Musica orquestal (1): la sinfonía

De todos las estancias del corpus de la música clásica, su salón central es el que alberga la dedicada a la orquesta. Es tan amplio que en este lento repaso que vamos haciendo de todo el edificio le dedicaremos dos incursiones en vez de una.

La orquesta es la cara más identificable, épica y espectacular de la música clásica, la que de forma más colorida recrea toda clase de atmósferas y plasma toda clase de estados de ánimo, la puerta por la que con mayor facilidad accederá a ella el oyente primerizo pero también un campo inagotable de nuevos y re-descubrimientos para el experto. Junto a la ópera, la que mayor aprobación y fervor popular despierta. Pocas cosas hay más celebrables en la vida que ver a un grupo de personas reunidas pacíficamente sin más fin que el de interpretar una obra, junto a otro haciendo lo propio para escucharla.

 

 

Salvo compositores muy menores y/o especializados en instrumentos concretos, todo aquel creador musical que se precie de serlo escribe trabajos para orquesta, o por lo menos, para agrupaciones considerablemente grandes. Hacerlo otorga prestigio y categoría, es un desafío que implica conocer a fondo los timbres y recursos de cada instrumento, demostrar que sabe exprimirse una combinatoria sonora prácticamente infinita.

Aunque hay algunos patrones habituales, la versatilidad que proporciona una orquesta permite utilizarla con cualquier fin, desde ejecutar piezas livianas y populacheras a grandes obras conceptuales y de carácter trascendental, desde levantar himnos patrióticos a proporcionar momentos de recogimiento, además, claro está, de servir de pilar central a conciertos u obras corales. Del mismo modo, esta riqueza estilística también se traduce en diversidad interpretativa, ya que cada director enfatiza unos matices sobre otros, teniendo así las partituras orquestales una constante posibilidad de relectura que las renueva cada vez que se acometen y que en cierto modo las convierte en entes moldeables siempre en construcción.

De los millones de tipos de obras para orquesta que se han escrito y se escriben, hay uno que está ligado a ella de un modo inherente, que es casi como su código genético. Nos referimos, cómo no, a la sinfonía. De hecho, es habitual emplear el término música sinfónica para referirse a la orquestal. A las sinfonías dedicamos pues íntegramente este primer artículo/lista.

 

 

Desde que tomara cuerpo definitivo en el S.XVIII como evolución de las oberturas italianas, la sinfonía ha sido una parada casi obligatoria en el camino de todos los compositores. Pocos hay, como Chopin, Debussy y Ravel, que no escribieran ninguna. Cada uno las ha abordado de forma muy distinta, no solo en lo estilístico sino en lo temático y lo personal: la Spring Symphony de Michael Wolters no llega a los 30 segundos, la Sinfonía Gótica de Havergal Brian ocupa 2 horas (es curioso, pero no existe ninguna más larga). Cesar Franck solo escribió una, Haydn 104. Y Leif Segerstam de momento lleva 309. Brahms no fue capaz de completar la primera hasta los 42 años. A Mozart le bastó tener 8. Aunque la mayor parte de ellas no modifican la estructura tradicional en cuatro tiempos, su contenido es tan voluble que permite aunar alegría y tragedia, calma y éxtasis, fuerza y delicadeza, tejiéndolas con un hilo que decanta el alma de cada una y las diferencia de las demás.

Planteada al principio como sencilla sucesión de movimientos rápido-lento-rápido con un minueto intercalado a modo de juego antes del último y una duración de no más de 15 minutos, la sinfonía pasó de ser un divertimento más para orquestas reducidas a ser una elevada forma de expresión para conjuntos descomunales. Fue imprescindible para ello el impulso que les dieron primero Haydn y luego Mozart, que se convirtió en canon al recoger Beethoven el testigo. Después de él y gracias a él, la sinfonía era ya el summum del repertorio orquestal. Durante el S.XIX no dejó de crecer en extensión y pretensiones, estirando los habituales movimientos de 10-15 minutos (40-60 en total) que practicaban Schubert o Dvořák hasta  alcanzar los colosales monumentos de Bruckner y Mahler, casi todos por encima de la hora. El S.XX, que trató en gran parte de superar y derribar todo lo anterior, respetó sin embargo la sinfonía y la cultivó con su extraordinario arsenal de estilos, los de Sibelius, Shostakovich, Stravinski o Górecki. El S. XXI tampoco la ha arrinconado.

 

 

Las sinfonías imponen un respeto que casi siempre se traduce en un empeño mayor por parte de sus creadores a la hora de abordarlas. Y de este empeño y su maestría han salido algunas de las mejores cosas que le han sucedido a la humanidad.

En la lista correspondiente que acompaña este artículo encontrarán una pequeña muestra de la grandeza sinfónica, puesta en manos de las mejores batutas. Para resaltar a la orquesta como núcleo y razón de ser de este artículo se han excluido movimientos con coro, que serán parte del espacio dedicado a la música vocal.

 

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