Una de Schwarzenegger…

La vida es una barca…”

Calderón de la Mierda

 

 

Al margen de los diversos miembros de esta u otra Mafia, yo creo que el mayor triunfo de un inmigrante en EEUU ha sido el de un austriaco de apellido casi impronunciable al que todos conocemos, Arnold Schwarzenneger (había un locutor de radio  no muy versado en alemán que le llamaba “el tío-refresco”, porque le recordaba al Schweppes..) “Arnie”, en efecto, no sólo fue varias veces Mister Universo o el actor más taquillero de la década de los noventa, sino que también ha ganado unas elecciones para gobernador, ha emparentado con lo que allí es linaje real y se ha convertido en un exitoso hombre de negocios. No es, desde luego, poca cosa para un tipo que nunca ha perdido su acento nativo, que tiene los dientes separados, que está dotado de una cierta cabeza-buque y que, aunque simpático y parece que buena persona, sólo tiene como aval sus músculos y que para colmo milita en el partido republicano. Hasta en Los Simpson cuenta con su propia parodia, algo que no ocurre con Stallone, Van Damme o cualquiera de los demás anabolizados de acción del cine hollywoodiense. Le cae bien a la gente Schwarzenegger, más todavía cuando hace poco se ha opuesto públicamente a la política anti-climática de Trump, pese a compartir ideario en casi todo lo demás. Con todo, hubo un momento en los años noventa en que Arnie consintió en rodar su propia sátira no sólo como duro de peli de acción, sino también como persona privada, como el actor pasable que es. Fue en una cinta que en castellano traducimos como “El último gran héroe“, y que se filmó justo después del bombazo a nivel mundial que significo Terminator 2. La segunda de la saga de “Terminator” desarrollaba un buen guión, y tenía música de Guns´n´ Roses, pero “El último gran héroe” no le andaba a la zaga, y la banda sonora era de AC/DC…

 

 

El otro día volví a verla con mis hijos, porque me pareció que ya tenían la edad. No la edad para comprenderlo todo, pero sí para divertirse con ella. Porque El último… es muy sutil, y está repleta de guiños hacia la audiencia adulta. En ella Arnie se ríe de sus relaciones con su verdadera mujer, reconoce abiertamente que no es más que una decepción en comparación con sus personajes habituales, y hasta llega a hacerse amargos reproches a sí mismo. Tuvo que tener mucho cuajo para aceptar un guión que se burla doblemente de los chicles de sus propias películas y también de la vacuidad del actor que las protagoniza, todo ello sin que cesen jamás las sorpresas y el movimiento. Aparecen Anthony Quinn y F. Murray Abraham (que, como todos sabemos, mató a Mozart…), e incluso el propio Sylvester Stallone en efigie. Aparecen también Hamlet, en un contraste impagable entre el teatro clásico y el cine actual, y la Muerte que juega al ajedrez en El séptimo sello de Bergman, encarnada esta vez por Ian McKellen. Precisamente es la Muerte quien pronuncia la frase más adulta del film, aquella que se sobrepone al espectáculo y lo relativiza por completo, banalizándolo; dice algo así como “yo no soy un personaje de ficción…” Este es, nada menos, el nivel de la película. Schwarzenegger ni siquiera tiene que fingir ser buen actor, puesto que justamente su papel es el de actor de producto netamente comercial. Y sin embargo hay alguna secuencia en que su personaje muestra una debilidad hamletiana, toda la que puede caber en una película de acción. Se pregunta por qué hace lo que hace, y también por qué ello le aboca a dolores y tristezas de género negro que ni ha buscado ni desea. El villano de la historia no es menos interesante, ya que es el hombre que se da cuenta de la más abismal de las verdades, aquella que hasta los niños conocen, pero que todos evitamos admitir: que en el mundo real pocas veces vence la virtud, y que fuera del cine o la literatura de segunda los malos son lo que ganan siempre. Quizá por eso vemos películas tan sencillas, tan poco serias y tan poco cultas como las que nos propone el cine de acción…

 

 

Pues bien, toda esta reflexión meta-ficcional atravesando una película entretenida y llena de chistes fue un total fracaso de taquilla y crítica, quizá el único fracaso de Schwarzenegger en aquellos años. Y yo realmente me pregunto el porqué. ¿Castigaron a Arnie por pasarse de listo? ¿Demasiados niveles de lectura? ¿Esperaban enseguida un “Terminator 3”? (que luego, por cierto, se produjo y fue un fiasco, pero no de recaudación). Tal vez, sencillamente, la gente no va al cine a ver una de Schwarzenegger para salir luego pensando que pudiera ser que la vida sea una mierda. Y al contrario: un crítico despistado va al cine a ver una película sobre que la vida quizá sea un asco y se encuentre una de Schwarzenegger tampoco es de recibo. Algo así. Porque la película es ambas cosas, filosófica y espectacular, y al serlas, probablemente genere una colisión de expectativas inevitable. No ocurre lo mismo, por ejemplo, con dos películas bastante buenas de esos mismos tiempos donde también se discutía la Utopía: El bosque y El show de Truman. Las dos son perfectamente serias, y abordan su tema didácticamente, queriendo enseñar algo al espectador, un espectador, sin duda, plenamente adulto. El último gran héroe, en cambio, tenía ese carácter fronterizo de historia que lo quiere todo, pero finalmente no se decide por nada. Se diría su tragedia artística fue que de tanto querer gustar a todos, terminó por no gustar a nadie…

 

 

No obstante, la idea de “El último gran héroe” me recuerda a una película que vi de niño y que me impresionó mucho, aunque nunca he conseguido recuperar ni la referencia ni pista alguna acerca de ella. Trataba de un productor de cine de Hollywood que es ya muy rico pero que no encuentra nada nuevo que ofrecer a su público, y entonces decide disfrazarse de mendigo y echarse a la carretera a buscar historias de la gente de verdad. No recuerdo cómo, termina preso en una penitenciaría, y allí hace el gran descubrimiento de su vida: las películas que los demás presos, personas pobres y analfabetas, ven para aliviar su sufrimiento son películas de risa, comedias, o de acción y aventuras. Así que el productor vuelve a sus estudios entusiasmado y comienza a emplear su dinero en rodar ese tipo de películas, que son las que alegran a la gente. Entiende que la función del arte no es epatar al burgués o dar que pensar al acomodado, que de todas maneras lo van a olvidar al instante siguiente. La función del arte es hacer soñar a los pobres, a los trabajadores, justamente lo que siempre ha caracterizado a Hollywood. Es posible que eso designe para el arte un papel alienador, puesto que clava a las personas a su puesto de trabajo e impide que tomen conciencia de la injusticia de su situación. Pero también sucede al revés: esas mismas personas ven representada en la sala de cine una vida mejor, más libre que la suya, de modo que piensan que existe, que tal vez sea posible aunque a ellos no les haya tocado. No lo sé, lo que sí sé es que yo personalmente prefiero esa cosa de Schwarzenegger que pasó sin pena ni gloria a la filmografía completa de, por ejemplo (genio e idiota, como decía de él David Foster Wallace), David Lynch.

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