Empieza el curso escolar. Discutimos, sobremesa, acerca de PISA, de los métodos didácticos y sus cualidades, defectos, de los fracasos académicos, citamos versos y reyes de memoria. Pensamos en cuatro niñas que acaban de escolarizarse: Maya, Mia, Olivia, Vega. Sus cerebros vírgenes.
Cuando éramos niños teníamos meritorios maestros de escuela, bellas enciclopedias Álvarez, estaban imbuidos, acaso sin saberlo, por viejas teorías didácticas que forzaban nuestras memorias como método para formar aspirantes a bachilleres.
Nos obligaban a memorizar sonoras listas de reyes godos, los ríos y sus afluentes, montañas y valles, provincias y comarcas; la tabla de multiplicar, los ministros y sus carteras, canciones y oraciones que ya hemos olvidado. Espronceda.
Luego cundió la idea de que no era bueno que los niños aprendieran de memoria, como papagayos. Mejor entender, comprender, experimentar y hacer tareas prácticas. Otro día hablaremos de la controversia entre teoría y práctica, por no meter la cuña de la técnica. Pero estas son palabras mayores. De momento hablemos de la memoria.
Por cierto, seguro que usted mismo, misma, ha presumido, o se ha quejado al menos, de tener mala memoria, de no poder hablar como antes, todo seguido… ¡si hombre, ese actor… ¿cómo se llamaba?! Pero ¿a que nunca se ha quejado usted de tener poca inteligencia? No, eso sería un baldón, algo así como presumir de ser feo o fea. Palabras mayores.

Volvamos a la memoria, esa “inteligencia de los tontos” se decía. Craso error. Cierto que hay tontos de baba y cortos de intelecto que citan, enjundiosos o solemnes, frases de almanaque, de taza y camiseta, que calculan numerologías sin cuento, hacen cabalísticas con las matrículas de los coches, qué sé yo… También hay listas y listos que esgrimen ingeniosas expresiones de autores que, preguntados, no saben quiénes fueron. Los sacaron de libros de citas, pero no se citaron con sus autores, o autoras. Cierto es, no lo neguemos.
Pero ¿quién ha demostrado que estudiar de memoria entontezca, o merme la inteligencia, o atore la atención, o nuble la capacidad de compresión?
Lo contrario, que quien no memoriza contribuye a ello, no necesita demostración. Es un hecho tan cierto como que la memoria es lo primero que se pierde en las demencias, y, tras ella, se van deteriorando la atención, la comprensión, la comunicación, la inteligencia. La memoria es necesaria para sostener todas las funciones intelectuales, que ahora, sensu moderno, denominamos cognitivas.
Pero la memoria además de almacenar recuerdos, guardarlos y recuperarlos, representa un esfuerzo de estudio o aprendizaje que tonifica el músculo de la atención, y esta es necesaria para la comprensión, y está enriquece la sabiduría, que no es un almacén de erudiciones oscuro y abstracto, sino un museo de luminarias abierto al público. ¿Conoce usted alguna persona sabia que no tenga buena memoria?

La memoria muscula la disciplina, que es la virtud del discípulo, y armoniza la didáctica, que es la virtud del maestro. La inteligencia dotada de atención, comprensión y un nutrido almacén de memorias ejerce mucho mejor sus funciones, es más ágil, flexible, resolutiva; ingeniosa, diríamos con Marina. Creativa. Envidiable.
Qué envidia la de esas mentes despiertas, atentas a todo, lúcidas en el análisis, eruditas en las citas, memoriosas en las tonalidades de los recuerdos, afinadas en las observaciones críticas, mesuradas en la diversidad de las opiniones, pues ellas merecen la atribución de sabias. Pero, sobre todo, cómo no envidiar esa facilidad de memorizar y recordar textos, autores, episodios, esa memoriosa fidelidad a la verdad que aparentan poseer las mentes más sabias. Qué envidia.
Pues sepa que nada de lo anterior es ajeno al cultivo disciplinado de la memoria. Al enriquecimiento del almacén donde se guardan esos tesoros que la inteligencia utiliza para resolver, fertilizar, recrear y crear vida. Para adornarla y amenizarla. Los memoriosos sabios son sagaces pescadores de matices, trovadores de esas chispas de ingeniosidad que tanto nos sorprenden a los curiosos y despistados, que los envidiamos con ilusoria impotencia.
Elogiemos pues la memoria, elevemos merecido encomio a ese instrumento que los perezosos mentales critican sin percatarse de que esa pereza suya es un indicio de su limitada inteligencia, de su escasa capacidad reflexiva, de su mermada sabiduría.

La memoria es un almacén lleno de datos, imágenes, olores, palabras, ecos, de muy diversas especies y categorías, bien ordenados en sus redes neuronales, con sistemas ágiles de búsqueda y recuperación, que la mente humana usa para nutrir y capacitar a la inteligencia.
Cierto es que parece banal citar la retahíla de reyes godos, Chindasvinto, Recesvinto, Recaredo, pero no saber qué existieron es incultura. No saber el nombre de la provincia o el río por el que pasa un niño vasco cuando atraviesa Castilla hacia el pueblo de sus abuelos, es incultura, o necedad política. Lo de los ministros, eso sí, casi mejor olvidarlo.
Pero es evidente que la memoria sí ocupa lugar, y no solo metafóricamente, lo ocupa en el cerebro, en la mente, en la inteligencia y en la sabiduría, y es insustituible.
Encomiemos, defendamos y envidiemos pues la buena memoria.
Laudetur Mnemosynae