La inquietante niebla de Cuelgamuros

“A la deriva y vacilantes entre las tormentas de los treinta, varios intelectuales y figuras públicas evitaron o desatendieron compartir su destino con la defensa de la democracia; algunos tomaron decisiones pero fueron malas; otros tomaron las buenas pero tarde”

Tony JudtEl peso de la responsabilidad”

Quizá sean los años o que estoy alejado de los centros de decisión donde se habla de política con conocimiento de causa, es decir, con datos concretos y verosímiles de cómo y porqué se toman las decisiones que se toman, pero tengo la sensación de que desde hace algunos años, ya mucho antes de la crisis, el «aire social» ha cambiado en este país y que el ambiente político se ha crispado y polarizado hasta hacer imposible conversaciones tranquilas y razonables incluso entre grupos de amigos, donde es fácil que escalen y se tiñan con facilidad de estrindencias y tremendismos verbales, donde no se puede argumentar  apelando a lecturas fiables o hechos probados, donde es fácil escalar al sectarismo del modelo futbolístico o de los modos y la estética de esos programas del corazón que han inundado las cadenas de televisión y ya han migrado en sus formas y estética a las tertulias políticas de mayor audiencia.

Es un reto, por tanto, escribir de política actual en una revista como ésta que pretende ser sobre todo cultural y hacerlo con distancia y suficientes referencias intelectuales para un público amplio, posibilitando el que se puedan explorar opiniones distintas (incluso muy diferentes)  defendidas con argumentos fundamentados, procurando no caer en el barro de las descalificaciones personales y con la perspectiva de que las ideas son para debatirlas y ponerlas a prueba como hipótesis pero tratando de salvaguardar el respeto a las personas y  el valor de las relaciones personales. Eso para mí resulta fundamental porque en tiempos convulsos todo se mueve muy rápido y en meses los mejores amigos pueden convertirse en los enemigos más enconados como se ha demostrado tantas veces en la historia.

Viene a cuento como vacuna, aunque por suerte vivimos en otro tiempo histórico, lo que ocurrió con «La Gaceta literaria» aquella revista que duró de 1927 a 1932 y que dirigió Ernesto Gimenez Caballero. En ella escribían gente como Eugenio Montes, Rafael Alberti, Federico Garcia Lorca, José Bergamín, Luis Buñuel o Ramiro Ledesma Ramos. Eran vanguardistas, jóvenes, amigos del alma que comían, bebían y se divertían juntos en los mismos bares de Madrid. El 1 de Enero de 1928 uno de ellos Cesar Arconada escribió: «Ante todo es necesario sentar este principio: en el momento actual los que se llaman liberales son los retrasados, los reaccionarios (…) Violencia. Lucha. Arte nuevo, al fin…(…) Un joven puede ser comunista, fascista, cualquier cosa, menos tener ideas liberales. Para un jóven nada más absurdo, más incomprensible, más retrógado que las ideas políticas de un doctor Marañón o de un Castrovido. Los jóvenes queremos para la política, como hemos querido para el arte, ideas actuales, de hoy, con el perfil y el carácter de nuestra época. Pretender que todavía nos sirvan las viejas ideas liberales es tan absurdo como pretender que las viejas chisteras y las viejas levitas sirven para jugar al futbol.» No pasó mucho tiempo para que todos eligieran trinchera e incluso se bambolearan de una trinchera a otra como Guillén Salaya, menos conocido que los anteriores, que comenzó de exaltado comunista y terminó de fascista furioso. Es conocido que los extremos se tocan con inusitada facilidad.

Leí esta historia en «Las Armas y las letras» de Andres Trapiello un libro fundamental para releer en estos momentos, donde el uso político del concepto de «memoria histórica» puede nublar y sesgar los hechos que auténticamente ocurrieron a lo largo del tiempo, un libro donde personalmente me di cuenta de hasta que punto tenía mal situados a muchos escritores en su relación con la guerra civil, de hasta que punto había internalizado imágenes o hechos que simplemente eran falsos pero que, sin embargo, me habían servido de referencia mucho tiempo, que quizá incluso defendí con vigor en algún momento sin saber casi nada de ellos. Y es que el conocimiento verdadero no es fácil, se escapa y esto es más peligroso en tiempos revueltos donde (vuelvo a citar a Trapiello) «Por desgracia, más que las ideas, incluso más que el corazón, iban a decidir en muchas ocasiones sobre la vida y la fortuna de las personas, las apariencias: el mono azul, la corbata, las alpargatas…Como decía Moreno Villa: todo el mundo se fijaba en los zapatos.»

Los tiempos, por suerte, no son los mismos pero me parece innegable que hay fantasmas que han vuelto. Por mucho que ahora quiera ignorarse un gran problema que tuvo la Republica es que, en un momento determinado, los grandes bloques ideológicos que hubieran debido sostenerla solo terminaron viéndola como un medio para conseguir otros objetivos supuestamente revolucionarios y superiores en un sentido o en otro. Lo que me inquieta del momento actual es que percibo discursos que impugnan la democracia constitucional que tenemos y tratan de reformularla como un «régimen”esencialmente corrupto y heredero directo del franquismo para conseguir demolerlo y asaltar los cielos de otros objetivos políticos de los que han construido otra legitimación ideológica que incluye, de nuevo, la confrontación y la demonización del adversario como estrategia para alcanzar el poder.

Es en este presente político con Cataluña ardiendo, con la repetición de unas elecciones en pocas semanas por la incapacidad de los partidos políticos de buscar acuerdos de gobierno, donde hay que encuadrar la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los caídos. El PSOE ha tenido para hacerlo grandes mayorías absolutas, muchos años con momentos de mayor consenso social para intentar que no afectara demasiado a la convivencia de los españoles que tanto costó recuperar tras la guerra civil. Pudo también, en ese tiempo (y no lo hizo), posibilitar la exhumación de todos los cadáveres enterrados en las cunetas y todo el mundo hubiera estado de acuerdo o al menos casi nadie se hubiera opuesto con demasiada energía ni posibilidades de éxito. Todo el país quería olvidar un pasado que fue terrible e intentar construir un país próspero, abierto, moderno y transversal dentro de la CEE.

Pero en un momento determinado, ya desde la época de Zapatero pero sobre todo tras la crisis económica y el surgimiento de Podemos, algunos aprendices de brujo debieron constatar que desempolvar la guerra civil en forma de “memoria histórica” era algo que podría ser rentable electoralmente y también en la guerra cultural de propaganda que se juega de forma bastante sofisticada en las redes sociales y que luego se extiende a la relaciones entre las personas. Así, de nuevo, ya es peligroso hablar de política y hay que medir las palabras.  La aquiescencia al mantra del momento se convierte en un símbolo de pertenencia a un grupo y también de desvelamiento del enemigo si lo cuestiona mínimamente. Todo muy emocional  y que además incluye toda la experiencia pasada. Da igual lo que alguien haya hecho o escrito a lo largo de décadas que puede ser etiquetado y descalificado para siempre en medio de una conversación de bar o de una cena de amigos o por una entrevista o un articulo en el periódico.  Una dinámica que puede ser convenientemente alentada hasta el odio y la violencia como está ocurriendo asombrosamente en Cataluña y ya ocurrió en el Pais Vasco.

La guerra civil y sus derivaciones patológicas es algo que ha pesado sobre muchas generaciones de españoles. Contra lo que se dice ahora toda mi vida adulta me la he pasado viendo películas y leyendo libros que tenían relación con ella porque era un tema que inundaba el paisaje cultural que de alguna manera ha determinado nuestras vidas.  También, siendo médico de pueblo pude hablar muchas horas con algunos de sus protagonistas, unos y otros, que me contaban  calamidades y detalles que me convencieron que era algo que había que intentar no repetir y que se resistía a la simplicidad y a los tópicos.

Por eso me parece peligroso haber sacado de esta manera, en este momento, a Franco de Cuelgamuros sin saber muy bien que se va a hacer con todo aquello, instrumentalizándolo estérilmente contra otros, hablando de “primera victoria de los vencidos“,  yendo ese mismo día a poner flores a las “13 rosas” o anunciando convertir en delito la exaltación del franquismo. Todo a la vez, quince días antes de unas elecciones, cuando el país amenaza con fracturarse y no se sabe muy bien cómo afrontarlo. Cuando quizá se esté alentando con todo ello la polarización y la resurrección de ideas que parecían olvidadas y ya se estén preparando las respuestas y desempolvando las fotos de los muertos. No creo que haya en ello nada noble, ni oportuno,  ni, sobre todo, inteligente desde un punto de vista político. Porque ni siquiera hay un resentimiento real en los que lo han propiciado, dado el tiempo que ha pasado, cuando los que vivieron realmente aquello hace ya tantos años que han muerto.

Cuando todo habría podido hacerse de otra forma y haber transformado, por ejemplo, ese monumento siniestro en un centro de estudio y de defensa de las sociedades abiertas y libres. Donde hubieran podido contemplarse y estudiarse minuciosamente lo que puede producir en un país el sectarismo, las ideas totalitarias y , sobre todo, las estúpidas políticas que tantas veces nos han enfrentado y arruinado, de tantas maneras en la historia.

Manuel Chaves Nogales

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma “aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución.”

Manuel Chaves Nogales «A sangre y fuego» Prólogo (seguir leyendo)

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