Hace unas semanas, cuando conocimos la noticia de la muerte del gran John Romita Jr., estandarte de la factoría Marvel en los setenta, recordé la muerte de Jean Giraud, alias Moebius, de la que han pasado más de diez años. Pero resulta que se cumplen ahora ochenta y cinco de su nacimiento, que es un pretexto como otro cualquiera para rememorar su bizarra contribución a la cultura visual de esos mismos setenta y ochenta y hasta hoy. Decía Joan Miró, cuyas telas eran todavía más raras que el figurativismo de otra dimensión de Moebius, que para ponerse a hacer arte hay que disponer antes de un mundo propio. Eso, que es válido para creadores tan radicales y dispares como Rabelais, Cervantes, Poe, Redón, Satie o Faulkner, calza perfectamente para un dibujante de cómics que pasó a ser prácticamente un ilustrador secuencial desde que abandonó las historietas de género del teniente Blueberry para ponerse un nombre código tomado de la historia de las matemáticas y dejarnos ver sus mundos -eso también de Paul Klee: “el arte no reproduce lo visible, sino que lo hace visible”. De repente, Jean Giraud ya no era sólo un buen dibujante, sino que era un demiurgo, más aún que Bill Sienkiewick, que también por aquel entonces dejó de ser un buen imitador de Neal Adams para ser un pintor expresionista a la acuarela o al aerógrafo. Jean Giraud daba textura, profundidad y sombras a las violentas andanzas de Blueberry, Moebius hacía línea clara, coloreaba con gran gusto y lo que salía de su pluma no se parecía a nada que hubiéramos visto antes. En cierto sentido eran desiertos, porque a Giraud le fascinaban los desiertos desde su estancia en México, pero eran también paisajes de Otros Mundos, Lord Dunsany hecho horizonte de luz, arquitecturas inauditas, rostros monumentales de Jimi Hendrix tallados en piedra, poyetes inverosímiles en muros que le servían de photocall, psicodelia serena, monolitos de hielo, ingravidez más que estatismo… En las moebianas “puertas de la percepción”, hasta el mismo polvo del desierto tiene el inequívoco trazo elegante y la livianidad que le impuso su autor…

Las criaturas de Moebius, tanto las alocadas concebidas por el chiflado de Jodorowsky como las suyas propias no piensan como nosotros, sus intereses y sus pasiones son de otro planeta, son mecánicos en un jardín botánico, como antropomórficos fungi from Yuggoth. Moebius es, también, su diseñador de vestuario, y yo no descartaría que algún modisto se haya inspirado en sus tan fantásticas como exactas páginas. La diferencia entre las imágenes y las palabras no estriba tanto en que las primeras impliquen un arte simultáneo y las segundas un arte sucesivo, como se ha dicho tantas veces, la diferencia fundamental reside en que con las imágenes no se puede argumentar, y por eso, aunque parecen tan elocuentes (ese tópico de que “valen más que mil palabras”…), en realidad se pueden manipular perfectamente en un sentido y también en el opuesto, mientras que las palabras son porosas, y uno debe meterse primero en ellas para tratar de torcerlas. Las palabras, pues, argumentan, y pueden ser replicadas, las imágenes en cambio están ahí, completamente opacas, y para replicarlas sólo cabe acudir a elementos externos, como la fecha o en lugar en que se tomaron o se plasmaron, la firma de su autenticidad. Con las estampas alienígenas de Moebius este mutismo interno de las imágenes se redobla, porque se diría que el mundo mismo que retratan es silencioso, furtivo, telepático, lírico…

Nunca un desierto, aéreo, terrenal o acuático, fue tan rico y místico como pintado por Moebius. Quizá por eso no quiso el destino que se realizase la versión fílmica de Dune para la que Jodorowsky, con su loco entusiasmo habitual, embarcó a tanta gente de talento. Más nos vale que ese desierto que nos están creando los activistas anti-climáticos (es absurdo y sumamente sospechoso hablar de “activismo” tan sólo por el lado opuesto) sea tan bello como los del viejo Moebius, o tendremos que empezar a hacer como en el pecio de Rafael Sánchez Ferlosio, tan indicado para Elon Musk y compañía:

(E.T.) El mundo se nos va volviendo tan ajeno y tan inhóspito, que pronto seremos los hombres, los terrestres mismos, los que mirando y señalando el planeta más remoto digamos: “¡Mi casa!” “¡Mi casa!” Campo de retamas, pág. 116, DeBolsillo.

Entrevista inédita con Moebius

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