Verano-Otoño de 1936

Juan Benet, mantiene en Otoño en Madrid hacia 1950, que lo más característico de la larga posguerra española, más allá del cuerpo entero y marcial de la dictadura misma, no fue tanto el hambre padecida en esos años aristados, como el frío intenso y sostenido que asolaba las casas, hogares y viviendas. De ello da cuenta en algún ejercicio de memorialismo, en las largas sesiones de clases particulares de matemáticas, mientras preparaba el ingreso a la Escuela de Caminos. Largos abrigos de pesado paño, estameñas por doquier, mitones, redingotes enormes, bufandas sobradas, guantes para todo, manoplas de borra, braseros insuficientes, chubesquis atufados y un raro vaho al expirar y estornudar. Por más que quieran hacernos creer lo contrario, los primeros meses de la Guerra Civil española, desatada el 17 de julio en las guarniciones norteafricanas, estuvieron presididos por un calor infernal, propio de la torridez de un Sur acrecentado y sublevado. Un Sur que empujando desde el cuello del estrecho, desde Cádiz primero, luego desde Sevilla, llegaría como una lengua acalorada e hirviente a Extremadura y a los flancos de la Meseta Sur a través del valle de Tajo con  Yagüe como remero, vía Talavera de la Reina, Maqueda y Toledo, finalmente el 27 de septiembre, día de la liberación del Alcázar. 

Primero el Guadalquivir, y luego el Guadiana, como hiciera Yagüe, que se desplaza sinuoso en sentido inverso, como un raro ejemplar piscícola de cuerpo armado que avanza en sentido contrario al avance de las aguas, cual salmón fluvial: desde Sevilla a Badajoz, desde Badajoz a Maqueda, para desviarse luego a Toledo, exhausto por el secarral estival.  Si no entendió el desvío de Maqueda, más le sorprendería el plante de Leganés. Más pendiente, por ello, de la profundidad del cambio que supone la reunión de Leganés del 23 de noviembre, en que se suspende el acoso y asedio de Madrid y se adoptan otras decisiones cruciales para los años venideros y para la guerra en curso. 

De tal suerte que de Leganés y de sus planes militares, que se improvisan y se trucan, se extrae la conclusión de que Francisco Franco, ya exaltado a la Alta Magistratura del Estado como Jefe de Gobierno del Estado, a lo largo del mes de septiembre, en Salamanca,  “desistió del ataque frontal a Madrid, a la ocupación de la capital y a la rápida terminación de la campaña para transformarla en una larga guerra de desgaste, atrición y aniquilamiento”. Desistió también, de tomar café, junto a Mola, en alguna terraza, como la del Café Molinero de la calle de Alcalá, el día 7 de noviembre, como se había anunciado desde las emisoras de radio que cubrían el territorio sublevado. Desistió, pues, de enjaezar el caballo blanco, que atienden y cuidan en las caballerizas próximas de la Casa de Campo, manos hábiles de la vieja caballería, preparando su entrada auroral en la capital; como un nuevo Santiago Liberador de la renacida España inmortal.

General Varela (en el centro) y Franco en el Alcazar de Toledo

Por eso parece rara la apuesta climática de Alejandro Amenábar en su película Mientras dure la guerra. Donde indaga, con sobriedad y mesura, en los últimos meses del rector salmantino Miguel de Unamuno, los transcurridos entre la sublevación africana y los hechos complicados y reconocidos del Rectorado en la celebración del día de la Raza, el 12 de octubre de 1936; y en los primeros momentos de gloria del general Franco –Franquito, cuquito va lo suyito–, a partir de unos ejercicios de funambulismo político-militar, sostenido en el aeródromo de San Fernando, cerca de Salamanca –Terminus, como posición en clave dice Benet en sus escritos precisos de la Guerra Civil– apoyado por su hermano Nicolás y por su fiel servidor Millán-Astray, capaces de voltear la voluntad resistente del general más antiguo, Cabanellas, reunidos días después en Burgos con la Junta de Defensa. Con la nota intermedia y anticipada, ejecutada falsamente en Cáceres, de sustituir la bandera republicana, por la bicolor de la monarquía. Cuando bien sabemos que esos movimientos tuvieron lugar, con disgusto previo de Queipo de Llano, en el balcón del Ayuntamiento de Sevilla el 15 de agosto de 1936. Cuando Franco le brinda, como una deferencia tramposa,  la oportunidad de arriar la bandera republicana; que aún ondeaba en el mástil de la balconada municipal, un mes más tarde del levantamiento africano y que sería sustituida por la bandera bicolor. Franco que viene de dormir en el Palacio de Yanduri y que se apresta a llegar a Burgos, previa estancia en Cáceres, para concluir victorioso en la Salamanca simbólica de Unamuno atrapado en sus contradicciones y pesares.

Unos meses los transcurridos entre julio y octubre de 1936, en pleno verano castellano del Norte, que nos son presentados premonitoriamente bajo ropajes rigurosos, plomizos y pardos del otoño avanzado y severo, y aún de las vísperas del invierno interminable de la guerra en ciernes. Aunque bien cierto es que la consideración de guerra no se sostuvo en los primeros compases derivados del Pronunciamiento, que se consideraba duraría unas semanas, unos meses a lo sumo, hasta que el Gobierno del Frente Popular acordara alguna medida que fuera aceptada por los levantiscos militares. Habrá, por ello que esperar al citado 23 de noviembre para considerar que aquello, la sublevación africana y las distintas adhesiones en plazas de mayoría conservadora, había pasado a ser una Guerra Civil, con apoyos internacionales para los sublevados y con unas milicias populares tan mal armadas como ineficientes en el campo de batalla. Más aún dicha fecha del 23 de noviembre, con la renuncia de Leganés a asaltar Madrid para acabar los efectos bélicos de los tres meses transcurridos, es vista por Benet como el auténtico comienzo de la guerra civil misma. Ya que lo acontecido desde el 17 de julio hasta ese momento de la otoñada fulgurante, más había sido un combate que una guerra. Palabras que coinciden con lo manifestado en Valencia el 15 de noviembre por Largo Caballero, presidente del Consejo de Ministros. “La guerra comienza ahora”; no antes, en el julio cálido y meridional de las aguas del estrecho gibraltareño, sino en el frio otoño madrileño. “Yo puedo asegurar que la guerra comienza  ahora, porque ahora es cuando el Gobierno del República dispone del material bélico necesario del que hasta el momento carecíamos”.

Salamanca, como toda la Meseta Norte, cuenta y contaba con veranos duros y prolongados propios de su orografía y de su clima continental. La sola salvedad de esa prisa por abrigarse y por utilizar, en el mes de octubre y aún antes de esa fecha, chimeneas encendidas y hogares humeantes es un testimonio anticipado y visionario del largo frío venidero. Que este frío presentido, de forma alternativa al primer calor del verano de 1936, aparezca reiterado en la película sería otro argumento climático central de ciertas desavenencias. No han sido tales sutilezas del clima cambiado y anticipado, las rastreadas por el diario ABC (1 de octubre ), en el recuento de lo que llama ‘errores históricos de Amenábar, que van desde la minucia del bigote de Franco (afeitado para evitar similitudes de quien reclama apoyos y ayuda: Adolf Hitler; y pudiera ser visto como una parodia sureña), hasta la catadura de José Millán Astraín (no tan torvo y pendenciero, dice el diario de Vocento, y aún estudioso, perfumado y formal)

Como si la acometida de la sublevación y del pronunciamiento en el Marruecos del protectorado español, que viene del Sur y que arrastra aires cálidos, se hubiera desparramado por la meseta y por los valles fluviales, como un soplo ardiente y ascendente, pero de un aire helado. De igual forma que los primeros años de la posguerra, estuvieron presididos no sólo por la hambruna del estraperlo, del pan negro y de la falta de jabón, sino por el citado frio aludido por Benet; los primeros días de la Guerra estuvieron enmarcados en un sostenido anticiclón que rubricaba de azul y de calor la incipiente sangre vertida. Luego con la duración extendida de las batallas y las venganzas, apareció el frío mitológico en la Batallas de Teruel y del Ebro, que quisieron conectarse con los encuentros venideros del frio de Stalingrado y de las tormentas de hielo. Pero todo eso aún estaba por llegar.

Como la rara conjunción, ochenta y tres años después, del traslado de Franco del Valle de los Caídos, del estreno de Mientras dure la guerra y de la muerte de Santos Juliá.

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1 Comentario

  • Vi anoche la película y me pareció compleja, verosímil y perturbadora, sobre todo porque revela los límites de los intelectuales aunque sean de gran altura para calibrar las situaciones sociales en que ya las armas determinantes no solo van a ser las ideas o las palabras más o menos abstractas o verdaderas o tremendistas que se escriben o se discuten en los cafés, sino los fusiles, las bombas y la propaganda sin escrúpulos de los hombres de acción que de pronto emergen de los sitios más insospechados. Cuando esa marea en una sociedad en crisis se pone en marcha puede pasar cualquier cosa y nadie está seguro, como Unamuno no lo estaba aunque creyera lo contrario, detrás de cualquier burladero de prestigio intelectual que no fuera seguir, al pie de la letra, la música de los que consiguen el nuevo poder sobre todo si su tentación totalitaria es mas que evidente.

    Reconozco que me había resistido a ir a verla porque estoy bastante harto del manoseo político actual de la guerra civil que no lleva más que a un enfrentamiento estéril y porque había leído entrevistas con el director que me parecían un poco delirantes como también se lo parecieron a Andres Trapiello que tanto contextualizó la figura de Unamuno en «Las Armas y las letras” y que ha escrito un magnífico artículo sobre él en las últimas semanas. Por suerte la obra a veces desborda y mejora las intenciones del autor.

    Pongo estas referencias a continuación.

    https://www.elmundo.es/cultura/cine/2019/09/21/5d8503e421efa03b5f8b463a.html

    http://hemeroflexia.blogspot.com/2019/10/con-la-pena-hemos-topado.html

    http://hemeroflexia.blogspot.com/2019/09/unamuno-agonia-y-contradiccion.html

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