«Tempestad sobre Washington»: sobre el apasionante y peligroso «calor de la cocina»

Cine clásico

Creía que fue Churchill el que lo dijo, pero fue Harry Truman refiriéndose a la política: «Si no puedes soportar el calor, sal de la cocina«. Y es que, en ella, incluso en países con instituciones democráticas, se ventilan intereses muy encontrados con unas reglas de juego que, a menudo, los que pugnan por el poder, tratan de desbordar para obtener ventaja utilizando todos los recursos a su alcance. A pesar de ello y al margen de los partidos en los que militen conviven en ella personas de muy diversos temperamentos, formación, estética  y conducta moral. Siempre hay idealistas, pragmáticos, arribistas y «gente poderosa y turbulenta» como dice, en un momento de la película, el senador Seabright Cooleigh (interpretado por un magnífico Charles Laughton)  que sacan ventaja de sus rasgos psicopáticos utilizando la mentira, la audacia más extrema o el juego sucio. También profesionales muy sólidos que conocen su oficio y son conscientes de la fragilidad y la fortaleza del sistema en el que se mueven y son duros como los tallos de los juncos.

Quizá es un buen momento para ver de nuevo “Tempestad  sobre Washington” la película que dirigió en 1963 Otto Preminger en la época optimista de Camelot, un año antes de que todo se derrumbara con el asesinato de JFK. Está basada en el premio Pulitzer de Allen Drury, «Advise and consent”, que describe los equilibrios de poderes en el sistema político de EE.UU y las dificultades de un Presidente interpretado por Franchot Tone para nombrar a Robert A. Leffingwell ( Henry Fonda) un hombre íntegro, culto, con un alto sentido del honor y su propia forma de pensar en política exterior que choca con la que tiene el partido, donde tiene enemigos tan taimados e inteligentes como Cooleigh, el senador más veterano de la cámara, que lo odia por una antigua disputa.

El nombramiento tiene que pasar, por imperativo constitucional («Advise and consent”), por una comisión del Senado, donde no se puede dar nada por descontado porque aunque el partido del presidente tiene la mayoría, los senadores están divididos respecto a la idoneidad del nombramiento y son posibles todo tipo de presiones o búsqueda de «trapos sucios», con los que tendrá que lidiar Robert Munson (Walter Pidgeon, borda el papel con su elegancia impecable) líder de la mayoría asistido por Stanley Danta (Paul Ford), su fiel ayudante.

Al principio todo parece un trámite nombran al joven e idealista senador Brigham Anderson (Don Murray) como presidente de la comisión. Pero pronto todo comienza a enturbiarse y aparecen pasados oscuros para la época y reptiles dispuestos a cualquier cosa por medrar y no todos aguantan el «calor de la cocina». Al final, esa media hora donde todo se resuelve de forma apasionante y pierden los malos aplastados por esa demoledora frase dicha Robert Mudson:  “En el Senado lo toleramos todo: prejuicios, fanatismos. El Senado está para tolerar la libertad. Pero usted nos ha deshonrado […] Afortunadamente nuestro país logra sobrevivir a patriotas como usted. Podríamos solicitar un voto de censura y expulsarle, pero conviene que las flaquezas de Brigham Anderson no salgan a relucir. Sean las que fueran. Se puede usted quedar solo….con su vergüenza!”

Una buena película para divagar sobre las 48 reglas del poder en la noche del sábado …

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