiento, lo que abrasa contemplar de continuo la cara oculta de la luna. Sus relatos describen la ambigüedad y la incertidumbre de la vida, donde no todo está del todo en nuestras manos y siempre es tan frágil, sobre todo en situaciones de ansiedad cuando es tan sencillo condenar globalmente al otro desde la irritación e ir escalando todo tipo de apelativos morales que bloquean lo único que podría parar la escalada del conflicto: escucharse y tratar de comprender el punto de vista del otro.

La niña enferma (1881) Christian Krohg

Leer “Enemigos” puede recordar a los médicos lo importante que es tener habilidades de comunicación, lucidez para escuchar las sensaciones de su cuerpo y conocimientos para cuidarse psicologicamente. Para decidir cuando hay que parar y también para no olvidar que, como enseña Albert Ellis en su RET, es importante intentar separar conducta e identidad. Hay que intentar no hacer nunca valoraciones globales de los otros igual que de nosotros mismos. No es lo mismo validar, porque lo refrendan unas emociones muy intensas, una cognición como “este paciente es un caradura que quiere humillarme” que “este paciente está haciendo una demanda que considera inapropiada“; “este cirujano es un vago que viene a las guardias a dormir” que “este cirujano está poniendo una barrera porque quizá esta muy cansado y ademas no tiene camas”; “este médico no tiene empatía y es un antipático” que “este médico puede estar agotado o tener algún problema personal“. Unas cogniciones alimentan la ira y el resentimiento, otras favorecen la curiosidad, la prudencia y la posibilidad de comprender. Algo que puede operar algunas veces pero que no lo hará otras, sobre todo, si el contexto es demasiado exigente o suceden hechos irreparables.

Chejov (1860-1904) se licenció en Medicina en 1884 y siguió ejerciendo, al menos de forma intermitente, durante una buena parte su vida, compaginándolo con su actividad literaria. Ser médico le permitió contemplar la complejidad de la naturaleza humana, la devastación que produce la enfermedad y la pobreza en las personas, la dimensión ineludible de la tragedia humana que tan explícita era en la Rusia de entonces. Lo que también pudo experimentar en sí mismo, por el sufrimiento que le generó la tuberculosis que le acompañó muchos años y que tanto limitó sus sueños, pero no su capacidad de disfrutar, ni esa mirada compasiva y lúcida sobre la condición humana que sigue siendo tan actual e imprescindible.

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