Munich o Kiev muy cerca del palíndromo

Siempre me ha resultado febrero, no se por qué, un mes un poco desabrido, algo lúgrube aunque realmente luego no lleguen a pasar cosas malas, pero parece que pueden pasar, que es mejor no exponerse demasiado, dejar deslizar los días un poco encogido hasta llegar a Marzo desde ya se puede vislumbrar el comienzo de la primavera. Hasta las películas se ven de otra manera, hay que tener mucho cuidado con las que sean algo tristes porque parece que afectan más, pueden vivirse como presagios de cosas malas y a veces pueden serlo. Como ha ocurrido este año muy cerca de ese palíndromo tan bello (22022022) donde vi «Munich en vísperas de una guerra» donde días después comenzó una guerra de verdad con la que es imposible no encontrar algunas concomitancias: un intento de modificar fronteras establecidas para expandir un viejo sueño nacionalista; un líder totalitario sin escrúpulos con una empatía fría capaz de oler el miedo y saber que sólo intentarán apaciguarlo con medidas que no le asustan; un momento de crisis en el viejo orden mundial que puede estar a punto de transformarse; unas democracias titubeantes y envejecidas con élites mediocres; una pandemia que lo ha debilitado todo aún más.

Con los años el pasado parece más próximo, las imágenes desvaídas que se han visto tantas veces, desde la infancia, como si fueran atávicas y que de pronto se ven más proximas, ocurridas en ciudades como las nuestras a gente como somos ahora nosotros. Lo que tocó vivir a aquellas generaciones, a los jóvenes que tuvieron que decidir alistarse (la paradoja tétrica de que muchos lo hicieron con alegría, por tener una causa que diera sentido a sus vidas desnortadas) o huir, enfrentarse al horror u oponerse a él corriendo también muchos riesgos. Lo que cuenta Russell de la primera guerra mundial (“Todo fue bien hasta 1914. Pero, cuando estalló la primera guerra mundial, pensé que era una locura y un crimen, de los que eran responsables todas las potencias comprometidas en ella, en uno y otro campo. Esperaba que Inglaterra permaneciese neutral, y, cuando esto no sucedió, seguí protestando. Me encontré aislado de la mayoría de mis antiguos amigos y, lo que temía más aún, extraño a la corriente de la vida nacional. Tuve que acudir a recursos de energía que no suponía pudiese poseer. Pero, algo que, de haber sido yo religioso, hubiera llamado la Voz de Dios, me compelía a persistir. Ni entonces ni después he pensado nunca que todas las guerras son injustas. Era aquella guerra, no cualquier guerra, la que yo condenaba. He creído que la segunda guerra mundial era necesaria, no porque mis opiniones sobre la guerra hubiesen variado, sino porque las circunstancias eran diferentes. De hecho, todo lo que hizo necesaria la segunda guerra fue consecuencia de la primera. Debemos a la primera guerra y a sus repercusiones, el comunismo ruso, el fascismo italiano y el nazismo alemán. Debemos a la primera guerra la creación de un mundo caótico e inestable, en el que se dan todas las razones para temer ”), la calamidad que hubiera podido evitarse, lo que marcó la tragedia y el tono intelectual y vital de todo un siglo. Una guerra cuando parecía que el siglo XX iba a acabar con ellas, luego otra solo veinte años después.

El hastío de la muerte, de la abyección, de los sueños enfangados en el barro de las trincheras y el miedo a volver al horror tan pronto. Los errores de Versalles que ya denunció Keynes en «Las consecuencias económicas de la paz»; el derrumbe de la República de Weimar; la emergencia del nazismo y el comunismo como monstruos totalitarios que generaban una lógica envenenada y se alimentaban de la pobreza y el resentimiento; la fragilidad del liberalismo en Europa que casi nadie encontraba razones para defender. Lo fácil que era ser partidario del apaciguamiento en esa locura de ideologías y nacionalismos de todos los colores. Evitar otra guerra a toda costa sobre todo si los motivos se percibían lejanos (“Qué horrible, fantástico, increíble es que estemos aquí cavando trincheras y probándonos máscaras de gas a causa de una pelea en un país lejano entre gente de la que no sabemos nada” dijo Chamberlain entonces), no volver a horror de nuevo, a los millones de muertos. Las convicciones de Neill Chamberlain (magníficamente interpretado por Jeremy Irons) que parecían tan sensatas y que tanto gustaron a los británicos por un tiempo, sobre todo a los fascinados por un personaje como Hitler que percibía exactamente su miedo, hasta donde estaban dispuestos a llegar mientras él se iba engullendo pedazos de lo que consideraba su «espacio vital», los derechos sagrados de la Gran Alemania racista y ultranacionalista.

Las ideas antes de que les llegue su momento. Las creencias encarnadas en jóvenes dispuestos a ser auténticos, todavía en Oxford (Hugh Legat, Paul von Hartmann y su novia Lena) bajo la luna, en la hierba, los amigos que comenzaban a diverger por las ideologías que circulaban en el aire de su tiempo aunque no se hubieran dado cuenta hasta entonces. El nuevo encuentro años después cuando el alemán (al parecer inspirado en Adam von Trott) se ha dado cuenta de todo y quiere repararlo a través de su viejo amigo inglés. El Memorando Hossbach y su papel en los Acuerdos de Munich con los que la película juega y que en la realidad parece que Chamberlain nunca conoció. El intento de «blanqueo» de su actitud que el tiempo demostró tan desastrosa. Esa escena ficticia donde Hitler pudo morir y no lo hizo quizá porque el que tenía el revolver no era un psicópata como él. Lo que ocurrió realmente en aquellos días, lo que creemos saber que ocurrió, lo que nos interesa creernos de lo que ocurrió.

El déspota ruso que, mientras escribo estas líneas, activa su fuerza nuclear ante las protestas del mundo por su ataque a Ucrania dos días después del palíndromo de Febrero, con una narrativa muy parecida a la que se utilizó entonces para reclamar los Sudetes y luego todo lo demás. Los viejos fantasmas que parecen volver a Europa, que nos interrogan, que nos exigen un compormiso que quizá se ha abandonado mucho tiempo. Lo que tiene que aprender cada generación y quizá no se le está enseñando en una Europa que parece haber olvidado su historia. Aquello con lo que acababa «Postguerra» Tony Jundt: “Sólo la historia podrá ayudarnos a recordar en los años venideros por qué parecía tan importante erigir cierta clase de Europa a partir de los crematorios de Auschwitz. La nueva Europa, unida por los signos y símbolos de su terrible pasado, constituye un éxito notable; pero seguirá estando siempre hipotecada a ese pasado. Para que los europeos conserven ese vínculo vital —para que el pasado del continente siga proporcionando al presente de Europa un contenido reprobatorio y un objetivo moral— habrá que enseñárselo de nuevo a cada generación. Puede que la «Unión Europea sea una respuesta a la historia, pero nunca podrá sustituirla.» No solo de Auschwitz también del Gulag, de la identidad absoluta de los totalitarismos y de sus consecuencias. Lo que ya sabemos que no sirve de nada apaciguar. Lo que hay que defender cada día, en cada playa, aunque de tanto miedo. Lo que están haciendo ahora mismo tantos héroes ucranianos cuyos nombres no conoceremos nunca, que solo quieren vivir en esas sociedades abiertas tan imperfectas en las que nosotros vivimos (y no desde hace tanto tiempo) y que a menudo valoramos tan poco.

Lecturas sobre los «Acuerdos de Munich»

Paul Johnson. «Tiempos Modernos». Capítulo 10: El fin de la vieja europa

“(…)Esta cuestión nos lleva a formular un punto importante: el caso de Hitler no puede ser entendido si no es en conjunción con el caso de la Rusia soviética. Del mismo modo que el temor al comunismo tendió a elevarlo al poder, también procuró afirmarlo. Chamberlain no tenía muy en claro en esta etapa si Hitler era o no una amenaza total, pero estaba completamente seguro de que Stalin lo era. Los británicos tendían a subestimar el poder del ejército soviético, pero temían, y con razón, el potencial político de la expansión comunista. Aunque fuese de manera indirecta, Hitler siempre había destacado la consanguinidad de los totalitarismos rivales. Apenas desapareciera el Partido Nazi, afirmaba con frecuencia, «habrá 10 millones más de votos comunistas en Alemania». A su juicio, la alternativa no era la democracia liberal sino el colectivismo soviético. Por su parte, Chamberlain aceptaba el argumento. El 26 de septiembre, durante los días que precedieron inmediatamente a Munich, cuando el general Gamelin le ofreció una imagen más optimista de la fuerza de los aliados y ambos comentaron la posibilidad de que Hitler fuese derrocado, Chamberlain quiso saber: «¿Quién garantiza que después Alemania no se pasará al bolchevismo?». Por supuesto, nadie podía ofrecerle semejante garantía. Daladier adoptó una actitud semejante: «Los cosacos gobernarán a Europa». De manera que los dos hombres eligieron el menor de dos males, de acuerdo a cómo ellos veían las cosas: hacer concesiones a Alemania.El segundo interrogante es si hubiera sido más aconsejable que los aliados combatieran en el otoño de 1938 por Checoslovaquia en lugar de hacerlo en el otoño de 1939 por Polonia. También este tema resulta discutible pero no cabe duda de que la respuesta es afirmativa. Es cierto que el ritmo del rearme de los aliados, y sobre todo del poder aéreo de Gran Bretaña, estaba alcanzando al de Alemania. Pero sólo en este sentido la ecuación estratégica resultaba más favorable en 1939 que en 1938. Es importante entender que la Conferencia de Munich, celebrada en la Casa Parda los días 29 y 30 de septiembre, fue no sólo una rendición diplomática de Gran Bretaña y Francia, sino también un desastre militar.”

“(…)Como dijo el propio Chamberlain: «El gabinete adoptó la posición unánime de que no debíamos formular una amenaza a Herr Hitler, en el sentido de que si entraba en Checoslovaquia le declararíamos la guerra. Era sumamente importante mantener el secreto de la decisión».”

“(…) La Conferencia de Munich, celebrada en la Casa Parda los días 29 y 30 de septiembre, fue no sólo una rendición diplomática de Gran Bretaña y Francia, sino también un desastre militar. Churchill, que percibió mejor que nadie el significado militar de la capitulación, señaló durante el debate acerca de Munich el 5 de octubre de 1938 que la anexión de Austria había dado a Hitler doce divisiones suplementarias. Ahora el desmantelamiento del poder militar checo liberó treinta divisiones más, que podrían ser empleadas en otros lugares.

En realidad, el cambio de la situación tuvo consecuencias más graves. Las cuarenta divisiones checas estaban entre las mejores. Como observó Churchill, la rendición también significó el fin del sistema de alianzas francesas en el este y provocó el derrumbe moral en la cuenca del Danubio. Al ver que las democracias abandonaban a los checos, los pequeños estados se retrajeron en busca de protección o se unieron como chacales al festín. Polonia pudo apoderarse de Teschen, un territorio que había codiciado desde 1919. También Hungría recibió un pedazo del cadáver checo. A través de Europa centro-oriental y los Balcanes, ahora los gobiernos buscaban ansiosamente la amistad y el favor de los nazis, y crecía la influencia y el orgullo de los partidos fascistas. El comercio alemán se imponía por todas partes. La economía alemana florecía. Durante las últimas semanas de 1938 parecía que Hitler, sin disparar un tiro, había restablecido todo el esplendor de la Alemania de Guillermo. ¿No podía afirmarse que era el estadista alemán más eficaz desde Bismarck? Por lo menos, eso parecía?”

(…) “Al día siguiente, 22 de agosto, Hitler habló a los miembros del Alto Mando en Obersalzberg. De acuerdo con anotaciones realizadas por algunos de los presentes, afirmó que la operación polaca podía seguir adelante. Nada tenían que temer de Occidente: «Nuestros antagonistas son gusanos. Los vi en Munich». Concluyó: «Yo suministraré el pretexto propagandístico para desencadenar la guerra, y para el caso poco importa si es verosímil. Al vencedor no se le pregunta después si ha dicho la verdad. Cuando se comienza y se hace la guerra, lo que importa no es la virtud sino la victoria. Acoracen sus corazones contra la compasión.  Actúen brutalmente. Ochenta millones de personas deben conseguir aquello a lo que tienen derecho. Es necesario garantizar su existencia. El mas fuerte tiene la razón. Máxima dureza».”

Paul Johnson. «Tiempos Modernos». Capítulo 10: El fin de la vieja europa

“El general Halder ha hecho el relato de un plan definido para prender a Hitler y su camarilla. No sólo contamos con las aserciones de Halder. Se realizaron proyectos, en efecto, pero no cabe juzgar con precisión la resolución que se había puesto en la empresa. Los generales proyectaban levantamientos una vez y otra, y al final siempre retrocedían por algún motivo. Cuando se vieron prisioneros de los aliados era natural que todos insistiera a en sus esfuerzos en pro de la paz. Empero, no hay duda de que existió entonces una conjura y de que se tomaron medidas serias para llevarla a la práctica. Halder dice: A principios de septiembre, habíamos emprendido los pasos necesarios para librar a Alemania de un loco tal. En aquel tiempo, la perspectiva de la guerra llenaba de horror a la gran mayoría de los alemanes. No pretendíamos matar a los jefes nazis, sino únicamente detenerlos, establecer un gobierno militar y lanzar al pueblo una proclama diciendo que habíamos efectuado esa acción porque nos sentíamos convencidos de que los nazis nos conducían a un desastre seguro. Los comprometidos en la conjura eran los generales Halder, Beck, Stuelpnagel, Witzleben (jefe de la guarnición de Berlín), Thomas (inspector de Armamentos), Brockdorff (jefe de la guarnición de Potsdam), y el conde von Heldorff, que mandaba la policía berlinesa. El general en jefe, von Brauchitsch, fue informado del plan y lo aprobó.

Era fácil, dados los movimientos de tropas contra Checoeslovaquia y la ordinaria rutina militar, situar una división acorazada cerca de Berlín, de modo que pudiese llegar a la capital tras una noche de marcha. Hay evidencias de que la tercera división acorazada, a las órdenes del general Hoeppner, estaba, cuando la crisis de Munich, estacionada al sur de Berlín. Hoeppner tenía la misión secreta de ocupar la capital, la cancillería y los ministerios y oficinas nazis, a una señal determinada. Según el relato de Halder, Heldorff, jefe de la policía de Berlín, había hecho meticulosos arreglos para arrestar a Hitler, Goering, Himmler y Goebbels. «No había posibilidad de fracaso. Todo lo que se necesitaba era que Hitler estuviese en Berlín.» El Führer llegó de Berchstesgaden en la mañana del 14 de septiembre. Halder lo supo al mediodía e inmediatamente visitó a Witzleben para completar los planes. Se “decidió actuar a las ocho de aquella noche. A las cuatro — según. Halder—, se recibió en el despacho de Witzleben la noticia de que Chamberlain iba en avión a visitar a Hitler en Berchtesgaden. Se celebró una reunión en la que Halder dijo a Witzleben que «si Hitler había triunfado en sus engaños, no era él, como jefe de Estado Mayor, el llamado a deshacer las consecuencias de semejante éxito». Se acordó, pues, aplazar toda acción y esperar los sucesos.

Tal es la relación — que corresponde a los historiadores analizar — de aquella crisis interna en Berlín. La narración se debe al general Halder, entonces jefe de Estado Mayor. La han confirmado otros generales — Hillebrandt y Mueller — y se ha aceptado como auténtica por diversas autoridades. Si se admite como verdad histórica, será una prueba más de que la suerte de la humanidad depende de incidentes muy pequeños.

No hay duda de que el Estado Mayor realizó otros esfuerzos menos violentos, pero no por ello menos ahincados. El 26 de septiembre llegó a la cancillería del Reich una delegación que pidió una entrevista con Hitler. Componían el grupo el general von Hanneken, Ritter von Leeb y el coronel Bodenschatz, no fueron recibidos. A las doce del día siguiente se reunieron los principales generales en el ministerio de la Guerra y convinieron en redactar un documento que dejaron en la Cancillería. Este escrito se publicó en Francia en noviembre de 193838. Consistía en dieciocho páginas, divididas en cinco capítulos y tres apéndices. El capítulo I señalaba las divergencias entre decidió actuar a las ocho de aquella noche. A las cuatro — según. Halder—, se recibió en el despacho de Witzleben la noticia de que Chamberlain iba en avión a visitar a Hitler en Berchtesgaden. Se celebró una reunión en la que Halder dijo a Witzleben que «si Hitler había triunfado en sus engaños, no era él, como jefe de Estado Mayor, el llamado a deshacer las consecuencias de semejante éxito». Se acordó, pues, aplazar toda acción y esperar los sucesos.”

Winston Churchill. Memorias. Capítulo XVII. «La tragedia de Munich»

“El miércoles 5 de octubre de 1938, el tercer día del debate en los Comunes, fue Churchill quien tomó la palabra, justo después de conocerse la noticia de que Beneš había dimitido y partido al exilio. Una serie de parlamentarios conservadores habían elogiado «la valentía, la sinceridad y el hábil liderazgo de Chamberlain. —Uno de ellos había llegado incluso al extremo de decir—: Nuestro líder pasará a la historia como el mejor estadista europeo, tanto de la presente época como de cualquier otra». Y un diputado liberal hasta había tenido la osadía de preguntarse: «Pero ¿qué es Checoslovaquia?». Frente a una Cámara enemistada y hostil, que le abucheó ruidosamente al ver que se ponía en pie, Churchill dio el mejor discurso de cuantos había pronunciado hasta entonces. Hacía ya tiempo que él y su partido habían emprendido caminos divergentes; muchos amigos suyos, como Jack Mottistone, Ian Hamilton, el duque de Windsor, Charlie Londonderry, Bendor Westminster y David Lloyd George, habían elogiado las políticas de apaciguamiento, y algunos se habían atrevido a alabar incluso al mismísimo führer. Churchill llevaba nueve años sin ocupar cargo alguno, habían omitido llamarle para ejercer responsabilidades políticas en cuatro ocasiones, y tenía que dirigirse a una Cámara que estaba a punto de aprobar el Acuerdo de Múnich por 366 votos contra 144. Y a pesar de todo se las arregló para ofrecer una argumentación sublime.

«Si no comienzo esta tarde presentando el habitual, y de hecho casi invariable, homenaje al primer ministro por el modo en que ha gestionado esta crisis, no es desde luego, por falta de consideración hacia su persona, —dijo al abrir su alocución—. No obstante, en las cuestiones públicas, estoy persuadido de que es mucho mejor decir con exactitud lo que uno piensa, y ciertamente no es este un momento en el que merezca la pena dedicarse a cultivar la popularidad política de nadie.» A continuación elogió los discursos de Duff Cooper y Richard Law. Del primero dijo que había «mostrado la firmeza de carácter de quien no permite que le hagan mudar de parecer las corrientes de opinión, por rápidas y furibundas que puedan revelarse»[261]. Eludiendo la tentación de una gradual acumulación de puntos de coincidencia con los que tratar de granjearse la simpatía y el apoyo de los asistentes, Churchill explicó: «Empezaré exponiendo por tanto los asuntos más impopulares e incómodos. Señalaré por ello algo que a todo el mundo le gustaría ignorar o echar al olvido, pero que, sin embargo, ha de ser manifestado, a saber, que acabamos de encajar una derrota absoluta y sin paliativos, y que Francia ha sufrido aún más que nosotros». «¡Tonterías!, —chilló Nancy Astor—. Al gritar “Tonterías”, —dijo Churchill—, la noble dama demuestra que no ha tenido ocasión de escuchar al ministro de Hacienda, que ha admitido hace un instante, en su esclarecedor y exhaustivo discurso, que este particular salto adelante ha permitido a Herr Hitler conseguir en esencia todo cuanto se proponía obtener»[262]. Y prosiguió: «Lo más que mi honorable amigo el primer ministro ha sido capaz de garantizar merced a sus ímprobos esfuerzos […], lo máximo que ha alcanzado a sacar en limpio…» —en este punto fue interrumpido por un cierto número de parlamentarios que clamaban, en un intento de acabar su frase: «¡Es la paz!—. —Cuando finalmente pudo terminar el argumento, señaló—: … ha sido que el dictador alemán, en lugar de verse obligado a hurtar las vituallas de la mesa, se limitara a dejar que se las sirvan plato a plato, como un cómodo menú».

Para tratar de explicar la diferencia que existía entre los puntos que Chamberlain había ido concediendo en Berchtesgaden, Godesberg y Múnich, Churchill varió de metáfora. «Primero le conminaron a entregar 1 libra esterlina a punta de pistola. Tras dársela al atracador, este le exigió 2 libras, también a punta de pistola. Al final, el dictador se ha avenido a quedarse únicamente con 1 libra, 17 chelines y 6 peniques [es decir, el 93,75 % de 2 libras] y ha aceptado que se le pague el resto con promesas de buena voluntad futura.»[264] Del país que se encontraba en el vértice mismo de la crisis, dijo: «Todo ha terminado.

“Silenciosa, doliente, abandonada y rota, Checoslovaquia se retira en la sombra. Su asociación con las democracias occidentales y con la Sociedad de Naciones, a la que siempre ha servido obedientemente, le ha infligido toda suerte de padecimientos.»[265] Y apenas unos días después de que las hordas populares se agolparan en las calles de Londres para celebrar el acuerdo, afirmó:
Lo que se ha abatido sobre Gran Bretaña y Francia es un desastre de primera magnitud. No cerremos los ojos a esa circunstancia. Lo que ahora vamos a tener que aceptar es que todos los países del centro y el este de Europa se apresuren a pactar en los mejores términos posibles con el poder nazi triunfante. El sistema de alianzas de la Europa Central en el que Francia ha venido basando su seguridad ha sido barrido, y no veo forma alguna de que pueda reconstituirse[266].”


(…) “Al criticar Churchill a Chamberlain por haber dicho que Checoslovaquia era un país lejano del que Inglaterra nada sabía, Nancy Astor vociferó: «¡Grosero!, —lo que animó a Churchill a replicar, para gran regocijo de los parlamentarios—: Ha debido de terminar en fecha verdaderamente muy reciente el cursillo de buenos modales…»[268]. Churchill atacó también al gobierno de concentración nacional por desperdiciar la larga serie de oportunidades que había tenido desde el año 1933 para «frenar el avance del poderío nazi»; por haber permitido que Alemania se rearmara sin dejar en cambio que lo hiciera Gran Bretaña; por enemistarse con Italia sin ayudar a Etiopía; por desacreditar a la Sociedad de Naciones; y por descuidar el fomento de las alianzas. A todo esto añadió que el resultado de tantas negligencias había terminado por «dejar [al país], en la hora decisiva, sin un adecuado sistema defensivo nacional, y sin poder garantizar de facto la seguridad internacional»[269].
«Jamás podrá haber relaciones amistosas entre la democracia británica y los poderes nazis», continuó,cuyas autoridades desprecian la ética cristiana, espolean su loca huida hacia delante por medio de un paganismo bárbaro, se jactan de su espíritu de agresión y de conquista, obtienen de la persecución la fuerza y el perverso placer de que disfrutan, y recurren con despiadada brutalidad, como hemos visto, a la amenaza de una violencia asesina. Ese poder jamás podrá merecer la amistad y la confianza de la democracia británica. Lo que encuentro insoportable es la percepción de que nuestro país esté cayendo en manos de la Alemania nazi, o de que haya venido a orbitar en su esfera de influencia[270].

Churchill comprendía perfectamente bien el «natural y espontáneo estallido de alegría y alivio» que había mostrado el pueblo británico a lo largo de esa semana,
“pero la gente debe saber la verdad. Debe saber que se han descuidado flagrantemente nuestras defensas y que estas son notablemente deficientes; debe saber que hemos encajado una derrota sin haber librado una guerra, y han de tener conciencia asimismo de que las consecuencias de ese descalabro están llamadas a acompañarnos largo tiempo en la futura senda que se abre ante nosotros; deben saber que hemos superado un horrendo mojón de nuestra historia, un Rubicón que ha trastornado todos los equilibrios de Europa, y que sobre las democracias occidentales gravita ya el peso de las terribles palabras que han sido pronunciadas: «Has sido pesado en la balanza y encontrado falto de peso»[271]. Y no debemos suponer que esto vaya a poner fin a nuestras cuitas. Lo que ahora está ocurriendo no es sino el comienzo del ajuste de cuentas que nos aguarda. Esto no es más que el primer sorbo, el primer anticipo de la amarga copa que habrá de ofrecérsenos, año tras año —a menos que, mediante una suprema recuperación de la salud moral y el vigor militar, nos alcemos de nuevo y apostemos por la libertad, como ya hemos sabido hace
r en el pasado[272].”

Andrew Roberts. Churchill . La biografía. Capítulo 17

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