Nieves y bienes sobre Madrid a los 80 años de la muerte de Joyce

No tenemos ni la esperanza de una bola de nieve en el infierno.

Ulises, James Joyce

Parecemos en Madrid hoy un pueblecito del norte de Alemania, y si bien los edificios siguen siendo más mostrencos que las bellas casitas de Hansel y Gretel de allí, al menos son más variados y distintos. Todo se ha vuelto pequeño de repente, y como el tráfico ha desaparecido absolutamente, los coches aparcados parecen montículos enterrados por la nieve (como tumbas de gigantes en la campiña), los helicópteros no osan volar, y no hay distinción entre acera y asfalto, la era preindustrial se ha enseñoreado magníficamente sobre nosotros. Es una auténtica maravilla, sólo falta poder silbar a un coche de punto que se acerque por el horizonte llevando en el pescante a un cochero dickensiano de los de sus cuentos de terror -grandes patillas lobunas, chistera remendada, pobladas e hirsutas cejas, vaho del infierno saliendo de su boca insinuante de colmillos y un “¿señor?” sarcástico y gutural en la voz… No me gusta mucho el s. XXI… Excepto por la medicina, me encanta nuestra medicina. En este mismo momento, todos los habitantes de la Villa y Corte, yo incluido, estamos enviando a los amigos y parientes, subiendo a las redes sociales y prendiendo de la Nube -esa nube que nunca regalará nieve- mil videos de nuestros hijos hispano/europeos haciendo de norteamericanos de película. Chabeli Díaz Ayuso debe llevar toda la mañana al teléfono, redirigiendo el negocio que se le presenta de quitanieves, sal, postales de souvenir y encantadores atascos de los que a ella le gustan (¿tal vez servicios de sacrificados riders con telecomida para los coches atascados en la carretera?… ¿se podrán poner cadenas a las ruedas de las bicis, o globos del Retiro atados al manillar que aleviten las bicis?…) Almeida, sin embargo, más consciente y atribulado, como mascarón de proa de su partido en la capital que es, tal vez trate de hacerse cargo del gasto que va a suponer este tremendo caos para su consistorio, pero no se atreverá a salir a inspeccionar porque la capa de nieve le llegará ya por las gafas. Raphael, el cantante nonagenario que ya amenizaba las largas tardes de merienda y penas de muerte del Caudillo, tira también en este momento de contactos a ver si puede echarse una copla navideña desde lo alto de un tejado, pese a que eso ya se hizo en el edificio Apple un otoño y más tarde lo repitió el llorado Pau Donés en España un verano. Y hasta es posible que el Spiderman gordo de la Plaza Mayor, tan entrañable y tan castizo como las estatuas del Oso y el Madroño y de La Violetera, se esté tomando un chocolate caliente en el callejón de San Ginés junto con los jevis viejunos que viven a la intemperie todo el año en la calle Gran Vía. No es barato, pero un día es un día… (y en España todos los días son ese día…)

A los profesores de algo Chabeli nos confina en casa dos días más, justo hasta el 13 de enero, cuando se cumplen 80 años justos de la muerte de James Joyce. He leído la mitad de la monumental biografía de Richard Ellmann sobre el chalado irlandés, lo suficiente como para ver al gran Joyce, ese pináculo de la Literatura Universal que desafió al porvenir redactando Finnegan´s Wake (1), no siendo no más que un holgazán pendenciero y borracho que repartía sablazos por toda Europa y que cuando ni así le llegaba se malganaba la vida en los trabajos de lo más arrastrados. Menos mal que siempre estuvo convencido de que era un genio -él y su hermano Stanislaus-, y menos mal que pronto tuvo que alimentar a una familia (Joyce era de esos, con Aristóteles, a quien sin duda conocía, que siempre pensó que tener hijos era lo más grande que un ser humano podía hacer en su vida, tochos sesudos incluidos, algo que, sin embargo, y a diferencia de los tochos, está al alcance hasta del más tonto o del más pobre, y también por eso a ambos me caen bien), que, si no, hubiera terminado viviendo bajo un puente y la crítica literaria se hubiera perdido el gran festín de acertijos que el propio interesado vaticinó que les entretendría durante tres centurias –James Joyce, 50 años después | Cultura | EL PAÍS (elpais.com). En aquellos años, iniciáticos y bohemios, del Joyce miope, jactancioso (2) y desastre escribió cosas como estas, que sin duda están en el background sentimental de Ulysses -Ellmann, pág. 120:

Y me senté entre la multitud

y asistí a su ruidoso juego;

y puesto de pie, grite, con todas mis fuerzas

y fui tan bajo y grosero como ellos.

Tomé por compañera a la vulgaridad

y quedé indeleblemente marcado por su beso bestial.

Viviendo miserablemente de la caridad ocasional

he vivido con avidez las heces de la felicidad.

Más bonito imposible, ignoro cómo sonará en inglés. Es más o menos lo que dijo en una conferencia que impartió, siendo un Don Nadie, en unas charlas sobre Ibsen el 20 enero de 1900 en el Physics Theatre de Dublin: Debemos aceptar la vida tal y como la encontramos en el mundo real y no como nos la imaginamos en un mundo de fábula. O lo que cuenta Ellmann que parloteaba con Stanislaus, para sugestionarle con su sagrada misión, esa por la que Stanislaus, hay que reconocerlo, se sacrifica filialmente: “¿Ves ese hombre que acaba de esquivar el tranvía? Piensa, en caso de ser atropellado, lo importante que hubiera sido cada acción de su vida. Y no para el inspector de policía. Me refiero a todos cuantos le conocían. Esa es mi idea acerca del significado de las cosas que deseo darles a los dos o tres pobres diablos que me lean”, págs. 230-231. Consiguió que le leyeran dos o tres, pero tampoco muchos más. Más difícil todavía que escribir el Ulysses fue lograr colocar ese dragón obsceno e interminable ante los ojos de la gente y sobre todo de los colegas escritores. La proeza no la realizó Joyce (que, por cierto, estaba seguro de que su apellido procedía de “joy”, alegría de vivir), que, claro, iba entonces revestido de la pose de luminaria incomprendida y encima con parche de Sínkope, sino Sylvia Beach, una librera modesta pero de gran visión -la historia se cuenta amenamente en Joyce en París y el arte de vender el Ulises, en Gallo Nero, VVAA. ¿Cómo demonios se podía vender un ladrillo de mil y pico páginas, encriptado de principio a fin, evacuado lentamente en un millón de mañanas color ceniza por un sucio irlandés, y que para colmo contenía brillantes guarrerías como esta (escojo una en la que salga la palabra “nieve”)?:

Y Jacky Caffrey gritó mirad, allí iba otro y ella se recostó hacia atrás y las ligas eran azules a juego a causa de lo transparente y todos lo vieron y todos gritaron mirad, mirad, allí va y se recostó para atrás cada vez más para ver los fuegos artificiales y algo raro volaba por el aire, una cosa suave, de un lado a otro, oscura. Y vio una larga carcasa subiendo sobre los árboles, a lo alto, a lo alto, y, en la tensa quietud, todos quedaron sin aliento con la excitación según se elevó más arriba y más arriba y ella tenía que recostarse hacia atrás más y más para mirarlo en lo alto, arriba, arriba, casi no se veía, y su cara estaba inundada de un divino, un arrebatado sonrojo de estirarse hacia atrás y él podía ver sus otras cosas también, bragas de nansú, la tela que acaricia la piel, mejor que esas otras de medio ancho, las verdes, cuatro con once, por ser blancas y ella le dejó y vio que él veía y luego subió tan arriba que se perdió de vista un momento y ella temblaba de arriba a abajo de tanto doblarse para atrás de modo que pudiera ver bien arriba de la rodilla donde nadie jamás ni en el columpio ni cuando se mojaba las piernas en la playa y no se avergonzaba ni él tampoco de mirar de esa manera indecorosa ya ves porque él no podía resistir la visión de la revelación maravillosa a medias ofrendada como esas bailarinas de falda corta que se conducían tan indecorosamente delante de caballeros que miraban y él seguía mirando, mirando. A ella le hubiera gustado gritarle sofocadamente, tenderle sus finos brazos de nieve que viniera, para sentir posar sus labios en su blanca frente, el grito de amor de una mujer joven, un grito casi estrangulado, que le estalló, ese grito que ha resonado a través de los siglos. Y entonces un cohete subió y explotó pum fogonazo cegador y ¡Oh! luego la carcasa reventó y fue como un suspiro de ¡Oh! y todo el mundo exclamó ¡Oh! ¡Oh! en éxtasis y derramó un chorro de finas hebras de lluvia de oro y se deshicieron y ¡ah! eran estrellas todas de un verdor de rocío que caían junto con doradas ¡Oh tan preciosas, Oh, suaves, dulces, suaves!

Sylvia Beach y James Joyce

Más admisible era, desde luego, el Joyce de Zurich y Trieste, el pretendiente que escribía cosas serias y nostálgicas como Dublineses para que John Houston se las pasara a cine una vez muerto, un Houston con respirador reptándole por las fosas nasales como los de nuestros hospitales del pasado año. Si Filomena ha descargado también hoy en su provincia, sugiero que no vea hoy la tele, como si no se hubiera inventado aún para nuestro mal. Mire por la ventana y vea la nieva caer, cuajar y hacerse hielo, digan lo que digan en los políticos madrileños en los medios, que esos no dan ni un copo de nieve de esperanza en el infierno. Y viaje en el tiempo un siglo atrás, hacia la época en que tras una cena copiosa los dublineses vulgares reflexionaban en los siguientes términos, porque no sabían nada de José Mota, ni de los memes, ni de Spiderman, ni de esa Nube que nunca va preñada ni de nieve ni de relámpago…

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

[1] Resulta que Finn es el nombre del hotel donde se lo hizo por primera vez con Nora Barnacle, una de sus musas de la coprofilia (Lo íntimo en Faulkner y Joyce | Revistas (elheraldo.co)) y madre de sus hijos, a la que nunca gustaron mucho sus escritos. Así mismo, Finn´s hotel, una miscelánea de textos breves y alocados a la manera de un Lewis Carroll fuera de la universidad, está traducido y publicado en castellano desde 2013.  

[2]A nadie nos gustan los pedantes, pero los pedantes no son lo que demuestran lo que saben, o la buena educación que han recibido. Pedirles a los cultos que no exhiban su cultura o a los educados que no practiquen su educación es como pedir a Charlie Parker que no salga al escenario a presumir de lo bien que toca el saxofón. No: en mi opinión pedante es el que hace eso, sacar a relucir su segunda piel, como un intento descarado de hace sentir a los demás que son peores que él.   

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