Fotografía: Faemino y Cansado, making off
por[scrollGallery id=3] Montan un escenario allí donde están más de cinco minutos. En los 80 lo hacían en medio del Retiro, a pelo,…
Recomendaciones
[scrollGallery id=3] Montan un escenario allí donde están más de cinco minutos. En los 80 lo hacían en medio del Retiro, a pelo,…
En su primer novelón, Los Buddenbrook, retrato de familia de la sociedad alemana del diecinueve, Thomas Mann hace morir a Thomas Buddenbrook mientras describe su rostro petrificado, como de máscara. El cónsul Thomas Buddenbrook ha sido joven aplicado, exitoso comerciante, marido cumplidor y uno de los hijos más destacados de la ciudad de Lübeck. Ha sabido distinguir la diplomacia de la adulación, algo crucial para ganarse el respeto de una sociedad reformista como la hanseática; Buddenbrook ha empleado, por supuesto, la primera de las estrategias. Mann demuestra bien cómo, para concitar el favor de nuestros contemporáneos, conviene atenerse exquisitamente a lo convencional dejando de cuando en cuando un toque de excentricidad, lo justo para que parezcamos auténticos en nuestro saber estar. Buddenbrook posee visión comercial e inquietudes artísticas, y eso satisface las necesidades materiales y sentimentales del capitalismo, aún adolescente, de la época.
“En aquellos días decía yo a menudo que no soportaba la vida y que deseaba morir por encima de cualquier otra cosa. “En el…
Es un error muy común pensar que la selección natural va creando individuos cada vez mejores o “más perfectos” siguiendo como paradigma las cualidades de los seres humanos. La selección sólo hace que sobrevivan los individuos más aptos para un entorno dado, nada más. Ser consciente es muy costoso, hay que dedicar mucho tiempo a aprender cada nueva situación mientras que es mucho más económico tener toda nuestra conducta programada a priori en el ADN.
Me voy, te dejo en la noche, te dejo en el jardín donde los cerezos lloran esta amarga lluvia de verano. Bajo el…
El pequeño Oscar tenía once meses cuando los médicos fruncieron el ceño. Algo no iba bien. Sin haber vuelto todavía por completo las doce hojas de un calendario de pared, aquel mico que braceaba y lloraba a partes iguales, pataleando también, tenía que pasar por el quirófano para corregir una malformación ósea que con el tiempo hubiera degenerado de mala manera. Y la única forma de corregir era amputar. Así, sin haber bajado apenas de la cuna, el pequeño pretoriano se enfrentó, sin saberlo, a un momento que iba a cambiar su vida al principio del otoño de 1987. El pequeño Pistorius entró al quirófano con una malformación ósea y salió sin ella, pero pagó un precio elevado: le amputaron, de la rodilla hacia abajo, sus dos piernas.
Truman Capote logró su objetivo: su escritura es transparente como un arroyo de montaña. Es tan fina la lente con la que mira que incluso su vanidad se refleja en el cristal; llegamos a ver doble, su yo y el yo que él quiere proyectar. La prosa de Capote se independiza de su pluma y se convierte en bisturí, instrumento científico, disecador de la maravilla y miseria de la carne humana.
“Es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene” Séneca. Diálogos El secreto…
La producción textual que, forzosamente, nos confió David Foster Wallace aquel viernes del otoño de 2008 -cuando su pareja descubrió el cuerpo sin vida del autor suspendido en el garaje del adosado de ambos-, a duras penas encaja bajo algún parámetro genérico.
La copia informática que la industria y la SGAE llama piratería forma parte de un proceso histórico imparable. Es una evolución en la que…
Llegó la primavera y Gusamari se subió a un manzano.
Era un áspero bichito de piel peluda y temperamento huraño, y el manzano le gritó: “Apartate de mis manzanas infecto gusano”; a lo cual él respondió: “No soy un gusano, soy ¡Dinamita!”, parafraseando al Nietzsche más violento. Y, sin dudarlo, se metió de lleno en la manzana sin ninguna intención que fuera buena.
Mientras taladraba la jugosa fruta y dejaba que le inundara la agridulce tentación, se topó con Newton, aquel que encontró en una manzana las leyes del cosmos, sin saber que algún día la cosmología se convertiría en cosmética.
El sol pinta el ambiente en la capital escocesa. No es habitual poder coquetear con él en la vejez del verano, mientras se descansa en un banco de cualquier plaza al tiempo que la tez de los oriundos enrojece hasta tonos insospechados y se escucha de fondo una gaita sonar entre vetustos edificios cerca del Mary King Cross.