Harold Bloom y el canon occidental

Harold Bloom, muerte de un crítico con suerte

por Oscar Sánchez Vadillo

Ayer murió Harold Bloom, el crítico literario que tuvo la suerte de apellidarse igual que el antihéroe del Ulises,y pienso que esa no fue su única suerte. Además, ha fallecido con 89 años, con toda la lucidez mental de la que presumía, y además, y sobre todo, tuvo la inmensa suerte de imponerse como el crítico por excelencia de fines del s. XX y principios del XXI, como si estuviera dotado de algún especial talento lector, como si hubiera sabido transmitirlo con encanto… Yo creo que no tanto, que la obra de Bloom (excepto una novela suya, solo una, que no he leído) es más bien menor -como ya traté de mostrar aquí, que en realidad lo que Bloom ha hecho no ha sido otra cosa que ensalzar a Shakespeare, leer a partir de él al romanticismo inglés y obligarnos a todos a aceptar ese criterio como forma de un canon que sus fans se han tragado por puro argumento de autoridad. Lo curioso es que a mí, personalmente, su canon me agrada, pero no me agrada el hecho de que sea canónico. Quiero decir que compartía sus gustos, los de Bloom, por lo general, pero no su actitud. Primero porque no es nada original, y de hecho, eso que llamamos el Tiempo (en realidad, cientos de académicos occidentales muñendo tesis e impartiendo clases) ya ha juzgado casi igual que Bloom, que se ha limitado, por su parte, a trasladar esa lección de sus antecesores a las universidades de EEUU. Y, después, porque un canon, por suerte o por desgracia, no es ya más que un ejercicio de nostalgia, nostalgia de cuando había relativamente pocos clásicos y una completa certeza respecto de ellos, y además se podían más o menos jerarquizar.

Williams Shakespeare

Hoy eso es ya imposible, recuerdo de otra época. Se publican tantos libros nuevos al año, de todos los géneros imaginables, y se reeditan tantos clásicos con los que no contábamos, que se borra todo camino de formación, que la acumulación hace impracticable diseñar un currículum de aprendizaje común. Tantos árboles ya sólo permiten hablar del bosque, nadie sería capaz de distinguirlos y no hay sendero turístico o formativo que permita atravesarlo con conocimiento de causa. Wilhelm Meister se ha quedado sin lehrejahre, ahora cada uno diseña su propio camino lector, sin propósito, sin rumbo, erráticamente, tan solo para charlar con los amigos de ello o para pasar el rato. Los libros, sobre todo las novelas, no aspiran en la actualidad a formar un carácter o mostrar el secreto funcionamiento del mundo, se conforman, en mi opinión, con simpatizar con el lector, con amueblar intelectual y sentimentalmente su zona de confort junto con series y temas musicales.

Miguel de Cervantes

Es como si antes, hasta los años sesenta, la literatura fuese literatura/perro, o sea, fiel, perseverante, tenaz, guardiana, de exteriores; de entonces ahora, la literatura se ha vuelto gato, es decir, esquiva, confortable, sensual y de interiores (ambas en su aspecto mascota: a la literatura “perro callejero” o “gato salvaje” Bloom ni se acercaba). El lector actual acaricia su novela nueva desde el sofá de su casa como se acaricia un gato, no la saca a la calle para leerla al vecindario ni a Youtube para recomendarla. Bloom, a este fenómeno tal vez irreversible le llamaba simplemente “basura”. Para él, la contemporaneidad consume basura y el remedio es volver a Tennyson, por ejemplo. Tennyson sería la inteligencia, la sensibilidad, la vuelta a la pasión del s. XIX, la distinción literaria. Por eso yo tengo sentimientos encontrados hacia Bloom: estoy de acuerdo con él, pero entiendo que los raros somos nosotros, no los lectores de Lectura fácil, de Cristina Morales, por ejemplo, uno de los libros más leídos este año (es curioso, por cierto, que esa lectura fácil sea tan presuntamente política, sea narración de ideas o de combate: es gato, pero que araña o querría arañar…)

Servidor, personalmente, prefiere la generación estadounidense anterior a Bloom, concretamente Lionel Trilling, del que se publicó hace poco una compilación en castellano –El derecho a escribir mal, sus libros completos en nuestro idioma están descatalogados, pero no inencontrables: yo tengo tres. Aquello era más fino, más elaborado, el crítico casi hacía literatura de altura, reflexión de su propio tiempo. Frente a ello, encuentro la obra de Bloom un poco guía de museo. Pero léanlo, si aún no lo han hecho. Balzac decía que los críticos eran como las prostitutas, que habían convertido en oficio eso que a los demás  hace disfrutar espontáneamente. Me parece que Harold Bloom, un hombre afortunado, nunca padeció en  su larga vida esta deformación profesional.

Harold Bloom: la muerte de un viejo titán

por Ramón González Correales

Cuando hace un par de años pude pasarme un rato largo en la Biblioteca Pública de Nueva York (en la esquina de la calle 42 con la Quinta Avenida) no sabía todavía que fue allí, en ese edificio imponente pero sumamente acogedor, donde uno podía pasearse entre las estanterías de libros y tocarlos y olerlos sin que nadie te dijera nada, y luego, por fin, llevárselos a una mesa para leerlos sin prisa, donde Harold Bloom leyó de joven todos esos libros que luego consideraría esenciales no solo para la cultura occidental sino para cualquier lector de cualquier sitio que los supiera leer y descubrir en ellos un valor estético “irreductible a la ideología y a la metafísica”.

Lo conocí primero por los periódicos pero solo lo leí mas en serio, volviendo reiteradamente a él, como un refugio para serenarme de las inclemencias del mundo, como se escucha a veces a Bach o a Mozart para conectar con lo bello y lo sólido, a partir de 2003 cuando descubrí “Genios” que leí antes que “El canon occidental”. Abría ese libro al azar y recalaba en Emerson, en Tito Lucrecio Cano, en las hermanas Bronte, en Valéry o en Lorca. Y siempre aprendía algo nuevo que luego podía ampliar o encontraba una cita para aprender de memoria y, sobre todo, disfrutaba con la propia prosa de Bloom, de la seguridad de sus puntos de vista, de la erudición asombrosa que trasparentaban. Leyéndolo tenía la sensación de acceder a un mundo que parecía estar a salvo, al margen del tiempo, donde se conectaba con algo que parecía muy valioso, que sentía como bello.

Samuel Johnson

Luego me pasó lo mismo cuando descubrí a George Steiner y antes me había pasado cuando descubrí la “Historia del arte” de Ernest Gombrich. Los tres tiene cierta visión de la cultura marcada por un judaísmo que, sobre todo, los lleva a un afán portentoso por el conocimiento, como si fuera la única forma de resistir a cualquiera de las muchas calamidades a las que tuvieron que enfrentarse en la vida. Leer en alto y memorizar, introducir textos de valor estético indiscutible dentro de uno mismo para que crezcan con nosotros, para que nos acompañen y nos trasformen, para que nos den sentido incluso en situaciones donde los libros hayan desaparecido (“El valor estético surge de la memoria y, por tanto, está exento de todo dolor”).

Ralph Waldo Emerson

Evidentemente su visión y la de otros como Allan Bloom, «El cierre de la mente moderna«) en cierta forma herederos del Eliot de “Notas para la definición de la cultura” chocó frontalmente con todas las teorías en boga a partir de los años 80: el multiculturalismo heredero del relativismo cultural, la filosofía postmoderna del postestructuralismo y la deconstruccion, el neomarxismo y la perspectiva de género del feminismo de la tercera ola, el neoconservadurismo, el afrocentrismo. Todos se apresuraron a tratar demoler ese canon elitista, etnocentrista, machista que solo trataba de apuntalar a una cultura occidental culpable depredadora del resto del mundo.  Lo que Bloom llamó las «escuelas del resentimiento».

Jane Austen

Pero Bloom seguía firme, argumentando sus tesis, identificándose con Samuel Johnson, sin sentirse culpable de amar a Shakespeare o a Cervantes o de opinar que el dios judeocristiano era un personaje literario, defendiendo una crítica que enalteciera la mera opinión en un conocimiento cuanto más profundo mejor de la filología, de los idiomas clásicos, del propio idioma inglés o de otros idiomas para leer directamente los textos canónicos. Era inspirador verlo resistir ya muy viejo, en diálisis, pero sin parar de leer y de enfurecer a los que le atacaban mas bien con argumentos morales que literarios.

Michel de Montaigne

 Probablemente lo más exasperante de intentar justificar el valor literario de un texto es que siempre se sospecha que, al final, nos hay una medida objetiva a la que apelar, no hay algo mucho más allá que un acuerdo de gusto entre algunas personas que se supone que lo han sabido cultivar. Creo que Bloom defendía que las obras de los escritores de su canon habían sobrevivido a los siglos no por casualidad sino porque sus libros contenían algo sumamente original que causaba extrañeza y la sensación de que nunca podría ser asimilada del todo, que siempre había algo nuevo al releerlo.  

No consideraba su canon como algo inamovible sino como una referencia que cualquier escritor o persona culta debería conocer porque suponía un reto, referencias con las que medirse, sentirse influido y juzgar: “Sin el canon, dejamos de pensar. Uno puede soñar cuanto quiera en sustituir las normas estéticas con consideraciones etnocentristas y de género, y puede concebir admirables metas sociales. Sin embargo, sólo la fuerza puede unirse a la fuerza, como atestiguó Nietzsche hasta la saciedad” .

Cuando uno es un aficionado y no está muy seguro de sus gustos precisa mentores, alguien que le ayude a afirmarte o a poner en cuestión, una referencia, alguien con quien hacer guantes. Eso seguirá siendo para mi Harold Bloom, que persistirá en sus libros como sus escritores preferidos. Un titán apacible al que siempre se podrá pedir consejo cuando sintamos que algunas cosas que creíamos sólidas parezcan comenzar a derrumbarse. 


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