Papel, bolígrafo y…¿trauma sexual?

“Conocer, sentir, saber hacer, hacer”.

Juan Ramón Jiménez

Se han reunido todos los poetas del país para cenar en un aquelarre, una reunión sectaria en un pequeño salón oscuro al que no hace falta que acudan los servicios de emergencias -jamás se masificará-. En Navidad, se vuelven taciturnos, aún más, porque saben que Papá Noel llenará los calcetines de sombras en paquetes de cincuenta o de otros escritos de calidad literaria cuestionable.

A lo largo de la historia, nos hemos preguntado si estos seres, los escritores en general, son humanos y están en sus cabales, lo que ha dado lugar a diversas teorías de la creatividad, algunas de ellas pura ciencia ficción o que darían el pego en cualquier guión cómico de la Paramount, especialmente aquellas derivadas de visiones particulares e ideológicas que tras formular su teoría (sociológica, psicológica, política) busca en la creación artística una forma de propaganda o ve en ella la hipótesis que la sostiene.

El poeta José Hierro buscaba a las musas entre las campanas y los limones de una tragaperras. ¿Significa eso que si queremos ser un buen poeta debemos acodarnos en una con un carajillo en una mano y un bolígrafo en la otra? Sería una buena inmersión creativa, pero no. Las nuevas corrientes han dicho adiós a las poéticas particulares para adoptar un planteamiento semiótico interdisciplinar en el que se asume que la intención del autor es la creación de una obra de arte expresada prototípicamente en lenguaje poético, por ser éste el producto por antonomasia de la desautomatización del lenguaje funcional y tener mayor grado de literariedad.

Actualmente, la Literatura se aborda en la teoría literaria como un acto comunicativo, tomando a Habermas como base en este concepto. Pero, ¿qué requisitos debe reunir un escritor? Horacio, en el siglo I a.C., consideraba que la creación era una suma de talento individual innato (Ingenium) y técnica (Ars). La ejercitación comienza con la imitación de los modelos que nos gustan como lectores, y de ahí el autor debe alzarse con voz propia. Si no lo hace, será considerado un “autor débil” por Harold Bloom, creador de un intento de canon occidental, algo así como un compendio de los libros que todo mortal debería leer antes de pasar a mejor vida – si es que no creemos en el cielo borgiano, una biblioteca-. En realidad, hoy se aborda desde la perspectiva de la psicología cognitiva, no de la freudiana, como hasta hace poco, que consideraba estos orígenes de la creatividad como fruto de ensoñaciones diurnas, de inmadurez de un autor que sigue jugando, de traumas sexuales infantiles, o de enfermedades mentales heredadas de padres desequilibrados.

La psicología cognitiva reacciona contra la freudiana: la creación literaria es fruto del desarrollo personal de nuestras capacidades, en la línea de Horacio. Según Gigerenzer, una vez que hemos adquirido destrezas, tomamos decisiones de manera automática, por “intuición”, y así, no nos paramos a pensar si escribiremos en verso o prosa, sino que dejamos que fluyan las líneas.

Como personas, todos tenemos una “memoria del mundo”, y como lectores, tenemos una “memoria textual” que, de acuerdo con la teoría de Jerry Fodor –influida, sin duda, por la moda de la física cuántica-, empaqueta los recuerdos semejantes. De este modo, desde que comenzamos a leer, hemos deducido géneros o formas estéticas sin necesidad de haber recibido una formación teórica literaria. Además, nuestras imágenes mentales se transforman en secuencias léxicas (Jean Burgos, corriente de la “Sintaxis del imaginario”), y nuestra experiencia como lectores nos permite hablar de intertextualidad, de literatura comparada.

La creatividad es un principio universal, presente en todas las culturas y épocas, pero no hay universales estéticos. Sin embargo, L. Tatarkiewicz defiende en su Historia de seis ideas que hay nociones que sí son constantes en tiempo y espacio: arte, belleza, mímesis, forma, creatividad y experiencia estética, de los que analiza, además, su evolución semántica en los distintos paradigmas.

La literatura sirve de cauce para que cada uno de nosotros exprese sus verdades más profundas, y reciba las de otro en un intercambio indirecto que puede no tener réplica inmediata, pero sí repercusión en el lector si es ese su cometido, o al menos, el alivio que nos da el ejercicio de sentarnos delante de un papel impoluto, físico o digital, y vaciarnos, jugar con las palabras, al principio torpemente, aunque sin desanimarnos. Pero, obviamente, antes de eso, viene la captación previa a la mímesis: leer, leer mucho, obras buenas y malas, para desarrollar un sentido crítico, identificarnos con ideas y sentimientos escritos, a poder ser, por alguien cuerdo o por dementes íntegros, a lo Leopoldo María Panero, y así disfrutar de aquello que decía Heidegger: a través del lenguaje de la poesía se descubre el ser, la verdad, la Alétheia.

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