Olga Knipper y Anton Chejov, un amor en la distancia

Olga entonces, aquella tarde del 9 de Septiembre de 1898, justo antes de conocerlo personalmente.  Lo cuenta Irène Némirovsky en “La dramática vida de Antón Chejov”. El recién fundado Teatro Artístico de Moscú, con Stanislavski de escenógrafo, ensayaba “La Gaviota”  en una sala lóbrega y fría del Ermitage. El autor los miraba tras sus quevedos, pellizcándose la barba, con aprensión, con dudas, aterido. Aún no había olvidado el fracaso de la obra en San Petersburgo, hacia solo dos años. Tampoco le terminaba de convencer  la protagonista ni la puesta en escena. Pero sí se fijó en ella, que hacía un papel secundario,  el de la actriz Arcadina, una mujer coqueta y vanidosa pero también tierna y triste. Luego los actores se acercaron a conocerlo, muchos lo admiraban porque era un escritor muy famoso, también Olga: “Cómo me estremecí al escuchar que el autor acudiría a la representación de esa tarde” le escribió luego. “Nos atrapó a todos de repente con el encanto de su personalidad, de su sencillez, de su escasa habilidad para enseñar, para mostrar…Cuando se le hacía una pregunta, Antón contestaba de manera afirmativa, como dejándolo de lado, y nosotros no sabíamos como tomar esas observaciones, si en serio o en broma…

 La volvió a ver días después, en el ensayo de “El zar Fedro” un drama de Tolstoi. Ella representaba el papel de la zarina Irene. No solo le pareció bella sino llena de un talento singular en el que creyó vislumbrar un carácter noble y vigoroso a través de su voz, de sus gestos. Le preguntaron qué opinaba de la obra. Respondió que le agradaba sobre todo esa actriz, tanto que quizá si se quedara en Moscú se enamoraría de ella…pero tenía que irse al día siguiente…

 

 

Y es que Anton Chejov a los 38 años era ya un hombre muy enfermo. Llevaba 14 años padeciendo una tuberculosis que lo debilitaba paulatinamente y que también marcaba su sensibilidad y su actitud ante la vida. Acababa de comprar una casa en Yalta porque ya no soportaba los inviernos de Moscú pero allí se sentía solo, muy lejos del mundo del teatro, de las bambalinas, las conversaciones y las fiestas que tanto amaba. Nunca se había casado aunque había tenido varios amores y gustaba a las mujeres. Cultivaba una imagen amable, algo distante y fría, frágil y burlona. Como quien precisa protegerse ante la realidad del mundo al que sin embargo no se resignaba. Desconfiaba del matrimonio quizá por lo que podía suponer de pérdida de libertad y de conflictos (esos que trasluce en “La Dama del perrito” que  escribió en 1899)  pero probablemente también por las dudas que tenía sobre su salud. “Quiero casarme -escribió a un amigo-pero dadme una esposa que, como la luna, no esté siempre en mi horizonte. Ella en Moscú y yo en el campo.” Una profecía que se terminó cumpliendo y con la que tuvo la oportunidad de estar a la altura.

Olga Knipper a sus treinta años estaba a punto de conseguir lo que siempre había soñado. Había logrado entrar en la que sería la compañía de teatro más importante de Rusia y pronto sería su gran estrella. Toda su vida había querido ser actriz, desde que jugaba a hacer teatro en “la loca familia Knipper” como la calificó Máximo Gorki. Su padre, ingeniero, murió pronto y creció en una gran familia culta, donde su madre daba clase de canto y sus tíos y primos  recitaban, discutían con vigor sobre cualquier cosa, tocaban el piano o bailaban. Algo que recuerda a aquellas escenas de “Quemados por el sol” la gran película de Nikita Mijalkov.

 

“La gaviota” se estrenó con éxito en Moscú, donde Olga actuó, en la primera función, con una fiebre alta por una bronquitis, el 17 de Noviembre de 1898. Pero hasta la primavera de 1899 no volvió Chejov a Moscú. Representaron la obra para él solo y Olga ya había conocido a una hermana, Masha Chejov, lo suficiente para ser invitada a la casa familiar de Melilkhovo a pasar unos días. La relación se había iniciado.

No es difícil imaginar lo que representaba Olga para él. La juventud, la belleza, la alegría, el vigor, la fuerza de la vida cuando, quizá, ya había pensado en el adiós a todo eso. Pero también la intimidad con una interlocutora a su nivel con la que podía hablar de cosas trascendentes para los dos. La creación, la ambición de ser lo que se quiere ser, la incertidumbre de los artistas, el teatro, lo “mondaine“, las renuncias que  se está dispuesto a hacer o a no hacer para perseguir lo que se quiere.  De pronto un sueño se hacía realidad para un escritor como él en una situación como la suya. Ella lo amaba. Quizá por lo que representaba, por la calidad de la voz que emanaba de su literatura, por la sabiduría que le atribuía, por esos motivos misteriosos por los que la gente se desea, siempre un poco por sorpresa, de forma de algún modo involuntaria. Por esa burlona ternura con la que, al parecer, él la trataba. Quizá por su soledad y su tristeza.

 

 

Fue a verlo a Yalta y comenzó un periodo de seducción y dudas. Se amaban pero eran conscientes de que no podían vivir juntos. Ella quiere casarse. Él se resiste. Al fin le escribe: “Si me das tu palabra de que nadie en Moscú se enterará de nuestro matrimonio hasta que se haya realizado, me casaré contigo el día mismo de mi llegada, si quieres. Tengo un miedo espantoso de la boda, no sé por qué, y de las felicitaciones y de la copa de champaña que hay que tener en la mano, sonriendo vagamente”. Se casaron un mes después, el 25 de Mayo de 1901, en una pequeña iglesia de Moscú, solo con cuatro testigos. Partieron hacia Nijni-Novgorod, en las orillas del Volga. Pasaron la primavera en un sanatorio y terminaron en Yalta donde solo pudieron estar juntos hasta el otoño. La temporada de teatro comenzaba en Moscú y ella no estaba dispuesta a renunciar a eso.  “Sin trabajo me aburriría enormemente. Deambularía de un rincón a otro, irritada por todo. Perdí la costumbre de la vida ociosa y ya no soy tan jóven como para destruir en un segundo lo que obtuve con tanto trabajo.”

 

Chejov con su madre, con Olga y con su hermana Masha

Una vida de intimidad y distancia comenzaba para los dos, de anhelos y separaciones, de nostalgia y vanas esperanzas, quizá también de una extraña intensidad.  Chejov a veces se quejaba de su soledad, de sus condiciones domésticas, de su aburrimiento,  y no comprendía como ella podía entristecerse demasiado por lo que vivía en Moscú, donde lo tenía todo: el teatro y la vida de diversión y relaciones que conllevaba, la salud que a él le faltaba. Nunca había visto más nítidas las posibilidades de la vida que desde esa orilla oscura desde la que, sin embargo, trataba de comprender, de ser lúcido, de no caer en reproches o en una  amargura que entre ellos no hubiera tenido sentido. Las cosas eran como eran y no era mucho lo que se podía hacer. “Quisiera apasionadamente que mi mujer fuera solo mía. La extraño a ella y a Moscú, pero nada se puede hacer. Pienso en ti y te recuerdo casi a toda hora. Te quiero mi dulce amada”. Ella a veces se inunda de culpa  y se lo dice: “Quisiera estar contigo. Me maldigo por no haber abandonado la escena. Yo misma no comprendo lo que me sucede y esto me irrita…Me hace mal pensar que estás solo allá lejos, que estás triste, que te hastías, y que yo estoy ocupada aquí en una tarea efímera, en vez de entregarme por completo a nuestro amor.”

El, a pesar de su tos y de sus frecuentes hemoptisis, se refugia en la literatura y escribe, en esos años, sus mejores obras, creando papeles para ella. “Tio Vania”(1900), “Las dos hermanas”(1901) y “El jardín de los cerezos”(1904)  terminan  siendo grandes éxitos de público y crítica. Olga ya es una actriz muy reconocida y el Teatro Artístico uno de los más importantes del país. “El Teatro Artístico -escribió Gorki– es tan hermoso e importante como la Galería Tretiakov, como Vassili Blajenny, como todo lo mejor de Moscú.” Ella trata de comunicarle lo que vive en Moscú,  también para que lo viva él, aunque sea en la distancia. “!Si supieras como te envidio! ¡Envidio tu valor, tu frescura, tu salud, tu humor…! Vivo como un monje y solo pienso en tí…”le responde tras relatarle que se había acostado a las ocho de la mañana bailando y bebiendo.”

“El jardín de los cerezos” fue un triunfo y a él los médicos le dieron permiso para ir a Moscú. “Parecería –escribió Olga- que la suerte al fin hubiera decidido mimarlo y darle por una corta temporada todo lo que él quería…¡Moscú, el invierno y el teatro.” Aquella noche del 17 de enero de 1904 el público lo vio subir al escenario, débil y pálido, por sorpresa, al final de la representación. Los aplausos fueron atronadores y muy largos. Tuvieron que sacar un sillón para que se sentara. Celebraban en él no solo al Maupassant ruso, sino también al ser humano que había vivido con dignidad y valor. El que había ayudado a los campesinos durante las epidemias de Melikhovo, el que había ido a ver de cerca la situación de los presos de la isla de Sajalin, el que había renunciado a la Academia porque el zar había vetado a Gorki, el que caminaba por la tierra, como dijo éste, como un médico por un hospital:  “Hay muchos pacientes pero no hay medicinas y , además el médico no está seguro de que las medicinas sirvan para nada”. Él parecía contemplar al público ya desde muy lejos, pero se sintió feliz, igual que de los agasajos que vivió en los días siguientes.  Ese era su mundo y estaba dispuesto a disfrutarlo el tiempo que pudiera. A pesar de todo.

 

Olga y Knipper y Stanislavski

Al comienzo de verano partieron para Baden Willer, una estación termal alemana en la Selva Negra. Antes había pasado por Berlín, donde los médicos alemanes se dieron cuenta de que estaba muy grave. Puso el dinero que le debían a nombre de su mujer y se instalaron en un hotel agradable y luminoso rodeado de un hermoso jardín. A mediados de Julio se sintió peor. Al anochecer Olga se echó sobre un diván cerca de la cama y él comenzó a contarle una historia para distraerla, como solía hacer cada tarde. Le habló de una estación termal muy elegante, con muchos bañistas, sanos, ricos, ingleses y americanos sobre todo, amantes de la buena mesa. Todos vuelven al hotel hambrientos, después del baño,  soñando con la comida y encuentran que el cocinero se ha ido. ¿cómo reaccionaría esta gente feliz, mimada, ante este contratiempo. Olga lo escuchaba sonriendo cuando se quedó dormido. Algunas horas después despertó y le pidió que llamara a un médico, cosa que no había hecho nunca. Ella le rogó a un estudiante que vivía en el hotel que fuera a buscarlo, mientras rompía hielo para ponerlo en su corazón moribundo. “No se pone hielo en un corazón vacío” le dijo. El médico le puso una inyecciónn de aceite alcanforado que no sirvió para mucho. Trajeron champagne. “Antón Paulovich, escribió luego Olga, se sentó y gravemente, le dijo en voz alta, en alemán al doctor: “Ich sterbe (me muero). Después tomó la copa, se di la vuelta hacia mí y sonriendo con su maravillosa sonrisa dijo: hacía mucho que no tomaba Campagne; bebió todo tranquilamente hasta el fondo y se acostó suavemente sobre el costado izquierdo.”

Irene Nemirovki cuenta que “Una mariposa de noche, enorme y negra, entró en ese instante en el cuarto. Volaba de una pared a la otra, se golpeaba contra las lámparas encendidas, caía dolorosamente, las alas quemadas, y retomaba su vuelo ciego y fatal. Después encontró la ventana abierta , sobre la tibia noche oscura, y desapareció. Chejov, mientras tanto, había dejado de hablar de respirar, de vivir…” Olga viviría 54 años más,  siendo una diva del teatro y sobreviviendo en un siglo turbulento y cruel. Su sobrina Olga Chejova siguió su estela de actriz y vivió una vida tan fascinante que merece ser contada en otra ocasión en estas páginas …

 

 

“Recuerdo que papá comenzó a educarme cuando yo tenía cinco años, o, para decirlo más claro, a azotarme cuando sólo tenía cinco años. Me azotaba, me tiraba las orejas, me golpeaba en la cabeza, de modo que la primera pregunta que se me ocurría al despertarme en las mañanas era: ¿seré golpeado nuevamente hoy? Me prohibieron todo juego o diversión. Tenía que asistir en la mañana y en la tarde a los oficios religiosos, besar las manos de sacerdotes y de monjes, leer en casa los salmos… Cuando tuve ocho años, debía atender la tienda, trabajar como muchacho de mandados, todo lo cual afectó mi salud, pues me golpeaban casi a diario. Luego, cuando fui enviado a la escuela secundaria, estudiaba hasta la comida, y de ese momento en adelante, debía encargarme de la tienda.”

Antón Chejov

 

 Fragmentos de cartas 

Anton. 19/06/1999. Melijo

“(…) ¿Qué está sucediendo? ¿Donde se encuentra? Parece tan decidida a no mandarnos noticias sobre usted que ya comenzamos a especular que quizá nos haya olvidado y se casó con alguien en el Cáucaso. Si es así ¿de quien se trata? ¿Abandonará el teatro?
 
El escritor ha sido olvidado, ¡qué horror,, qué cruel, que despiadado!
Todos le envían saludos. No hay ninguna ninguna novedad. De hecho no hay ni moscas. Nada. Ni siquiera los terneros muerden.”
 
Olga. 22/06/1899.(Mtsjet)
“(…)Por favor, no piense que esto es solo una réplica a su carta. Hace mucho que le habría escrito pero he estado todo este tiempo con un estacado de ánimo tan asqueroso que no podría haber escrito ni una línea. Tan solo hace dos días cuando c9mence a volver en mi, empecé a sentir y entender la naturaleza. Hoy me he levantado a las seisy salí a deambular por la montaña y cogí por primera vez una cooptación de Tío Vania. Pero en cuanto me senté con el libro, disfrutando de la maravillosa mañana y la encantadora visión de las montañas cercanas y lejanas, me sentí animada, saludable y dichosa. Después me acerqué al correo, a por las revistas y las cartas, y recibí la suya pequeña que me hizo disfrutar tan terriblemente que incluso me reía alto. Y pensaba yo que el escritor Chejov se había olvidado de la actriz Knipper. ¿Así que de vez en cuando se acuerda? Se lo agradezco.”(…)
Olga 29/08/1899. Moscú.  (Tras estar juntos unos días)
“Sólo cuatro días desde que se fue y sin embargo yo ya quiero escribirle. ¿Es pronto? Ayer , sobre todo, me apetecía charlar con usted por carta, mi estado de ánimo era tan bueno: mi adorable velada de sábado, el tañido de las campanas que me sosiega. (Buah, es una alemana sensiblera, dirá, ¿verdad?, escuché con atención el repique del Monasterio de la Pasión sentada junto a usted; pensé en usted. Pero no me fue posible escribirle por la tarde: después del ensayo vino Vladimir Ivánovich ( Nemorovich-Danchenko) y se quedó bastante rato.
 
¡Sabrá, Antón Pavlovich querido, que he sido además elegida para el papel de Anna en Almas   Solitarias! ¡Se puede imaginar lo contenta que estoy!”
 
(…)” Me quede tan abatida con su marcha, tan afligida, que hubiera llorado todo el camino si Vishievski no hubiera estado allí haciéndome compañía. No pude conciliar el sueño pensando en el viaje con usted. ¿Se encuentra bien? ¿No se ha resfriado?Y sobre su compañía en el viaje ¿fue aceptable o agradable? Esas son algunas de las preguntas que me hacía. ¿Hallaré respuesta? ¿Le fue útil el pequeño hatillo de provisiones? ¿Probó los dulces?. Bueno no continuaré dando la murga. (…)
 
Antón 3/09/1899. Yalta
“Mi querida actriz, responderé a todas sus preguntas. Hice un buen viaje. Mis compañeros me cedieron la plaza de abajo; además en el compartimento solo estábamos dos: un joven armenio y yo. Bebí té varías veces al día., tres vasos cada una de las veces, con limón, despacio y sin ninguna prisa. Me comí todo lo que había en la cestilla. Pero me parece que cargar con la cestilla y correr por la estación, y correr por la estación en busca de agua hirviendo no queda en absoluto serio, le resta prestigio al Teatro del Arte.”(…)
 
(…) Apenas salgo al jardín, sino que me quedo en casa pensando en usted. Al pasar junto a Bajchisarai pensé en usted y me acorde de nuestro viaje. Mi querida, extraordinaria actriz, mujer notable, si supiera cuánto me ha alegrado su carta. Me inclino ante usted profundamente, tan profundamente que rozo con la frente el fondo de mi pozo, cavado ya hasta una profundidad de ocho sazhéns. Me he acostumbrado a usted y ahora me aburro. De ningún modo logró hacerme a la idea de no verla hasta primavera, me pongo rabioso.”(…)
 
(…) Vale. Estrechó y beso su mano. Páselo bien, sea alegre y feliz, trabaje, apasiónese, cante y, si es posible, no olvide al escritor, su profundo admirador.”
 
Olga. 10/09/1899. Moscú
“(…) Ayer hizo un año que nos conocimos, querido escritor. ¿Se acuerda usted en el club, en el previo de La Gaviota? Cómo me estremecí cuando escuché que el autor acudiría a la representación de esa tarde. ¿Lo comprende? Y ahora aquí estoy sentada y escribiendo a ese autor sin el más mínimo miedo, incluso contrario, sintiéndome bien. Hace un día magnífico hoy, cálido, despejado, si todo va bien iré a la ciudad, tomaré el aire, admirare el clima otoñal y disfrutaré del Bulevard Tverskoi de camino al teatro, que está preciosos ahora. ¡Oh, pobre de mí, como una ciudadana más!”(…)
Olga. 29/09/1899. 4 de la madrugada. Moscú
“No puedo dormir. Hemos llevado a cabo El Terrible y sin lugar a dudas todo el mundo lo encuentra mal. La obra ha sido recibida con frialdad, nuestro ánimo entre bambalinas era pésimo, lúgubre…Nemiróvich tiene razón: tendríamos que haber iniciado la temporada con Tío Vania. Me imagino que mañana todos los periódicos nos atacarán…Desde hace bastante tiempo, muchos de ello, esperan la ocasión para echársenos encima.”
Antón 04/09/1899. Yalta
“Querida actriz, lo ha exagerado usted todo, y mucho, con su apesadumbrada carta; está claro, y es que de hecho los periódicos han sido benevolentes con la primera representación. Sea como sea uno o dos representaciones fallidas de ninguna manera son suficientes para dejarse abatir y perder hasta el sueño. El arte -y sobre todo la escena- es un campo en el que resulta imposible avanzar sin titubear. Todavía tiene por delante muchos días aciagos incluso temporadas enteras arruinadas. Volverá encontrar grandes dificultades y dolorosas desilusiones; hay que estar preparado para todo ello. Hay que aguantar y a pesar de todo, hay que conservar la cabeza con una energía decidida, casi fanática.”
(…) ¿Como se encuentra? Escriba más a menudo. Ya ve, yo le escribo casi a diario. El autor escribe tan a menudo a la actriz que mi orgullo quizá parezca por ello. A las actrices hay que tratarlas con severidad en vez de escribirles.  Siempre olvido que soy inspector de actrices.
 
Pasadlo bien ángel mío.”
Antón 10/02/1900. Yalta
“Querida actriz, el invierno es muy largo, no me encontrado bien, hace casi un mes entero que nadie me escribe…y he decidido que no tenía más remedio que salir al extranjero, donde uno no se aburre tanto. Pero ahora el tiempo ha vuelto a templarse y se ha hecho más agradable, por lo que he decidido no irme fuera hasta finales de verano, para la Exposición Universal de París.

Y usted, ¿porque se entrega la melancolía? ¿cuál es la causa? Usted vive, trabaja, espera y bebe, se divierte cuando su tío lee… ¿que mas es lo que necesita? Lo mío es otra cosa. Yo sido arrancado de mi tierra, no vivo una vida plena, nos bebo, por más que me guste beber; me gusta el ruido no lo entiendo; en una palabra soy como un árbol trasplantado que se enfrenta un dilema: echar raíces o secarse.”(…)

 

 

Antón. 27/09/1900. Yalta

“Olga, querida, mi pequeña actriz formidable, ¿a qué viene ese tono, ese humor quejumbroso y áspero? ¿Tan culpable soy de veras? Bueno pues perdóname, querida mía, mi niña, no te enfades, no tengo tanta culpa como tu desconfianza te hace creer. Hasta ahora no he podido ir a Moscú porque me encontraba enfermo, sin otro motivo, te lo aseguro, querido, te doy mi palabra. ¡Palabra de honor! ¿No me crees?” (…)
 
Me escribes “tienes un corazón amoroso y sensible porque lo endureces” pero ¿cuando lo endurecido? ¿Y cómo, si cabe, te he mostrado esa dureza? Mi corazón te ha estado amando en todo momento y ha sido tierno contigo, nunca lo oculte, jamás, jamás, y tú me acusas de esa forma, a la ligera.
 
Según tu carta, deseas y confías en alguna explicación, una larga charla con caras serias y consecuencias serias; pero no sé qué decirte como no sea algo que ya te dije mil veces y que, según parece, seguiré diciéndote un tiempo: que te quiero, y nada más. Si no estamos juntos en estos momentos no es por culpa mía ni tuya, sino del demonio que puso en mí un virus y en ti el amor al arte.
 
Hasta que nos veamos, mi querida viejita. Que los ángeles te custodien. No te enfades conmigo, palomita, no estés triste, se sensata.
 
¿Alguna novedad en el teatro? Escribe te lo pido.”
Olga. 11/01/1900. Moscú

“Sabes Antón, que le tengo miedo a soñar, es decir a interpretar los sueños,  pero me parece que de nuestros sentimientos va a surgir algo bueno, fuerte, y que cuando tengo esta creencia siento mi ánimo despejado, de maravilla, siento el corazón cálido, y tengo ganas de vivir y trabajar, y las mezquindades del día día ni me afectan y ya no me planteo preguntas sobre el sentido de la vida. Tú avivas en mí esa fe, esa esperanza. Los dos vamos a estar bien y no nos va a resultar tan difícil vivir separados durante estos meses,  ¿verdad querido? No sé por qué, pero me parece que ahora vas a ponerte a trabajar a gusto y además en Niza vas a descansar y darás paseos. De esa forma te atraerá aún más tu mesa de trabajo.”

 

 

Olga. 17/04/1901. Moscú

“¡Aquí estoy por fin en Moscú mi Antón querido!

 No puedo quitarme de la cabeza el hecho de que nos hayamos separado sin causa, más que porque en este momento no disponga de tiempo. ¿Será que es lo mejor verdad? ¿Tú qué crees? Cuando te dije que me iba con Masha tú no soltaste prenda para retenerme o para dar a entender que no tenía ganas de separarte de mí.  Callaste. Así que tuve la certeza de que no tenía ganas de que yo estuviera contigo en cuanto se hubiera marchado Masha.”(…)
 
“Me quedó una impresión de que algo no se dijo, de algo escondido entre la niebla. ¿Tal vez te disguste que hable de eso? Dímelo con sinceridad. De ninguna manera me gustaría molestar.  He esperado tanto la primavera, he esperado tanto a que estuviéramos juntos en cualquier lugar, a que viviéramos el uno para el otro, aunque sólo fueran unos meses,  que nos acercáramos… Pero ahora resulta que yo estaba “de visita” en Yalta y que me vuelto a marchar. ¿No lo ves extraño? Con sinceridad.  Acabo de escribirte todo esto y ya estoy mordiendome los dedos por hacerlo. Me da la sensación de que tú también lo notas y entiendes perfectamente. Contesta pronto a esta carta carta si te apetece escribir con sinceridad; escribe lo que piensas, criticame si necesario, pero no permanezcas callado.
Bueno, y ahora te doy un abrazo, querido mío, ¿Puedo?”

 

 

Antón. 22/04/1901. Yalta

Mi querida y dulce Knipchitz.
 
no te retuve en Yalta porque aquí todo me desagrada y porque pensaba que, en cualquier caso, nos íbamos a ver pronto, cuando quisiéramos. Sea como sea te enfurruñas por cualquier cosa, alma mía.  No guardo ningún pensamiento oculto, te cuento todo tal cual lo pienso.
 
Llegaré a Moscú a primeros de mayo. Si fuera posible nos casaremos y saldremos hacia el Volga o iremos al Volga, primero, para después casarnos, lo que tú prefieras.
 
(…) Iremos a donde tú quieras.  Después pasaré contigo todo el invierno, o gran parte en Moscú, en el piso. Eso si  se da la condición de que yo esté en buena forma y no haya enfermado.  La tos que roba las fuerzas me hace pensar sin mucha convicción en el futuro. Se mi amante, como tú sueles decir, y así yo también llegaré a serlo. No viviremos de ninguna otra forma, sino que nos comeremos la vida, más de una cucharada sopera de vida cada hora.”

Antón 5/01/1902. Yalta

Esta noche te vi en mis sueños pero no puedo saber cuando te veré en carne y hueso,  me da la sensación de ser algo muy lejano. ¡No te van a dejar marchar hasta enero! Ahora la obra de Gorky y después será otra. Así que ese es mi destino.

Pero bueno, no quiero que te entristezcas, querida,  maravillosa esposa mía. Te quiero y te querré aunque me diera golpes con un bastón. Salvo nieve y heladas no hay nada nuevo, todo está como antes.

Abrazo, aprieto, acaricio mi amiga, a mi mujer. No me olvides, no me olvides, no te desacostumbres de mí. Están cayendo gotas del tejado, es uno de los sonidos de la primavera, pero si se mira por la ventana estamos en invierno aún. ¡Ven hacia mi en sueños alma mía!

 

Olga ‪15/01/902. Moscú

“(…)No sé por qué pero me parece que ya debes de estar harto de mis cartas. Pensaré que pulsado la tecla errónea. Todo sería mucho mejor si no te escribiera hoy, tengo un día horrible.

Ahora estás muy solo y aún te entristeceré más.  Siento horrorizada como mi vida se estrecha.  Hacia donde me gire no hay más que barreras. La vida es muy grande, muy vasta y no se puede ver nada con claridad.”

Antón/01/1902. Yalta

“(…) ¡Que boba eres alma mía, que simple eres capaz de ser! Escribes que todo es exagerado y que eres una perfecta inútil, que tus cartas me han hartado,  que sientes que todo te agobia etc. ¡Que boba eres! No te escrito nada sobre la obra futura no porque no tenga confianza en ti, como tú afirmas, sino porque aún no tengo confianza en la propia obra. Acaba de aparecer en mi cerebro como una primera luz del día y, ni yo mismo, comprendo cómo es o que va a salir de ahí; y además cada día se modifica.

¡Por favor no te pongas melancólica! ¡Ríe! Yo tengo derecho estar deprimido porque vivo en el desierto, porque no tengo nada en que ocuparme, no veo a nadie,  paso enfermo casi todas las semanas,  pero ¿y tu? Tu vida, lo queramos o no, está completa, pesar de todo.”

 

 

Antón 18/03/1903. Yalta

“(…) Volveré a escribirte mañana. No digas tonterías de ninguna de las maneras tienes la culpa de no poder pasar el invierno conmigo.  Al contrario, somos un matrimonio unido, mientras no nos impidamos el uno al otro llevar a cabo nuestras propias cosas. ¿Tú no amabas el teatro? Si no lo amases sería entonces otra cuestión. Bueno, pues que el señor esté contigo. Pronto, muy pronto nos vamos a ver, te cogeré en mis brazos y te besaré 45 veces. Que estés bien chiquilla”

Olga 19/08/1904. Moscú. (Antón había muerto el 15 de Julio)

“(…) Al fin soy capaz de escribirte querido mío, mi bien, tan lejos y tan cerca, Anton mío! No sé dónde estás ahora. He esperado mucho tiempo el día en que pudiera escribirte. Hoy, cuando fui a Moscú y visité tu tumba… ¡Si supieras como es! Después del árido sur aquí todo parece fragrante, con aroma a tierra y hierba fresca, los árboles y su ligero rumor. ¡No puedo creer que ya no estés entre los vivos!

Necesito escribirte, escribirte mucho, contarte todo lo que superado desde el último minuto de tu enfermedad, cuando tu corazón se detuvo, tu pobre y enfermo corazón.

Ahora me parece extraño escribirte, pero tengo un irracional deseo de hacerlo.  Y mientras te escribo siento que estás vivo en alguna parte, esperando mi carta. Queridísimo, querido mío, déjame decirte una palabra de ternura, déjame tocar tu suave y sedoso un pelo y mirar bonitos, brillantes y tiernos ojos.

¡Si yo hubiera sabido que te ibas a ir de esta vida!”

 

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5 Comentarios

  • Hace poco terminé el tomito que Alianza editó como “El violín e Rotschild y otros cuentos”. Ya había leído otras recopilaciones anteriormente, pero ahora, siendo más mayor, me sorprendió lo duro que Chéjov era con sus personajes. Hace que un adolescente se suicide en siete páginas, por ejemplo. Las obras de teatro ofrecen una sensación parecida, la de una sensibilidad que realmente es de otra época y otra región del mundo. Todas son tristísimas, sin redención posible. Naturalmente, un señor con ese tipo de cabeza no podía tener unos amores convencionales, tenía que mantener a su amada algo alejada. Chéjov es el cronista último de la Rusia zarista: justo un año después de morir se produciría la primera revolución en aquellas tierras…

  • Chejov probablemente estuvo marcado por su infancia, por lo que la profesión le permitió contemplar de la condición humana, en la Rusia de aquel tiempo, y por su enfermedad que le hacía ver siempre el mundo un poco desde lejos, con melancolía y piedad. Los escritores de su tiempo se vieron en la tesitura de describir lo que veían y a plantearse ¿qué hacer? ante ello.

    Eso le ocurrió a un escritor como Tolstoi que proponía la no resistencia al mal y a un socialista utópico como Chernishevski que proponía luchar por el contrario para cambiar las cosas. Chejov se fue alejando de la visión de Tolstoi y decidió que su compromiso como escritor era reflejar lo que veía con total veracidad aunque pensaba que había que tratar de hacer algo para cambiar la realidad social, que tanto sufrimiento procuraba. En “La sala número seis” está magníficamente reflejada la tensión entre estas posturas y las posibles trampas.(http://10millibrosparadescargar.com/bibliotecavirtual/libros/LETRA%20C/Chejov,%20Anton%20-%20La%20Sala%20numero%20seis.pdf)

    Por otro lado en “La Grosella”,(http://apostillasnotas.blogspot.com.es/2006/08/la-grosella-chejov.html) está reflejada la cuestión personal, la amargura por el olvido que los sanos y los felices tiene de los enfermos y los tristes, la nostalgia de una vida mejor que cada hombre tendría derecho a anhelar y poder alcanzar.

    “ Aquella noche comprendí que también yo era un hombre feliz y satisfecho —prosiguió Iván Ivánovich poniéndose de pie—. Que yo también, en la mesa o en mis paseos de caza, daba lecciones de cómo vivir, cómo creer o cómo dirigir al pueblo. Que yo también decía: El estudio es luz, es necesario instruirse, pero para la gente sencilla basta de momento con las cuatro reglas. La libertad es un bien, decía yo, vivir sin ella es imposible, es como el aire, pero por ahora hay que esperar un poco. Sí, así hablaba yo. Pero ahora pregunto: Esperar, ¿en nombre de qué? —preguntó Iván Ivánovich mirando con severidad a Burkin—. Esperar, ¿en nombre de qué, les pregunto. ¿En nombre de qué argumentos?

    Me dicen que no puede hacerse todo de la noche a la mañana, que en la vida cualquier idea se hace realidad de modo paulatino, a su debido tiempo. Pero, ¿quién dice eso? ¿Dónde está la demostración de que es justo? Ustedes se remitirán al orden natural de las cosas, a la ley intrínseca de los fenómenos. Pero ¿qué orden y ley hay en el hecho de que yo, un hombre que vive y piensa, me encuentre ante un foso y espere que este se llene por sí solo o que se cubra de barro, cuando podría saltarlo o construir sobre él un puente? Y nuevamente digo: Esperar, ¿en nombre de qué? Esperar cuando no haya fuerzas para vivir, ¡y entre tanto hay que vivir, hay ganas de vivir!”

    Por otro lado creo que su amor con Olga lo vivió, a pesar de todo, como un regalo que trato de vivir como pudo aunque probablemente hubiera preferido vivirlo en Moscú, juntos, con hijos (ella tuvo un aborto) y muy cerca de la farándula que también sabía disfrutar.

  • Antón: “No se pone hielo a un corazón vacio”. Que gran verdad ante una situación que pudo haberse evitado. Si de verdad Olga lo hubiese amado, ni el teatro ni nada la hubiese separado de Antón. De qué vale su reflexión y su arrepentimiento tardío …Que fin tienen aquellas lineas de Olga: “Ahora me parece extraño escribirte, pero tengo un irracional deseo de hacerlo. Y mientras te escribo siento que estás vivo en alguna parte, esperando mi carta. Queridísimo, querido mío, déjame decirte una palabra de ternura, déjame tocar tu suave y sedoso un pelo y mirar bonitos, brillantes y tiernos ojos.
    ¡Si yo hubiera sabido que te ibas a ir de esta vida!”.
    Los seres humanos dejamos escapar de nuestras manos los cosas más importantes, pensando que las bambalinas llenarán el alma, pero un día cuando nos damos cuenta que fue lo que hicimos, ya es tarde.
    Gracias por todo el documento que publicaron.
    Saludos.
    Desiré.

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