Jacques Demy, La bahía de los Ángeles, 1963

Cine clásico

En teoría de probabilidades, se define como martingala a un proceso estocástico del tipo martingala (galicismo de martingale), a la secuencia de variables aleatorias en la que, en un tiempo dado, la esperanza condicional de obtener el siguiente valor –dados todos los valores anteriores–, es igual al valor presente. La estrategia de la martingala es el más famoso de los sistemas usados para predecir los resultados del juego de la ruleta. Como nos demuestran los jugadores del casino, de la película de Jacques Demy (Nantes, 1931-París 1990) La bahía de los ángeles. Jugadores hipnotizados por el giro sucesivo de la ruleta, en donde tratan de depositar el resultado de su futuro venturoso. Paciencia de la observación al anotar los premios sucesivos de la ruleta como método de juego venidero. Descubriendo –si es que existieran– las leyes ocultas del azar y depositando en su rutina previsible, el placer de la predicción y del mañana venturoso y colmado de premios. Algo parecido, ese procedimiento, a lo realizado –pero ya mejorado al contar con bases informáticas y tecnologías sofisticadas– por Gonzalo García Pelayo, que ya nos lo contara en su película Los Pelayos.

El trávelin con el que comienza la película La bahía de los ángeles, a través del Paseo de los Ingleses de Niza, es ya un anticipo de la propia película –un movimiento ajeno a la mirada del espectador e indiferente a los paseantes– y una declaración de intenciones del autor que señala los movimientos de cámara a lomos de un furgoneta abierta al exterior, para describir y anticipar el movimiento sin sentido de la vida de los protagonistas. Una suerte de errancia visual contenida por el muelle del Paseo y las sombras del arbolado lateral en una mañana luminosa del Mediterráneo francés.

Una obra de Jacques Demy poco valorada–quizás como todo el resto de su obra, tenido por ecléctico y confuso en sus planes y planteamientos, por más que cada vez sea más evidente el valor elevado de algunas de sus películas destacadas –, pero que vista hoy –con el acompañamiento musical del gran Michel Legrand– adquiere un inequívoco tono de esos años de comienzos de los sesenta, aún grises pero ya luminosos y en espera del tecnicolor.

Hay películas que expresan a la perfección esas sensaciones del tiempo y de su paso, por más irreales que sean las vidas de dos jugadores de fortuna, desplazados desde Paris a las mesas de los paraísos casineros del sur de Francia y unidos por conveniencia del juego y de otras coincidencias menores. Una película que se debate entre la arena sucia de los días de oficina y metro y los días azules de soles mediterráneos y hoteles sofisticados para turistas y millonarios con posibilidades. Jacques Demy al que pocos ubican como miembro activo en el grupo de la Nouvelle Vague– en el que si se ubica su mujer Agnes Varda de la cual ya hemos hablado en estas notas de cine con Cleo de 5 a 7– tiene en sus primeras películas Lola y La bahía de los ángeles los mismos planteamientos formales que los cabecillas y líderes del movimiento cinematográfico francés. Hay algo de A bout de soufflé de Godard (1960) en esta pieza de Demy, no sólo por la errancia de los protagonistas sino por la fatalidad de sus destinos cruzados. La bahía de los ángeles, realizada tras Lola (1960) y antes que Los paraguas de Cherburgo (1964), refleja esa inflexión de Demy, al pasar de películas cotidianas en tono menor a cierta exaltación del Nantes natal y marinero, transmutado entre Cherburgo, la guerra de Argel y el musical americano. Al tiempo que muestra su enorme capacidad para dirigir a actrices importantes del cine francés: así Anouk Aimée en Lola, Jeanne Moreau en La bahía de los ángeles, Catherine Deneuve en Los paraguas de Cherburgo y nuevamente Deneuve y su hermana Françoise Dorléac en Las señoritas de Rochefort.

Los jugadores de casino que son Jeanne Moreau –con un rubio imponente, como tributo a cierta modernidad blondie y que venía de realizar Jules et Jim con Truffaut– y Claude Mann, componen una pareja autodestructiva que se construye en torno al juego y sus lances de mesa. Durante unas vacaciones en Niza, Jean Fournier, un modesto empleado de banca despedido de la casa paterna, conoce a Jackie y se enamora de ella. Se trata de una joven ludópata que se juega todo cuanto gana y con ello, arrastra su destino en envites sucesivos. Como una fatalidad que se escondía en el trávelin inicial. Otra martingala.

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