«Queridos camaradas»: sobre la persistencia del estalinismo

Ha coincidido la invasión y guerra en Ucrania, por parte de las tropas de la Federación Rusa que comanda Vladimir Putin, con la proyección de la película de Andréi Konchalovski, Queridos camaradas (2020). Película que, curiosamente, coincide con el título del trabajo de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo Queridos camaradas. La Internacional comunista y España. 1919-1939. Sutiles coincidencias y sutiles internacionalizaciones.

Ya sé que parte de la opinión actual vertida sobre Putin, trata de desvincularlo del continente ideológico del Comunismo– incluso del Poscomunismo y del Pos sovietismo, basándose para ello en su aversión hacia Lenin y su afinidad con Stalin (1) –, para trazar un bucle histórico que bebe del Imperialismo zarista, de la idea Paneslavista de la Gran Rusia o de la Madre Rusia estalinista y crear, desde esas raíces históricas, un nuevo continente político-conceptual que denominan como Nacional populismo. Otra cosa será hablar de las alianzas internacionales actuales –China, Corea, Venezuela, Siria o Nicaragua– que producen un retrato en silueta recortada de los valores desplegados en la actualidad por la Federación Rusa; igual que ocurre con las relaciones amistosas y económicas –por no decir otra cosa– de Putin con los dirigentes de la extrema derecha Salvini, Berlusconi, Abascal y Le Pen. Otra rara hermandad antiliberal.

Se puede objetar a tal reduccionismo excluyente del Poscomunismo, con parte de la evidencia formativa de Putin –nacido aún en vida de Stalin, en 1952–, formado en centros unitarios e ideologizados y en academias policiales de máxima severidad. Y su posterior ideario asimilado, creado y crecido en la Unión Soviética como sujeto policial, prestando servicios en el KGB en la República Democrática Alemana –donde no impartía clases de filosofía política, por supuesto– y más tarde regresando a su Petrogrado natal. Aunque todo ese movimiento de repliegue y retorno a los orígenes, fuera en los momentos agónicos previos a la Perestroika de Gorbachov y previos al colapso ideológico del proyecto comunista en Europa.

Y testigo indirecto, por demás, de los acontecimientos narrados por Konchalovski en su película que quiere redimir el documental que no pudo ser realizado en su momento por la censura imperante, como ocurre ahora mismo. Acontecimientos aquellos de Novocherkassk que, de hecho, suponen una de las primeras quiebras –junto a las primeras replicas en el Berlín oriental en los primeros años 50 con Walter Ulbrich al frente del partido hermano–. Acontecimientos en el corazón del Don y dentro del Óblast de Rostov. Situados en la pequeña ciudad industrial de Novocherkassk, en la región de Rostov, en junio de 1962 y que supusieron un conflicto entre los trabajadores, el ejército y la KGB, en la represión de una huelga de obreros de una fábrica de locomotoras NEVZ, y el comienzo de la Gran Desilusión. Todo ello, en la medida en que los dirigentes locales del partido no entendían lo que estaba pasando, y que no habría pasado con Stalin al frente de la Unión Soviética. Por ello, “no se podía concebir una huelga de obreros en el país del socialismo”, como una suerte de oxímoron. Y que, además, por primera vez se echaba en falta –como se comenta en la película por parte de Lyudmila, que es miembro del partido comunista local y defiende los ideales del régimen comunista, pero desprecia todo tipo de disidencia– la unanimidad existente bajo el poder de Stalin. Y que ya, nueve años más tarde la muerte del Gran Padre Stalin, empezaba a resquebrajarse.

En 1962, bajo la batuta de Nikita Khrushchev, se venía digiriendo la reciente catarsis dolorosa de la URSS, tras el XX Congreso del PCUS de 1956 (2), donde se produjo en febrero la lectura del famoso Discurso Secreto del camarada Secretario General. Cuéntese que el XX Congreso es el primero celebrado tras la muerte de Stalin en febrero de 1953 (3), con el niño Putin dando sus primeros pasos y patadas a la vida entrecortada, y en vísperas de que se constituyera en 1955 el Pacto de Varsovia, conocido también como el Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua, bajo la batuta rectora del Secretario General denunciante del pasado estalinista. Congreso en el que Khrushchev denunció a Stalin –y su peculiar mandato tiránico, sólo glorificado por el final de la Segunda Guerra Mundial y por la hegemonía en la Europa Oriental adquirida tras la Guerra Fría– por haber violado las normas acerca del liderazgo colectivo; por la represión –y procesos y asesinatos en cadena, digo yo también– contra los Viejos Bolcheviques; por la represión contra los delegados del XVII Congreso, por haber apoyado indebidamente a Serguéi Kírov; por el culto a la personalidad –condenado por Lenin anticipadamente– desarrollado en torno a su persona y por la exageración de su rol fundamental y necesario –providencial, podríamos decir en clave teocrática– en la Gran Guerra Patriótica, entre otras denuncias. Este acto provocó una gran conmoción en la sesión –a la cual no se permitió la presencia de los invitados extranjeros–, y después de un mes de deliberaciones, se decidió hacer pública buena parte del contenido a los ciudadanos de la URSS, aunque solo con la perestroika se vino a conocer el contenido completo del discurso.

Esas circunstancias de la crítica al pasado de Khrushchev, no deben hacernos olvidar hechos posteriores como acontecimientos encadenados en esa visión unilateral de la política y la geoestrategia, como la Crisis de los misiles desplegados en Cuba contra Estados Unidos –vértigo de una guerra nuclear– en octubre de 1962; cuatro meses después de la Masacre de Novocherkassk. Fruto del despliegue policial y militar, se produjeron arrestos diversos, juicios ficticios y encubrimientos –puras prácticas estalinistas–: más de 200 fueron arrestados, siete personas fueron declaradas culpables y sentenciadas a muerte por diversos delitos como ‘desorden de masas’ y, aproximadamente, algunos cientos más fueron encarcelados hasta 15 años. Las noticias sobre los hechos nunca aparecieron en la prensa controlada por el estado y se mantuvieron en secreto hasta 1992.  Los 26 muertos fueron enterrados en secreto por agentes de la KGB en tumbas falsas que no se revelaron a los familiares hasta junio. El 2 de febrero de 1994, cuando todos los cuerpos fueron descubiertos y vueltos a enterrar en el monumento oficial. De igual forma, hay una instantánea sorprendente de Vladimir Putin, en 2008, ofreciendo flores al obelisco que señala la atrocidad del pasado.

Una forma de desdecirse, sin necesidad de nuevos Informes Secretos. Todo ello en la medida en que la invasión y de guerra de Ucrania , es la actualización del modelo –sea soviético o sea ruso– largamente sostenido en el pasado de controlar, ocupar e invadir los países satélites y limítrofes. Pilsen en 1953; la RDA en el mismo año; Georgia en 1956; Poznan y Hungría también en el 1956; Praga en 1968; Chechenia en 1999; Georgia en 2008; Crimea y el Donbás en 2014 y Ucrania en 2022.

Por ello la rememoración de Andréi Konchalovski y su película, Queridos camaradas, no deja de ser un ejercicio de nostalgia crítica del estalinismo arramblado. Que no es lo mismo que la Crítica de la nostalgia estalinista. Sobre todo, cuando vemos como Putin despliega hoy habilidades parecidas. Puro estalinismo.

Ver Apocalipsis: Iosef Stalin en Youtube

(1) El Informe Secreto sobre Stalin ante el XX Congreso del PCUS, en su apartado primero se abre con la proclamación de ‘Lenin contra Stalin’, cuando debería haber sido al revés Stalin contra Lenin. Como hace ahora, y prefiere, el actual líder de la Federación rusa, Vladimir Putin: Más estalinismo y menos leninismo, desde la exigida centralidad del poder.

(2) Existe una edición del Informe secreto sobre Stalin, de Taller de Sociología ediciones (1977) que cuenta con estudios complementarios de Fernando Claudín, Enrique Tierno, Rosana Rossanda, Enrique Pajetta y Simón Sánchez Montero.

(3) La película La muerte de Stalin de Armando Iannucci (2017) es una farsa final sobre los problemas derivados en la sucesión del todopoderoso Secretario General, por más que se simplifiquen los años de control férreo y de depuracione sistemáticas. Para ello conviene revisar los trabajos de Karl Schögel, Terror y utopía. Moscú 1937, y el más reciente de Yuri Slezkine, La casa eterna. Saga de la Revolución rusa.

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4 Comentarios

  1. says: Óscar S.

    Sólo cuatro apuntes:

    -Venezuela ya no está en órbita rusa alguna, ahora le va a vender petróleo y gas a EEUU, y Maduro pasará a ser un hombre de estado con gran visión.

    -El emplazamiento de misiles en Cuba se debió a los que EEUU previamente colocó en Turquía, y, por cierto, fue porque renunciaron a estos últimos que terminó la crisis.

    -Lo único que Putin tiene de estalinista es lo que tiene de asesino de ucranianos, y me extraña mucho que no se haya sacado todavía en la actual furia propagandística el horror total del Holomodor.

    -La hermandad antiliberal a la que te refieres es todo menos rara, en mi opinión.

  2. says: Óscar S.

    Perdón, quinto:

    -Decir que Putin es estalinista porque se crío en el sovietismo convertiría a todo español mayor de 45 años en franquista acérrimo.

  3. says: JOSE RIVERO

    La quinta, querido Oscar, es casi verdadera. Se ha tendido a perpetuar el franquismo sociológico con múltiples resortes, movimientos y memorias. No hace falta ser acerrímo. Del Holomodor hablamos otro día. Ha omitido Ramon dos notas relevantes para ubicar el fenómeno del estalinismo. A ver si las recupero.

  4. says: Oscar S.

    En mi opinión, el muy serio y riguroso documental «Rusia, revolución conservadora», que se halla entero en Youtube, disipa toda duda a este respecto.

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