El Rey Arturo era escocés, como el buen whisky…

No somos dioses, pero somos ingleses, que es lo más parecido a un dios que se pueda ser.

Peachy Carnehan, El hombre que pudo reinar, Rudyard Kipling

Sean Connery ha hecho bien en morirse ya, pues empezaba a parecerse a Agustín García Calvo. Físicamente hablando, quiero decir, nadie, pero nadie puede parecerse al viejo Agustín “anímicamente” hablando. Y Connery formaba sin duda parte de la tríada de los hombres más bellos del mundo, los cuales, los tres, son o fueron actores y, lo que es más increíble, como el buen whisky mejoraban con la edad. Ellos son, a mi juicio, Paul Newman, Sean Connery, y el único que queda vivo a día de hoy, el jodido Clint Eastwood. Afirmo que Paul Newman estaba más guapo en Camino a la perdición que en El buscavidas, que ya es decir, y aunque ambas sean igual de excelentes. Afirmo que Sean Connery fue mucho más atractivo a partir del momento de dejarse barba y exhibir calva que haciendo de James Bond o de personaje de Hitchcock. Y, desde luego, nadie me negará que el capullo fascistilla de Clint Eastwood mola un millón de veces más en Un mundo perfecto que haciendo el mongolo con chimpancé en La gran pelea. Pero hablábamos de Connery, que ha muerto a los noventa años trasmutado en un avatar británico de García Calvo pero con mucho, mucho más dinero –aunque ya recordaréis que el maestro zamorano no creía en Hacienda, otra pieza falsa, más falsa que Judas, de la Realidad que nos venden…

Sean Connery había nacido, en realidad, para encarnar al Rey Arturo, ese es el papel que estaba debajo de todos los que ha interpretado desde que se deshizo de James Bond y el consorte de Marnie la ladrona. Cuando hizo La Roca… era el Rey Arturo; aquella de artista del robo con Catherine Zeta Jones… era el Rey Arturo; de padre de Indiana Jones… era el Rey Arturo; en El viento y el León, mi favorita de las suyas, era el Rey Arturo; La caza del Octubre Rojo… Rey Arturo post-soviético; La Casa Rusia… Rey Arturo ídem; Atmósfera Cero… Rey Arturo sin reinado, perdido en el espacio exterior -¡el rey sin espada, la tierra sin rey!-, y un largo etcétera. Sólo existen dos excepciones a esta regla, que son, precisamente, las dos ocasiones en que le tocó ser rey. La primera, shakespiriana, decadente, trágica, con Michael Caine, en El hombre que pudo reinar (se dirá lo que se quiera de Kipling, pero era y es el amo absoluto del cuento largo o novela corta), y la segunda, por fin en el desempeño de un Rey Arturo totalmente desperdiciado, en El primer caballero, una mierda de película. Estúpida paradoja: el hombre que pudo ser la viva imagen de un viejo y experimentado Rey Arturo nunca lo fue menos que en una peli en la que alguien se dio cuenta y le propuso la armadura del Rey Arturo…

Porque Sean Connery valía para eso, para poner su formidable apostura en la piel de personajes tan sabios como viriles, perspicaces a la vez que hombres de acción: sea Guillermo de Baskerville, sea el sensei de Los inmortales… No digo que eso fuese lo que se le diera mejor, que Connery fuera inepto para los papeles dramáticos, lo que digo es que es por eso que le queríamos. Le queríamos por ser el abuelete barrigón de Los intocables (vimos el estreno de esa película con media borrachera, por cierto, no sé si Sergio Catá se acuerda ahora…), no tanto por ser el Robín de Marian… De J. D. Salinger o de Thomas Pynchon en Descubriendo a Forrester volvía a ser el Rey Arturo, esta vez el Arturo durmiente que espera el renacimiento de Inglaterra en un suburbio de EEUU. Y en La liga de los hombres extraordinarios, cinta en la que se desgraciaba completamente el cómic original de Moore, salvaba la película, todavía más: era la película, la película hubiera sido imposible sin él, lo cual en este caso hubiera sido lo deseable.

Me cuenta mi amiga Natalia, cuando nos hemos enterado del ingreso de Connery en el limbo sin fin del DeepFake (1), que ella estaba trabajando de camarera en el Marble Arch en 1998 cuando fue a servir un café a un señor mayor parecido al Rey Arturo. De repente, ante sus ojos, se manifestó Sean Connery, uno de los hombres más hombres del mundo, al menos en la ficción. Natalia no pudo reprimirse y le expresó su admiración, en inglés -Natalia es políglota, casi igual que yo, que soy poliidiota. Sean le respondió con suma cortesía, una sonrisa irrepetible y acento escocés. Le digo a Natalia hoy, que siempre voy de insufrible listillo, y con aire de falso escandalizado, que cómo dejó pasar la oportunidad de su vida, al no entrarle a él, al mismísimo Rey Arturo, en estos términos “Sorry… ¿Are you Connery… Sean Connery…?” Pero ahora me doy cuenta de que eso hubiese sido sumamente inapropiado, maleducado. Sería como haberle preguntado si le apetecía un vermú shaken, not stirred, o sea, un estereotipo aj-queroso. Yo lo hubiera hecho, seguro, pero la clase y categoría de Connery estaban, desde luego, mucho más allá de esos clichés del espía playboy, James Bonde, uno de los personajes más ridículos de la historia del cine. Sean Connery era escocés, como el buen whisky. Y encima era el auténtico Rey Arturo en su trono, el único político que verdaderamente ha pensado en el bien común, que ha derramado virtud, justicia, piedad y amor paternal sobre sus súbditos, precisamente porque jamás existió como tal. A ver si esta noche les cuelo a mis hijos una película suya, aunque sea la porquería esa de El primer caballero… (cuando sean algo más mayores, les caerá el Excalibur de Boorman, pero esa hay que merecérsela, para esa hay que poder apreciar la épica antes que los efectos especiales…)

Vaya un brindis, de scotch noventa años, por Sean Connery. El Rey ha muerto, viva el Rey.  


[1] Ni Walter Benjamin en sus sueños más húmedos hubiera podido concebir eso que hoy se conoce como Deepfake, la posibilidad tecnológica de utilizar algoritmos (últimamente parece que el don prometéico robado a los dioses no era el fuego, sino el algoritmo…) para adherir los rasgos de una persona en el rostro de otra, como si fuera una mascarilla facial de crema antiedad de aquellas que se unta gratis Cristina Cifuentes. Lo vi hace poco en Rogue One, precuela de Star Wars, y quedé horrorizado. En la última escena salía Carrie Fisher con 20 años, estando ya fehacientemente fallecida, y durante la película veíamos actuar al militar talludito que en los años setenta ordenó la destrucción de Alderaan. Eso sí que era conservarse bien, ni Arturo Fernández ni Jordi Hurtado ni Julio Iglesias ni Matusalén. No puedo evitarlo, soy un antiguo, odio el Deepfake. Y estoy casi seguro de que Walter Benjamin lo odiaría también (y, si no, ya estoy yo para hacerme un video en Youtube con su cara y decir lo que me dé la gana en su nombre). Es la Era de la Reproductibilidad Técnica llevada a la pesadilla, la posibilidad de que en un futuro mucho menos lejano que el de Star Wars circulen versiones de Torrente protagonizadas por Cary Grant, o de Encadenados interpretada por Santiago Segura. Si a usted esta posibilidad no le da escalofríos, no es de los míos. Porque de nada habrá servido haber matado a un septuagenario Han Solo, puesto que  podemos revivirlo tanto cuanto queramos, e Indiana Jones puede pegarse, correr y lanzar el látigo eternamente en interminables secuelas de la franquicia, que le den a Chris Pratt. Todavía peor: Indiana Jones con cuarenta años podría apoyar entusiasmado y con una banderita en la mano la candidatura de Donald Trump a estas elecciones de 2020, y el mismo Donald Trump aparecer en las pantallas con la edad en la que alquilaba para su ocio a supermodelos a fin de demostrarse a sí mismo que era un triunfador. Yo mismo podría emigrar a Irlanda y mantener mi actual jeta sin alteración ninguna para mis hijos y amistades los próximos 20 años en todas mis comunicaciones por Skype. Walter, amor, el aura existe, ¡quiero creer en la dichosa aura! Harrison Ford con barba hablando sobre el cambio climático es real, las próximas entregas de El fugitivo no. Oriol Junqueras tiene la cara que tiene, mala suerte, haber nacido de otros padres, es trampa si sales en televisión anunciando la independencia con el aspecto de Mel Gibson en Braveheart. Sería inquietante, equívoco, siniestro, que en unos años el Deepfake se pudiese proyectar desde una visera electrónica y la gente pusiese movimiento y voz a la cara de Brad Pitt por la calle, en la farmacia, en el bar de copas, ¡¡en el catre!! Sería el “que se mueran los feos” de Boris Vian convertido en exigencia universal, la traición a su color de Michael Jackson a tiro de un click. Sin embargo, lo más horripilante de todo, la eventualidad más escalofriante, el fake más deep, sería… (no me atrevo ni a decirlo…) que tu nuevo rollo o pareja te pida que si no te importa que bien podrías lucir el careto de su ex… Si esto no es un argumento para repudiar ciertos adelantos tecnológicos, si no vamos camino de una distopía más negra que los Jackson Five, que venga el Rey Ludd y lo vea… 

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8 Comentarios

  • Ni Walter Benjamin en sus sueños más húmedos hubiera podido concebir eso que hoy se conoce como DeepFake, la posibilidad tecnológica de utilizar algoritmos (últimamente parece que el don prometéico robado a los dioses no era el fuego, sino el algoritmo…) para adherir los rasgos de una persona en el rostro de otra, como si fuera una mascarilla facial de crema antiedad de aquellas que se unta gratis Cristina Cifuentes. Lo vi hace poco en Rogue One, precuela de Star Wars, y quedé horrorizado. En la última escena salía Carrie Fisher con 20 años, estando ya fehacientemente fallecida, y durante la película veíamos actuar al militar talludito que en los años setenta ordenó la destrucción de Alderaan. Eso sí que era conservarse bien, ni Arturo Fernández ni Jordi Hurtado ni Julio Iglesias ni Matusalén. No puedo evitarlo, soy un antiguo, odio el Deepfake. Y estoy casi seguro de que Walter Benjamin lo odiaría también (y, si no, ya estoy yo para hacerme un video en Youtube con su cara y decir lo que me dé la gana en su nombre). Es la Era de la Reproductibilidad Técnica llevada a la pesadilla, la posibilidad de que en un futuro mucho menos lejano que el de Star Wars circulen versiones de Torrente protagonizadas por Cary Grant, o de Encadenados interpretada por Santiago Segura. Si a usted esta posibilidad no le da escalofríos, no es de los míos. Porque de nada habrá servido haber matado a un septuagenario Han Solo, puesto que podemos revivirlo tanto cuanto queramos, e Indiana Jones puede pegarse, correr y lanzar el látigo eternamente en interminables secuelas de la franquicia, que le den a Chris Pratt. Todavía peor: Indiana Jones con cuarenta años podría apoyar entusiasmado y con una banderita en la mano la candidatura de Donald Trump a estas elecciones de 2020, y el mismo Donald Trump aparecer en las pantallas con la edad en la que alquilaba para su ocio a supermodelos a fin de demostrarse a sí mismo que era un triunfador. Yo mismo podría emigrar a Irlanda y mantener mi actual jeta sin alteración ninguna para mis hijos y amistades los próximos 20 años en todas mis comunicaciones por Skype. Walter, amor, el aura existe, ¡quiero creer en la dichosa aura! Harrison Ford con barba hablando sobre el cambio climático es real, las próximas entregas de El fugitivo no. Oriol Junqueras tiene la cara que tiene, mala suerte, haber nacido de otros padres, es trampa si sales en televisión anunciando la independencia con el aspecto de Mel Gibson en Braveheart. Sería inquietante, equívoco, siniestro, que en unos años el Deepfake se pudiese proyectar desde una visera electrónica y la gente pusiese movimiento y voz a la cara de Brad Pitt por la calle, en la farmacia, en el bar de copas, ¡¡en el catre!! Sería el “que se mueran los feos” de Boris Vian convertido en exigencia universal, la traición a su color de Michael Jackson a tiro de un click. Sin embargo, lo más horripilante de todo, la eventualidad más escalofriante, el fake más deep, sería… (no me atrevo ni a decirlo…) que tu nuevo rollo o pareja te pida que si no te importa que bien podrías lucir el careto de su ex… Si esto no es un argumento para repudiar ciertos adelantos tecnológicos, si no vamos camino de una distopía más negra que los Jackson Five, que venga el Rey Ludd y lo vea…

  • En la última entrega de las falsas memorias de Azúa (‘Tercer acto’), rinde un velado– velado solo a medias– homenaje a Agustín García Calvo. Trasmutado bajo el manto de Julio Silvela Silva, oficiando de ceremonias sofistas, coloristas y otras hierbas, en los, veladores de la Boule. Pura bohemia izquierdista y asilvestrada. No se si, más allá, de críptico homenaje, Azúa estuviera pensando en homenajear a James Bond, sin que haya más parecidos entre ellos que la capacidad de seducción sobre las hembras periféricas. Agustín y James, García Calvo y Bond, en tantas cosas, en las antípodas. Pero nunca se sabe donde llega la bala desde el tiro equivocado.

  • Bohemia sí, izquierda nada. Me sacaron esto sobre él en una revista de historia, años ha…

    “Guerra en el Ateneo”

    En una ocasión el abajo firmante tuvo la fortuna de ver a Agustín García Calvo zamparse parsimoniosamente una hamburguesa en la plaza de los cubos de Madrid, solitario y meditabundo. ¡Ese hombre singular, que ha hecho con y mediante la palabra todo lo que oralmente y por escrito se puede hacer, siempre que sea lo suficientemente atípico respecto de la cultura vigente, reponiendo fuerzas en una capillita del dios contra el que lucha con mayor encono, o sea, el dinero travestido en cosas! No había ninguna incoherencia en ese acto, desde luego, puesto que él ha defendido la incoherencia misma en infinidad de lugares, de manera que estaba siendo paradójicamente consecuente con sus más habituales declaraciones. Pero sin duda aquel encuentro tuvo su gracia, sólo superable en encanto por el privilegio que supondría poder vislumbrar aunque sólo sea por un instante la cara que se le debe de poner montado en un coche, suceso que no se puede descartar enteramente en una vida que ya supera la ochentena. Sin embargo, el profesor García Calvo mantiene el formidable aspecto de siempre, como de uniforme hippie: con sus camisas estrafalarias y coloristas anudadas al ombligo, su blanca barba recortada a la moda de Don Pantuflo Zapatilla, sus lentes siempre limpias para cantar sus lecturas y contemplar los partidos de fútbol (donde dicen que descubre una metáfora transparente de los tiempos que corren), sus pantalones pitillo y botas de tacón o sandalias, los brazos en jarras con una pierna adelantada -lo que mis amigos llamaban postura praxitélica…-, y eternamente tocado de salud y calma, no obstante su militante rechazo de la medicina institucionalizada, entre muchos otros rechazos clamorosos.
    Últimamente, este bizarro paladín del lenguaje vulgar se deja ver y oír un poco más en algunas revistas sofisticadas y páginas web, como antes hiciera durante años en radio, prensa, foros universitarios y garitos cualesquiera, allí donde pudiera compartir su guerra particular -que él dice común- contra todo lo que se pretenda genuinamente real. Al igual que sugiriera en su momento Don Miguel de Unamuno en París, el señor García Calvo exhorta a pensar incesantemente, pero evitando a toda costa dar lugar a ideas, que, según afirma, son siempre las del poder y nunca las del pueblo. Quien no le conozca aún o le conozca poco, puede contemplarle perorar sobre este y muchos otros asuntos afines de un modo íntimo y nada solemne en la Cacharrería del Ateneo de Madrid todos los miércoles en torno a las ocho y media de la tarde. El único requisito que se exige para acudir es saber hablar y escuchar en su modalidad más básica, que más que filosofías o filologías lo que este actual Pirrón practica en esa ilustre casa son hechicerías. Mal que le pese, Agustín García Calvo es sin duda una parte viva de la historia de España desde que fue legendariamente expulsado de su cátedra por el régimen franquista al sumarse al levantamiento estudiantil del año sesentaycinco. Desde aquí recomendamos sincera y calurosamente hacerle una pequeña visita antes de que le conviertan de un modo u otro en una olvidada pieza de museo…

  • Leí el manifiesto de la primera, no conocía el segundo. ¿Dices “pasamos” porque participaste? Joer, haberme invitao… Pero tienes razón. En mis tiempos de facultad había un grupo de seguidores del gurú que se hacía llamar Ta Panta. El líder era un chaval clavaico a Buffalo Bill, pero con veinte años y gafitas. No eran mala gente, pero resultaba ridículo su intento de convertir al García Calvo panfletista antisistema en autoayuda y guía para la vida. Íbamos por Huertas y de repente B.B. exclamaba: “¿nos metemos por este callejón?”. ¿Por qué? ¿Conoces algún garito por allí?, preguntábamos. Él respondía, entusiasmado, “¡No, precisamente por eso, cuando conoces algo impides que pase nada real!”. Qué tíos, lo tapantianos, pero qué tíos los filósofos noveles en general. Y, oye, no descarto, José, que, ciegos de anfetas o no, esos tíos hayan aprendido mogollón de griego y latín…

  • Me explico. Robin vuelve a Inglaterra, con más de cuarenta años. Ha sido leal a Ricardo Corazón de León, que es una decepción, un bárbaro y un nihilista (y, según se sospecha hoy, tal vez homosexual y enamorado de Robin). Al principio, Robin expresa su preocupación por ser demasiado viejo para que Marian le quiera, pero en cuanto ella se le entrega igual que veinte años antes recupera el brío de la juventud. Lo que ocurre es lo de siempre, que a los hombres no les bastan las mujeres, aunque sean como la preciosa Audrey, aquí impresionante. Él tiene, como un gilipollas, primero que seguir a Ricardo a las cruzadas, a matar a otro hombres, y luego, a su vuelta, matarse inexorablemente con su némesis, el Sheriff de Nottingham. Éste lo sabe también, sabe que su destino de varón es ser derrotado por la leyenda, por Robin Hood, y sólo en esta lucha ser leyenda también él. La única que comprende de lejos todo el panorama, la inevitable ruina masculina incluso de alguien tan encantador y simpático como el Robin de Connery (todo exterioridad, todo sinceridad), es Marian, el personaje tan enamorado como trágico que precipita el final. Y el final es tan bello como fatal, uno de los mejores de la historia del cine… Hasta el mismo Robin, tras un primer reflejo de guerrero -pedir ayuda a Little John, el otro hombre de su vida-, comprende la acción de Marian y la aprueba. El pasado fue brillante, fue insuperable, tanto Robin como Marian están de acuerdo es que es mejor por ello que no vuelva nunca, porque sólo así será único, y por tanto de ellos dos exclusivamente y no participable por nadie más, aunque sea borrado un instante después por la nada… ¿Hay más alta, a la vez que fresca, sin babas superfluas, moraleja de amor?

    Y todo esto en plan casi cómico, como si fuese una película de aventuras, a resguardo de los verdes bosques y de la luz pagana del sol. En lo crepuscular, me pregunto si Frank Miller se inspiro para el DKR (fijo que sí). En mi opinión, Connery es actor de una trilogía, y lo demás fue ganarse la vida: esta, la de Kipling y El viento y el león.

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