«Dia de lluvia en Nueva York»: la vida como si nada

Es difícil contar el argumento de «Dia de lluvia en Nueva York», la última película de Woody Allen, no es fácil intentar destriparla, deslizar por descuido a los amigos algún detalle revelador que la haga perder interés y ya no merezca la pena ir a verla o se disfrute menos. La película parece un ejercicio adolescente, espontáneo, leve, aéreo, como esos vilanos que se dejan llevar por el viento a cualquier parte, algunas tardes de verano. Parece que no ocurre casi nada.  La luz de la fotografía es muy cálida, apastelada, irreal. Los personajes son muy jóvenes y parecen inconsistentes, van de un sitio a otro, no saben bien lo que quieren, son asquerosamente ricos y hablan sin parar. 

Sin embargo suceden muchas cosas que el espectador está encantado de ver aunque parezca que no pasa nada. Primero la alegría de ver a Woody otra vez, reconocerlo en las letras de los créditos, en la música, en las primeras secuencias, tener constancia de que ha sobrevivido al puritanismo de la época porque sigue siendo él mismo y parece dispuesto a contarnos otra historia de esas que solo se le ocurren a él. El placer de ir al cine con la sensación de que se defiende algo frágil y amenazado, que podría desparecer en cualquier momento pero que por ahora sigue ahí, delante de nuestros ojos. 

Luego las imágenes del escenario de Nueva York: el oasis verde de Central Park, el horizonte de los rascacielos siempre tan modernos, la ascensión por las escaleras del MET hasta la sala con las pinturas de Singer Sargent donde no puede pasar nada malo, la lluvia en esas calles extrañamente acogedoras y vagamente hostiles, donde todavía es posible refugiarse en un buen bar o en una librería hospitalaria. La presencia sutil de la cultura: las alusiones, como de paso, a Virginia Woolf, a Denis de Rougemont, a Ortega y Gasset, a la ópera o a los libros que eran la obsesión de la madre del protagonista que la consideraba una excéntrica rica aunque él lo hubiera leído todo y no supiera todavía que estaba muy equivocado. Aquella canción ( Isn’t This a Lovely Day?) de  Irving Berlín, las fiestas y los hoteles fastuosos, los estudios de cine. 

Esos universitarios que viajan a Nueva York, uno para reencontrarlo, otra para buscar a sus presuntos mitos y perderse entre ellos. El recorrido de ese desencuentro y de la calidad de las búsquedas. Lo esencial que también es fácil que se le escape a los privilegiados porque hay cosas que se escapan fácilmente de las manos a cualquiera. El auténtico saber que también parece escaparse de la parafernalia trucada de las universidades pijas; las fiestas que pueden ser tan fascinantes, aburridas y peligrosas;  el mérito inexistente de muchos de los que llegan tan arriba; los guapos que pueden ser tan estúpidos; los intelectuales que pueden ser tan patéticos;  el deseo que es tan voluble y caprichoso; los nuevos comienzos de lo que termina siendo siempre lo mismo. La fantasía del amor como la última esperanza evanescente de salvación en un mundo absurdo donde muy a menudo las apariencias engañan y, sobre todo, se desea lo que no se tiene.

Woody hila una comedia que de continuo cuelga de un hilo, que podría derrumbarse en cualquier secuencia desafortunada que hiciera ceder la sensación de verosimilitud apenas sostenida por unos protagonistas que parecen aficionados pero que terminan saliendo adelante casi por lo pelos, porque los salva una canción al piano, un giro de la historia, el escenario de la ciudad, la levedad milagrosa que le permite remontar el vuelo y dejar al final un buen sabor de boca.

Woody que hace con más de ochenta años una película de sueños adolescentes (magnífica la entrevista que le hace Fernando Trueba), como si no hiciera nada, como un boceto algo histriónico que no fuera a llegar a ninguna parte, como si jugara con tópicos o se entretuviera haciendo un solitario con las cosas que recuerda: la fatalidad del tiempo, el amor y la muerte, la juventud tan atormentada y tan bella, la tragedia latente en un mundo circular que, por otro lado, nos es tan apetecible. La sorpresa de la autenticidad que de pronto lo transforma todo y lo llena de sentido. Un guión con apariencia de ser tan falso como la vida que no nos creemos, tan trágica, tan escurridiza, tan decepcionante y tan apetecible como esta existencia que nos toca vivir. 

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