Amor y vindicación de la vaca

Fotografía Steve McCurry

«El hombre que se ha liberado, y ¡cuánto más el espíritu que se ha liberado!, pisotea la despreciable manera de bienestar con la que sueñan tenderos, cristianos, vacas, mujeres, ingleses y otros demócratas.«

Friedrich NietzscheCrepúsculo de los ídolos

Uno cruza los campos en tren o en autobús -en coche lo ves todo de refilón- y es un gusto topar la mirada con un grupo de vacas pastando mansamente. De hecho, no se puede evitar llamar la atención al compañero o compañera de viaje sobre el fenómeno bovino, como si no lo hubiera visto nunca, como si no fuera previsible, como si las vacas acabaran de aterrizar allí desde otro planeta. Y es que da regocijo verlas, regocijo y un poco de envidia sana también. Me lo dijo una colega en una ocasión en la que llevábamos a los chicos de Primero de Bachillerato a que triscasen por Rascafría. «¡Quién fuera vaca!«, prorrumpió ella, y yo, necio que va de que lee, pensé inmediatamente que como se podía tener tan poco espíritu, que qué tipo de persona había que ser para desear pasarse la existencia cabizbajo por delante y espantando moscas por detrás. Me equivocaba, claro. La vaca es una maravilla, una belleza absoluta, está ahí besando la Madre Tierra como una ofrenda o una seta móvil de 700 kilos servida al hombre por la corteza terrestre.

Haces una maqueta de trenes y no está completa hasta que le colocas dos miniaturas de vacas; piensas en una madre ideal y lo primero que te viene a la cabeza es la tuya y la del ternerito. En el futuro, el criterio para medir el grado de humanidad de una ciudad debería pasar por la habitabilidad para las vacas: si las vacas gordas y relucientes pueden pasearse sin peligro alguno por tu calle, como sucede en la India con las escuálidas y sucias, es que has alcanzado el urbanismo perfecto, es que vives en la pólis platónica pero sin jerarquía científica de poderes. Basta con un cencerro para que las vacas minimicen todo el peligro que podría implicar su presencia, el cencerro es también el sonido de felicidad de la vaca, el son que acompaña su mecerse por el mundo cargando con semejante peso. Nietzsche a menudo veía las cosas al revés de como son, fruto de la distorsión producida por su soledad, puesto que su frase es más certera a la inversa: el hombre que se ha liberado, y ¡cuanto más el espíritu que se ha liberado!, imita la admirable manera de bienestar con las que sueñan tenderos, cristianos, vacas, mujeres, ingleses y otros demócratas. Hubiera estado bonito que la anécdota final de Nietzsche, aquella apócrifa que le sitúa en Turín abrazando a lágrima viva el cuello de un caballo que estaba siendo azotado (ejemplar caída de telón de quien denostó la compasión y predico la crueldad), hubiera tenido lugar con una vaca. El rumiante se hubiera vuelto hacia el filósofo con ciega mirada de «pero qué hace este tipo mostachudo, que parece el Doctor Bacterio…»

Sin embargo, sobre las vacas ha caído últimamente el sambenito de una culpa. Se nos ha dicho, y repetido insistentemente, que las aéreas flatulencias de la vaca, allí donde el hermoso cuerpo de la vaca escapa de la gravedad hacia el infinito, o se desmaterializa en éter perfumado a bosque, contienen metano y son responsables también del efecto invernadero. Dura acusación, pérfida calumnia. Pero, ¡oh, absolución!, leo en la revista Verne que no podemos atribuir verdaderamente a la vaca más que el 5% de las emisiones de metano hacia la atmósfera; el resto es efecto, como siempre, de las prácticas productivas y energéticas de los congéneres de Nietzsche. Es cierto que en Norteamérica las vacas se cuentan por millones, y que esos carnívoros ignorantes las devoran en sus hamburguesas como si no fueran sagradas. No es que yo esté en contra de comerse una vaca (comerme una vaca sería “el poema de amor que le hago a la vaca”, como decía Óscar Ladoire en Opera prima…), pero hacerlo entre dos panes y mojado en kétchup resulta deshonroso. Vivan las vacas en todos sus tipos y subtipos -a mi me suena tan sólo la Hereford-, vivan las películas del Oeste donde movían el ganado chapoteando a través de los ríos, y viva también Médem, que miró en su interior con una cámara. La vaca es más humana que nosotros, si lo pensamos bien, porque representa lo que queremos significar exactamente cuando decimos que alguien tiene una “gran humanidad”, o que es “humanitario”: es decir, en contra de Nietzsche, estar ahí para beneficiar y mejorar el mundo, sin alardes, sin presunción, sin chorradas, tolerando incluso las urgencias del toro, con paciencia y resignación inextinguibles… 

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1 Comentario

  • No encuentro en Google la anécdota de Goethe cuando vio un burro en Italia y exclamó aquello (en alemán, que queda mejor en este caso) de, más o menos, «‘¡qué peaso de realidad!». Pues lo mismo, pero con la vaca: qué peaso de realidad y no un deepfake de esos…

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