“Big Little Lies”, Temp. 1: Las ricas también lloran (con “spoilers”…)

La tarde comprende lo que la mañana ni siquiera podía sospechar.

Robert Frost

Se debe reconocer que los guionistas de las series actuales (y las hay por cientos…) se exprimen realmente la cabeza por dar al espectador a la vez la emoción del instante y la expectativa del largo plazo. No lo consiguen del todo, porque las exigencias argumentales de cada episodio enturbian a menudo el plan general, y si uno pretende inyectar intensidad a un incidente, suele ser al precio de variar el voltaje promedio del conjunto de la trama, como esas luces de Navidad que por mucho que te lo curres o bien todas alumbran poco o bien unas mucho y otras nada en absoluto. De esta guisa, suele haber muchas sorpresas en las series, pero a costa de que la sorpresa global quede desdibujada o en exceso rebuscada. Algo semejante ocurre en “Big Little Lies”, serie de moda porque está basada en un best-seller escrito por una mujer de buen olfato comercial y porque aun la siguen pasando en algún canal de esos que difractan infinitamente la libertad de elección del consumidor posmoderno pero cuyo nombre concreto me resulta ahora difícil de recordar. “En un lugar de la parrilla televisiva, de cuyo nombre no puedo acordarme…”  

Big Little Lies entretiene, y cada temporada es corta, pero el espectador cambia cada dos episodios de interpretación respecto de lo que va la cosa. Yo entendí, al principio, que el asunto versaba acerca de esos padres y madres mayores de cuarenta años residentes en el “mundo libre” que se entrometen sin dudarlo en cada recoveco de la educación de sus hijos y hasta entran a formar parte de las asociaciones, comités, extraescolares y tallercillos para pequeñas averías personales a que el deseado bien de sus preciados vástagos les conducen. Son personas ya talludas y experimentadas que disfrutan jugando a un juego nuevo, tratando de extraer de él tanto viejos estímulos como inéditos jugos, en gran medida porque, como decía Mallarmé, la carne es triste y ellos ya han leído todos los libros… (o no han leído ninguno, más que los imprescindibles e inútiles manuales de crianza, pero a estos efectos igual da). Este tema sí que me parecía a mí de cierta enjundia, yo mismo he sido en cierto modo siniestrado por él, y, como toca miserias propias y exclusivas del s. XXI, parecía dar para mucha vivisección corrosiva y bestia de la sociabilidad moderna…

Y, bueno algo de eso hay: se habla del bullying, de las fiestas donde se sobremima a los niños, de los terapeutas cuya mera existencia contribuye a la hipersensibilidad de hijos tanto como de padres, del empeño de los adultos reproductores por seguir avivando el rescoldo de la pasión “romántica” y horrores así. Si algo caracterizaba sobre todo el tsunami de la novela en el s. XIX fue el análisis feroz de las inconsistencias y veleidades de la burguesía: justo es, entonces, que hoy que esas categorías sociales están menos claras, la ficción se aplique a mirar bajo los polos malcosidos del pijismo, sin la crueldad, quizá, de un Buñuel o un Lauzier, pero con la perspicacia de un Scott Fitzgerald o de un Juan Marsé. Hace falta un Raymond Carver de nuestro siglo, y candidatos al post-realismo sucio no sólo no faltan sino que brotan como hongos. Sin embargo, “Big Little Lies” pronto abandona ese terreno tan prometedor y se dedica a su verdadero tema, que es la pujanza de las pijas maduras sobre sus acomodados maridos. 

She shall overcome. Laura Dern es rival de una energética y extrovertida Reese Witherspoon -que, curiosamente, en Alma salvaje hacía de su hija-, la chica de Bajo la misma estrella no murió, finalmente, sino que se hizo mayor y ahora es víctima de una violación, y una todavía bella y esbelta Nicole Kidman hace de bello y esbelto blanco perfecto del maltrato conyugal. Ellas son las protagonistas, ya desde la misma presentación, donde todas ofician de chóferes de sus hijos sin que los varones asomen más que en los títulos de crédito. En la última secuencia de la primera temporada, hasta sobran, los machos polinizadores. El gineceo se basta y se sobra para criar y disfrutar de la descendencia, pues, al fin y al cabo… ¿quién mejor para hacerles crecer como ciudadanos respetuosos e igualitarios que los cuerpos que los han modelado detalle a detalle desde la gestación y las almas delicadas que les educan como a príncipes (“¡Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra!”, decía John Irving, pero esta vez de verdad, con unas bonitas cuentas corrientes detrás)?

Pues eso es lo que tenemos en nuestras pantallas hoy, señoras, señores, ese es el cariz del folletín del s. XXI. Recluto a cuatro actrices de renombre, me aseguro unos encuadres y planos sumamente profesionales, lo relleno de amor, lo relleno de lujo, lo relleno hasta de un poco de cultura[1], pero sazono también problemas candentes de titular de telediario como se sazona la pimienta en el solomillo a la ídem. Ya digo que de entrada esos problemas parecían que iban a anidar en la relación entre los niños, lo cual llevaría a la rivalidad social entre sus exquisitas madres, pero en realidad enseguida descubrimos que los conflictos emanan de la masculinidad residual y por tanto enrabietada de sus padres. Ese personaje de Los Simpsons (creo que es la mujer del reverendo Lovejoy) que sólo tiene una frase: “¿Y los niños? ¿Es que nadie va a pensar en los niños?” No se preocupe, señora, aquí todo el mundo piensa en los niños, como si estuviesen hechos de un papel de fumar ultrafino que se rasgase al menor contacto y para siempre[2], de lo que debe usted precaverse muy cuidadosamente es de los padres. Los padres en un momento dado te llaman “cielo” y acto seguido te cascan una hostia. O se portan bien solo mientras su costilla los reeduque concienzudamente. O la hostia prefieren dársela al ex de la mujer vigente, que a ver qué se habrá creído… etc.

En los barrios pobres sucede casi lo mismo, ciertamente, pero la gran  diferencia está en que luego no acuden al terapeuta, ni la mujer dominada o dominante se parece demasiado a la Kidman. La Kidman tiene que ser una princesa, un ángel, una diosa, al final de la primera temporada hasta la vemos vestida de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes[3]. La Kidman enseña divina cacha y pecho, la Witherspoon, en cambio, que lo da todo en su actuación pero es aquí un poco bastorra, no. Hay algún momento trascendente y profundo en que cada una de las protagonistas, por separado y sin haberse puesto de acuerdo, contemplan el mar desde sus privilegiados balcones de cristaleras. No sabemos qué están pensando, pero se puede barruntar que estén cavilando acerca de lo lejos que han llegado, y lo vasta e impredecible que es la vida, como la piel picada y espumeante del mar. A lo mejor hasta se le haría más justicia, a esta existencia afortunada pero ya declinante de las madres inteligentes de Monterrey, sacando a sus hombres de la ecuación. La tarde comprende lo que la mañana ni siquiera podía sospechar… Y la madurez, lo que la juventud no pudo ni siquiera anticipar. Es un poco Iris Murdoch la serie “Big Little Lies”, no dejen de verla si tienen la oportunidad. Salen a escena situaciones y perplejidades y dinámicas reales, actuales, no una bandada de dragones arrasando un burgo medieval. Hay hasta un coro trágico de imbéciles que da el tono moral. Pero ocurre eso, en mi opinión: que se olvida la neutralidad e interés por el mundo real propio de Carver para rodar el panfleto de la solidaridad y autonomía femeninas frente a la respectiva sombra masculina, a la que se debe aislar e incluso si lo merece purgar. Es decir, creo que se pasa de la descripción a la proscripción, de la sociología al anti-cuento de la criada. La música, eso sí, muy buena…

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[1] Pero sin exagerar, sólo por ambientar, como en Call me by your name, que vi el otro día estupefacto de aburrimiento.

[2] Cuando en realidad es más bien al revés, excepto si los pones al alcance de clérigos “que les enseñarán valores”. No debería contar esto, pero ayer mismo mis hijos varones de 10 y 8 me pidieron ver la película Deadpool, que es una gamberrada de palabrotas, irreverencias, sexo insinuado pero crudo, y algunos cadáveres en los que francamente se banaliza la violencia. Les encantó, y a mí también, que tengo un gusto proletario pese a mi debilidad por algunas películas de James Ivory. Pero, al día siguiente, con un cierto temor, pregunté al de 8 si había tenido pesadillas con Deadpool, a lo que él me respondió tan pichi: “Que va, ¡Deadpool tendrá pesadillas conmigo!” Pues bien, incluso con esa contestación absolutoria, o a causa de ella, en muchos lugares del mencionado mundo libre pondrían en cuestión mi patria potestad…

[3] Se debería, por cierto, leer el cuento corto homónimo de Capote, que es mucho menos ideal que la versión fílmica.

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