“On photography” de Susan Sontag o de una ontología de la imagen

¡No pienses, sino mira!

Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, § 66

 

Tras más de cuarenta años transcurridos desde su publicación, y ya desdichadamente fallecida su autora, el estudio sobre fotografía de Susan Sontag mantiene perfectamente su vigor. En realidad está compuesto de seis artículos separados en el tiempo, pero mediante los cuales Sontag va tejiendo una temática común. En algunos se consagra más de cerca a la obra determinada de algún fotógrafo (valga decir fotógrafa: Diane Arbus) concreto, en otros, sin embargo, trata, con precisión y sutileza, la relación entre fotografía y pintura, y en otros últimos se ocupa más bien de la manera en que la fotografía ha contribuido a la autoaprehensión como país de los Estados Unidos, pero en general el tratado en conjunto termina por enunciar temas de mayor envergadura, como si Sontag, al ponerse a pensar acerca de la técnica fotográfica, hubiese conseguido ir más allá y divisar problemáticas que abarcan el horizonte entero de nuestro modo de vivir contemporáneo. Y no se puede afirmar que obtenga conclusiones optimistas, precisamente, aunque la dicotomía optimista/pesimista resulte trivial, y aún pueril, para una observación -por decirlo con el lenguaje de Niklas Luhmann, que aquí parece especialmente pertinente- civilizatoria tan penetrante como pretende aquí Susan Sontag. Pues cuando se habla en serio de una cuestión que nos afecta a todos, nunca debería jugarse en primer término a juzgar, sino que antes de ello habría que comprender y distinguir (creo que fue Della Volpe quien caracterizó el pensamiento como el arte de las distinciones…) No obstante, el librito comienza con apreciaciones muy subjetivas, como la que afirma que, aún de modo simbólico…

Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada.

 

 

Un arranque como este hace pensar con cierto temor al lector en lo que diría Susan Sontag hoy de Instagram, de Pinterest, de Flickr, de Facebook, de Google Earth, de Photoshop o de los selfies… Hoy, doce años después de su muerte, la fotografía ya no “mata blandamente”: digamos que masacra, extermina, y los homicidas y aún suicidas somos nosotros mismos a todas las horas del día. Como dice más adelante, la población planetaria (en la India, allí donde son demasiado pobres para que exista cobertura, los móviles sirven sólo para hacer fotos, y por lo visto se hacen continuamente…) consiste ya en una masa ingente de “ciudadanos de la Fotografía Mundial”, para los cuales se produce un fenómeno que Sontag caracteriza un poco al modo del Gestell heideggeriano:

 

Al poblar este mundo ya abarrotado con su duplicado en imágenes, la fotografía nos persuade de que el mundo está más disponible de lo que está en realidad.

 

 

Pues los fotógrafos, incluso los grandes de la fotografía (tengo un amigo aficionado, por cierto, que sostiene que el gran “ojo” del s. XX ha sido Henri Cartier-Bresson…), dejan atrás

 

(…) La vanidad de intentar siquiera comprender el mundo, y en cambio nos proponen que lo coleccionemos.

 

Son declaraciones ciertamente sorprendentes de parte de alguien que, ella misma, es una coleccionista de miradas sobre la fotografía y casi una experta en la producción fotografía desde su nacimiento en el s. XIX hasta el momento en el que escribe. Por eso, tal vez, lo más interesante de On photography empieza cuando Sontag abandona la fenomenología estricta del hecho fotográfico como tal -en el que, desde luego, se muestra sumamente clarividente-, para entrar en territorios más nebulosos, como lo son aquellos que tocan a la elaboración incesante de imágenes como modo de ser del hombre actual. Porque, al margen ya de la especificidad de la industria fotográfica, no es exagerado decir que vivimos entre imágenes, que nos alimentamos de ellas, hasta el punto de que es la realidad la que se somete a escrutinio y evaluación según su fidelidad a las fotografías.

 

43154

 

Así, On photography alcanza un nivel en el que se transciende la peculiar subjetividad de su autora y la investigación se interna en ese campo que podríamos llamar “ontológico”, al lograr bosquejar algunos apuntes muy interesantes sobre la naturaleza y función de las imágenes en el último siglo y medio. Lo denomino “ontológico” no para asustar o cambiar de tema, sino porque de verdad creo que hay motivos para entender que habitamos un estadio histórico aparentemente irreversible en el que las imágenes han pasado a henchir el estrato más profundo de nuestra existencia colectiva. Es profundo en el sentido de que las imágenes son más radicales, están más al fondo, que la naturaleza o que la historia para nosotros (de hecho, naturaleza e historia han pasado también a ser no más que un plétora de imágenes, e igualmente para los propios científicos que buscan conocer el comportamiento natural el uso de la informática les permite proyectar constantemente imágenes de lo que estudian, sean recreaciones visuales a todo color o sean polivalentes gráficos estadísticos), y a la vez es superficial, en el sentido de que su realidad consiste necesariamente en su forzosa visibilidad. “Imágenes” no son sólo fotografías, tal como llega a vislumbrar Sontag: imágenes son ya todos los valores, como ya vio Nietzsche, en tanto que no necesitan apoyarse en ninguna base previa a la que considerar “real”. E imágenes son los objetos mismos de nuestro trabajo, desde la marca o el logo al que servimos en nuestra empresa hasta la mercancía misma que producimos, puesto que cada vez menos se trata de cosas directamente útiles, y cada vez más de consignas de consumo. Una consigna, como el “valor” como lo entendía Nietzsche, propone una experiencia posible, una experiencia que quiere tener dueño y por eso posee un precio de intercambio en el mercado de las experiencias. Ya no comemos un yogur, consumimos una imagen juvenil de la salud, ya no conducimos un coche, experimentamos una imagen de estilo, y desde luego ya no viajamos al Taj Mahal, nos hacemos un selfie teniendo a la espalda un famoso monumento que es él mismo irrevocablemente una imagen. Imagen es también el star system e imagen es la política, que se mueve por impulsos de popularidad en los medios; imagen es también nuestro propio cuerpo, o, si no, que pregunten a una víctima de anorexia… Todo esto es lo que ve Susan Sontag estirando hasta el máximo la cuestión del papel de la fotografía, y por esa razón escribe, en sus pasajes más especulativos y abstractos…

 

(…) La fotografía no es en absoluto una disciplina artística. Como el lenguaje, es un medio con el cual se hacen obras de arte (entre otras cosas).

 

 

robertfrank

 

Y habla entonces -es una pena que rápidamente-, de los “metaartes” o “medios”, esos dispositivos que sobrepasan ampliamente una técnica particular como lo es la fotografía para convertirse en verdaderos entornos. Sontag los caracteriza como francamente democráticos, frente al elitismo de las antiguas bellas artes; dice que tienen al mundo entero por material de trabajo, en vez de seleccionar un pedazo de él considerado “superior”; aduce que desdibujan las viejas distinciones entre genuino y falso, original y copia, buen gusto y mal gusto; y, por último, y más importante a mi juicio, señala que carecen de contenido, que solo tienen tono, y ese tono característico suele ser irónico, inexpresivo o paródico. Lo grave, a la vez que fascinante, de todo esto, es que ninguno de estos rasgos tiene ya apenas relación con los ideales de la Ilustración moderna[1]. Aquí ya no se apela al progreso diacrónico de grandes verdades, morales o científicas -por cierto, que los científicos viven también del prestigio heredado de su imagen moderna, mientras que de los moralistas, en cambio, se diría que solo resta la ironía o la parodia-, aquí sólo se presenta sincrónicamente la modulación de la certeza moderna en el interior de un “medio” o “meta-arte” específico: lo que sea que fueran la verdades científicas o morales tendrá que configurarse en un entorno en que se ofrezca como rentable, económica o sentimentalmente, si es que existe todavía una matiz entre ambos. De ahí que Susan Sontag afirme que la práctica de la fotografía en particular establece una “relación adquisitiva con el mundo que nutre la percepción estética y favorece el distanciamiento emocional”, y  que:

Contrariamente a lo que proponen las declaraciones del humanismo a favor de la fotografía, la capacidad de la cámara para transformar la realidad en algo bello deriva de su relativa debilidad como medio para comunicar la verdad (…)


iberlin por avedon

 

La realidad misma es transformada por la imagen, se da como imagen, la imagen se apropia del significado de los que vivimos, a una escala que era inconcebible tan sólo hace una centuria. George Berkeley, el Obispo Berkeley, formuló en el s. XVII su célebre máxima filosófica, Esse est percipi, “Ser es ser percibido”, y digamos, por una pirueta de las palabras, que ha tardado todo este tiempo en hacerse totalmente real. ¿Qué es entonces la realidad, qué queda para el mundo? Sontag dice:

 

El mundo es “uno” no porque esté unificado sino porque una ojeada a sus diversos contenidos no revela conflicto sino una diversidad aún más pasmosa. Esta espuria unidad del mundo se efectúa mediante la traducción de sus contenidos a imágenes. Las imágenes son siempre compatibles, aun cuando las realidades que retratan no lo sean.

 

 

Diane Arbus

 

 

El metaarte o medio de la imagen es irreductiblemente plural, pero plural en cuanto imagen, sin que ello suponga que alberguemos para la pluralidad real, sobre todo humana, que pudiera subyacer, más que una visión estética y cierto “distanciamiento emocional”. Y es en este punto donde Susan Sontag se refiere directamente al sistema de producción capitalista como responsable del auge y desvelamiento de las imágenes como ontología de la contemporaneidad, del “ahora mismo”…

 

La producción de imágenes también suministra una ideología dominante. El cambio social es reemplazado por cambios en las imágenes. La libertad para consumir una pluralidad de imágenes y mercancías se equipara con la libertad misma. La reducción de las opciones políticas libres al consumo económico libre requiere de la ilimitada producción de imágenes.

 

Susan Sontag por Anne Leibovitz

 

No me parece que, tampoco en este caso, haya juicio en vez de simplemente lucidez por parte de Sontag. Sí lo hay, no obstante, en las últimas frases de On photography, donde adelanta una especie de propuesta de control de las imágenes, pero no la explica, como si de nuevo el pesimismo se hubiera enseñoreado de ella, como si, en fin, se hubiese sentido atacada de “nostalgia de realidad”:

 

Las imágenes son más reales de lo que cualquiera pudo haber imaginado. Y como son un recurso ilimitado que jamás se agotará con el despilfarro consumista, hay razones de más para aplicar el remedio conservacionista, Si acaso hay un modo mejor de incluir el mundo de las imágenes en el mundo real, se requerirá de una ecología no solo de las cosas reales sino también de las imágenes.

 

ouka lele

 

Yo no tengo recursos para imaginar cómo sería una “ecología de las imágenes”. ¿Quién la pondría en marcha, quién tomaría las decisiones, y con qué criterio? Para que una tal limitación fuera factible, habría que situarse en un lugar virtual más allá de la producción de imágenes y arbitrar conforme a otras leyes que, precisamente, tal vez hayan quedado caducas en el proceso. O habría que poder inventar nuevas reglas, sin salir de la gestión de las imágenes mismas, pero incluyéndolas, aceptándolas y abrazándolas. Esto es, quizá, lo que algunos llaman hoy “post-modernidad”…

 

 

[1] De todos modos, el futuro del programa moderno algunos lo divisan de un modo terrorífico:   http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/20/babelia/1476976602_505346.html

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2 Comentarios

  • Los escritos de Sontag sobre la fotografía componen las mejores reflexiones sobre esa imagen congelada, junto a las lecturas de. Benjamin y de Barthes. Al final -Barthes dixit- puro expediente tanatologico.

  • Lo de Benjamin a mi me resultó un poco espeso, y en todo caso los tiempos no habían madurado aún para la autoconsciencia de la imagen, me parece. Porque yo creo que con lo de la “ecología” Sontag se refería más a la imagen en general, y no sólo fotográfica (la “voluntad de imagen”, llamémoslo así, de la que la fotografía es una de sus manifestaciones o cómplices). Por “ecología” parece entender que haya un equilibrio en la relación imágenes-mundo que no desnaturalice la realidad, poner coto a las imágenes-basura o a las imágenes-monstruo, como la pornografía infantil o la publicidad engañosa, por ejemplo, si es que alguna publicidad no es engañosa. Pero también las tallas de las modelos, o la imagen del “triunfador”, o, yo qué sé, la saga de “Fast and furious” haciéndonos creer que la imagen del hombre-varón libre es correr a toda hostia por una vía urbana (imagen que engancha mogollón a los adolescentes y con la que relacionan la antítesis del estudio). “Ecología” como eso: control de que no todo puede ser proyectado como hacedero conforme a una imagen enteramente inventada, querida sea para sacar dinero o para satisfacer un deseo. Esa ecología es totalmente inviable, a día de hoy, en que la proliferación en cantidad y variabilidad de las imágenes no conoce trabas…

    En cuanto a Barthes, esa aspecto de su obra no lo conozco.

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