Diez años sin el hombre de negro, Johnny Cash

Hay un orden establecido para algunas cosas. Reglas que no cambian, que el tiempo procura mantener. En esa lógica que nadie ha escrito y sólo las excepciones rompen, son los hermanos mayores quienes suelen mostrar lo que descubren a quienes les siguen, los que abren puertas, esos que aúpan a los pequeños para que lleguen hasta los estantes más altos… Pero, a veces, ocurre lo contrario. Gozosamente, los hermanos que van detrás también pueden descubrir primero las grandes cosas para compartirlas con quien le precede, mientras ponen cara de haber hallado el mayor de los tesoros. Tal vez, porque lo son.

Johnny Cash es una de esas grandes cosas y me ha acompañado en el tiempo desde que (hace tanto que da vértigo) un adolescente pecoso me dejó oír con cara expectante ‘Ring of fire’, mi primer contacto con esa voz quebrantada. Yo era la que sabía de música, la que escribía de ella…y él, quien que me sorprendió con un hallazgo poderoso que, se suponía, le tenía que haber mostrado yo.

Desde entonces, ese relámpago vocal, oscuro y rasgado, ha viajado conmigo a muchos lugares, ha empujado mi sonrisa y mis pies, o me ha servido de dulce lastre para sumergirme en esa melancolía en la que tanto nos gusta dejarnos caer, a veces.

Estos días se cumplen diez años de la muerte de Cash. Hacía tiempo que no lo disfrutaba. Y, cómo no, se ha repetido la historia: ha sido mi hermano el que me ha regalado la última canción que grabó, la mejor que le he escuchado, la más intensa, ‘Hurt’, que curiosamente no es suya, sino de Trent Reznor, el cantante de Nine Inch Nails. Cuando Reznor escuchó la versión que había grabado ‘el hombre de negro’ decidió no volver a tocarla más. No podría mejorarla nunca.

El vídeo de ‘Hurt’, lleno de imágenes de la vida del cantante y una metáfora de la energía que desperdiciaba mientras caminaba al borde de tantos abismos, se grabó poco antes de la muerte de su esposa, June Carter, amiga, amor y compañera sobre el escenario, quien aparece fugazmente en la grabación. Cash resistió sólo cuatro meses más que ella.

La vida del cantante, tal y como relata en su ‘Man in black’, la autobiografía que llevó al cine James Mangold con ‘En la cuerda floja’, muestra precisamente la intensa huella que los hermanos mayores dejan sobre los pequeños, esa sombra eterna que puede no ser tal, pero que los que nacen después se sienten obligados a sortear desde el primer momento; viven una presión que les dificulta ser quienes realmente son, evitar las comparaciones y dar sus propios saltos, midiendo el miedo cada vez que toman impulso.  No se dan cuenta de todo lo que tienen que ofrecer, ocupados en mirarse continuamente en espejos deformados.

 Cash perdió a su hermano idolatrado, el que todo lo hacía bien, con 12 años, en un accidente fortuito por el que su progenitor le culpó siempre, pensando que el azar había elegido al hermano equivocado. Ese peso, que el padre le recordó toda su vida, se transformó en una rebeldía que se percibe ya en su manera de coger la guitarra, en su fraseo, hasta en el ritmo único que es capaz de dar a sus dedos mientras levanta cada canción. De la mano de esa rabia que siempre caminó en paralelo con él, destrozó habitaciones de hotel, entró y salió de la cárcel, un lugar que siempre le sirvió de inspiración – su disco mas popular es el directo que grabó en la prisión de Folsom- y vivió en una continua contradicción.

Vestía siempre de negro, decía, como una manera de rebelarse contra el mundo, “contra las iglesias hipócritas y contra todos aquellos que cierran su mente a las nuevas ideas”. Sentado en el escalón más alto del trono del rock y el country, la ortodoxia teórica, defendió a quienes son capaces de hacer las cosas de otra manera. Como él mismo se empeñó en romper con lo establecido desde que descubrió qué se siente al deslizar los dedos sobre el lomo curvo y prometedor de una guitarra.

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