Críptica de la Razón Pura

La claridad es la cortesía del filósofo…

José Ortega y Gasset

 

¿Por qué son tan complicados de leer los filósofos, hasta el punto de que las nuevas hornadas de autores que ansían hacerse un hueco en el mercado editorial procuran siempre caracterizarse por su accesibilidad y amenidad? Mi impresión es que todo comenzó con la Teología, y específicamente en el impacto que la Teología produjo en el primer gran filósofo alemán, Inmanuel Kant. La Filosofía siempre ha sido una Teología, e incluso se podría aventurar una afirmación aún más osada: la Teología es una rama, o más bien la copa del árbol, de la Filosofía. De esta realidad histórica ineludible ya se había percatado Nietzsche, otro filósofo alemán que coqueteaba con lo críptico, pese a proclamarse el más ateo. Platón no era un escritor críptico, ni mucho menos, y cuando lo fue un poco más era precisamente cuando se metía en arena teológica, muy de su gusto y muy del gusto también del cristianismo posterior (Fedón y Timeo son los textos más leídos en la Edad Media al margen de la Biblia). Aristóteles, en realidad, tampoco era en absoluto oscuro, y, de hecho, ningún comentador medieval, árabe o cristiano, le imputa esa falta, al contrario: todos bebieron de él como si fuera una fuente clara, el manantial prístino del más cristalino saber. Es la distancia temporal que nos separa de él, y la influencia encriptadora de la Escolástica tardomedieval, las que nos lo hacen ahora confuso. Pero Aristóteles escribía con bastante llaneza, en realidad, casi como si hablara -de hecho, sus tratados son clases orales-, igual que Epicuro o Marco Aurelio. Desde luego, algunos tecnicismos son necesarios, o no estaríamos frente a un discurso responsable, en el que lo que se dice se expone con coherencia y cierta sistematicidad. Pero, en general, Aristóteles, como Platón, tienen un estilo fluido, abierto, que no rechaza a sus oyentes, sino que busca atraerlos activamente hacia una investigación siempre en marcha, que espera contribuciones relevantes.

 

Inmanuel Kant

De modo que la cosa de resultar extraño y ahuyentar a los simples arrancó con la Teología, sobre todo con la Teología mística alemana. Dios no es tu vecino de al lado, Dios es el Otro Absoluto, y el lenguaje humano debe esforzarse en hallar los recursos expresivos que le acerquen a balbucear siquiera tales misterios trascendentes. Kant estaba obsesionado con eso, aunque no lo diga explícitamente, él quería mostrar los límites del uso de la razón en tanto que justamente la razón aplicada por los humanos no es una hipotética Razón de Dios que crea sus objetos en vez de conocerlos, y que por tanto se nos escapa enteramente. La Crítica de la Razón Pura se concibió en 12 años pero se escribió en 6 meses, lo cual en parte explica las dificultades de su redacción y lo duro a veces de su lectura. Pero no es motivo suficiente para explicarlo: Descartes, Hobbes, Locke, Hume, Berkeley, Rousseau, los precedentes directos de Kant, habían sido perfectamente legibles, con la dosis de concentración necesaria y el interés previo que debe acompañar a las reflexiones sesudas. Sin embargo, llega Kant, la Ilustración se hace alemana y la situación se complica. Hume había sido ateo, agnóstico si se quiere, y Kant, que le admira, quiere evitar a toda costa esa deriva. Como decía Unamuno, lo que amputa en la razón teórica, la consideración providente de Dios, lo vuelve a encontrar redivivo en la razón práctica, y resurge floreciente -eso ya lo digo yo- en la Crítica del Juicio, el más intrincado de todos sus textos. Kant exploraba los caminos de la finitud humana, eso es cierto, los fundamentos bajo los cuales los hombres puede ser autónomos en el uso de su razón, pero esa finitud estaba pensada por contraste con la infinitud divina, en función de ella, y también por eso Kant, que era un pietista estricto, escribía como escribía. Parecía entonces no sólo que la palabra filosófica ha de ser internamente responsable, en el sentido de decir lo que dice con coherencia y sistematicidad, sino que además ha de decirlo con el peso de Dios sobre sus hombros, ha de expresarlo de modo que hasta el mismo Dios diese por buenos sus conceptos…

 

 

Los grandes filósofos alemanes posteriores a Kant adoptaron esa misma actitud. No hay más que leer el prólogo a las Lecciones de la Filosofía de la Historia Universal de Hegel para comprender que ese rigor tan abstruso es el rigor del discurso teológico[1]. Que para Hegel Dios sea ahora la Idea Absoluta en la Historia, y por tanto algo al alcance de los humanos, no quita de su carácter trascendente, digno de piadosa reverencia especulativa. También Marx secunda este espíritu, por muy materialista y ateo que se declare, y construye una filosofía en la que lo que se juega no es meramente el bienestar y la racionalidad de la estancia de los hombres sobre la Tierra, sino la erección del Paraíso Terrenal, el descenso de las condiciones del Cielo sagrado sobre el mundo profano y la redención de los humildes y perseguidos por la opresión. No hay más que escuchar, o leer, a un comunista, para adivinar que cree en el futuro de la Justicia Universal como creería un niño, y por eso cuando se encaraman en el poder imponen su ideal a sangre y fuego, como una Santa Inquisición del poder económico y político. Su verdad no es una verdad de andar por casa, revisable o abierta a la investigación, como todavía sucedía incluso entre los griegos más dogmáticos (léase, por ejemplo, estoicos, bastante teológicos ellos): su verdad advendrá entre nosotros, como Cristo para San Pablo, a transformar el mundo de cabo a rabo y de una vez y para siempre. Es el Reino Inteligible, el cumplimiento de una promesa de plenitud celestial, por lo que lucha un marxista, frente al cual hasta Hegel o Kant parecen tibios, contemporizadores, comprensivos de la debilidad humana. De ahí que hasta Marx resulte arduo de leer, y no digamos ya los marxistas posteriores, sus apóstoles, encargados de custodiar la llama viva de la salvación del género humano…

 

Manuscrito de Marx

Pero nada de esto era necesario, cabe aducir. La Filosofía, como ya he mencionado, es una investigación abierta, no la epifanía del Absoluto. Si algo así como el Absoluto estuviera ahí, presente de alguna manera, no sé por qué iba a esperar a manifestarse en el texto del filósofo tocado por la Gracia. La consecuencia más ridícula e indeseable de la cripticidad filosófica clásica[2] es, en mi opinión, que por una absurda ley de sobrecompensación, los que quieren ser filósofos cercanos, claros y divulgativos se pasan de lo contrario, de fáciles y perogrullescos. Parece, pues, que estamos entre la espada y la pared, o sea, entre Kant y la autoayuda. Para colmo, la Ciencia más avanzada también se nos ha hecho críptica, de manera que hasta el propio mecánico cuántico te reconoce que él tampoco entiende bien la Mecánica Cuántica, pero que funciona, y, si no, mira tu móvil, en el que has depositado recientemente tu vida. Es totalmente cierto que la Filosofía, como la Ciencia o el Derecho, deben respetar un nivel de producción del discurso que salve a la palabra de su uso más grosero o meramente opinativo, casual o trivial, pero a la vez debe entenderse que ese nivel no es en modo alguno trans-mundano. Se piensa, se hace ciencia o se es jurista para servir a una mayor inteligibilidad de la realidad para la gente, y, si no, apaga y vámonos. Yo no me trago que Heidegger estuviera obligado a expresarse como lo hacía (como Heráclito en ocasiones, ese sí el Gran Oscuro de Occidente…) porque ese era el nivel del discurso que le exigían sus intuiciones y lo elevado del objeto de su preocupación pensante. Creo que simplemente acataba la tradición alemana, de la que se sentía epígono y culminador, y no sin motivo. En un plano más prosaico, esas ínfulas oraculares sólo sirven para que legiones de exégetas dejen de mirar el mundo para mirar tan sólo la escritura del filósofo célebre, y jamás fue eso lo que hizo Aristóteles, por ejemplo. El mundo es de una insondable complejidad, desde luego, no hace falta además tratar de esclarecerlo introduciendo una complejidad mayor que nos lo tape. Lo que los simples mortales alfabetizados no pueden entender con algo de esfuerzo y atención  (el mismo esfuerzo o atención que es preciso para aprender Electromecánica en Formación Profesional, por ejemplo, que no será asunto baladí) no es de recibo y es sospechoso de charlatanería vacua, o lo que es peor, de ambición de gurú por parte de su prescindible emisor.

 

 

Seguramente la comunicación sea la más humana de las actividades propiamente humanas, aquello que más nos diferencia de los animales sin que ello cree un abismo insalvable entre nosotros y ellos. Aquel que se hurta a la comunicación con sus congéneres so pretexto de moverse en un plano distinto de verdades inasequibles es un tramposo o un falsario. Cuentan -creo que lo cuenta Hawking en Historia del Tiempo– que Albert Einstein, también ilustre filósofo alemán a su matemática manera (y no hay nada más filosófico que las matemáticas, de Pitágoras en adelante), fue capaz de explicar la Teoría de la Relatividad a su chófer camino de una conferencia pública. Aquello nunca ocurrió, muy probablemente, puesto que el chófer necesitaría primero recibir una o varias clases acerca de física newtoniana, pero incluso como leyenda urbana resulta ejemplar. La claridad no es siquiera una cortesía del filósofo, como decía Ortega, de manera que habría que agradecerle al pensador su afán por rebajar las cosas a la altura del pueblo llano. La claridad es una obligación del pensamiento para consigo mismo, ya desde su cuna griega, y si tu chófer no consigue entender física relativista lo que hay que hacer es antes explicarle la newtoniana, hasta que comprenda. Si no comprende, es que estamos ante una mitología, no ante un discurso racional –y eso lo sabía muy bien Kant, que defendió siempre la dimensión pública de la razón. Eso es lo que parece que hacía Sócrates, que no tenía chófer, ni dinero, ni publicaciones ni curriculum, pero sí mucha generosidad intelectual y mucho tiempo por delante que emplear con los demás.

 


 

 

[1] Paso por alto el caso de Spinoza, que no fue alemán, pero sí teólogo a su manera. Spinoza fue recuperado tras un largo olvido por los románticos alemanes, que hicieron de él algo más esdrújulo y pretendidamente profundo de lo que él ya era, y es que el romanticismo, en general, es máximamente culpable a mi entender de ese gesto que aun sufrimos según el cual la cultura, la alta cultura, ha de ser forzosamente elitista, incomprensible, elevada y trágica…

[2] Aquí no estoy ni pensando en la cripticidad típica de los filósofos franceses, que ya he criticado en otra parte. Por hablar de un caso reciente, uno se interesa por el gigantesco problema del feminismo, que afecta gravemente a todas las mujeres del globo en su vida real, y coge la Teoría King Kong de Virginie Despentes. Por supuesto, en tal texto no hay nada que aprender, ninguna propuesta ni ninguna cosa que importe lo más mínimo para abordar ese problema enorme, sólo hay una exhibicionista que nos cuenta su vida tratando de epatarnos con una escritura escandalosa y violenta, con el resultado de confundir más en vez de aclarar algo. No: aquí estoy intentando hablar de la filosofía seria, interesante, explicativa.

 

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