Manhattan

 

Había olvidado Manhattan. Me refiero a que la había visto cuando se estrenó en 1979 y creo que me gustó, porque entonces de Woody Allen me gustaba todo, pero ya había olvidado la historia y no hubiera sabido decirle a alguien de qué iba, salvo que era en blanco y negro y que trabajaba la nieta de Hemingway (Mariel) que además creía que había muerto años después y no era cierto, porque ahora descubro que la confundía con su hermana Margaux. También recordaba aquella imagen de Woody con Diane Keaton sentados en un banco contemplando el puente de Queensboro y pensando que Nueva York era la mejor ciudad del mundo, que fue la imagen del cartel de la película, sobre fondo amarillo, que tuve muchos años en una pared de mi casa.

 

 

Había estado paseando por Lyon, haciendo fotos de las calles y añorando ya, antes de irme, los cafés en los que me paraba a cada paso; las librerías en las que ojeaba libros al lado de gente que no me hubiera importado conocer; las escaleras de la Opera donde estudiantes jóvenes parloteaban en francés y se reían en esperanto; la perspectiva de un río navegable que engrandecía edificios antiguos y preciosos; el sorprendente sabor fuerte de los quesos y la dulzura del vino blanco. Llegué cansado al hotel y recordé que en el ordenador tenía algunas películas pero estaba seguro que la que me apetecía ver era Manhattan.

 

 

Una película es buena si recrea un estado de ánimo. Yo tenía la sensación de estar en un sitio civilizado y las andanzas de esa gente vulnerable, ingenua, culta, benigna y entrañable acabaron de redondear una tarde memorable. En ella están todas las zozobras de la juventud y la primera madurez con todo su encanto y sus inevitables contradicciones. Y con palabras y palabras llenas de humor y de sabiduría de la condición humana. Woody trasmite lo que en su propia vida estaba experimentando y trataba probablemente de comprenderlo, de distanciarse y de aceptarlo de una forma civilizada, quizá porque intuía que poco más que eso podía hacerse aparte de ponerle una banda sonora de Sidney Bechet. En la película la gente cree que ama y se equivoca y olvida que se ha equivocado y añora lo que ha perdido y que creía que no amaba. Pero mantiene el tipo y las amistades no se pierden y se producen nuevas oportunidades y no sufren tanto como parece porque a pesar de las apariencias los corazones no llegan a romperse del todo y hay muchos peces en el mar de Nueva York. Algo muy lejano a la visceralidad estúpida que parece volver a colarse en este país por todos lados.

 

 

Hoy la vuelvo a ver en una amable tarde de verano y la incluyo entre esas cosas por las que merece la pena vivir… como Groucho Marx, el segundo movimiento de la sinfonía Jupiter, la educación sentimental de Flauberg, Louis Armstrong… y desde luego un tipo que es capaz de decir cosas como éstas :

 

“[…] y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: Doctor, mi hermano está loco cree que es una gallina.Y el doctor responde: ¿Pues por qué no lo mete en un manicomio? Y el tipo le dice: Lo haría, pero necesito los huevos.

Pues, eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos. (Annie Hall, 1977)”

 

“Cómo quieres que te olvide si cuando comienzo a olvidarte me olvido de olvidarte y comienzo a recordarte”

 

“El amor es la respuesta, pero mientras esperas la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante interesantes.”

 

“El miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro.”

 

“Mi cerebro es mi segundo órgano favorito.” (Sleeper, 1973)

 

“Mi forma de bromear es decir la verdad. Es la broma más divertida.”

 

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