Gothic Party en Villa Diodati, hace 200 años

 

 

Villa Diodati

 

Yo no lo he leído, pero me cuentan que Frankenstein, o el nuevo Prometeo es en parte la historia de los límites del espíritu romántico. Firmada además por una contemporánea muy implicada en el asunto,  y que sabía muy bien, y de primera mano, lo que se decía. Mary Shelley, en efecto, la terminó de escribir el mismo año en que tuvo lugar la célebre reunión en que se conocieron su entonces poético amante, Percy Bysshe Shelley, y el vate británico más famoso y más vendido de su tiempo, George Gordon -y por título de herencia- “Lord Byron”. Todo ocurrió en una mansión suiza a la que arribaron casi por casualidad, puesto que la cita estaba prevista en otro sitio, llamada e inmortalizada ya para la historia como Villa Diodati, una casa grande y a resguardo de las miradas indiscretas situada a los pies de un lago de ensueño, en mayo de 1816, hace ahora justamente 200 años. El encuentro entre los poetas y sus respectivos séquitos, por decirlo así, fue tan memorable, y a la vez tan extraño y chocante (la historia entera, o al menos lo que se sabe de ella, está muy bien narrada, y con detalle, aquí), que yo pienso que Mary, sobre todo, salió algo “tocada” de todo aquello, y que con el tiempo no pudo más que concebir que se habían llevado las cosas demasiado lejos y que tal vez el romanticismo exaltado durante un tiempo prolongado en la vida de un simple mortal crea monstruos. De hecho, su monstruo particular, el monstruo hijo de la electricidad y de los restos del cementerio que no tiene nombre propio, pero que es famoso por el apellido de su autor de ficción en el mundo entero, termina en la novela espantosamente destruido, destruyendo también la vida y luego la persona de su creador por el camino. Y es que aquella fiesta nocturna de alcoholes y drogas improvisada en Villa Diodati había sido hasta cierto punto excesiva, con tanto énfasis goticista y tanta singularidad individual, y tal vez Mary temió que sus consecuencias a largo plazo tenían que ser proporcionales a lo especial del evento, tanto en la vida como en la imaginación…

 

 

El grupo quería privacidad, y la consiguió, porque la ocasión prometía de todo menos baile. No se puede decir que fuera una rave de la época, puesto que eran relativamente pocos y además no había música. Nadie sabía tocar ningún instrumento, y en la villa no había ni siquiera un mísero (es un decir: un piano era un artículo de lujo…) piano que aporrear. Pero al menos hubo algunos aullidos, como se puede ver en la magnífica película de Gonzalo Suárez, Remando al viento, de 1988. Creo que a los veinte años vi esa película unas quince veces casi seguidas, solo y acompañado, e incluso una vez tuve la oportunidad de felicitar al propio Gonzalo Suárez por ella. Me lo encontré por la calle, y me confesó que él prefería más, entre las suyas, Don Juan en los infiernos. Pero sigue siendo verdad que Remando al viento es una rara joya de gran mérito, tratando como trata un tema tan difícil que a priori apenas tendría por qué tener público potencial. Aquí sí hay música, a diferencia del episodio histórico, la música impresionante y majestuosa de la Fantasía acerca de un tema de Thomas Tallis de Vaughnan Williams, que pone los pelos de punta.  La película, así, romantiza aún más lo que de por sí fue romántico en la historia real, en una especie de romanticismo elevado al cubo, y así vemos como Shelley pasa de la euforia a querer pegarse un tiro por cosa de nada, o que Byron juega con el destino y con su papel de tentador satánico cansado de todo casi más de la cuenta, o que Polidori ha sido avejentado bruscamente y que no da ya pié con bola. Son licencias que, en mi opinión, sólo aumentan el interés de la historia, a la que Gonzalo Suárez (escritor además de director del film) confirió magia, gravedad y suspense. Porque el propósito era construir una atmósfera arrebatada y oscura a partir de unos personajes que deberían ser luminosos, puesto que no pretendían más que vivir sin ataduras sociales y conforme a los dictados de su espíritu independiente. Bueno, pretendían eso y pretendían también medirse con el infinito natural, si este se prestaba. Los límites, sin embargo, son los límites, esos que enunciaban las máximas clásicas del santuario de Delfos, Conócete a ti mismo y De nada demasiado, por eso estos poetas no tardaron en caer, no sin dejar un recuerdo, como una impronta eterna de sí mismos:

 

 

En un álbum

 

Sobre la fría losa de una tumba

un nombre retiene la mirada de los que pasan,

de igual modo, cuando mires esta página,

pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

 

Y cada vez cada vez que acudas a leer este nombre,

piensa en mí como se piensa en los muertos;

e imagina que mi corazón está aquí,

inhumado e intacto.

 

Lord Byron.

 

 

Lord Byron, Percy Shelley y Mary Shelley

 

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1 Comentario

  • Leo que, ya pasado todo esto, cuando Mary Shelley rezaba por que sus siguientes hijos no muriesen, solía pedir algo así como “Por favor, Dios, haz que este salga normal…”

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