¡Joróbate, Flanders! (o el Papa Francisco)

21 June 2015 20:19

Un cura es capaz de cualquier cosa

                                         W.A. Mozart

 

Debo el título de este comentario a aquel genial episodio de Los Simpsons en que Homer llega a ser, como por casualidad, crítico gastronómico. Dado que se ve envuelto en el encargo de escribir una columna semanal para una revista y, naturalmente, no sabe nada de cocina ni de ninguna otra cosa, antes de ser ayudado por su excelente hija Lisa (la cual representa, sin duda, la gran promesa y esperanza redentora de la serie, siendo el hecho de su fidelidad a la familia pese a todo parte no pequeña de su virtud), lo que hace es redactar unas cuantas palabras mentecatas y después, para completar el espacio restante, rellenarlo de la fórmula “¡joróbate, Flanders!” repetida cuantas veces hagan falta… Ned Flanders es un criatura magnífica, quizá el mayor hallazgo del emporio de Matt Groening, y todos los episodios que le tienen a él y su beata familia como centro resultan descacharrantes. Flanders es un meapilas, un “kiko” transplantado a una ciudad pequeña de EEUU al que, sin embargo, es imposible odiar. Homer porque es un necio, pero a todos nos encantaría tenerle de vecino -o de “vecinito”-, puesto que, con sólo un poco de tolerancia hacia sus excesos, todo son ventajas: es servicial, bondadoso, generoso y paciente. Sin embargo, desde hace dos años y pico a esta parte, millones de Flanders de todo el mundo andan con la mosca tras la oreja tras la designación del nuevo Papa, Jorge Mario Bergoglio, el primero en su cargo americano y no europeo y el primero jesuita (cuidado con los los jesuitas que son hombres de acción…), que va sorprendiendo al mundo a cada declaración, cada tuit e incluso con cada detalle de su vida privada, y que ahora publica una Encíclica, Laudato Si, escrita de su puño y letra, donde, para defender el Medio Ambiente, ataca todo el espectro de las desigualdades e injusticias del entero sistema productivo y financiero globalizado y se queda más ancho que largo. Es como para decir algo así como “Joróbate, Flanders, que este hombre nos gusta más a las ovejas descarriadas que a ti, y joróbate, Flanders, que a partir de ahora la Iglesia Católica Apostólica Romana, de la que no queríamos saber nada, va a ser más nuestra que tuya”.

No se piense que carece en absoluto de una sólida lógica doctrinal el que la Santa Madre Iglesia trate de cuando en cuando de intervenir en los asuntos mundanos, terrenales o seculares, pero otro asunto muy distinto es que se lo hayamos permitido hasta hoy sin elevar ni una sola protesta. En efecto, una milenaria tradición católica, apostólica y romana establece que, si bien es cierto que su “reino no es de este mundo”, esa huida masiva -como se ha definido alguna vez la aparición del cristianismo en la historia-, eso no les resta derecho a guiar la conducta de los hombres vivos en aras de garantizar su salvación sobrenatural. Asimismo, es verdad también que la Iglesia es la inter-multi-nacional más vieja del mundo, entendiéndose por ello una entidad que, aunque ha conseguido su arraigo en el Estado Vaticano (que posee, incluso, sus propios servicios secretos), actúa transversalmente en todas partes del globo imponiendo unos valores que, en principio, no tendrían por qué ser necesariamente coincidentes con los de las sociedades del libre mercado. El hecho de que muy a menudo lo sean es harina de otro costal, pero ello no quita para que el código/fuente (que no “Da Vinci”) de la institución no esté francamente abierto a la lectura de cualquiera como el del Linux. A la lectura, digo, y no a la reescritura, desde luego, pero que tengan mucho cautela aquellos que piden una mayor adaptación de la Iglesia a los tiempos que corren, en primer lugar porque ya ha demostrado durante siglos ser sumamente adaptable al precio en muchas ocasiones de estar del lado equivocado, y en segundo lugar porque una Iglesia que no cambia es un organismo en proceso de anquilosamiento que todos conocen ya de sobra y al cual se puede aprender a esquivar. Conviene también acabar con el prejuicio absurdo de esos otros que aducen, como descubriendo a estas alturas de la película el anticlericalismo ilustrado, que no pueden opinar sobre los asuntos del pueblo unos individuos que no comparten las costumbres del pueblo. Tal cosa, que parece muy sensata, sería como decir que el jardinero no puede organizar los bancales de flores porque no se reproduce por esporas –o por polinización, o como sea, ya se entiende. En consecuencia, por todas estas razones, hacen bien, conforme a su propio ideario, esos señores del obispero (como lo llamó una vez Forges) en hacer oír sus atipladas voces en el campo político con objeto de uncir los bueyes de la moral que lo roturan, y hace bien por lo mismo la leal y sumisa grey que los acata y hace eco en los medios de difusión.

¡Ah! Pero es que ahí no termina todo. Pues la pregunta ahora se encamina a discernir quien usa de quien, si la religión de ciertas facciones políticas o éstas de la religión. Hay que concienciarse por fin de que esto segundo es casi siempre lo más frecuente en el mundo moderno, sobre todo en España, y hasta aquí podíamos llegar. El cristianismo hace mucho que dejo de ser una “secta”, incluso en el sentido más noble del término (del latín secare -cortar, separar, romper con-, y sequi -seguir, elegir, optar-), pero hace relativamente poco que pasó a representar tan sólo un “sector”. Y ese sector específico de la ciudadanía no puede ser manipulado por un partido en detrimento de otros, sencillamente por el resobado motivo de que esa maniobra iría contra las llamadas “reglas de juego” democráticas. Si, un suponer, el emporio de la Cienciología, que fue legalizado en España hace siete u ocho años, recabase el voto de los futbolistas multimillonarios retirados en busca del sentido de la  vida para determinado partido nuevo (tipo UPD en versión “Unión de Paranormales Demenciados”), todos pondríamos el grito en el cielo. Y el Cielo, que calla impertérrito, nos reenviaría a lo único que tenemos, que es una Memoria Histórica en la que continuamente la religión se ha puesto al servicio de la política, al revés de lo que se piensa habitualmente. Con que nuestro problema actual no es tanto la seca ranciedumbre de las sotanas en sí mismas como el logotipo que puedan llevar cosido en su forro como signo de su venta. Como dice un aserto prácticamente internacional, y que hay que tener siempre presente, “líbranos, Dios, de las buenas personas, que de las malas ya nos libramos nosotros”…

Ahora bien, llega el Papa Francisco y pone las cosas del derecho: al igual que venimos reivindicando ahora la restauración de la verdadera Política sobre el dominio de la Economía, Bergoglio pretende, a lo que parece, independizar la misión de la religión de los intereses de los estados y los partidos. No hay que olvidar que Bergoglio se formó en la Teología de la Liberación, rama “Teología del Pueblo”, que era la más activa en la Argentina de su juventud, y aprender a manejar esa bomba doctrinal marca un carácter. La Teología de la Liberación, que tiene sus raíces en los locos sesenta pero cuyo sustrato ideológico es anterior, demostró hasta qué punto el cristianismo pudo ser revolucionario en pleno s. XX. Se ha señalado muchas veces que si es cierto que el espíritu del capitalismo tiene una genealogía que procede de la ética protestante, como estudió el fundador de la Sociología, Max Weber, a su vez el espíritu del comunismo marxista conoce por padre la ética católica, lo que ocurre es que esto nadie de la talla de Weber lo ha estudiado (aunque Antonio Escohotado lo estuvo esgrimiendo como argumento principal en su obra Los enemigos del comercio). Pues bien: imagine el lector algo tan explosivo como el marxismo aplicado a algo tan extremista como la religión en el escenario depauperado y humillado del Tercer Mundo y tendrá una idea de lo que significó la Teología de la Liberación. Si no podemos imaginarlo del todo, es porque sencillamente no nos cuentan nada y vivimos en la inopia intelectual e histórica, pero lo cierto es que la Iglesia, ya antes, concretamente con la Encíclica Rerum Novarum del Papa León XII de 1891, había apoyado resueltamente las exigencias de los grandes movimientos obreros de la época, aquellos a los que se lo debemos todo, aunque sólo fuera por no perder definitivamente al rebaño. No obstante, Francisco ha ido más lejos, y se ha atrevido incluso a lo que León XIII no se atrevió, que es a cuestionar, o, al menos, a redefinir, la propiedad privada. Como en las últimas generaciones los papas más mediáticos han sido muy conservadores, contemplamos las actuales noticias con estupefacción, pero lo que trato de decir aquí es nos enfrentamos tan solo a un rebrote de algo que está en la historia reciente de la Iglesia pero que nos hemos acostumbrado a no identificar con la Iglesia, sobre todo en España, donde lo que hicieron los curas con nuestros padres y abuelos no tiene, ciertamente, perdón de Dios.

Y Dios, como tal, es una suerte de mega-persona cuya existencia, si bien no puede ser de ninguna manera confirmada, cabe subrayar que tampoco puede ser falsada, por decirlo en términos epistemológicos. El que uno se declare francamente ateo es un pronunciamiento íntimo que no debe impedir, tal como yo lo veo, que nos aprovechemos de un papa aparentemente atípico cuyas posturas pueden estar cerca de las nuestras desde el punto de vista de un influjo a escala mundial. Al fin y al cabo, eso mismo es lo que ha hecho, como decía antes, el poder durante décadas con pontífices más dóciles a santificar su visión desde arriba del orden mundial. Bergoglio arremete contra el Cambio Climático mucho mejor y con mayor autoridad que Al Gore (que la mitad de su famosa película se la pasaba hablando de sí mismo), y lo hace tocando muchos temas sensibles y necesarios que cualquier político ligeramente encumbrado no se atrevería ni a rozar. En lo que respecta al Cambio Climático en particular estamos en la situación que describió Winston Churchill a propósito de la actitud de los dirigentes europeos frente a Hitler, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando declaró:

Se mueven en una paradoja extraña, decididos a ser indecisos, resueltos a la irresolución, firmes en dar tumbos, graníticos en la fluidez e importantes con todo su poder. Se está acabando la época del dejar las cosas para más tarde, de las decisiones a medias, de los expedientes tranquilizadores y desconcertantes y de las dilaciones. Ahora ingresamos en un periodo de consecuencias.

Aunque hay varias cumbres sobre el clima en perspectiva, y Obama y Merkel, entre otros, han estado hablando de ello recientemente, de lo que hay que tratar en adelante es ya de las consecuencias, más que de las causas, según los expertos. Si la Iglesia mete baza en el asunto, aireando de paso los males actuales, presentes y no imaginarios, del Capitalismo planetario, habrá que celebrarlo. Bergoglio tendrá sus ambigüedades, (¿quién no las tiene?), pero creo de verdad y en general que está resultando una buena noticia para el mundo. De hecho, aquellos para los que las novedades vaticanas son una mala noticia o una noticia sospechosa son esos grupúsculos de poderosos que manipulaban la religión en función suya o de gente corriente que no reconoce las huellas añejas de lo que está pasando, y para los cuales este señor se está pasando de hacerse el enrrollado. Puesto que con los primeros no podemos meternos, a riesgo de terminar en un tribunal como Rita Maestre, démosle algo de cera a la buena conciencia con la que van por la vida dando lecciones de moralidad los segundos: ¡Joróbate, Flanders!

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