Triple tres: Rábago, OPS, El Roto

Digo Triple tres, no sólo para referirme a la identidad trinitaria –sino también teológica y teologal– de Andrés Rábago García (Madrid, 1947), dibujante, pintor y viñetista de fortuna prolongada. De tanta fortuna que, de un tiempo a esta parte, su dibujo-viñeta diaria en el diario madrileño El País, ha llegado a adquirir características de tribuna, editorial o de página ‘tercera’ –a la manera de las páginas señeras del querido diario monárquico, ABC, como decía Rafael Sánchez Ferlosio–. Tan es así eso, que conozco cada vez a más gente que dicen que compran el diario de la calle Yuste, sola y exclusivamente por la pieza reputada de El Roto. José María Guijarro –autor de la nota de prensa de la exposición de Almagro– en el encuentro sostenido en el mes de junio –del que hablo más abajo– decía que él recordaba que compraba El País, por tres razones: Haro Tecglen, Vázquez Montalbán y El Roto. A lo que yo le contesté que, desaparecidos los dos primeros referentes, las tres razones subsistentes para frecuentar el diario, serían El Roto por partida triple. En la medida en que el diario independiente y referencia de muchos años –que hoy se desdibujan entre las arremetidas de su significado y el cambio de tercio generacional como se visualiza en la mesa del gobierno mismo–, está experimentando una transformación visible, en donde apuesta por la inmediatez política y por lo más mediático de la cultura recreativa. Y ese carácter visible de El Roto triple, como razón de ser de la lectura de El País, le conecta con algunos supervivientes de antaño –Azúa, Savater, Vicent o Estefanía– y proyecta sus viñetas como los auténticos editoriales.

Ya saben que hay lectores y espectadores caprichosos y de tendencias erráticas que monopolizan sus preferencias por ese tipo de asuntos no menores y disímiles: comprar libros por el diseño exclusivo de sus portadas; ver las películas por la sola música que las acompañan o comprar diarios por una de sus firmas preferidas, por más que la arrinconen y desplacen a espacios poco frecuentados y traseros. Y El Roto es ese talismán para algunos compradores de El País con su viñeta diaria, que surte el efecto del de aquellos destacados ‘Pensamientos del día’ de algunos calendarios piadosos. Calendarios, que a primeras horas de la mañana y al desplegar la hojilla nos dictaban la sentencia moralizante y sintética de nuestros afanes del día en curso. Y nos ayudaban a interpretar el día y sus afanes, incluso a vadearlo, cual río impetuoso

Piezas estas de El Roto, que cuenta con un capacidad discursiva y analítica –al tiempo que sintetizadora, propia de toda imagen concentrada en unos trazos escuetos– para resumir la totalidad de la lectura del resto del diario. Haciendo buena la controvertida máxima de que una imagen vale más que cien palabras: aquí sería, la de que una viñeta vale tanto como el resto de papel que la acompaña en el cintillo impreso. Piezas estas de El Roto, que cuentan además con unas altas cotas de expresividad gráfica. A caballo de la vieja ilustración crítica de George Grosz o de John Heartfield y de los métodos expresivos de Estampa popular. Contando con el trayecto previo desarrollado en su etapa de OPS, donde sorteó territorios que viajan entre Kafka y el Surrealismo.

Lo más sorprendente de todo ello es que el 24 de septiembre, Andrés Rábago personado en Almagro –para dar por concluida su excelente exposición El teatro de El Roto, que ha sido expuesta en la Galería Fúcares– me saludó tras el otro encuentro, distante y lejano, sostenido telemáticamente a comienzos del ciclo expositivo. Rábago en Santander, José María Guijarro en Huesca, Norberto Dotor y Verónica Ortega en Almagro y yo mismo, perdido por los mares del sur y asentado en Zahara de los Atunes, cruzamos pareceres el 26 de julio, pasadas las horas del mediodía. De aquel encuentro ha dejado constancia Norberto con dos piezas de vídeo que pueden dar fe de como la comunicación no es sólo un problema de distancias sino de entendimiento de cosas comunes con perspectivas compartidas. Allí se habló –lo pueden contemplar ustedes aquí– del teatro en la vida de El Roto/Rábago, quien decía interesarse más por el espacio teatral que por la palabra actoral
. Incluso desveló su temprano interés por lo escenográfico y su amistad primeriza con teatreros destacados, como Ángel García Pintado, que fuera el primer director de la revista satírica de 1972 Hermano Lobo.

Donde descubrimos a un joven surrealista (¿…?) y gélido que desplegaba unos dibujos inquietantes de corte onírico en la corte de maestros del humorismo, como ha rememorado Manuel Vicent en su reciente texto Aquella cenas de Hermano Lobo (El País, 25 septiembre 2020). Donde oficiaban, junto a Chumy-Chumez los cuatro magníficos–en palabras de Vicent– Forges, Summers, Perich y OPS. Sabiendo que, de todos ellos, la juventud de OPS era parte de la puesta en escena de esa revista misteriosa, que se preguntaba en su penúltima página ‘¿Cuándo desaparecerá la censura?’. De esa época, de los primeros setenta –cuando el lobo preguntaba al censor sobre su cesantía y acababa aullando como toda respuesta temporal–, particularmente de la presentación en Sevilla del semanario satírico, en el Colegio de Médicos de la avenida de la Borbolla, conservo un dibujo dedicado por OPS, que por alguna razón quedó a medias: Así dice: “Para Pepe a medias del OPS”. Un Pepe que Chumy-Chumez, en el mismo acto, se vio obligado a rectificar, donde antes había puesto Tete –no Teté como el pianista ciego–, nombre que le pareció normal por su excentricidad vasca.

Dibujos que fueron volcados, algunos años después por la editorial Cuadernos para el Dialogo, en un volumen denominado La cebada al rabo. Cuya portada refleja todo el misterio de esa época de Andrés Rábago, actuando como OPS. Un grupo familiar –padre trajeado e hijo vestido de marinero, a grupas de un enorme insecto, como si fuera un triciclo o un cochecito animal, del que el padre tira, guiando al infante– visto de espaldas sobre un raro horizonte terrero y un cielo racheado de azules, cuyas sombras arrojadas traducen la inquietante atmósfera propia de las pinturas Metafísicas de algunos italianos. Aunque aquí el carácter doméstico del enorme insecto –escarabajo, cucaracha o araña– le emparente con Kafka. Parentesco que se desborda en el pliegue superior izquierdo que, al doblarse para visualizar el título del libro, deja ver una enorme colección de nuevos insectos, en aparente huida de la portada confusa que nos confunde a todos como entomólogos principiantes.

Este libro fue el que llevé al encuentro de septiembre para que Andrés me lo firmara. Y resolvió con la elegancia y maestría que le caracteriza. Ahora la anotación a medias de 1972-73 quedó ya completa. “Para Pepe Rivero con mi mayor afecto. Almagro 2020. OPS. El Roto. Rábago”. Y esa era parte de la sorpresa. Que firmaran al alimón tres figuras y un sólo autor verdadero –como en la dogmática del misterio de la Santísima Trinidad–. Una firma sin rubrica, porque ¿a quién habría correspondido el bucle que cierra toda firma, como una suerte de rara melancolía? Lo veremos en su próxima exposición del próximo año, que versa sobre aspectos precisos del Apocalipsis en el que nos vamos instalando.

(1) Esa es parte de la definición de Félix Grande en el prólogo de La avena al rabo, al decir: “OPS no nos proporciona reposo, no nos entrega convenciones críticas que pudieran tranquilizarnos y, de alguna manera, alienarnos: nos arrima una helada llama en la que nuestra reflexión rompe a arder y nos quema y nos hiela”. Preguntado por las posibles influencias que Roland Topor –miembro del grupo Pánico, junto a Arrabal y Jodorowski– en su trabajo, Andrés me confesaba que Topor –al que llegó a conocer personalmente– estaba imbuido obsesivamente por los sueños, como producto encadenado del Surrealismo. Y él, llegó un momento en que necesitaba plasmar otras preocupaciones sociales que escapaban de ese marco. De ahí nació El Roto. Quedando recluido OPS en esa suerte de jardín del onirismo de la infancia y primera juventud.

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2 Comentarios

  • En las recopilaciones de cuentos de Vicentehabía ilustraciones a toda página de un tal OPS. Como tú dices, eran muy surrealistas. Con una salvedad: el surrealismo pictórico parecía requerir o bien color -De Chirico, al que tú aludes- o bien abigarramiento de encuadre -George Grosz, que es más bien expresionista. Sin embargo, OPS era línea clara y vacío existencial. Recordaba más a Beckett que a Breton. Y, desde luego, no era suficiente, así Rábago no iba a ninguna parte. Con su transformación en El Roto alcanzó su encarnación definitiva. El Roto es más frase que dibujo, al contrario que OPS. El Roto no es un viñetista, es un epigramático, tal vez el más grande de nuestro tiempo. Yo, desde luego, también compraría el diario mencionado sólo por su frase, si comprara diario alguno, como en su momento -ya sé que esto no es de tu gusto- en mi facultad comprábamos el libelo de El Mundo por la colun-na de Pacumbral. El Roto de mano en mano, Pacumbral de mano en mano del pueblo llano a la hora del café: ese es, sin duda, el éxito absoluto de un escritor…

    Un aspecto de El Roto que no tratas es el de sus viñetas sobre eso que llaman Arte Contemporáneo. Se ve -lo ignoro- que él ha sido asiduo, incluso que ha echado su cuarto a espadas en ese mundillo. Una vez fuera, lo que observa en él no se puede llamar “ácido” o “corrosivo”, es simplemente todo cierto, desoladoramente cierto. Gracias por tu texto, muy bueno y oportuno.

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