Dos por el precio de uno

Esta manida frase («Dos por el precio de uno«) por comercios, efímeros puesto de mercadillo, grandes superficies… en ocasiones también se hace realidad, incluso, sin estar buscando chollos o zascandileando por el outlet de paso. La doble satisfacción vivida, mas “espiritual” que crematística, llegó navegando por páginas web de antigüedades. El objeto encontrado conjugó dos de mis aficiones: etnografía y fotografía. Dos por el precio de uno. Incluso podría sumarse un tercero por la fecha que nos ronda, día de los difuntos, convirtiéndolo en noticiable. Y si encima ofrecemos un cuarto esto no lo supera ni el mismísimo Amancio Ortega. ¡Sí oiga! ¡Nos hemos vuelto locos y tiramos la casa por la ventana! Pues como nos demuestra el pasado, las grandes novedades del presente resultan no ser tan extraplanetarias.

No por evidente debemos dejar de incidir sobre el valor etnográfico de las fotografías antiguas, pues muchas de ellas nos permiten conocer la parte del pasado que no viene en los libros de historia, por recoger costumbres y quehaceres tan cotidianos que impulsados por el propio ritmo de la vida pasan sin mas reflexión que la necesaria para su propia consecución. Valga como ejemplo el acto inmortalizado en la placa estereoscópica que me lleva a juntar estas palabras: la administración del Viático. Etnografía + fotografía, dos por el precio de uno.

La fotografía, antaño ese rectángulo recortado de manera ondulante y revelado en la mas amplia escala de grises, hoy en día intangible compilación de millones de píxeles alumbrados en pantallas o por el contrario tan desaforada y descomunal capaz de cubrir soberbios edificios, quedó registrada en un periodo de su génesis sobre una placa vítrea. De formato rectangular, dividido en dos áreas cuadrangulares donde se revela la imagen retratada de manera geminada entre las que se interpone un margen oblongo en sentido vertical. Esta técnica podríamos adornarla con la teoría vitruviana del hombre como medida y canon de sus creaciones, ya que los artilugios a los que nos referimos de la protohistoria fotográfica, imitan la toma y visionado de imágenes del ser humano. De manera sintética nos quedamos con la siguiente idea. Percibimos las imágenes  a a través de dos ojos con una separación “x”, esta es transmitida al cerebro conjugándose en una sola, y tridimensional. Con lo cual, para captar las imágenes tridimensionales que nos rodean es necesario construir un artilugio con dos lentes separadas, obteniendo así imágenes, que por el soporte en que se plasman son bidimensionales (placa estereoscópica), pero visionadas en otro artilugio que ofrece su contemplación al “unísono” se obtiene la experiencia del visionado en 3D. Y todo esto ya existía en el siglo XIX, no nació con Samsung y compañía como parecían insinuarnos en sus mordaces campañas publicitarias. 

Hacia 1838 el británico Charles Wheatstone, científico dedicado a la óptica y acústica, construyó el estereóscopo ayudado por dos ópticos londinenses. Con este aparato lograron ver la misma imagen duplicada de manera simultánea con resultado tridimensional. Al año siguiente se sitúa el nacimiento de la fotografía, quien no fue ajena a esta técnica, teniendo por resultado hacia 1853 la construcción de cámaras fotográficas estereoscópicas, que podemos interpretar como el móvil-antecesor de dos objetivos. Estas cámaras se popularizaron entre la burguesía a finales del siglo XIX, y en ellas también podemos vislumbrar el precedente de la mítica Polaroid, pues el resultado del obturado se obtenía en una placa rectangular de vidrio previamente preparada con una solución de bromuro de cadmio, agua y gelatina sensibilizada con nitrato de plata. Manufactura que en el caso que nos ocupa fue realizado por la casa Ilford, férreo competidor de Kodak.

Charles Wheatstone

Serían casi innumerables los motivos que nos llevan a realizar una fotografía, pero a buen seguro que al común de los mortales no les ha llegado esa tradición decimonónica de retratar la muerte. Aunque tampoco está extinta en nuestros días, confieso que en comunidades religiosas actuales sigue vigente. Con lo cual no debe resultarnos extraño que también fuese motivo para inmortalizar el prólogo al fatal desenlace, como ocurrió en este caso con la procesión acontecida tras administrar la extremaunción. 

En aquella soleada tarde (momento del día que nos perfilan las estilizadas sombras) del agotado siglo XIX un vecino de la plaza mayor de Belorado, tal vez avisado al escuchar el tintineo de la esquila severamente agitada por el brazo nervioso del acólito, salió al balcón de su casa y no tuvo contención al presenciar la escena, viéndose atrapado por la imperiosa necesidad de retratar con su moderna cámara estereoscópica un rito común en horas finales de la vida.

A buen seguro que esta imagen hubiese sido un complemento extraordinario al desempeño catastral surgido en el Ateneo de Madrid a comienzos del siglo XX, desde donde se buzoneó a correspondientes de la citada institución, una batería de preguntas dirigidas a tres momentos importantes para el individuo: nacimiento, matrimonio y defunción, obteniendo a tal fin un estudio etnografico de todas las regiones.

Entre las cuestiones mortuorias preparadas para el estudio se abrió un apartado donde recoger refranes y consejas, lo que me trae a la memoria esa famosa frase tan repetida en camposantos, donde nuestro anónimo protagonista se encontraba muy cerca de la segunda parte, -«Como te ves me vi, como me ves te verás«-. Motivo que hizo al sacristán subir al campanario y tocar los consabidos toques para indicar la salida del Viático. Y esto nos daría pie para hablar de un tercer difunto, campanas y campanadas, (generalmente tan queridas por nuestros visitantes de la civitas) pero nos llevaría a tomar un luto tan profundo como el palo de campeche. Así que dejemos el sonido y volvamos a la imagen. En la que a pesar del escaso número de megapíxeles, se distingue como un número de cofrades (los mas pudientes ataviados con capa) en fila de a dos portando cirios encabezan la procesión, dejando a su paso expectantes mujeres que muestran su respeto arrodillándose o inclinando su cabeza. A pocos metros de la casa del asistido, el revendo, con el portaviático ya vacío y bajo palio (como era menester en tan alta solemnidad), se encamina hacia la iglesia sobre los pasos de la cofradía, seguido por un grupo de mujeres que parecen salir de la vivienda tras presenciar el rito. Y como toda fotografía que se precie tiene también su correspondiente apartado anecdótico, este es el protagonizado por un muchacho al que parece haberle pillado la procesión y espera paciente junto a la casa contigua. 

El lugar de domicilio del inminente finado (plaza mayor) y su condición de cofrade -¿de la Virgen de Belén?-, condición sine qua non para la participación de la misma, sitúan su alta posición económico-social. A la vez que esta última relata otra costumbre habitual conocida por el nombre de “la hora”. Acontecía esta, con la reunión de todos los cofrades en la casa del doliente para orar por el alma del hermano. Desconozco si en este momento de tránsito la oración y acompañamiento estaban también vinculados a ejercer protección contra el maligno y ahuyentar a los diablos, que podían llegar en tan delicado momento y cautivar su alma; creencia esta constatada en lugares de Euskadi, donde se tenía por indispensable la presencia del cura para evitar el fatal desenlace espiritual. Así lo recoge Juan Madariaga Orbea en el estudio titulado Comportamiento funerarios en Euskal Herria a comienzos del siglo XX:

«En cuanto comienza la gravedad del enfermo, la familia consideraría una deshonra y un peligro para el alma del pariente, que el sacerdote se separara de éste. Así es que se han visto casos en q. el cura ha tenido que permanecer de continuo mas de un mes junto al enfermo, viviendo y comiendo en la casa de éste y sin poder ir a la parroquia a celebrar misa. Semanas enteras han estado los sacerdotes sin celebrar por esta causa. Cuando la casa del paciente es pobre ó de pocos recursos, los vecinos se disputan la asistencia del cura. Si por casualidad muere una persona sin ser asistida por un sacerdote, es un escándalo del que se habla mucho tiempo y nunca lo olvida la familia sobre todo si fue por algún descuido del sacerdote.

Lejos de pretender ofender creencias la reflexión al respecto se hace evidente. ¿Cómo una oveja del rebaño se iba a separar del pastor justo en el momento en que estaba viendo las orejas al lobo? Y más aún estando ilustrado con las pinturas que veía en las paredes del templo. Contemplen el acontecimiento vivido por Manuela de Soria, Ama del venerable Juan Gil Abad del cabildo de esta villa de Belorado estando poseída de diez legiones de demonios fue Dios servido librarla  de ellos por la intercesión de Maria Santísima que con título de Belén venera esta villa por su Patrona en esta milagrosa imagen y por la de S. Juan Bautista, San Vitores –patrón de la villa- las tres Marías Santa Gertrudis y Santa Rita; expúlsolos el Padre Prior Fray Ruperto Manso hijo del monasterio de Nuestra Señora de Valvanera día de San Plácido año de 1725

Y este ha sido el articulo ofertado, dos difuntos: uno tecnológico y otro etnográfico, a los cuales, si le aplicamos el prisma de nuestro presente cultural los podemos resucitar al hacerlos un hueco en la memoria y tridimensionarlos con su difusión.

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2 Comentarios

  • Roland Barthes en La cámara lúcida. Notas sobre la fotografia, ya incide en la mención tanatologica del retrato. Un documento para la posteridad y para el recuerdo, de aquí el tropel de fotos mortuorias. Igual que hubo también la dimensión policial, forense y médica . Datar para conocer y para clasificar, Todo ello más allá de otros barruntos como parte del ‘punctum’ Barthesiano.

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