Durante años creí que buscaba información. Quizá lo que realmente estaba buscando era una forma de orientarme
En mis primeros años de cirugía, cuando me enfrentaba a un caso especial, escudriñaba obsesivamente la bibliografía médica disponible. Rebuscaba en las bibliotecas cercanas, solicitaba artículos otros centros y seguía referencias que me llevaban a otras referencias, casi siempre a textos farragosos en idiomas que a duras penas controlaba. Puedo confirmar, hoy, que aquello era otro siglo.
Pero con el tiempo aprendí a seleccionar lo que importaba, a leer con espíritu crítico y a preguntarme no solo qué decía un estudio, sino por qué debía creerlo. Textos como el manual de Cochrane o los discursos de Osler me ayudaron a centrar el tiro y a comprender qué estaba haciendo y por qué.
A veces me pregunto si mi profesión moldeó mi manera de razonar o si, en realidad, fue mi forma de ser la que encontró acomodo en el quirófano. Nunca he sabido responderlo del todo. En cualquier caso, estoy convencido de que lo vivido fuera del hospital —y también en mis derrotas privadas— ha tenido un peso igual o mayor, aunque aparezca menos en el papel.
Muchas de las ideas que hoy percibo como propias no nacieron de la medicina. Llegaron desde fuentes diversas, algunas intelectuales y otras más cotidianas, y escuchando a pacientes, compañeros o amigos. En esa atmósfera se fue generando, casi sin darme cuenta, el clima mental que me ha dado formato.

Deudas
Reconozco que los principios que defiendo en mis reflexiones son, muchas veces, interpretaciones personales de lecturas y enseñanzas que me han acompañado de forma más o menos visible. Poco a poco fui impregnándome de una forma de entender el conocimiento: debía ser racional, revisable en cualquier momento y siempre obligado a contrastarse con la realidad.
Ese espíritu me enseñó disciplinas que sigo practicando hoy, como intentar comprender antes de juzgar, separar lo que sé de lo que creo saber y desconfiar de las certezas que sienta demasiado cómodas. Y, sobre todo, a ver el error no como una condena, sino como el aviso de que hay algo que corregir. He tenido la inmensa suerte de equivocarme a tiempo muchas veces.
Poner esas ideas por escrito me ha revelado otras lecciones menos visibles: que decidir siempre deja un rastro de incertidumbre y no consiste solo en aplicar una lógica matemática; que cambiar de opinión no significa haber estado equivocado; y que somos seres complejos que no siempre elegimos entre lo correcto y lo incorrecto.
Y también que la curiosidad y el agradecimiento son excelentes compañeros de viaje, sin necesidad de empeñarme en tener siempre la razón.

Gratitudes
De ahí que las influencias más profundas no estén en los libros, sino en las relaciones con personas concretas.
En el círculo más próximo, la familia y las amistades han sido la escuela más constante: a base de preguntas incómodas, desacuerdos inevitables, rectificaciones a tiempo y un sentido del humor que relativiza cualquier dogma, me han obligado a escuchar mejor y a reconocer los límites de mis convicciones.
También debo mucho a quienes ya no están; algunas conversaciones terminaron hace años, pero sus preguntas y sus ejemplos siguen acompañándome, a veces in darme cuenta.
En lo profesional guardo un profundo agradecimiento a mis compañeros —maestros, colegas cirujanos, anestesistas, residentes, alumnos y, en especial, al personal de enfermería— con quienes aprendí que nadie decide solo y que el respeto mutuo cimenta más conocimiento que la brillantez aislada.
Y, por encima de todos, me enseñaron los pacientes. Su fragilidad y su coraje me hicieron ver que la medicina no es una lucha pírrica contra la muerte, sino un pacto serio con la vida. Muchas de mis premisas éticas nacieron, precisamente, del intento diario de no dañarles con mis propias certezas.
Si hoy miro hacia atrás, veo con nitidez que todas esas voces, experiencias y afectos han moldeado mi manera de entender el mundo. Reconozco que, haber tenido la oportunidad de aprender de ellos, ha sido un auténtico privilegio.
Mi abuelo, médico de pueblo, copió de Letamendi la siguiente frase:
“El médico que solo sabe medicina, ni medicina sabe”
Esa cualidad es tuya. Enhorabuena.