Le Corbusier, casa Curutchet, La Plata, 1949

La Casa del doctor Pedro Domingo Curutchet (1901-1989), eminente cirujano argentino e inventor de importante material quirúrgico, fue diseñada por Le Corbusier en La Plata en 1949, y tiene muchas particularidades y conflictos. Entre otros, no menores, la de ser un reflejo preciso de la mentalidad de la segunda época de Le Corbusier, la que se extiende entre 1945, final de la Segunda Guerra Mundial y 1965 año de su muerte y propone la aplicación universal de su sistema métrico conocido como Modulor en trazados y composiciones.

Una época en la que Le Corbusier abandona cierto fundamentalismo estilístico del Purismo de los años 20-30 y adopta una actitud menos formalista y más sensible a las posibilidades expresivas de los materiales. De todo ese registro dan cuenta obras como la iglesia de Ronchamp, el convento de La Tourette o las actuaciones en Chardingah, en la India. Aunque haya quien formule la extrañeza de la Casa Curutchet, en la medida en que supone la introducción de un cuerpo extraño en la regularidad del tejido urbano de la ciudad de La Plata, jalonado de piezas historicistas y sin pretensiones de formular un manifiesto alternativo.

 

 

Le Corbusier había viajado a Argentina en los años treinta donde produce un esbozo de ordenación urbana de Buenos Aires y donde toma contacto con el arquitecto porteño Amancio Williams, quien a la postre sería el responsable del encargo de Curuchet, y responsable igualmente de la fase de ejecución constructiva, una vez que Le Corbusier remitió desde Paris los planos con algunas indicaciones para su desarrollo. Hay que hacer constar que ni Le Corbusier conoció a Curuchet, ni visitó el solar objeto del proyecto, sólo a través de las fotos remitidas por el médico. Aunque Williams no terminó su cometido, por diferencias con Curuchet, rematando la conclusión del proyecto los arquitectos argentinos Simón Ungar, Hugo Sarraillet y Alberto Valdez, que terminarían la obra en diciembre de 1955

Siempre quedará la duda de esa preferencia de Le Corbusier hacia el joven Williams, cuando en el entorno próximo de Buenos Aires trabajaban hombres como el español Antonio Bonet, o como los argentinos Ferrari Hardoy y Kurchmann, que habían pasado por su estudio parisino. Pero la ejecución constructiva fue más una tarea del médico Curutchet que del arquitecto Williams, a pesar de que Williams llega a elaborar 210 planos frente a los 16 remitidos por Le Corbusier.

 

Una relación complicada a tres partes (Le Corbusier, Williams y Curuchet) que incluso se llenó de malentendidos, por lo que Williams renunció a dirigirla en septiembre de 1951, terminada la estructura y Curutchet habitó poco tiempo en la casa tan soñada en un principio. Ese carácter fuerte de Curutchet se desprende de lo anotado en unos textos memorialísticos de 1978 donde fija que: “Lo mío, mis estudios, son de estructura y de forma aplicados al diseño del instrumental quirúrgico. Mi vocación es esa, fíjese que yo he hecho una cosa que es pariente de la arquitectura. Funcionalismo, forma, estructura, tienen elementos básicos de la arquitectura. Quizás en mi había un arquitecto frustrado, o había una segunda vocación”.

El arquitecto suizo proyectó la vivienda en un terreno de 180 m², entre medianeras, sin dejar de tener en cuenta el entorno de la ciudad y la cercanía de su bosque y aplicando la coordinación dimensional derivada de su citado sistema Modulor. Así le hace saber a Curutchet. “Todo el proyecto se establece por medio del Modulor del cual el Sr. Amancio Williams podrá comentarle. Se trata de un sistema de medidas armónicas que hemos creado aquí hace más de siete años y que aplicamos en nuestros proyectos”. Más aún, Le Corbusier notifica al comitente Curutchet que: “Me complace realizar este trabajo porque su problema es el típico de una pequeña casa que siempre ha suscitado todo mi interés. Su programa, la casa de un médico, es extremadamente atractivo desde el punto de vista social. Estoy interesado en la idea de hacer de su casa una pequeña construcción doméstica como una obra maestra de simplicidad, funcionalidad y armonía”. A lo que Curutchet responde. “Respeto su máxima libertad de composición. Quiero agregar que el solo anuncio de que un maestro de su importancia proyectará mi casa ha producido un enorme interés y expectativa entre la gente culta y el ambiente intelectual de la Plata”. Respuesta que amplia, una vez recibido el envío de los 16 planos desde París: “Se que esta obra quedará como una lección de arte contemporáneo, del arte suyo, de vanguardia, del original espíritu creador. Mi deber será que todos aprovechen esa lección, en beneficio de su propia cultura y en reconocimiento al gran maestro…pero después de esta primera impresión miro, y en cada detalle descubro un nuevo interés, un nuevo espejo de diáfana belleza intelectual. Desde ahora comprendo que viviré una nueva vida, y más adelante espero asimilar plenamente la sustancia artística de esta joya arquitectónica que usted ha creado”.

 

 

La construcción constituye un curioso y logrado ejemplo desde el punto de vista plástico de adaptación de los principios característicos de la arquitectura doméstica de Le Corbusier a las particularidades del contexto urbano de una ciudad argentina. En este caso dichas particularidades se centran esencialmente en dos temas: En primer lugar, en la construcción de una vivienda unifamiliar en un terreno de dimensiones limitadas entre medianeras, circunstancia inédita en la producción anterior del autor, lo que determina una vivienda de una sola fachada, al quedar las restantes ocluidas en las medianeras y en la parte posterior. Y en segundo lugar en el hecho de que como consecuencia de la estructuración urbana de la ciudad de La Plata, trazada en 1880 por Pedro Benoit para ser la capital de la provincia de Buenos Aires, según criterios higienistas con amplias avenidas diagonales, el eje longitudinal de la parcela comprada por Curuchet, cerca del Gran Parque del Bosque, tenga una inclinación cercana a los 45° con respecto a la línea exterior de la parcela.

Le Corbusier, enfrentado a estos dos hechos, respondió a ellos con notable destreza, vinculando dicha respuesta en su propio interés. Consistente en dividir el programa funcional de la vivienda en dos bloques diferenciados. El primero de ellos, contiene en el primer piso los consultorios y espacios de trabajo de Curutchet, y en el segundo piso la terraza jardín que adopta la línea municipal, respetando la continuidad de fachada de la manzana y absorbiendo en su materialidad la divergencia angular mencionada. La consolidación de este frente está acentuada por la prolongación del parasol hacia arriba, que enmarca virtualmente el frente de la terraza, y por el techo de ésta en doble altura, apoyado contra el lindero más alto. En el bloque posterior está dispuesta enteramente la vivienda que se articula en torno al patio central.

 

 

En 1926 Le Corbusier había determinado los llamados Cinco puntos de una nueva arquitectura, que en alguna medida se visibilizan en esta obra argentina. A saber: La planta libre, La terraza-jardín, el edificio sobre pilotis, la ventana longitudinal y, finalmente, la fachada libre: El diseño del alzado exterior es uno de los puntos destacados del proyecto, al resumir el proceso compositivo del enfoque pictórico purista.

La otra historia final que no podemos olvidar, por su relevancia, es la de los desencuentros e insatisfacciones que llevan a Curutchet a abandonar la casa a los pocos años de su ocupación, y posteriormente mantenerla cerrada durante veinte años y sólo reabrirla para visitas en 1982, hasta que en 1987 se declara Monumento Nacional, tras la restauración del año anterior. Curutchet había pasado de la alabanza inicial (“Después de haber superado obstáculos de todo género, la obra se hace y probablemente antes de marzo esté terminada.  A medida que la obra toma cuerpo y podemos apreciar su genial concepción, la comprendemos mejor como una música profunda cuando se escucha varias veces”), al desapego final (“Prefiero no hablar de la construcción de la casa de Le Corbusier, que salvo rarísimas y muy honrosas excepciones es para olvidar, pues va de la desesperación al infarto. La casa se hizo, no la hice, la hicieron…”). Incluso: “…la obra es visitada por estudiantes y profesionales de todo el mundo. Esta es ‘la casa de Le Corbusier’ y me honra ser su propietario. Así lo digo y quiero que se repita. Usted puede hacer cualquier indicación que será cumplida y agradecida. Es y seguirá siendo su casa”. Pero no la de Curutchet.

 

 

De todo ello da cuenta la afirmación de Curutchet, al decir.  “La casa a mí me gustó mucho, pero si una crítica se le podría hacer es el exceso de luz: la luz me gobierna, yo no la gobierno. Oscurecer las habitaciones es un trabajo de locos. Yo quiero mucho el descanso y un descanso total no se puede tener si está vibrando la luz”. Extremos coincidentes con lo señalado por su hija Leonor: “Otro problema era la falta de intimidad: mi padre hizo colocar gruesos cortinajes…A mi padre le gustaba, entre otras cosas, la prolongación que se producía desde la casa al exterior, hacia una hermosa plaza arbolada y el bosque de La Plata. Lo que menos le gustaba era el sol y el calor que en verano eran intolerables.  La luz entraba a raudales. A mí me molestaba mucho y para dormir tenía que cubrir mis ojos”. Algo parecido declaraba su nieto, José Goggi: “Mi abuelo se levantaba, trabajaba en el consultorio hasta el mediodía y después gustaba de dormir la siesta. Para eso se ataba un pañuelo en los ojos, porque en la casa, toda vidriada, no se podían tener ambientes oscuros de día. Mi tía hacía lo mismo. Ese problema y el de la temperatura (en verano el vidrio transmitía el calor y en invierno el frío) hicieron que la familia eligiera vivir en el lugar solo en otoño y en primavera”.

Razones que son incluidas por Juan José Sebrelli en su libro El mito de la vanguardia, para tratar de desmontar cierta dogmática moderna producida desde las Vanguardias europeas, más atentas a las Ideas Puristas que a la Realidad diversa. Una obra espléndida pero de difícil habitación, por lo que su destino fue otro.La casa Curutchet es el principal escenario de la película argentina El hombre de al lado, protagonizada por Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz. Y 2016 es declarada Patrimonio de la humanidad y desde 2005 convertida en sede del Colegio de arquitectos de la provincia de La Plata.

 

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13 Comentarios

  • Ese debate de sobre a qué debe de atender un arquitecto cuando un cliente le encarga una casa me parece muy interesante. Probablemente siempre haya existido una tensión entre los gustos del cliente y los del arquitecto pero creo que, desde las vanguardias, esto se agudizó mucho.

    Roto el canon de belleza ligado a la decoración externa tradicional los presupuestos del funcionalismo se basaban en la creencia de que si un edificio se proyecta para que responda a sus fines peculiares inevitablemente mostraría una forma bella en sí misma. O al menos la funcionalidad interna compensaría la falta de decoración de la fachada o quizá, incluso su fealdad.

    Pero ¿que ocurre cuando alguien encarga una casa, se imponen los criterios del arquitecto basado en unos argumentos teóricos que parecen indiscutibles (o no se es auténticamente moderno o vanguardista) y al final la casa es invivible para el cliente? Incluso cuando es una casa tan atractiva estéticamente como la casa Farnsworth. http://hyperbole.es/2016/03/mies-van-der-rohe-en-illinois-casa-farnsworth-1951/

    Veo el vídeo de la casa Curutchet y me parece que ha envejecido mal, que los espacios parecen fríos y que los materiales no han resistido bien el paso del tiempo. Y comprendo la frustración de ese hombre. Aunque el arquitecto fuera el gran Le Corbusier.

    Por supuesto me interesa mucho tu opinión, que has debido enfrentarte muchas veces a este dilema a lo largo de tu vida profesional y que quizá has debido ir modulando tu forma de verlo con el tiempo.

  • Planteas tres cuestiones encadenadas y casi superpuestas. La primera es la cuestión de quién es un edificio, ¿del arquitecto o del promotor? Ocurre aquí algo parecido al cine clásico y al debate de productor con el director. ¿De quien es la película? Piensa que lo del director es la estrella es un invento de la revista francesa Cahiers de Cinema de finales de los 50; antes de ello, las películas eran enteramente de la Fox, de la Wagner o de la Paramount. Después aparecieron los autores de la mano de los críticos. El estrellato de la arquitectura es en buena medida una elaboración del siglo XX, en paralelo a las teorías románticas de la autoría y de la individualidad creativa, cuando la construcción y la arquitectura es un trabajo colectivo y social. Por ello, sostiene Moneo que un arquitecto no es dueño de un edificio, como un poeta si lo es de su poema. No se proyecta ni se construye para sí mismo. Y esta es la gran diferencia entre el poema o la nivela y un edificio.
    Y ese papel de la autoría pronunciada se subraya con las Vanguardias del siglo XX y su papel social, que sería la segunda cuestión que planteas. No todo lo predicado por los movimientos visionarios y rompedores del pasado siglo tuvo que ver con lo tenido como común, ni con atributos de la belleza. En esos años 20-30 se produjo una escisión entre el pasado y el futuro. El Movimiento Moderno, por ejemplo, se tuvo siempre como ahistoricista, no quiso saber nada del pasado y todo lo fió a una profecía visionaria de un futuro maquinista e incomprensible. Y a veces catastrófica. En ese sentido Pedro Azada mantiene la tesis de la fealdad del arte moderno. O el mismo Azúa habla del acabamiento de las artes.
    Y aquí enlazaríamos con la tercera de las cuestiones, de cierta endeblez constructiva en las obras de Le Corbusier. Cosa que aparece en la Villa Savoye, ya vista aquí, en la casa La Roche donde está la Fundación LC, o en esta de La Plata que comentamos. Prevalecía más la fascinación por la idea formal que por su materialidad constructiva. Otra paradoja moderna. Lo contrario que en Mies Van der Rohe y su obsesión constructiva o en Adolf Loos y su grado de acabado cerca del refinamiento de la Sezession. He abreviado mucho, solo son pinceladas que dejan en evidencia la complejidad de lo construido y la dificultad de sus decisiones. Por eso lo recomendado por Cruz&Ortiz, para que haya una buena obra hace falta un buen programa, un buen cliente y un buen proyecto. Mi experiencia personal es solo una nota a pie de pagina de lo comentado. Trabajas en y para una sociedad que no siempre te entiende y por ello te puede penalizar con el olvido.

  • Otra posible respuesta a la pregunta de Ramón, esta vez proveniente de un lego.

    Yo construyo. Esta proposición es semejante al “Yo pienso” de Kant, y define igualmente la clave de bóveda de la modernidad, en este caso en arquitectura. No se puede responder a la pregunta de quién construye, quién piensa: la única respuesta es todos y nadie, el ser humano en general. “Yo pienso” es la pura función de pensar que organiza el conocimiento, yo construyo en la pura función de edificar que organizar la habitabilidad. Como puras funciones, se imponen a todo ser humano empírico posible, que debe aceptar la legislación racional del conocimiento y de la habitabilidad, respectivamente, puesto que nacen de él mismo en un plano trascendental. Así es como lo entiende el funcionalismo y el international style, kantianamente, en mi opinión, por eso es tan difícil establecer quién es el autor a diferencias del promotor o el dueño, no hay autor, el autor es la Razón. Sin embargo, allá en los años setenta, en un pueblo norteamericano de cuyo nombre no puedo acordarme, todo un diseño de viviendas adosadas fue prácticamente regalado a unos afortunados inquilinos a modo de experimento. Las casas tenían todo lo que racionalmente se podía tener en orden a satisfacer las necesidades y deseos humanos, pero en abstracto. Pues bien, parece que en pocos meses todas fueron abandonadas. La gente se encontraba extraña en aquellas viviendas, no podía expresar su gusto particular, encontraban todo demasiado uniforme. Hay quien opina que aquel día exacto comenzó la Posmodernidad, que es un pensamiento de inspiración arquitectónica. Resulta que el Yo Trascendental es inhabitable, invivible, que vale para todos en general y por ello precisamente para nadie en particular. Aquellas personas querían vivir según sus preferencias, conforme a sus tradiciones, y preferencias y tradiciones son ya en el mundo contemporáneo híbridas, multiformes, contaminadas, plurales, de manera que adiós al estilo internacional.

    “¿Qué ocurre cuando alguien encarga una casa, se imponen los criterios del arquitecto basado en unos argumentos teóricos que parecen indiscutibles (o no se es auténticamente moderno o vanguardista) y al final la casa es invivible para el cliente?”, pregunta Ramón. Yo creo, con el permiso de Jose, que lo que ocurre, y de hecho ha ocurrido ya, es la Posmodernidad.

  • Entre la Autogestión edilicia y la Programación de los Planes quinquenales no sé si hay espacio para el debate. La tesis de Oscar, Yo construyo, linda con la del Buen Salvaje y con la Casa De Adan. Todos maestros constructores. Pero construir ¿es igual que hablar? Aunque cada vez se hable menos. De ello, de la simplificación constructiva, en los sesenta se organizó la exposición Arquitectura sin Arquitectos, que no admitió réplicas. Algo parecido ocurre cuando hablamos de la arquitectura popular, ya hoy falsamente popular, como venero de virtudes existenciales. Frente al otoño implacable de la producción inmobiliaria, la Primavera floral de las revistas de decoración. Pero ¿donde mora la arquitectura? ¿Cual es el lugar del lenguaje?

  • Pero ocurre que un edificio o una casa no es solo un discurso teórico que puede revolotear por el aire mucho tiempo hasta llegar al cuadrado blanco sobre fondo blanco o al urinario de Duchamp. Si todo es arte, si todos somos artistas, si todo es colectivo, creo yo que el arte se esfuma y se banaliza, por muy brillante que sea el aparato teórico o filosófico que lo sustente. Ocurre además que, en las vanguardias, al fondo latía el impulso revolucionario de acabar con el mundo burgués y su concepto de la belleza. Lo que adquiría tintes moralistas respecto a la aceptación o no de las nuevas formas y ponía bajo sospecha el gusto del cliente que siempre podía tacharse de pequeño burgués o al menos de “no entendido” o “no suficientemente moderno”.

    Sin embargo, volviendo a la arquitectura, para mi hay algo también evidente. Con los mismos presupuestos teóricos que se han generado edificios inhabitables o de estética cuestionable, se han construido casas magníficas (algunas de las que hemos publicado aqui) que crean auténticos universos nuevos y abren nuevas posibilidades a la vida, además de ser confortables e incorporar técnicas o materiales de construcción realmente innovadores. Es decir se crea otra forma de belleza que depende de la capacidad y el gusto del arquitecto y de la interacción con los clientes.

    Me resultó fascinante visitar los rascacielos de Nueva York, el Chrysler por ejemplo, o el museo Guggenhein, donde el edificio es una obra magnífica, por la que parece no haber pasado el tiempo, que aportaba intensidad a la experiencia de contemplar las pinturas, probablemente el objetivo que perseguía Frank Lloyd Wrigh y los que se lo encargaron.

    El Dr. Corotchet quizá solo pretendía hacerse una casa moderna, confortable y bella, y buscó un buen arquitecto para que se la diseñara. No tengo duda de la importancia del arquitecto, de la complejidad de ese oficio que tiene una historia muy larga, que no puede ser improvisada por cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que, además de la estética, un edificio contiene cálculos y técnicas constructivas, de las que depende que se tenga en pie, que son difíciles de aprender y no están al alcance de cualquiera. Pero quizá Le Corbusier, desde demasiado lejos o en una determinada fase profesional, no tuvo en cuenta cosas tan elementales como que ese hombre tenía que echarse la siesta, no pasar frío en invierno o tener intimidad.

    Tengo la sensación de que, a veces, la arquitectura moderna ha olvidado que un edificio no es solo un proyecto más o menos novedoso o interesante, o un discurso teórico en el que dejarse llevar. Al final siempre hay una obra, un edificio, un barrio, donde se puede vivir mejor o peor, que es más o menos habitable o bello, que tiene que durar en el tiempo sin degradarse. Porque la idea de belleza no ha desaparecido aunque haya podido transmutarse o incluir formas nuevas. Y puede disfrutarse en sus muchas posibilidades para mejorar la experiencia de la vida. Lo que al final depende de los arquitectos, de su talento, de su sensibilidad y también de su capacidad de conseguir financiación y negociar con los clientes, de las expectativas sociales. Lo que es una tarea realmente fabulosa que precisa mucha energía, sin duda.

  • Exacto. Pero también depende de un plexo de creencias, o, en este caso, de no-creencias: ya no creemos en el trazado universal-racional de la habitabilidad.

  • Oscar, según Charles Jencks, teórico del Postmoderno y autor de algunos libros sobre su conceptualizacion, el día que marca el final de la Arquitectura Moderna fue el 16 de marzo de 1972. Muerto Le Corbusier en 1965 y Mies van der Rohe en 1969, podía echarse el telón y proclamar el final de fiesta. Fecha, la citada, de la demolición del complejo Pruitt-Igoe en Sant Louis, Missouri, obra de Minoru Yamasaki y autor más tarde, del World Trade Center. Dos años antes de tu celebración en Wisconsin de 1974. El apogeo del mal posmoderno se produjo con pompa en la Bienal de Venecia de 1980.
    Por otra parte, Ramón, las Vanguardias radicales no solo quisieron ser ahistoricas, sino también antihumanisticas. Otra cosa es saber qué consiguieron. Coinciden esos años convulsos con el porvenir de la ilusión de la Revolucion cultural china en 1968, con el final de la última vanguardia, la Internacional Situacionista y con el cierre utópico del mayo francés.

  • Sin querer hemos llegado al Mayo del 68 del que este año se cumplen 50 años. Creo que deberiamos ir pensando es escribir algunas perspectivas, pasado el tiempo. Estais emplazados, jajajajjajaj

  • Yo ni siquiera había nacido, y para mi ese es el año de White Light /White Heat y el blanco de los Beatles, así que apenas te sirvo…

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