“Cazador blanco, corazón negro”

 

 

 

Es posible que, a veces, la creatividad o algunos impulsos muy vitales solo surjan empujados por el miedo a vislumbrar la angustia de un vacío, por no poder soportar la idea de que todo puede acabarse o perderse en cualquier momento o incluso porque lo que se sabe más valioso puede resultar tan esquivo o caprichoso como un animal salvaje.

A veces hay personalidades indomables que nos fascinan, que nos acompañan muchos años  que nos protegen de alguna manera contra la tentación de no atrevernos o, al menos, de no resignarnos del todo a los imponderables que siempre van surgiendo en las distintas edades de la vida. Gente que fue capaz de rebelarse, de triunfar a pesar de que transitaron por otro camino distinto del convencional, de tener el viento en contra de muchas maneras posibles. Gente que además construyó una estética un poco aventurera, que se metió en guerras y sobrevivió, que cazó en selvas muy peligrosas, que tuvo muchos amores, que plantó cara a tipos muy poderosos que, sin embargo, acabaron subvencionando algunas de sus obras.

 

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Gentes de carácter, como Orson Welles o Hemingway o John Huston, ese estilo al que pueden sumarse muchos nombres. Tipos con talento y también con impulsos muy poderosos que los hacían moverse constantemente o, más bien, que quizá necesitaban cabalgar para olvidar un vacío, la angustia de una soledad muy extrema o el frío oscuro de la muerte.

La fascinación que sentimos por los que se mueven, por los que se atreven, por los que se arriesgan sin miedo cuando los demás suelen tenerlo, por los que osan decir lo que piensan cuando hay riesgo o es decente hacerlo. La admiración que aumenta si prevalecen por un tiempo y son capaces además de crear obras que perfilan la condición humana, que ayudan a desvelarla o a aportarle posibilidades de vida.

 

 

John Houston vivió una vida legendaria y larga contra todos los pronósticos. Bebió mucho, fumo mucho, amó mucho, gasto mucho dinero y se metió en muchos líos a lo largo de los años. Fue hijo de actor, boxeador, militar, novelista, criador de caballos y por supuesto director de cine, oficio que quizá practicó para darse la posibilidad de vivir un cierto tipo de vida y dirigir personalmente la orquesta. Supo ser joven y también ser viejo sin dejar de vivir en un límite, ni de crear. Se atrevió incluso de mirar a los ojos a la muerte y describirlo en Dublineses con una serena lucidez,  justo cuando ya la sospechaba muy cerca.

La casualidad hizo que la otra noche apareciera “Cazador blanco, corazón negro”  la película de Eastwood (otro que podíamos añadir a la lista) justo cuando estaba leyendo los “Retratos” de Capote. Allí estaba la idea que ahora parecía tan evidente. La necesidad de moverse tanto y tan deprisa como los que perseguían al “Halcón Maltés” justo para olvidar que el pájaro era de plomo. Moverse como huyendo hacia adelante, siguiendo impulsos, persiguiendo elefantes sin saber demasiado por qué o sospechándolo quizá demasiado. Tapándose incluso tanto los ojos que, a veces, podía morir un inocente que pasaba por allí.  Y luego continuar la película…

 

 

“Por supuesto, cuando son buenas, las películas son antiliteratura y, como forma de expresión, no pertenecen ni a los guionistas ni a los actores, sino a los directores, algunos de los cuales, evidentemente —John Huston es un buen ejemplo—, hicieron su aprendizaje como plumíferos a sueldo de un estudio. «Me hice director», ha confesado Huston, «porque ya no soportaba seguir viendo cómo destrozaban mis guiones». Pero ésta no puede haber sido la única razón: este dandi larguirucho y de hablar pausado, que bien podría ser un vaquero tal como los imaginaba Aubrey Beardsley, posee en abundancia ese deseo de mandar que Zavattini desaprueba.

 

 

 La obra y la personalidad de John Huston están inseparablemente relacionadas; sus películas trazan la silueta de su paisaje mental (como sucede con las de Eisenstein, Ingmar Bergman o Jean Vigo) de una manera nada habitual en la profesión, ya que la mayoría de los filmes son operaciones objetivas que no manifiestan en lo más mínimo las inquietudes subjetivas de quienes los realizan; por consiguiente, tal vez me sea permisible dar una visión personal de la estilizada personalidad de Huston: de su cortesía de jugador de barco fluvial revestida de un barniz de baladronadas de rufián; de su risa sincera pero melancólica que se eleva sin alcanzar nunca sus ojos nada tiernos y rodeados de cordiales arrugas, unos ojos aburridos como lagartos tomando el sol; la resuelta seducción de sus miradas confidenciales y de su viril camaradería, dirigidas tanto a sí mismo como a su público, para camuflar una gélida ausencia de emociones, ya que, como sucede con todo seductor clásico —o encantador, si se prefiere—, el éxito de su poder de seducción depende de que jamás exprese emociones, de que jamás se involucre emocionalmente, pues hacerlo significaría perder el control de la situación, de la «película»; así que Huston es un hombre de obsesiones más que de pasiones, y un cínico romántico que cree que todo esfuerzo, virtuoso o malvado o simplemente perseverante, recibe el mismo premio: un cheque cuyo importe es cero.

 

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 “Pero ¿qué tiene que ver todo esto con su obra? Algo. Tomemos, por ejemplo, la trama de su primera —y aún su mejor— película como realizador, El halcón maltés, en la que el argumento gira alrededor de una valiosa joya con forma de halcón, un tesoro por el que los principales protagonistas se traicionan unos a otros, matan y mueren… para acabar descubriendo que el halcón no es el auténtico y enjoyado objeto sino una falsificación de plomo, un fraude. Y resulta que éstos son el tema y el desenlace de muchas de las películas de Huston, de El tesoro de Sierra Madre, en la que el viento se lleva el oro reunido por el buscador y que tantas muertes ha causado, de La jungla del asfalto, de The Red Badge of Courage, de La burla del diablo y, por supuesto, de “Moby Dick”, esa desesperanzada plasmación de la derrota del hombre. De hecho, Huston parece haberse sentido atraído en muy raras ocasiones por argumentos que no vean el destino humano como una broma pesada, como una estafa sin paliativos; incluso los guiones que escribió de joven —por ejemplo, los de El último refugio y Juárez— confirman esta predilección. Como muchas obras de arte, las suyas —cuando quiere, puede ser un artista— son en gran medida el resultado compensatorio de una carencia del creador: ese vacío emocional que le lleva a ver la vida como una estafa (porque el estafador también es estafado) es el cuerpo irritante que provoca la gestación de la perla; y el tributo que ha tenido que pagar Huston ha sido ser él mismo, en términos humanos, algo parecido a un halcón maltés.”

 

TRUMAN CAPOTE “Retratos”

 

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1 Comentario

  • Bueno, yo interpreté la película de un modo algo distinto. Wilson (creo que ese era el apellido que encubría a Houston) comprende con la muerte de su ayudante africano que ya ha jugado demasiado al personaje hemingwaiano del que “vive peligrosamente”, que la muerte es muy real y no cosa de broma, y que la acción pertenece ya a la representación y no a la realidad. Por eso la última palabra del film es esa, no sin melancolía…

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