Peter Handke o la leyenda del santo escribidor

Sólo soy un hombre. No soy mejor que los demás.

James FrancoThe Deuce

Los escritores, como los médicos o los policías, deberían poseer un código deontológico. Y seguramente lo tengan, lo que ocurre es que no está escrito, como la ley inglesa, no lo ha escrito ni Dickens, ni Tolstoi, ni Sartre ni el PEN club. Yo no creo que se pueda escribir cualquier cosa, al modo de la escritura automática surrealista o de los experimentos de “hágaselo usted mismo” que enseñan en los talleres de escritura creativa. Una vez, hace algunos años, en una fiesta en Berlín en la que no conocía a nadie ni chanaba germano, me abordó un ecuatoriano alto y de principescas melenas que me mostró un libro que había hecho. Hecho, no escrito, porque se trataba de un artefacto de páginas móviles que se podían intercambiar, barajar y hasta usar de posavasos, pero eso no me lo dijo. El texto, claro, no importaba un carajo, lo que importaba era la innovación cortazariana. El chaval me cayó bien, porque al menos hablaba mi idioma, pero su invento me pareció una idiotez total, y espero que ahora esté trabajando en cualquier cosa que no sea periodismo o maquetación (igual es pedagogo, o perfomancer…) En su lugar, agarré de una estantería de mi anfitriona el tercer volumen de la historia del arte de Hauser y me comí entero copa en mano el capítulo dedicado al cine, que desde aquí recomiendo. El escritor tiene unos deberes que cumplir, y, si me apuráis, el lector también. Peter Handke es de esos escritores que cumple con su deber, pero tal vez en exceso. Explora como un topo, transgrede en las formas, innova en los contenidos, y nos ofrece textos (la mayoría cortos, o más bien condensados, apretados como la mochila de, eso, un explorador) difíciles, profundos y suaves, como la mente de un gato.

En tiempos de la facultad leí, por recomendación de un amigo usualmente inexpresivo, El chino del dolor, y es literal: me pareció escrito en chino, y me produjo dolor. Pero es que lo leía en los viajes en metro, y así no hay manera. En el metro hay que leer a Alejandro Dumas padre, toda la trilogía de Los tres mosqueteros, o ese monumento a las emociones literarias más básicas, El conde de Montecristo, y de hecho Handke tiene algo de espadachín de la pluma, de D´Artagnan inexpresivo y cansado. Pero a lo que iba es a que leer a los escritores que cumplen con su deber implica el deber por parte del lector primero de leerlos, a ellos y no a otros (o a otros en el metro…), pero después el deber de leerlos con la concentración que adquiere un karateka para partir una pila de maderas. Más tarde leí Desgracia impeorable, y lo leí tan mal, que me pareció una radiografía de mi propia familia. Allí estaban mis padres, doblegados por el franquismo, algo que Handke no pudo haber querido menear, porque es austriaco. Pero supuso mi reencuentro y reconciliación con este hombre flaco, absorto, al que le gustan los fríos y las brumas del Norte incluso escarchándose en la concisión y pesantez de su prosa jeroglífica. Es un tipo que parece que siempre te está susurrando, cuando le lees, y sus secretos son doblemente enigmáticos para un mediterráneo, que no pilla a cuento de qué hay que ser tan delicado y complejo. Hay mucha meta-literatura en Handke, mucho de eso que decía el personaje del médico joven en el Wit de Emma Thomson: no es posible allanar la complejidad, pero acaso se pueda cuantificar la complejidad del “rompecabezas” (en la película era la proliferación del cáncer, en nuestro caso las metástasis de la vida).

Sin embargo, hubo un día allá por los noventa en que Handke deseó ser el protagonista de su propia historia, a la vez que el narrador de ella, solo que en vez de escribir una autobiografía -ya lo había hecho muchas veces, embozadamente-, dio un puñetazo en la mesa y decidió intervenir en la Historia con mayúsculas. Fue un oscuro deseo, una malsana ambición, a mi juicio: querer, y creer en consecuencia, que su deber como conciencia intelectual de Europa era hacer personalmente justicia, y no sólo hacer la crónica exacta de las injusticias. Se vino arriba, como decimos aquí, y abusó de su estilo exquisito para defender prácticamente en solitario una causa que estaba siendo vista en el tribunal de la Haya: los crímenes de Slobodan Milósevic y el sueño cavernícola de la Gran Serbia. Ahora Hanke quod Hanke iba a ser el centro, aunque fuese de la polémica. Fue, seguramente, una gran tontería, un arrebato, el intento de tener también razón en la parte horrible de los hechos -la sanguinaria limpieza étnica- porque se tiene algo o mucho de razón en la parte hermenéutica del asunto –la manipulación de la información. Aun con eso, los lectores de Hanke podrían (podríamos, también en España si logramos algún día entender bien aquello) haber apelado a la libertad de expresión de un freigeist singular, pero entonces remató su astracanada literaria acudiendo al funeral del genocida. Eso ya no fue literatura ni periodismo, fue chulería y fue divismo. Por mucho que el escritor deba ser conciencia vigilante de su tiempo, en la medida de sus posibilidades, y no únicamente un entertainer, ello en nada justifica practicar lo que en el XX congreso del PCUS se denominó muy acertadamente Culto a la Personalidad…

Win Wenders y Peter Handke

En cualquier caso, hoy hemos leído la mala nueva de que la cuenca del Mediterráneo, el mar de Homero, Serrat, y Braudel entre muchos otros, se calienta más que el resto del mundo. Es una doble mala noticia, porque además se suma al hecho de que el único país relevante que da al Mediterráneo es Francia. Si el cambio climático golpease más en el Atlántico o en el Pacífico, tendríamos a Trump y sus amigos pensándose su negacionismo dos veces. Pues bien: Peter Handke es un escribidor de interior; es como otros escribidores austriacos, Robert Musil, Joseph Roth o Thomas Bernhard, tipos raros de entender para nosotros los mediterráneos. Incluso es más alambicado que todos ellos, en tanto que en su probeta se mezclan el cine, el ensayo, la ficción, el poema, el teatro y el ombliguismo, o sea la autoficción. Hoy ha recibido el premio Nobel, a mi juicio pese a todo merecido. Solo es un hombre, no mejor que los demás como se ha demostrado. Pero nuestro deber de lectores pasa por leerle, porque nos habla de cosas de jamás habíamos pensado, de lugares del Este que no conocemos apenas y de preocupaciones formales que nunca habíamos sufrido. Además, leer es barato, y me temo que nos toca otra vez, igual que ayer, volver a apretarnos el cinturón porque los hados lo ordenan así o porque somos medio tontos…



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  • CItan en Verne el poema entero de El cielo sobre Berlín (el final es un poco Dylan Thomas)…

    Cuando el niño era niño,

    andaba con los brazos colgando,

    quería que el arroyo fuera un río,

    que el río fuera un torrente,

    y este charco el mar.

    Cuando el niño era niño,

    no sabía que era niño,

    para él todo estaba animado,

    y todas las almas eran una.

    Cuando el niño era niño,

    no tenía opinión sobre nada,

    no tenía ningún hábito,

    frecuentemente se sentaba en cuclillas,

    y echaba a correr de pronto,

    tenía un remolino en el pelo

    y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

    Cuando el niño era niño

    era el tiempo de preguntas como:

    ¿Por qué yo soy yo y no soy tú?

    ¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?

    ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?

    ¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?

    Lo que veo oigo y huelo,

    ¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?

    ¿Existe de verdad el mal

    y gente que en verdad es mala?

    ¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,

    no fuera antes de existir;

    y que un día yo, el que yo soy,

    ya no seré más éste que soy?

    Cuando el niño era niño,

    no podía tragar las espinacas, las judías,

    el arroz con leche y la coliflor.

    Ahora lo come todo y no por obligación.

    Cuando el niño era niño,

    despertó una vez en una cama extraña,

    y ahora lo hace una y otra vez.

    Muchas personas le parecían bellas,

    y ahora, con suerte, solo en ocasiones.

    Imaginaba claramente un paraíso

    y ahora apenas puede intuirlo.

    Nada podía pensar de la nada,

    y ahora se estremece ante a ella.

    Cuando el niño era niño,

    jugaba abstraído,

    y ahora se concentra en cosas como antes

    sólo cuando esas cosas son su trabajo.

    Cuando el niño era niño,

    como alimento le bastaba una manzana y pan

    y hoy sigue siendo así.

    Cuando el niño era niño,

    las moras le caían en la mano como sólo caen las moras

    y aún sigue siendo así.

    Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua

    y aún sigue siendo así.

    En cada montaña ansiaba

    la montaña más alta

    y en cada ciudad ansiaba

    una ciudad aún mayor

    y aún sigue siendo así.

    En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado

    como aún lo sigue estando,

    Era tímido ante los extraños

    y aún lo sigue siendo.

    Esperaba la primera nieve

    y aún la sigue esperando.

    Cuando el niño era niño,

    tiraba una vara como lanza contra un árbol,

    y ésta aún sigue ahí, vibrando.

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