Billy Wilder, 110 años después

 

 

Nació el 22 de Junio de 1906 en Sucha, una zona de Polonia que en aquella época formaba parte de Austria. Pocos años después sus padres y su hermano mayor se trasladaron a Viena donde comenzó a trabajar de periodista muy joven. En 1926 se trasladó a Berlín invitado por el músico de jazz Paul Whiteman y se quedó allí trabajando primero en los periódicos y luego haciendo guiones para la UFA, el principal estudio de cine alemán de la época. Con la ascension de Hitler al poder y dada su ascendencia judia huyó a París y en 1934 a Estados Unidos con Peter Lorre (ese actor de “El halcón maltés” y “Casablanca“) con el que compartió piso en eso primeros tiempos difíciles hasta que entró a trabajar en la Paramount con la ayuda de  Ernst Lubitsch su gran maestro con el que escribió el guión de “La octava mujer de Barba Azul” en 1938 y un año después “Ninotchka”. Empezó a dirigir en 1942 con “El mayor y la menor”. Su padre había muerto en Berlín en 1928 y su madre murió en Auschwitz. En la entrevista con Camerón Crowe recuerda que “le pegaban en casa” y es imposible no recordar “La cinta blanca” pero al parecer lo comentaba ya en 1998 con total naturalidad, sin compadecerse demasiado, aunque nunca le gustó mucho comentar su infancia y su juventud en Europa.

 

 

Trato de imaginar cómo ese niño que nació al principio del siglo XX, que vivió en la primera parte de su vida todas sus peores calamidades pudo convertirse en el creador de tantos personajes tan distintos y creíbles; en el fabulador de historias tan gráciles y tan complejas; en el tipo bajito y cachondo que supo sobrevivir a todos los colmillos de los tiburones de Hollywood y hacer una película tras otra hasta que las compañías de seguros se negaron a respaldarle aunque aún le quedaba talento y vida para hacer muchas más.

 

 

Pienso en cómo encontraba tiempo entre las fiestas, las copas y el éxito para pasar de hacer películas como “Perdición“, “Días sin huella“, “Berlín Occidente” o “El crepúsculo de los dioses” a otras como “La tentación vive arriba”, “Con faldas y a lo loco“, “Primera plana” o “Sabrina“.  Donde aprendió o como se inspiraba, de donde brotaba su perfeccionismo y su intuición para capturar el corazón del público al que, según decía, solo quería entretener pero al que también transformaba o hacía pensar sobre detalles profundos de sus propias vida.

 

 

Esa generación de alemanes buenos que tuvo que sobrevivir y supieron hacerlo, que parecían atesorar lo mejor de una civilización y que lo expresaron mucho más allá del resentimiento o la melancolía, concentrándose en vivir y en crear historias que sustentaran la vida, que la blindaran contra las tiranías o la estupidez, que permitieran reír o gozar y evocar los mejores recuerdos o apuntalar las rebeliones justas de la gente libre.

 

 

Pienso ahora, 110 años después de que naciera, cuantas veces he visto algunas de sus películas. El placer que tengo cada vez que lo hago, cuando estoy alegre o cuando estoy triste, como quien sabe que acude a un refugio seguro donde habitan algunas cosas esenciales por las que la vida merece la pena vivirse. Su sentimentalismo, su lucidez  y su dureza. Esa actitud ante la vida que quizá se resume en esa frase final de “El apartamento”:Callaté y juega”.

 

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