“¡Sufriente Safo!”

Ya se está rodando la segunda entrega de Wonder Woman, aprovechando el tirón del atractivo indiscutible de la actriz israelita Gal Gadot (no digo talento interpretativo, porque en realidad el papel le exige muy poco), y casi nadie conoce la historia real que está detrás de la creación del personaje. Yo me enteré por el ensayo del guionista estrella de superhéroes Grant Morrison, Supergods, que debería leer cualquiera que esté mínimamente interesado en las expresiones del estallido de la cultura popular en el s. XX. Morrison no me gusta demasiado como historietista, la verdad, lo encuentro lento y pedante, como si pretendiera ser más hondo -consiguiendo tan sólo ser, en mi opinión, más snob- que Moore o Gaiman o Delano, pero en este libro se supera a sí mismo elaborando una retrospectiva y unas reflexiones que no están nada mal y que absorben la curiosidad del lector, que querría poder abarcarlo todo. La más curiosa es, precisamente, esa de la génesis de Wonder Woman.

Wonder Woman de Marston

Resulta que el personaje, el primer superhéroe femenino exitoso, comenzó siendo todo morbo, miles y miles de viñetas de bondage, sadomasoquismo, dominación y más bondage de cuerdas y cadenas malamente encubierto, que es lo que más excitaba a su autor, un doctor en psicología expulsado de Harvard llamando William Moulton Marston. Este hombre prácticamente no se inventaba nada, sino que transcribía al cómic las experiencias que hacía él mismo con gozo infinito (o, por lo menos, asiduo) en su propia casa, donde vivía un trío de dos mujeres y él mismo del que habían nacido varios hijos y que realmente formaron una familia unida durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Como es una historia tan singular, y, ya digo, tan poco conocida, por fin se le hizo justicia en una película que se estrenó hace poco más de un año, El profesor Marston y Wonder Woman, pero que ha pasado sin pena ni gloria por las salas de cine del mundo mundial. Sin embargo, es una película preciosa, interesante desde el principio y conmovedora e ingeniosa al final. Las películas de tríos son escasas, dado lo arriesgado del tema, pero notorias, ahora mismo se me ocurren sólo cuatro, Casablanca, Las amistades peligrosas, Conexión Tequila y Vicky Cristina Barcelona, aunque debe de haber cientos más donde el triangulo amoroso se disimula pero existe, oculto a la percepción y evidente en primer plano como la carta robada de Poe. Pero en esta no, en esta, la más valiente de todas, tres son compañía y no multitud, y aunque el sexo es poco explícito, el bondage y las relaciones de poder son manifiestas: todos se lo pasan bien hasta que viene el puritano de la casa de enfrente y lo estropea todo…  

William Moulton Marston

Las delimitaciones cronológicas nunca son de fiar, y lo mismo ocurre con los hitos temporales que, bajo la figura de “olas” (quizá en memoria del chiflado de Alvin Toffler, totalmente olvidado hoy), jalonan el ascenso y división interna del feminismo moderno y contemporáneo. Wonder Woman salió a la venta después de Superman, desde luego, pero ocho años antes que El segundo sexo de Madame de Beauvoir. De modo que no es del todo cierto, visto así, que entre las sufragistas y el existencialismo el feminismo hubiese quedado sepultado bajo un alud de testosterona bélica. Marston, con Wonder Woman, albergaba una declarada y subversiva intención feminista que rozaba incluso el delito, puesto que creía que un medio popular como los tebeos podía inculcar desde muy pequeños y de modo casi subliminal a los chavales el respeto y hasta el gustillo hacia lo que hoy denominaríamos el inevitable empoderamiento de la mujer. Los cómics de Wonder Woman llegaron a ser quemados públicamente, en una remembranza del nazismo, abortando esa “ola dos y media” que Marston pretendió encarnar en solitario en los EEUU de los cuarenta.

Se trata, me parece, en todo caso, de una historia increíble. El mismo señor que junto a su mujer había inventado el detector de mentiras -el de verdad, además del lazo dorado de la amazona que sirve para lo mismo-, fue capaz de concebir un personaje de ficción que el sentido de la moral y del decoro americanos tuvieron que purgar inmediatamente ya que no podían purgar al propio Marston y su poliamorosa familia –que es, probablemente, lo que hubieran hecho en la Unión Soviética coetánea. Hoy podríamos decir que, al fin y al cabo, la entera anécdota guarda un cierto regusto patriarcal, después de todo. Dos mujeres en torno a un hombre, típica fantasía viril, inspiran un imaginario bastante sexual de icono femenino sometido a perversiones gráficas consumidas por el público adolescente masculino. Pues sí, suena poco revolucionario, desde el punto de vista de las actuales luchas en torno al género. Pero si ven la película de 2017, puede que al terminar se desprenda también para ustedes una cierta fragancia de libertad muy adelantada a su tiempo, e incluso todavía incómoda en el nuestro. Sea como fuere, que no se entere Gal Gadot, a ver si en mitad de la grabación va a soltar el grito original de la Wonder Woman de Marston antes de la censura, aquello de “¡sufriente Safo!”…     


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1 Comentario

  • (Que no se sabe bien si lo que Marston quería decir de Safo, la poetisa a la que Platón calificaba de “la décima Musa”, es que es sufriente por ignorada y silenciada, o porque le gusta que la hagan sufrir, que la aten, la azoten y la digan guarradas…; libertad y ligaduras, la paradoja de la humanidad…)

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