Joker: dos miradas

“Joker”:  un poco de esto, un poco de lo otro, nada en total…    

por Oscar Sánchez Vadillo

I’m a joker / I’m a smoker /
I’m a midnight toker

 Steve Miller Band

Cuando estaba en la facultad me encantaba esta frase: si te hacen elegir entre todo y nada, seguro que terminarás dando en la nada. La nueva producción de DC, intentando salvar los trastos del naufragio general, me la ha recordado vivamente. Tanto por la actitud del protagonista, el “Guasón”, como dicen nuestros hermanos latinos, como por las pretensiones fracasadas y torpes del guión. Claro que Joaquín Phoenix es un gran actor (aquí hace de Jim Carrey siniestro, y dudo de que Carrey lo igualase), claro que la ambientación underground es excelente, claro que en este film se trasciende el nulo valor artístico de las últimas de Marvel. Pero eso no basta, al menos para mí. Hay que tener las ideas más claras. Mientras no se tengan las ideas claras, yo me quedo con Deadpool 1 y hasta 2, otra vez Marvel, pero rompiendo sus propias barreras y los códigos infantiles para adolescentes gringos frikis. Porque Joker es una película que ella misma no sabe de qué demonios trata. Ha querido morder tanto que no ha sabido digerirlo. Algunos encantadores ingenuos creen que Joker es política, como si una película de superhéroes y apta para todos los públicos pudiera ser política en esa patria del puritanismo y del wishfull thinking que es Estados Unidos. Así, interpretan que Joker es el campeón de los parias, aquellos que la lían parda en las calles y matan al supermillonario, el arrogante padre de Batman. Estas almas cándidas no han captado lo fundamental, que es que el Joker, les guste o no, es el malo, y Bruce Wayne, que se tomará la revancha del orden establecido cuando crezca, el bueno. De manera que no, Joker no es una película política, aunque su final copie manifiestamente el final de la versión fílmica de V de Vendetta.

Debe dejarse claro para las buenas personas: un blockbuster norteamericano jamás lanza esos mensajes apocalípticos, jamás. Joker no puede ser, y no es, una apología de la barbarie y el caos frente a la riqueza y el poder, eso es comunismo y mal rollo total. El propio protagonista se lo dice a Robert de Niro: no estoy interesado en política. Más claro el agua. ¿Qué es, pues Joker? En mi opinión, Joker es, en su primera mitad, un homenaje al genio primerizo de Alan Moore, que en los ochenta concibió que el hombre airado es aquel que tuvo un mal día y transformó su tragedia en comedia para poder sobrevivir. El cómic se llama The killing joke, y lo tienen ustedes en sus bibliotecas y librerías. El comediante (no) ha muerto, diría yo en homenaje a Wachtmen, pero ni color. El mundo, la vida, la organización social, es tan horrible, tan demencial, que la única respuesta posible es volverse loco y reírse de todo. Arthur Flek tanto como Edward Blake. Se le agrega, el caso de la película, un conflicto edípico y ya se tiene la historia resuelta. Aquella, que era una gran idea en Moore, la película se la carga y pasa a otra cosa. Es inadmisible ser tan nihilista, hay que acariciar el nihilismo pero sin sumergirse en él si no se quiere perder público. De modo que la segunda parte de la película es mucho más positiva, aunque haya más sangre. ¿Cómo…?

Joaquin Phoenix y Phillips Todd

Pues de esta manera, tal como yo lo veo. Coges la trama del loco, de la antipsiquiatría, de los “ignorados por el sistema”, todo muy foucaultiano, y lo conviertes en la reivindicación del diferente, que también hizo Foucault, sobre todo en su La vida de los hombre infames. Esto sí que mola, porque es político de otra manera: el Joker tiene todo el derecho a buscar reconocimiento para su locura, al igual que lo tiene un gay, o un transgénero, para no ser marginado. La película, entonces, es ahora la crónica de un tipo que tuvo un mal día y se armó de valor para salir del armario. Con dos cojones. Viva el Joker. Hay dos escenas sublimes, que yo recuerde, en que el Joker baila tan sólo para sí mismo: es el ritual mediante el cual aprende a aceptarse a sí mismo. Soy un desgraciado tarado, qué pasa. A Spinoza, en el s. XVII, un famoso corresponsal le hizo una pregunta altamente comprometida: ¿qué pasaría si la esencia, si el conatus de alguien pasase por asesinar a su prójimo? Spinoza respondía, sin arredrarse, lo obvio en él: si alguien fuese así, haría bien en seguir su impulso y matar, pero que sepa que su último aliento lo expirará en el cadalso.

Es decir, según la película, el Joker tiene todo el derecho a recanalizar su resentimiento y amargura en conductas antisociales y homicidas, pero que sepa, de antemano, que Batman lo va a vencer… Creo que ahora se ve por dónde va la cosa. Joker no es una película política, esto es imposible, no se proyectaría. Joker trata de nuestra actual defensa de lo diverso y heterogéneo llevada al absurdo. Puedo ser tan distinto a ti que hasta te mate. Tengo derecho a que mi anomalía sea tratada como normalidad aunque te cueste la vida. De hecho, en ningún momento de la película Joker es proactivo, siempre es una víctima, un pringao (hasta fuma, y ya sabe que en una película del s. XXI el que fuma es el malo o va a morir, una de dos). Joker no es una nueva La naranja mecánica, desengañaos. Hay dos homenajes a Frank Miller, el otro genio del cómic de los ochenta. Y se oye a los Cream, cuyo baterísta murió hace unos días. Por lo demás, una película sugestiva, no está mal, pero cuyo temática principal sale todos los días a colación en Sálvame Deluxe, y que pica de todo un poco, para terminar dando en nada. Vean, o vuelvan a ver Deadpool 1, o hasta la 2, reaccionaria, vulgar, soez, superficial, pero divertidísima…

El Joker de Joaquin Phoenix y Todd Phillips: las mejores intenciones

por Alfonso León

“El cine ha muerto” dice Martin Scorssese y Ridley Scott lo remata. El libro lleva muriendo lustros y cada vez se lee más. El fútbol es un negocio que se hace en la vieja Europa y que se comercializa como religión en el resto del mundo… Todas estas apreciaciones demuestran que para muchos solo lo que ocurrió durante su juventud o durante su etapa de esplendor tiene sentido, y que, como no puede ser de otra manera, los seres humanos seguimos envejeciendo.

Luego hay otra tendencia que consiste en disfrutar como un loco leyendo a un autor nuevo, viendo una película recién estrenada o extasiándose con un gol de la última jornada, pero a la hora de analizar estos hechos en perspectiva, a la hora de las cañas, no se puede evitar recordar con mayor intensidad aquel que metió Maradona en México en el 86 o el que le hizo Zidane al Bayer Leverkusen en la final de Glasgow de 2002, o aquella editorial de la que uno fue fiel en su época universitaria, o aquellos cines en los que vio estrenarse El marido de la Peluquera, el Azul de Krzysztof Kieslowski o incluso Bagdad Café. Y claro, a la hora de elegir cuál de esos productos es mejor, la intensidad de la memoria de la propia juventud acaba ocupando el lugar principal y decidiendo que lo más potente siempre fue lo de ayer.

Por último, estamos un grupo de descerebrados e ilusos que además de considerar la historia de la cultura como una parte de nuestras vidas, algo que no sabemos si está pegado a nuestra piel o si es piel, tenemos la estúpida ilusión de creer que lo mejor está aún por hacer, que la película que vamos a ver esta tarde puede que nos cambie la vida o la decisión de comprar uno de los libros que están en las mesas de novedades y que tenemos en las manos en nuestra librería habitual, puede llevarnos a ser mejores o, al menos, a  trascender. Esta trascendencia se puede producir por razones artísticas objetivas, pero también porque eso que se está creando en la actualidad está contribuyendo a la narración del mundo que estamos viviendo, cosa que tiene su complejidad, y, al mismo tiempo, dando una imagen de nuestra época a las generaciones venideras, que a través de este cine, esta literatura, esta mierda de futbol, tendrán una visión más nítida de lo que ocurrió en nuestro tiempo que lo que cuente la propia historia.

Joker no es una película para frikis ni para amantes de los superhéroes, no es una película llena de acción ni efectos especiales y tampoco es una obra a la que haya que ir con los deberes hechos, sino más bien todo lo contrario. El Joker de Joaquín Phoenix y Todd Phillips es una película universal hecha para que cualquier ciudadano del mundo asista a una tragedia inevitable en un mundo de injusticia y comprenda la dificultad de vivir con una enfermedad mental en ese tipo de sociedad. Por lo tanto, sí parece que la película sea un poco política o, al menos, política-social.

Phillips presenta una ciudad oscura, herrumbrosa, afectada por una plaga de ratas, en la que sus habitantes se comportan en la calle con una completa inseguridad, desconfianza y total falta de empatía hacia sus congéneres. Gotham, como quien pudiera decir Calcuta o Stalingrado, es una ciudad triste y hostil, donde los ciudadanos se desplazan como fantasmas y solo son capaces de mostrar su lado inerte o amargo. En contraposición con ese ambiente de impenetrable hostilidad, Joker, a pesar de su trastorno mental y su dificultosa existencia, trata de ganarse la vida sacando una sonrisa a los demás, pero lo que recibe a menudo son desprecios, agravios y alguna que otra paliza.

El personaje construido por Phoenix y Phillips se dedica a cuidar de su madre enferma, a trabajar como clown y a asistir periódicamente a unos catastróficos servicios sociales al borde de la extinción, donde le hacen unas rutinarias preguntas y le abastecen de medicación. La gran paradoja del Joker, y lo que hace que conecte inmediatamente con el espectador, está en que un personaje con todas sus debilidades y trastornos, con una lucha permanente por la vida, parece el único interesado en hacer el bien en un contexto en el que nadie está dispuesto a ver el elemento humano de su interlocutor. Y lo hace hasta que una serie de causas, que no conviene mencionar para no estropear la película a aquellos que aún no la hayan visto, hacen que el personaje entre en una espiral (que unos pueden interpretar como de liberación y otros de venganza primaria) en la que la sangre fluye al igual que el agua mana o que la bola de nieve rueda, por el simple efecto de la gravedad. Todd Phillips rueda la catarsis del personaje con la grandilocuencia y solemnindad con la que se muestran las tragedias clásicas, pero con un lenguaje narrativo que en algunos momentos, solo en algunos, imita a la publicidad o al videoclip, cosa esta última que puede acercar al espectador más joven y puede separar al adulto. Hay que resaltar, de manera positiva desde mi punto de vista, que no hay ninguna intención apreciable por parte del director en deleitarse en la ejecución de la violencia, así como tampoco se aprecian excesos en la interpretación de Phoenix en esos momentos tan delicados.

A mí, particularmente, y estoy absolutamente seguro de que fue por oposición, la película en su desenlace final me trajo a la mente de manera inmediata una de las cintas más desafortunadas que he tenido ocasión de ver, Asesinos Natos, en la que Woddy Harrelson y Juliette Lewis se pegan un baño de sangre gratuita bajo la desafortunada, descerebrada y maniaca dirección de Oliver Stone. Pero, afortunadamente, Joker no tiene nada que ver con Asesinos Natos, ni con Sospechosos Habituales, ni con Pulp Fiction, aunque, en algún momento, la incomodidad de la situación o el contraste entre la ternura del personaje y sus actos nos provoquen media carcajada. La colocación de la cámara y el tiempo que dedica a cada uno de los planos indican que los actos violentos no son la causa sino la consecuencia de la historia. 

Todo ello contribuye a un debate sobre la posible redefinición del Joker como antihéroe, héroe  accidental o héroe trágico, que para alcanzar la libertad y la redención responde a un destino inevitable con la muerte a través de la liquidación de algunos otros. Pero esta hipótesis podría defenderse desde el lado de la contracultura política o, contrariamente, considerarse otra broma de mal gusto más.

La aparición de un tal Wayne, soberbio y prepotente neoliberal, defensor del status quo y del orden, que no de la paz social, y la de Robert De Niro, como showman de éxito, vendedor de un producto televisivo de humor blanco en una sociedad negra, no son más que parte de ese atrezo  necesario para que este Joker de 2019 (apúntenlo, es un personaje importante) alce sus alas, sobrevuele todo un mundo de mediocridad y, por fin, consiga ser escuchado y visto, sin duda, uno de los grandes problemas de la sociedad moderna occidental.

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