Handke, Nobel 2019: piedra en el camino

El escritor austriaco Peter Handke, de 76 años, nacido en Griffen, ha sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2019, que concede la Academia Sueca. El relato de la resolución de la Academia sueca fija las razones del premio: “Por su trabajo influyente que, con genio lingüístico, ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”. Periferia y especificidad de la experiencia, son atributos que casan bien con la trayectoria literaria y caminera del imprescindible escritor austriaco. Trayectoria por demás, de difícil valoración, si combinamos su radical independencia, cierta insolencia contra las instituciones culturales de orden y apariencia, su polivalencia de escrituras y su discurso político en la guerra de los Balcanes de los años 90. 

Hay un texto solemne que convendría recuperar, y es la reflexión que realiza Handke en 1992 al otorgarle, él y un grupo de amigos, el Premio Petrarca al escritor británico John Berger. Un premio privado y menor, que otorgan Peter Hamm, Alfred Kolenitsch, Michael Krügger y Handke mismo. Un premio de talante literario, parecido a los reconocimientos que realiza Javier Marías con los notables del Reino de Redonda, pero llenos ambos de sentido y de sensatez, de certeza y de sensibilidad. Tan distinto Berger a Handke, por muchas razones, que le fuerza a denominar el razonamiento de la elección de John Berger como premio Petrarca en su escrito publicado en Babelia como ‘Narradores del nosotros y narradores del yo’. Para dar a entender las dos posiciones posibles de la escritura. Ser los demás y ser uno mismo. Ser para los demás y ser para uno mismo. Incluso señalar a los maestros tutelares de esas escrituras del plural y del singular: Walter Benjamin y Ludwig Wittgenstein.

Aunque el mismo Handke, confundido advertía a la prensa en la mañana parisina de conocerse el destino del dedo sueco: “No sé si estoy feliz, pero estoy emocionado. Pero no lo puedo mostrar con las cámaras y los aparatos de fotos. Es difícil estar emocionado. Hay que ser actor para estarlo delante de ustedes. No sé cómo celebrarlo. Me gustaría beber, pero no he comido nada hoy. No tengo hambre. Como escritor has nacido culpable. Y hoy, a esta hora, no me siento culpable, me siento libre”. Quizás lo mejor sea su conclusión final, sobre su estado y sobre su futuro venidero, ante la pregunta: ¿Y tras el Nobel? “Hay que continuar como si nada. Es uno de mis motivos en la vida: hacer como si nada. Aún tengo cosas que contar, rimar e imaginar”.

Y es que se trata de una edición especial del Nobel de literatura, porque es la primera ocasión en que la institución sueca da el galardón correspondiente a dos años consecutivos, debido a los escándalos sexuales y de filtraciones que sacudieron la academia en 2017. El de 2018 ha correspondido a la autora polaca Olga Tokarczuk, como si se quisiera eludir con esa forma del premio ex aequo, la alta conflictividad de Handke. 

John Berger

En el largo texto de Cecilia Dreymüller, una de las especialista en la obra de Handke, La utopía española de Peter Handke, que acompañaba la valoración crítica de La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos (2003), publicado en Babelia el 11 de octubre de ese mismo año, no dejaba lugar a dudas de la enjundia del autor austríaco y último Premio Nobel de Literatura 2019.  En una suerte de pretendida domesticación institucional y académica. Y con ello, con la doma posible, se minusvaloraran las piedras argumentales levantadas en el pasado por el ahora premiado. Demostrando de nuevo, las características políticas que alimentan la concesión de tales premios, y demostrando la insidia de la inteligencia cultural autoproclamada como progresista. Capaz de condenar una obra, por las opiniones personales y políticas de su autor. Y capaz de llevar a los altares obras menores, por la fratría de la hermandad política. Y de ello está llena la última historia del mandarinato cultural de izquierdas, capaz de tumbar a Borges como candidato vitalicio al Premio Nobel, por su templanza –no argumentada– con la dictadura militar argentina; y capaz de ironizar –como hizo por aquí, excesivamente Juan Benet– con el Nobel ruso, Aleksandr Solzhenitsin y su Archipiélago Gulag. No olvidemos que Sir Winston Churchill, cuenta con el disputado galardón literario.

En el rodaje de «La mujer zurda»

Una conflictividad referida tanto a sus formas literarias, poco dadas  al lugar común y a la complacencia textual, como a su posicionamiento político durante la guerra de los Balcanes. De ello, y ya en 2003, daba cuenta la citada Cecilia Dreymüller. “Peter Handke habita en el centro de la controversia. Esto siempre fue así. Pero desde hace una década, el antaño escritor de culto de la izquierda intelectual occidental, está condenado al ostracismo, por su no muy afortunada defensa de un espacio de nostalgia, la Yugoslavia unida, y de los serbios no alineados a Milosevic. Desde entonces, denostar al autor austriaco  de protofascista, fijarse en los aspectos criticables de su obra, se ha convertido en una práctica habitual de los antiguos defensores, como Günter Grass, Alain Finkelkraut o Susan Sontag. La progresiva retirada de la víctima del ámbito público  es proporcional a la eficacia de una campaña de castigo en la que el análisis de la obra se ha sustituido por un rastreo superficial de claves conocidas (contradichas siempre por la obra de Handke) y por el cuestionamiento a priori de sus apuestas estéticas”. La misma Dreymüller, escribía ya en ABC Cultural (10 de julio de 1999) y a propósito de El año que pasé en la bahía de nadie, la centralidad literaria de Handke en su texto Mirar, registrar, disolverse. Donde dejaba claro los temas habituales del autor: el inconformismo social, la transformación y la revalorización de lo cotidiano.

Y es que durante las guerras balcánicas de la década de 1990, Handke –de madre eslovena que se  suicidó en 1971, por lo que su carrera sufrió profundos y dramáticos altibajos – se opuso a los ataques de la OTAN, incluyendo los realizados por alemanes, sobre Belgrado en 1999;  seguro que tenía en cuenta los bombardeos nazis a esa capital y la impunidad de muchos croatas, que colaboraron en la destrucción de los judíos en toda la zona junto a las fuerzas del Tercer Reich hitleriano. Y ello le valió ser considerado como partidario de la causa serbia, extremo que él ha negado radicalmente: sería la suya una negativa a la criminalización de un pueblo, y habría que castigar, afirmaba, a todos o a ninguno. La presencia de Yugoslavia le había parecido siempre una Europa posible como amalgama cultural, y sin embargo se había hecho pedazos.

Por ese mismo motivo, hubo una campaña en 2006 contra él cuando le fue concedido el Premio Heine en Düsseldorf; del cual llegó a decir el gurú literario alemán Reich-Raniki que era “un insulto indignante y una burla al poeta Heine”.  El alcalde de Düsseldorf denunció esa caza de brujas; y Handke renunció al fin, no sin resaltar que podría visitar la tumba de Heine en París, cerca de donde vive, con plena tranquilidad. Fue defendido por novelistas, cineastas y directores teatrales, entre otros por: Elfriede Jelinek, Wim Wenders, Emir Kusturica, Patrick Modiano, Paul Nizon, Bulle Ogier y Luc Bondy.

Ya se sabe que Handke polemizó en lo literario tanto como en lo político. Así desde su temprana obra de teatro Insultos al público a su asistencia al funeral  de Milosevic (acudió a su entierro, donde leyó un discurso en el que elogiaba al personaje) y negó el genocidio bosnio. Una fría mañana de marzo de 2006 en la ciudad de Pozarevac. Su postura ante esta guerra quedó fijada en su obra Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, subtitulado Justicia para Serbia, un alegato a favor de Belgrado. Repitió esta tesis en su obra de teatro El viaje en canoa, que dirigió el alemán Claus Peymann.

¿Fue su experiencia sobre este conflicto lo que le hizo declarar en mayo de 2017 que “lo de Cataluña da miedo? Justamente, hace dos años en el mismo 2017, la Universidad de Alcalá de Henares le invistió Doctor Honoris Causa y la ciudad de Aranjuez le dedicó un homenaje nombrándolo visitante ilustre de la ciudad. Como autor que es de una obra titulada precisamente Los bellos días de Aranjuez. Sobre sus viajes y sus relaciones con España escribió Ensayo sobre el juke-box.  En el volumen titulado Handke y España,  autores diversos como José Luis PardoRay LorigaFélix RomeoJuan VilloroEnrique Vila-Matas e Ignacio Vidal-Folch, escribieron también sobre estas relaciones continuas y fluidas con nuestro país.

Novelista sobre todo, Peter Handke es también pensador, poeta, cronista, autor de teatro y guionista de cine. Son suyos los guiones de Cielo sobre Berlín y Falso movimiento, ambas dirigidas por  Win Wenders. Su ensayismo destaca con algunos títulos sorprendentes, como La doctrina Sainte Victoire (1980) y Ensayo sobre el lugar silencioso (2015), donde divaga sobre la pintura de Cezanne y sobre la antropología del retrete.

Para Peter Handke la vida no fue fácil como nos cuenta, tal vez en la estela del otro gran austriaco y apestado literario por otras razones Thomas Bernhard, recogidas en Desgracia impeorable, y en el documental biográfico El jugador melancólico, de su amigo Peter Hamm, en el que Handke dice  “haber nacido para el horror y el espanto”. Quizá esa dimensión dolorosa y meditativa se recoja en el extraordinario texto Historia del lápiz. Vida y escritura (1982, versión española 2003). Por ello, ha calificado su propia literatura como anti literatura. En la medida en que escribir es des-escribir, disolver los esquemas lingüísticos por los que expresamos los contenidos del pensamiento. De aquí, de esa intuición deriva su obra Kaspar (1967), inspirada en Kaspar Hauser, protagonista, obligado al aprendizaje de una lengua que termina sometiéndole a la esclavitud, a la gregarización dócil y uniformada de una cultura ajena. 

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