Santos Juliá: la muerte de un historiador tranquilo

Quizá, aunque no nos guste reconocerlo y sea tan inquietante pensarlo, el perfil intelectual de un país aparece definido en la estética y la selección de noticias de los telediarios de sus televisiones. Hoy, en el de la primera cadena, después de destinar mucho tiempo a las lluvias que han caído sobre nuestro país y a otras noticias bastante irrelevantes, se ha dedicado apenas quince segundos a la muerte de Santos Juliá, sin aportar contexto alguno para que el espectador pudiera situarlo o alentarlo a leer alguno de sus artículos o de sus libros que, sin embargo, tratan de asuntos que son de relevante actualidad y que se utilizan cada día en la lucha política. Por ejemplo, la Transición, la Guerra civil y las dos Españas, o la relación y diferencia entre historia y memoria, como resume en un magnífico artículo su amigo y también historiador José Alvarez Junco

Su libro sobre la Transición, en concreto, trata de reconstruir ese proceso, hacer en sus propias palabras, “una historia política, o sea, una investigación en las huellas que el proceso político de transición a la democracia ha ido dejando a lo largo de ochenta años —antes, mientras y después de que sucediera— para intentar reconstruirlo con las mismas voces del pasado, interfiriendo en ellas lo menos posible.” 

Porque, según él, la idea de un proceso de mediación y reconciliación de los españoles con un “periodo de transición” antes de un plesbicito en el que decidieran el régimen político que quisieran, es algo que ya comenzó a plantearse en la misma Guerra civil a través de los comités por la paz civil y religiosa o por el mismo Manuel Azaña en su plan de mediación para la paz. Idea que fue asumida a mediados de los años 50 por el Partido Comunista de España con su propuesta de “transición pacífica de la dictadura a la democracia”. Y de ahí al “contubernio” de Múnich en 1962 y por fin, tras la muerte de Franco, a las reivindicaciones de “libertad, amnistía y Estatutos de Autonomía” desde la calle y a las  negociaciones y pactos más o menos opacos en los despachos y las instituciones.

Un proceso que parecía haber sido un éxito con la aprobación de la constitución de 1978, que se reforzó y superó el “desencanto” inicial tras el fracaso del intento de golpe de estado de 1981 y la victoria  del PSOE en 1982. Pero que comenzó a quebrarse después de la “legislatura de la crispación” con la idea de la necesidad de “una segunda transición” durante la primera legislatura del Partido Popular que se inició en1996. Cuestionamiento que alcanzó su culmen con las manifestaciones del 15 de Mayo de 2011 donde se la catalogó como un “régimen”simplemente continuador del franquismo y que, por tanto, había que demoler para construir una república verdaderamente “popular y democrática”. Con lo cual la interpretación de un proceso que ya parecía pertenecer a la historia entró de lleno en la lucha política junto con la llamada “memoria histórica”. Algo en lo que seguimos viviendo peligrosamente.

Me doy cuenta que he escrito aquí lo que me hubiera gustado que hubieran referido en el telediario, o lo que me gustaría que la gente leyera con más profundidad antes de opinar, más o menos acaloradamente, de las cosas que ha vivido o le han contado, por las que incluso sale a la calle o se enfada con los amigos o se legitima moralmente. Que se pudiera discutir de historia, de fuentes, de distintas perspectivas, pero con racionalidad y base documental, ahora que eso sería tan factible. Pero la peor versión del construccionismo parece haberlo ganado todo y tiene una posibilidad de utilidad política en un nuevo retorno de los charlatanes cuando ya nadie lee nada.

He leído más de treinta años los artículos de Santos Julia en El País y siempre me ha parecido sabio y tranquilo, estuviera más o menos de acuerdo con él o con lo que el tiempo luego demostró. Siempre he encontrado en ellos una opinión fundamentada, con una intención integradora que alentaba a no repetir los viejos errores que llevaron a este país al desastre. Como siempre ocurre con la gente moderada y no demasiado sectaria también he oído durante años las descalificaciones que le hacían por ser un antiguo cura o demasiado del PSOE o poco o demasiado de izquierdas. Algo que solo remarca lo difícil que siempre lo ha tenido en este país la gente que intenta pensar con independencia y que se resiste a ponerse una etiqueta para siempre.

Siento, por tanto, mucho su muerte ahora que intelectuales como él cada vez son más difíciles de leer en los periódicos. Gente competente, tranquila y valiente, que permanece ahí mucho tiempo, que evoluciona, que trata de explicar lo complejo, que es fiable aunque también se equivoque. Que aportan datos verdaderos e ideas para que los ciudadanos puedan orientarse en las sociedades abiertas que, a veces parecen tan desguarnecidas por los que más deberían protegerlas. 

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