Escolios de piscina y playa

Fotografía de Slim Aarons

Días pasados Anabel Vázquez iniciaba una pretensión de ensayo abreviado –en el diario El País del 3 de agosto–, propio del verano, al que denominaba Piscina-diva: la Gloria Swanson de las aguas, vanidosa y fotogénica– en torno a las piscinas como valor simbólico de las sociedades contemporáneas. Pretensión de ensayo que denominaba, enfáticamente, como Piscinología. Una Piscinología tremendamente arraigada en el imaginario de las clases medias norteamericanas del Sueño Americano –American Dream– y del posterior viaje del American way of life, como puede rastrearse en toda la documentación de la arquitectura de los 50, y que aquí ya hemos comentado en algunos casos destacados de piezas construidas importantes. Incluso, como el texto se encargaba de recordarnos, en el propio cinematógrafo–la segunda entrega del 9 de agosto, aparecía con un fotograma de El nadador– como metáfora idealizada de los sueños húmedos –nunca mejor dicho– de las clases medias de las sociedades occidentales. Ya que esa Gloria Swanson de la piscina-diva, estaba referida a la escena final de Sunset boulevard de Billy Wilder, y que aquí se llamó El crespúsculo de los dioses. Cuando bien cierto es que mas que crepúsculo estabamos asistiendo a la plenitud de una nueva idolatria del agua domesticada. Un idolatria azulada y un signo externo de riqueza en las arenas movedizas de la sociología ascendente.

Y es que no se concibe casa, villa, chalé o vivienda como promesa de felicidad y como símbolo de prosperidad, que no vaya acompañada por la correspondiente lámina de agua azul cielo, alojada en el vaso de la piscina que puede adoptar diversas geometrías del deseo: desde piezas geométricas nítidas como palmeras a riñones orgánicos que rememoran un cuerpo ideal.

Algunos comentarios sobre estos aspectos añadidos, se produjeron en estas páginas de Hypérbole, con el trabajo Construir el agua. Que daba comienzo con una referencia parecida de Gaston Bachelard. “Las aguas – dice Bachelard en su texto El agua y los sueños (1942, en traducción de la escritora Ida Vitale)– no construyen verdaderas mentiras; dando a entender con ello la amplia categoría de mentiras que podemos descubrir en la vida y en el agua: mentiras falsas, mentiras auténticas y verdaderas, medias mentiras, mentirijillas y mentiras mendaces y pavorosas. Es necesario un alma muy perturbada y muy atormentada para que de veras se engañe con los espejismos del río. Que es casi otra metafora mentirosa. Esto es, las aguas no engañan, ni nos engañan; los engaños los provocamos nosotros desde nuestra superficialidad contemporánea y desde nuestros aires modernos. O desde nuestra esencia terrera”. Ya hacia el final de aquellas rememoraciones se hacia efectiva la visibilidad de las piscinas, que en ese año de 2019 habÍa sido objeto de alguna consideración artística. “El pasado fin de semana el suplemento Babelia, en un verano tan intenso como seco, este del 2019, recogía materiales para otro ensayo, aunque este de estirpe artística, que denominaba en su portada Piscinas: trampolines hacia el arte. Y que configuraban sendos trabajo de Ángela Molina (Paraísos artificiales) y Anatxu Zabalbescoa (Construir un espacio para el agua). Trabajos que dejaban ver la artificialidad de los paraísos exhibidos, en la medida en que las miradas capturadas de pintores, cineastas y arquitectos, estaban referidas a ese recinto tan simbólico como recreativo que es la piscina contemporánea. La piscina como nuevo espacio donde oficiar algunos ritos actuales, algunos vivos, otros muy deteriorados”.

Y ello queda clara con la foto del texto de Anabel Vázquez, obra de Slim Aarons, un especialista de esa arquitectura del sol californiano y del calor de Arizona, con piscinas para soñar y para vivir. Que nos ofrece, entre un fondo propio de la sequedad de Arizona, un cerramiento de enormes rocas naturales que protegen –como lás aguilas protegen su nido– a la piscina y a la bañista desnuda, que sestea o medita sobre la hamaca.

Junto a la densidad argumental de las piscinas como asunto contemporáneo –de ello podría darnos algunas pistas Beatriz Colomina, que ya había ensayado sobre el valor simbólico del cesped doméstico en las figuraciones formales del siglo XX, siguiendo el rastro de las revistas House beautiful y Better homes&gardens– podríamos interrogarnos por otro frente argumental que se abre, preferentemente, en verano y que está lleno de valencias simbólicas. Me estoy refiriendo a la playa en su valoración actual de paraiso de proximidad. O de paraíso de todos los veranos. Por más que el concepto de playa –tal y como lo entendemos hoy– es algo tan reciente como nos ha demostrado Alain Corbin, en su excelente trabajo El territorio del vacio. Occidente y la invención de la playa (1750-1840) y como se despredenden de todas las imágenes del final del siglo XIX y comienzos del XX. No han aparecido aún los bañistas –que exhiban las indumentarias de tamaño decreciente– que se pasean con trajes de litoral y con temor inveterado a los efectos perniciosos de las aguas. Por ello, los balnearios de costa –varados como barcos raros–, subían con poleas el agua de mar en cubos, que vertían en bañeras de las diferentes cabinas.

Hay por otra parte una rara relación entre la piscina y la playa, como ya tuve ocasión de escribir en 1996 en el texto denominado Pisciplaya, donde se comentaban algunas cuestiones centrales en el asunto de las aguas. “La playa y la piscina no proponen –pese a toda la inmediatez de lo evidente– ninguna equivalencia. Las diferencias entre ambas realidades son notables, pese a la superposición conceptual de aguas que refrescan y relajan en los pavores estivales. Y no son las más destacadas las diferencias de salinidad de uno y otro fluido; ni las pertenencias a universos diferenciados ya que la playa es un producto –al menos en origen– de la naturaleza y de la memoria frente a la piscina que es una producción humana que nutre el olvido insípido. La desaparición creciente de lagos y ríos limita las aguas dulces en las que bañarse, básicamente a las piscinas. De forma que la contraposición excluyente de playa y piscina es más cierta de lo que pudiera parecer… Aunque, obvio es decirlo, no es el baño el cometido final del agua de mar que besa las playas por mucho que nos empeñemos. Esa idoneidad de las aguas marinas y de las playas para el baño se acredita ahora con banderas azules; aumentando el juego de colores de las banderas que pueden ondear junto al mar: desde la enseñas verdes a las rojas o amarillas, componen un vehículo de información que es activado por la densidad de mareas o la intemperancia de vientos. Las únicas enseñas que pueden ondear en una piscina son las acreditaciones del club social o del institución propietaria, que sólo sirven para reflejar la propiedad o la tenencia y no la incontinencia de accidentes naturales. Es esta la razón de que el flujo de uso de una piscina –máxime si es climatizada– sea continuo, continuado y abstracto, frente a la discontinuidad de la playa, que cambia en función de la meteorología, de los vientos, incluso de las mareas. Las aguas de playa son, por tanto, un reflejo concreto de la geografía, de la luz solar, de los fondos arenosos o rocosos y de las estaciones; mientras que la piscina y sus aguas son un único y continuo medio de representar cierta dosis de felicidad humana y a veces animal. Felicidad de las aguas balsámicas y azuladas que por el contrario mantienen su calidad mediante química elemental: es el cloro en sus distintas formas y presentaciones el que posibilita la limpieza, que ya es de orden químico exclusivamente. Por ello la oposición yodo del mar cloro versus de la piscina, está más poblada de sentido que de carácter y no se limita a la biología frente a la química. Si el yodo existe libremente y no precisa administración al ser un atributo propio; el cloro precisa ser administrado y dosificado como si de un fármaco se tratara. Sus presencias –yodo y cloro– no son sólo de orden natural sino de orden simbólico…El relato de la piscina es un asunto reciente que expele modernidad y fascinación, como las pinturas de David Hockney nos muestran. Su arqueología no es la de la terma romana –que es más higiénica que lúdica–, ni la del balneario romántico –que es del orden curativo– o la de la alberca –que pertenece al mundo del riego agrario y huertano–. Su arqueología invisible es –según Vicente– la del terror blando que expresa la necesidad moderna de parecer feliz. Frente a esta impostura de la piscina y su pasado, la genealogía del agua de mar y la playa es más concisa y abreviada, salobre y sentimental, pictórica y mitológica, donde caben Homero, Cavafis, Conrad y Neptuno, Hay familias portuarias con barcos de bajura y redes y nasas durmientes al sol salado del muelle y familias pescadoras que practican la suerte de la atarraya o que transitan el estero; incluso el higienismo del siglo XX descubre las cualidades combinadas del sol y el agua al amparo de un género pictórico menor como es la ‘marina’. Todo ello ocurría antes del acontecimiento liberador y emancipatorio de playas masivas para todos-. Es esta propuesta moderna y abstracta la que prolonga la confusión de identidades entre playa y piscina, al ser percibidas como soportes de la misma actividad: bañarse y solearse. En esa línea de diluir las diferencias de naturaleza y artificio, las piscinas se naturalizan con extraños accidentes vegetales, pequeñas cascaditas o sorprendentes meandros de porcelana esmaltada; de la misma forma las playas se hacen artificiosas con el concurso de diseñadores paisajistas que hacen desaparecer las arenas de los fondos y acotan recintos amaestrados de aguas muertas. Y es que la imagen aislada de aguas turquesas presenta la misma soledad publicitaria –de limones, cócteles o deseos húmedos– que exhibe el león en la jaula naturalizada del zoológico. Porque por muy ambientada que se muestre la especie cautiva, no deja de percibirse la artificiosidad del sometimiento”.

Si la playa fue inventada en ese marco temporal que pivota en el entorno de la Revolución francesa, podremos decir que la playa misma como recreo es casi un equivalente de la libertad del pueblo, inaugurada justamente en 1789. Una libertada guiando al pueblo –no a la manera de la pintada por Delacroix en 1830, que lo lleva a la batalla – sino una libertad que lleva a las clases medias –por imitación de las clases adineradas y pudientes– al solaz del agua y arena con sol. Y ello es visible en ese recorrido histórico que transcurre entre la marginalidad insalubre de los ribazos y las costas con basureros del litoral y la elevación del litoral soleado y terso a los altares de la gloria. Un modelo programatico que pasaría por el desarrollo de nuevos conceptos de salubridad humana, higienismo urbano y de instalaciones industriales pesqueras saladas y soleadas, para producir el efecto de acumulación ideológical y funcional del litoral recuperado. Ahora ya esa bordura lineal, ajena a la navegación, a la carpintería de ribera, a las pesquerías artesanales, al calafateo y a la evacuación de fluídos fétidos urbanos daría lugar a la porción de suelo más rentabilizada del sector inmobiliario y del corredor turístico internacional. Para Corbin, en el origen, las playas fueron un lugar residual y un enclave diferido del paisaje; además de constituir una fuente de insanias y un mar de conflictos y de epidemias. Contando con un sólo valor defensivo y aún escasamente productivo en atarazanas y marinas secas, o en secaderos de pesca y reparación de redes.

La puesta en valor de la playa acontecerá, consecuentemente con ciertos postulados de la Ilustración, con el higienismo burgués de los balnearios británicos victorianos y más tarde con el fervor romántico por todo lo naturalizable frente al orden artificial de lo urbano apestado y atufarado. Pero en todo caso, llama la atención que Corbin hable de ese territorio como ‘lugar del vacío’. Un lugar del vacío, en el que acontece la intersección del mar y de la tierra, y donde se verifica la intersección histórica, más destacada aún, entre el Antiguo Régimen y las nuevas sociedades industriales de masas.

Todas las contradicciones que suscita la playa, y son muchas y cada vez más, aparecen expresadas en la aguda sentencia de Rafael Sánchez Ferlosio, en sus formas de Pecios. Un Pecio ferlosiano que permite ver ese enclave tan actual y tan publictado, de forma inversa. Porque a juicio de Sánchez Ferlosio, la playa es un paisaje tan simple y tan abstracto que no es más que dos rayas paralelas. Rayas que descomponen, como en una pintura de Rothko de bandas cromáticas, los lugares centrales de la tierra/agua y del agua/aire. Y es que frente a la creencia habitual de la playa como lugar de la colmatación, Ferlosio contrapone su hermetismo y, en parte su escasez; esto es la escasez que apunta al vacío de su abstracción esencial.

Entre la abstracción ferlosiana y el vacío corbiniano, situamos ese lugar cuajado de acontecimientos que se debaten entre lo lleno y lo colmatado y, elude por tanto lo vacío y ahíto. Si la sospecha de la plenitud estival de la playa no esconde más que un pleonasmo de su banalidad festivalera, el fondo real de tal enclave no deja de suscitar concomitancias con el vacío que a veces se confunde con el llamado ocio contemporáneo. Un ocio que no sólo surge como vacío en la cultura del esfuerzo/trabajo, sino que apunta al entorno del pecado/tentación. Y ya se sabe que el fundamento del ocio es la antesala, no ya de la pereza, sino de la voluptuosidad pecaminosa. Y no hay nada menos productivo para la salvación personal que la tentación voluptuosa que arrastra el ocio, prodiga el verano y multiplica la playa.

Fotografía Anton Bruehl

Esas son las afirmaciones de Vicente Verdú al citar: “¿Un verano? Esta estación era por antonomasia el tiempo de la máxima tentación puesto que una batería de circunstancias empujaban al ocio y con él al agujero del yo. El ocio era opio y perdición… Los veranos probablemente nos condenarían si no redoblábamos la guardia. Siempre alerta a los encantos de la canción del verano y la malicia de la hamacas frente a la voluptuosidad del mar”. Un lugar tan vacío, por consiguiente, que nos obsesionamos por llenar con todo tipo de juegos imposibles, de artefactos portátiles, de cremas variadas, de pelotas diversas, de bolsos enormes de promoción publicitaria, de gritos desproporcionados y altisonnates y de la promesa inacabada de una gran felicidad. De una felicidad eternamente aplazada y pospuesta hasta el crepúsculo de toda vida. Un lugar tan vacío por tanto, que pese a estar poblado de una multitud de individuos, todos nos son perfectamente desconocidos. Una metáfora, en suma, de lo que aparentando plenitud, hunde sus raíces en la extrañeza de toda existencia humana, que es una suerte de soledad esencial.

En esos recuentos marítimos y playeros se esforzaba Manuel Vilas (El País, 21 julio, 2021) al referenciar Novelas frente al mar. Para dar cuenta de que “habrá unas 500 novelas memorables escritas en francés, alemán, ruso, italiano e inglés que hablan del paraiso en la tierra, que hablan de mansiones frente al mar, de verano inerminable y de las pasiones que estos veranos propulsan”. De igual forma que Babelia (14 de agosto) nos propone la construcción de La gran novela del Mediterráneo, para verificar un recorrido entre la geografía y la literatura. Entre el Argelde Camus, la Alejandría de Durrell, el Estambul de Pamuk, el Triste de Madieri, la Costa Azul de Sagan, la Valencia de Chirbes o la Barcelona de Mendoza. Y esa contabilidad abutada de expresiones humanas memorables podría extenderse a cientos de canciones (Sapore di sale de Renato Salvatore; La mer de Marie Laforet; el repertorio de Beach Boys y alguna pieza acuática del Dúo Dinámico) y otros cientos de películas como las citadas ( El nadador o Sunset bulevard), a las que podríamos añadir Et Dieu créa le femme, Il sorpasso o A pleno sol . Incluso la película española El juego de la oca (Manuel Summers, 1965) adivina, tempranamente, el desarrollo que se acabaría produciendo en los kilómetros de litoral hispano. También en cuerpos y mentalidades.

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Para seguir disfrutando de José Rivero Serrano

Sostres, Casa Moratiel, Barcelona, 1955

Nacido Sostres en la población leridana de Seo de Urgel, a los...
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5 Comentarios

  • La playa es de adultos, la piscina de niños. De hecho, los romanos, a los que los niños les parecían un proyecto abortivo de adulto, jamás frecuentaron las playas, en habiendo baños termales y piscinas. Los baños, las piscinas, eran para ellos el signo sensorial y disfrutable del dominio del mundo, la recompensa de habitar la ciudad imperial. Hay intimidad en un baño, en una piscina, tanto para el goce carnal como para la intriga política. ¿Quién se pondría a discutir de cargos, provincias, obras públicas, frente al peligroso piélago, achicharrado por el sol cayendo a plomo, con ronchas de arena en el cuerpo? Para colmo, el mar exige el tributo de toda una mañana, o toda una tarde, o todo un día entero de poner el cuerpo a la parrilla. Una piscina, en cambio, es para un rato, o diez largos, uno se baja a la pisci de la urba y al poco se sube de nuevo al piso. Yo, desde que tengo pileta de verano, ya no sólo soy Daddy Cool, como la serpiente de ébano de Boney M., también soy Daddy Pool….

    De ahí los balnearios como el de Bath, o los muchos rusos referenciados para la aristocracia sibarita por Nabokov en “Ada o el ardor”. Tú le haces escoger a Tadzio, en “La muerte en Venecia”, entre playa y piscina, y el viejo esteta de la novela no le hubiera visto nunca y hubiera muerto del modo más prosaico. Más todavía: el capitalismo engendra una tal deslocalización del deseo, un tal apatridismo y como negación del orden natural que me apuesto lo que sea a que si instalas uno de esos parques temáticos horteras en los que piscinas hay en que generan olas artificiales, y lo haces a 300 metros de una costa con magnífica media luna de playa, la gente despuebla el mar completamente a cambio de pagar una entrada. Las playas, pues, son hoy para las personas mayores, para el progrerío crédulo en puritanismos y para las familias con espíritu de clan que comen y beben de tuper y nevera portátil. Los demás aman el agua domesticada, como tú dices (en mi piscina, para colmo, es salada), y si es con olas domesticadas mejor….

    Pero si yo pudiera escoger, ni la una ni la otra, ni orilla ni pileta. Yo me quedaría con los lagos. En un lago corres el serio riesgo no sólo de pasar un buen día de asueto y belleza natural variada -la playa es monótona, no es más es desaguadero de masas…-, sino de hacerte pintor, remero o poeta…. (lakista).

    Aves acuáticas
    Observadas frecuentemente sobre los lagos dtei Rydal y Grasmere

    Ved cómo los plumosos habitantes del agua, con tal gracia al moverse,
    que apenas se diría inferior a la angélica, prolongan
    su curioso placer. Describen en el aire
    (y a veces con volar osado, que se cierne hasta las mismas cumbres),
    un círculo más amplio que el lago;
    y en tanto que se aplican a trazar, una vez y otra vez, el gran círculo,
    su jubilosa actividad describe centenares de curvas y círculos menudos,
    ora abajo, ora arriba, en avance intrincado, pero seguro,
    como si guiase un espíritu su vuelo infatigable.
    Ya el juego terminó: así lo imaginé diez 0 más veces;
    pero, mira: la bandada, desvanecida ya, vuelve a ascender.
    Se acercan. Rumorean sus alas, leves al pronto,
    y luego su enérgico batir pasa a mi lado y vuelve a oírse el rumor leve.

    W. Wordsworth

  • Lo más sorprendente es que la imagen veraniega más publicitada del franquismo sea la Piscina sindical de Madrid y no las playas reconquistadas por Fraga ( que no por las carnes blancas nórdicas) desde su perturbadora legislación de 1964 de Centros y costas de interés turístico. Ahí empezó todo el debate de las aguas y los soles playeros. Quizá fuera la puñalada al simplismo de piscina sindical de Educación y Descanso. Igual de sorprendente que alguna imagen multitudinaria de piscina china atiborrada de obreros que han dejado el Libro rojo en la taquilla comunal. Quizá tu amor la lavo sea melancolía filosófica.

  • Pues mi padre se dedicó a eso mucho tiempo, era el tipo que me embarcaba en un pesquero minúsculo como jefe de operaciones para buscar lechos marinos donde hallar arena apta para regenerar playas. Ya sabes, luego la dragaban y la extendían por la orilla, como esas chicas que se ponen extensiones en el pelo… Contra el mal de edificar en primera línea de playa, y cargarse y erosionar la costa, el bien de gastarse una pasta en arena desecada del fondo del mar: esto es, también, España…

  • He cambiado las costas por las zonas y 1964 por 1965. La ley de Fraga como responsable del MIT era Centros y zonas de interés turístico nacional. 1964, dio pie al eslogan de XXV. años de paz y 1965 vio aparecer el suelto caedizo deEspaña es diferente. Lo que cuentas del comercio/negocio de la arena robada/extraída/ dragada dio ayer dos artículos coincidentes en El País y El Mundo. El primero se denominaba ‘Una civilización con cimientos de arena’ y fijaba que tras el agua, la arena es el recurso natural más explotado. Una rara circularidad del agua a la arena y vuelta.

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