Venecia/Atlántida

El vizconde de Chateaubriand, que no era parco, la llamó “la ciudad contra natura”. Lord Byron trasladó su zoo y su melancolía a alguna de sus mansiones. Théophile Gautier le puso una pátina impresionista. Henry James escribió exquisitas cartas sobre y desde ella. Thomas Mann quiso morir allí de un ataque agudo de belleza, pero en efigie, por supuesto. Ernest Hemingway ambientó en ella su mejor novela, a mi juicio, crepuscular y viejoverde. Los Hombres G le compusieron una canción muy divertida y analfabeta, confundiéndola con Sicilia o con Rafaella Carrà…

Venecia fue joven y poderosa en el Renacimiento, pero se la adoró como a una verdadera amante en el Romanticismo. Ahora se está inundando, como siempre se temió, y los turistas se lo pasan bomba. Porque un turista no es meramente aquel que viaja para conocer mundo y comprar souvenirs, es sobre todo ese que ve el pasado bajo el prisma de la actualidad más kitsch. Como la actualidad más kitsch son salvapantallas de largas playas de arena blanca y aguas cristalinas, el turista es aquel que busca posar sus reales y hacerse un selfi en el lugar que le guiña un ojo entre Excel y Pornhub desde su salvapantallas. Venecia, cimientos de coral, se inunda: el turista se alegra porque eso ya es media playa, y así puede adquirir también unas katiuskas históricas.

Fotografía Luca Bruno (AP)

La playa de los turistas a mi no me mola, la playa de los turistas hiede a jubilación, a esclavo liberto y a jugar de palo a que rozas el límite donde podrías ser engullido por lo indeterminado, en este caso el mar. Venecia lleva siglos ya jugando a ese juego, sólo que en serio, y por fin, y por desgracia, comienza a perderlo. Venecia es justamente lo opuesto a esas ciudades de nueva creación en Dubai, Kuala Lumpur, Qatar, etc., en las que todo es faraónico porque todo es mentira. Son fake towns. ¡El rascacielos más alto del mundo! ¡El centro comercial más grande del mundo! ¡La joyería más cara del mundo! ¡El circuito de carreras más largo del mundo! ¡Los obreros peor tratados del mundo! ¡El machismo más inaceptable del mundo!…

Canaletto

En cambio, Venecia es una anciana sonriente y cansada que ya no maquilla su rostro ni te tienta con sus encantos. Tuvo su apoteósico pasado de guerras y carnavales, cuando el amo y señor de la ciudad de los canales tenía nombre de perro grande y majestuoso, pero hoy quizá quiera ya morir de pura indigestión de realidad y de cruda verdad. Los medios y sus ideólogos llevan medio siglo vendiéndonos eso de los sueños que se convierten en realidad, a fin de que no cejemos en partirnos el lomo a trabajar; Venecia, por el contrario, representa algo más antiguo, más lírico,  una realidad que termina por convertirse en sueño a fin de poder abandonarse y tal vez dejar ser al ser…

Canaletto

Yo estuve en Venecia cuando tenía once años, y lo flipé en tonos ocre. Se llegaba a esa cosa, a esa fantasmagoría dorada emergiendo de la línea del horizonte marino, desde un ferry que era como el tren que lleva a Hogwarts, si tuviera que explicárselo a mis hijos. La luz de la mañana era ya la de la tarde, el agua de los canales era turbia y pestilente, los puentes que la sobrevolaban eran arcos de piedra labrada, las góndolas tenían un diseño más fantástico que las naves de Star Wars, y todo el paisaje urbano era también paisaje natural, y viceversa, como una pintura borrosa pero sumamente concreta del maestro Turner. Ese aire incuestionablemente contra natura que decía el vizconde, de que eso en el s. XXI ya no puede ser, de que parecen las formaciones de agua de Solaris, de que encima está todo espléndidamente vetusto y ruinoso, y de que si se acabase el mundo, o hasta el universo entero, habría que tomarse la última -está sí, la última…- en la sala de estar de cualquiera de sus hoteles sin nombre….

Canaletto

Un tipo del muelle, ignoro qué muelle, me hizo un retrato a carboncillo, en Venecia. Me hizo una ilusión enorme, aunque lo que mis padres pagaron me pareció una fortuna. Todavía lo tengo, y joder cómo he cambiado. Venecia, sin embargo, no ha cambiado nada, desde que estuve hasta el acqua alta de hoy, excepto por la sublevación del aqcua, claro. Mi amigo Stéfano vivió veinte años en el seno de la signora, “en brazos de la mujer madura”, como titulaba la novela. Mi padre prometió volver, al despedirse de la dama, pero luego le ha entrado pereza, o tan sólo una pila de años. Hasta Matteo Salvini, despiadado con la inmigración, se ha conmovido con la agonía de Venecia, como presintiendo, incluso él, antieuropeo irracional, que otro pedazo de Europa se abisma en el olvido. Pero si Venecia se hunde del todo, si el calentamiento global, o lo que fuere, transforma esa piedra pómez en piedra de acuario, entonces Venecia pasará a ser la auténtica Atlántida, sobre la que disertarán en los próximos siglos los filósofos supervivientes. Mientras, sonará no la orquesta del Titanic, sino el coro de los chavales a los que enseñaba y para los que componía Vivaldi, que era veneciano y pelirrojo –dicen, por cierto, en las redes, que a Vivaldi hoy le sobran dos estaciones… Nuestro Pere Gimferrer escribió en los años sesenta un poema muy de su estilo, preciosista y culteranista, que titulo Oda  a Venecia ante el mar de los teatros, que le pega mucho a Venecia evocada desde lejos, pero creo que no tanto a la caminada desde cerca, y que dice, y canta, lo siguiente:         

Canaletto

Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.
Con qué trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por la pura belleza como entonces, violín
que parte en dos aires de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello.

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1 Comentario

  • El asunto, después de todo, parece estar en que no se diga en este caso como se hizo con Notre-Dame, aquello de que es un «símbolo» de Europa… Notre-Dame y Venecia no son un símbolo de Europa, como si Europa fuera el mero territorio que «simbolizan»… Ambas son Europa, sin más.

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