Philosophia Solarística

Solía razonar acerca de la conducta de las personas como si el ser humano fuese una figura tan simple como, por ejemplo, dos palos cruzados el uno sobre el otro; cuando, de hecho, el hombre se parece mucho más al mar, cuyos movimientos son demasiado complicados para que nadie pueda explicarlos, y de cuyas profundidades puede surgir Dios sabe qué en cualquier momento.

 Joseph Conrad, El alma del guerrero,

 

“Solaris” es el nombre de un famoso y ya viejo sistema operativo actualmente propiedad de Oracle que toma su nombre de una novela del escritor de ciencia-ficción polaco Stanislaw Lem publicada en 1961. A su vez, la novela, muy especulativa, algo críptica y difícil de traducir al cine, ha sido, sin embargo, llevada a la gran pantalla dos veces, primero por el director soviético Andrei Tarkovsky en 1972, en lo que se consideró la respuesta del Este al éxito del 2001 Odisea del espacio de Stanley Kubrick, y mucho después por Steven Soderbergh, en 2002, en respuesta a la respuesta tras la caída del Muro. La película americana aporta poco con respecto al clásico: apoyándose en Tarkovsky, potencia la parte sentimental de la trama y para ello pone rostros más atractivos que los de sus colegas rusos en el elenco actoral. Tarkovsky, en cambio, había hecho una cosa más densa y tortuosa donde lo que empieza con vagas reflexiones cosmológicas termina con parafernalia psicoanalítica, que es un recurso fácil, en mi opinión, cuando lo que se quiere es parecer profundo sin explicar demasiado nada o haciéndolo igual todo. En este sentido interpreta Slavoj Zizek la película soviética, barriendo en cierto modo para casa en términos políticos y filosóficos:

 

 

Pero yo no estoy de acuerdo con Zizek, aunque es claro que la cinta de Tarkovsky, como digo, iba en esa dirección. No estoy de acuerdo en que el relato de Lem pueda ser entendido en los parámetros del psicodrama freudiano y su eventual terapia y cura. La novela, en efecto, cargaba mucho más las tintas en la naturaleza del verdadero protagonista del relato, que es el no-encuentro, o el desencuentro, entre los hombres de la Tierra y la enigmática conciencia de un planeta remoto que consiste enteramente en océano (como después el planeta de Frank Herbert será enteramente desierto o el de Ursula K. Le Guin será enteramente bosque), cuyo nombre, puesto por los humanos, es ese, Solaris. Y yo creo que ese argumento de Lem puede ser interpretado más acertadamente en el marco de la filosofía de Arthur Schopenhauer, aunque, que yo sepa, no se ha intentado nunca verlo así. En su obra principal, El Mundo como Voluntad y Representación, de 1819, Schopenhauer proponía toda una metafísica perfectamente autojustificada y cerrada de resultados éticos y existenciales muy determinados e inequívocos. En desacuerdo con la escuela del idealismo hegeliano, que creía en la naturaleza espiritual y racional de toda la realidad, Schopenhauer interpretaba el pensamiento de Kant conforme al criterio de que los fenómenos existen sólo en la medida en la mente los percibe como representaciones. Sin embargo, no estaba de acuerdo con Kant en que la “cosa en sí“, o “noúmeno”, subsista más allá de la experiencia posible en tanto algo inerte, al contrario: la identificaba por su parte con la Voluntad, entendiendo por ello la voluntad experimentada por nosotros pero también el impulso natural que hace que todo se mueva y actúe. De este modo, la auténtica realidad tras las representaciones y que las hace posible es en sí es Voluntad ciega, irracional y sin sentido de Vivir. Esta Voluntad es la naturaleza originaria y profunda que cada ser experimenta, y adopta en el tiempo y el espacio la apariencia del cuerpo, que es así su representación. Partiendo del principio de que la Voluntad es el motor de la vida, Schopenhauer llegó a la conclusión de que el trasfondo de todas las apariencias materiales es la Voluntad, y que también detrás del falso escenario de nuestra consciencia opera una Voluntad Universal de carácter cósmico omnipresente en todo.

 

 

Así, para Schopenhauer la tragedia de toda vida surge de la naturaleza de la Voluntad, que incita a cada ser sin cesar hacia la consecución de metas sucesivas, ninguna de las cuales puede proporcionar satisfacción permanente a la actividad infinita de la fuerza de la vida o Voluntad de Vivir. La vida, por tanto, es sufrimiento radical, y eso es lo que Schopenhauer tiene de romántico desatado. Como las religiones orientales, piensa que la vida consiste en un ciclo sin fin de nacimiento, pasiones, muerte y renacimiento, y la actividad de la Voluntad sólo puede ser llevada a una consumación relativa a través de una actitud de renuncia, en la que la razón gobierne provisionalmente la voluntad hasta el punto de que ésta cese de esforzarse inútilmente. Sólo en el hombre la Voluntad se hace consciente de sí misma, y por eso sólo el hombre consigue mitigar o escapar momentáneamente del sufrimiento para caer, de manera inexorable, en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea un constante pendular entre el dolor y el tedio, periplo éste que la inteligencia sólo puede anular a través de una serie de fases que conducen, progresivamente, a una negación consciente y terminante de la Voluntad de Vivir. De ahí que Schopenhauer, como la filosofía oriental, proponga una huida del mundo. Con todo, no aprueba el suicidio como camino, ya que el suicida no renuncia a la vida en sí misma, sino únicamente a la que le ha tocado vivir. En consecuencia, el filósofo reconocerá como válidas sólo tres alternativas de salida de esta situación fatal, que jerarquiza según el grado de aniquilación de la Voluntad implicado en cada una de ellas:

 

 

  • La contemplación de la obra de arte como acto desinteresado, fundamento de su Estética.
  • La práctica de la compasión universal por todo lo vivo, piedra angular de su Ética.
  • La autonegación del yo (asimilable a una especie de Nirvana), mediante una vida ascética.

Pues bien: pienso que es probable que Stanislaw Lem tuviese algo parecido en la cabeza al escribir Solaris. El colosal océano, más que una inteligencia totalmente distinta de la humana, es la corporeización de una voluntad diversa de las que conocemos en la Tierra, entendidas a la manera de Schopenhauer. Toda una ciencia ha sido desarrollada desde hace tiempo por los hombres (al contrario de lo que dice Zizek en el video, cuando afirma que Solaris habría sido descubierto recientemente por la humanidad en la película) para desentrañar el misterio de Solaris, la “Solarística”, sin dar apenas fruto, puesto que una voluntad no puede ser de ningún modo conocida: de ella sólo podemos forjar, en todo caso, representaciones. De ahí que sea el propio Solaris el que trate de comunicarse con los hombres, de voluntad a voluntad, y por tanto en un plano exclusivamente emocional. De hecho, Solaris practica las tres vías de Schopenhauer para la redención de la Voluntad: crea esculturas aparentemente caprichosas (pero cuasi/geométricas) en la superficie del océano y crea figuras humanas animadas Arte-; a través de éstas últimas intenta proporcionar a sus “visitantes” (los humanos son, en realidad, los visitantes) un alivio a su sufrimiento personal -compasión universal-; y, por último, cuando la chica de la película trata de suicidarse, no solamente revive porque la Voluntad cósmica tiene mal remedio, sino que termina por encontrar el modo de provocar para sí la destrucción total, y no hay que olvidar que la chica es una representación, una proyección, de la esencia de Solaris -autonegación del yo-.

 

 

Incluso en la cinta de Tarkovsky los demás personajes lo dejan muy claro. Uno de los científicos cree que existe algo así como una Verdad objetiva, metódica, acerca de Solaris, y se comporta fría y cruelmente. Otro, más contemporizador, le replica que la ciencia es una necedad, que no es más que el espejo en el que el hombre gusta de mirarse. Y el psicólogo que llega el último a la estación espacial, con el que Solaris ha sido sentimentalmente más generoso desde su propio punto de vista (o es que el planeta ha aprendido ya de malas experiencias previas con sus colegas), insiste en que el único mensaje de Solaris es el amor. Pero en Solaris él vive el amor como compasión, precisamente, lo que da lugar a las culpas y traumas que tanto juego dan a la versión psicoanalítica de la historia. Eso es lo de menos, me parece. Lo que importa es que Solaris es como una deidad que, de repente, genera el deseo, el anhelo, de ser también humano en contacto con los humanos. Al fin y al cabo, los humanos no están completamente solos. El fracaso de ese intento no significa que mediante la ciencia de la Solarística hubiese podido conseguirse nunca un resultado mejor. Nietzsche concibió también su ataque a Schopenhauer valiéndose de la metáfora de la divinidad (en Así habló Zaratustra, “De los trasmundanos”, también traducido como “De los alucinados del más allá”):

 

 

En otro tiempo también Zaratustra proyectó su ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. Obra de un dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo.

Sueño me parecía entonces el mundo, e invención poética de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divinamente insatisfecho.

Bien y mal, y placer y dolor, y yo y tú – humo coloreado me parecía todo eso ante ojos creadores. El creador quiso apartar la vista de sí mismo, – entonces creó el mundo.

Ebrio placer es, para quien sufre, apartar la vista de su sufrimiento y perderse a sí mismo.

Ebrio placer y un perderse-a-sí-mismo me pareció en otro tiempo el mundo.

Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen imperfecta, de una contradicción eterna – un ebrio placer para su imperfecto creador: – así me pareció en otro tiempo el mundo.

 

Stanislaw Lem

No el mundo, en general, pero sí Solaris, tal como lo imaginó Stanislaw Lem. Solaris es una novela magnífica, original y muy inquietante, que trata realmente de la vida extraterrestre como absolutamente otra de la de la Tierra, o, al menos, tan otra como puede permitirlo la filosofía de Schopenahuer. El propio Schopenhauer, que está en el bagaje individual de grandes creadores de cultura del s. XX, nos es más conocido hoy por la parodia que le hacia Roberto Benigni en La vita e bella, y hay que reconocer que no es una parodia inmerecida. La película de Tarkovsky acaba con una escena freudiana de conflicto edípico y después el plano se agranda y se aleja de la acción para darnos a entender que somos como islas en un océano inmenso de irracionalidad y puro sentimiento. Antes, Tarkovsky había colocado significativamente bustos o estatuas clásicas en los escenarios de las discusiones científicas, como queriendo reírse de la pretensión del hombre de conocer nada.

Nuestras vidas como “humo coloreado” y un intencionado “perderse-a-sí mismo”… Hay que ver qué serios se ponen todos los filósofos, muchos cineastas y algún que otro escritor de ciencia-ficción…

 

 

(En realidad, esto último es una broma, pues Lem es precisamente el autor del género que menos serio suele ponerse, y de ahí la ironía amistosa. En compilaciones de cuentos relacionados como Diario de las estrellas -donde, por cierto, se hace escarnio de la condición humana en comparación con otras especies alienígenas al nivel de H. P. Lovecraft-,Relatos del piloto Pirx o Ciberiada,, Lem se convierte en el feliz e irresponsable Luciano de Samosata del s. XX; peroSolaris, como he intentado explicar, es muy distinto. Ciberiada, de hecho, contiene un personaje que es trasunto satírico de Schopenhauer, lo cual demuestra que Lem tenía familiaridad con el filósofo y, es de suponer, con toda su filosofía).

 

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