80 años de la muerte de James Joyce, vecino de Dublín

Cabe imaginar que cuando Joyce murió en Zurich el 13 de Enero de 1941 la nieve cubría la ciudad, tal como ha ocurrido estos días en casi toda España. El escritor solo tenía 58 años pero ya había inscrito a Dublin en el libro de oro de la literatura universal, a pesar de ser una ciudad gris y aquejada de parálisis espiritual, como el propio Joyce la definió. No hay que olvidar que Irlanda fue parte  de la corona británica y la primera colonia del Imperio en conseguir su independencia en 1922, precisamente el año que Joyce publicó Ulises. Pero para entonces ya hacía mucho tiempo que Joyce vagaba por Europa tras abandonar en 1904 a la “vieja cerda que devora sus crías”, como él mismo describió su país. Porque en Irlanda reinaba el provincianismo más asfixiante, acentuado por su insularidad y por una perpetua crisis identitaria que se resumía en una pregunta: ¿Qué significaba ser irlandés? La isla llevaba siglos sufriendo una dolorosa escisión entre protestantes y católicos, términos que iban mucho más allá de su matiz religioso: por un lado, la clase terrateniente y anglófila, descendiente de los colonizadores; y por otro la comunidad católica, gaélicoparlante y secularmente usurpada de los derechos más básicos. La consecución de una Irlanda irlandesa costó mucho enfrentamiento y mucha sangre, un escenario en el que la literatura jugó también su papel.

con Nora

Porque para valorar en toda su importancia la obra de Joyce hay que evocar el clima intelectual de comienzos del siglo XX, obsesionado por crear una literatura para una nación en ciernes. De ahí que se fundara el Renacimiento Literario Irlandés, un movimiento liderado por la clase angloirlandesa con W.B. Yeats a la cabeza y cuyos ideales eran la recreación del pasado gaélico con sus mitos y leyendas, la idealización de la vida rural y el campesinado y la imagen de una Irlanda artificiosamente romántica y heroica. No tardó el joven Joyce en fustigar y rechazar la falsedad de un nacionalismo cultural que solo miraba al pasado e ignoraba la realidad contemporánea, a la que Yeats definía como la “asquerosa marea moderna”. Por ello en 1904 Joyce, nacido en Dublin en 1882 en el seno de una familia católica de clase media, se alista a la larga tradición del exilio, esa fórmula irlandesa que consiste en “vagar lejos de casa pero sin marcharse nunca”. Porque en su largo periplo europeo- Trieste, Pola, Paris, Zurich- no hará otra cosa que contarnos la historia de su ciudad en muchas historias como es el caso de Dublineses (1914), su propia historia personal en Retrato del Artista Adolescente (1916), o una auténtica Historia (con mayúsculas) de Dublin en la densidad literaria y lingüística de Ulises. En una relación amor -odio tan intensa como contradictoria, Joyce haría de su vida de escritor un sacerdocio para sacralizar a Dublin con la palabra. Rescató a su ciudad de un destino histórico irrelevante e hizo de ella una ciudad polifónica y polisémica con una obra que es un gran monumento verbal. Él mismo afirmó que aunque Dublín desapareciese del mapa y de la historia quedaría registrada minuciosamente en sus libros para siempre.

Porque la ciudad necesita para su inmortalidad literaria que alguna pluma ilustre la dote de vida, la pueble de personajes, la inflame de sentimientos y, tras interiorizarla como paisaje espiritual, la presente al mundo en todo su esplendor y su miseria. Tal fue, por citar algunos casos, Londres para Dickens o París para Zola, Lisboa para Pessoa o Madrid para Galdós. Y no olvidemos que la ciudad, y no solo Dublin, había sido tradicionalmente representada como centro de corrupción e ignominia. Siguiendo a Vladimir Propp en su Morfología del Cuento se puede afirmar que el modelo más generalizado en la novela de ciudad es la fábula de Dick Whittington, según la cual un inocente provinciano parte para la ciudad, entra en ella, sufre sus peligros y sus agresiones y finalmente triunfa. La ciudad, por tanto, en su sentido bíblico: Sodoma, Gomorra, Babilonia, cargada de significado moral. Además en el caso de Irlanda el mundo rural era el paisaje sacramental por excelencia, mientras que las ciudades habían sido creación y fortaleza de los colonizadores, con el consiguiente sentimiento de alienación por parte de sus habitantes. Y sin embargo, hoy todo el mundo afirmaría con nosotros que Irlanda es Dublín y Dublín es Joyce, un simple vecino que abandonó su ciudad y se fue a Europa para depurarla y reconstruirla. Se ha reconocido que uno de los grandes méritos de Joyce sería conseguir un tono absolutamente neutral en su tratamiento de Dublín, despojándolo de cualquier significado moral o social que no fuera la propia alma de la ciudad. Existen numerosos testimonios sobre el contacto constante que Joyce mantuvo con familiares y conocidos : pedía que le mandasen programas de teatro, menús de restaurantes, billetes de tranvía o cualquier otro recuerdo para mantener viva la ciudad que él siempre llevaba consigo. Y con ello fue inmortalizando a sus ciudadanos en ese prodigio de relatos breves que es Dublineses; exorcizó los grandes demonios del nacionalismo irlandés- lengua, patria, religión- a la vez que los demonios carnales, espirituales y artísticos de su alter ego, Stephen Dedalus, en Retrato del artista adolescente; y convirtió un día en la vida de Dublin en la odisea homérica que es Ulises.

Joyce fue ante todo un oído privilegiado, capaz de captar los registros y las voces más insospechadas porque no en vano pertenecía a una clase social donde la tradición oral y musical eran pilares importantes. Pero además, como buen irlandés, era consciente de pertenecer a un pueblo que se deleitaba en la charla interminable, como él mismo describía : Los dublineses son la raza de charlatanes más inútiles que he encontrado, tanto en la isla como en el continente. El dublinés pasa todo su tiempo dándole al pico y de ronda por los bares o tabernas, sin cansarse de la doble dosis de whisky. Pero a todo esto hay que agregar su facilidad asombrosa para los idiomas ( aprendió noruego para leer a Ibsen en lengua original) y su vasta cultura europea. De este modo en Ulises se intercalan y entretejen multitud de voces, historias y estilos. La acción no puede ser más simple: un día en la vida de Dublin, el 16 de Junio de 1904, (el día precisamente que conoció a Nora Barnacle, una joven camarera con la que se fugaría y que sería su compañera de por vida), rastreando durante dieciocho horas la vida cotidiana a través de dos personajes, Leopold Bloom y Stephen Dedalus. La vida cotidiana, hemos dicho, en su sentido más literal porque los personajes almuerzan, van al pub, visitan un burdel, asisten a un entierro, etc etc. Y mientras tanto esos mismos personajes piensan, recuerdan, asocian, evocan, sueñan y la ciudad de Dublin se llena de ecos, ruidos, rumores que el libro reproduce magistralmente.

Sin embargo, Ulises es mucho más que un día en la vida de Dublin, aunque este sea el nudo de su estructura. El propio Joyce explicó algunas claves de su complejidad: es la épica de dos razas (Irlanda e Israel) y al mismo tiempo el ciclo del cuerpo humano, así como el relato de un día. Una especie de enciclopedia de la vida y el arte donde, en asombrosa procesión, se exhiben las técnicas más inéditas y una experimentación verbal sin precedentes. En la parte denominada Bueyes del Sol, por ejemplo, se reproducen todos los estadios de la lengua inglesa, desde el anglosajón hasta nuestros días pasando por el inglés medieval, renacentista, el estilo de Defoe, de Dickens, etc, hasta acabar en una mezcla alucinante de jergas al final del capítulo. En otras partes de la obra, por ejemplo Nausica, se imita la novela sentimental; o en el episodio de Las Sirenas, por citar otro, se hace un impresionante acercamiento de literatura y música. Sin olvidar, claro está, el soberbio manejo de dialectos e idiolectos o del monólogo interior, del que hay que citar, como muestra antológica, el monólogo de Molly Bloom con que cierra el libro. Y sin embargo, tal alarde de técnicas no ahoga en ningún momento el sonido de Dublin que recorre el libro ininterrumpidamente. Otro de los episodios, Ciclopes, sin duda el más irlandés de la obra, está narrado por un auténtico Dublin story teller en el mejor estilo de la tradición oral y recreando con gran hilaridad la legendaria figura de Finn McCool.

En cualquier caso, Ulises nunca fue ni será un libro popular, comenzando por los continuos avatares que acompañaron su publicación. La obra fue denunciada por la Sociedad para la Prevención del Vicio de Nueva York a causa de la obscenidad de algunos episodios y tuvo que publicarse en París en 1922, el día que Joyce cumplía 40 años. Tras numerosos testimonios de escritores y personalidades a favor y en contra, solo en 1933 llegaría a publicarse en Estados Unidos y en 1936 en Inglaterra, arrastrando consigo una morbosa popularidad en los círculos intelectuales. Pero además, el asombroso ejercicio de verbalización que Ulises inicia alcanza cotas inimaginables en Finnegans Wake (1939), cuyo título parte de una vieja balada sobre un albañil borracho que se cayó del andamio y se mató, pero al olor del alcohol que se bebía en el velatorio acabó resucitando. Porque no se pude leer a Joyce sin tener en cuenta la gran tradición cómica irlandesa, basada en el malabarismo lingüístico y la transgresión creadora y que él elevó a límites insospechados. Ejemplos como Swift o Lawrence Sterne con Tristan Shandy constituyen antecedentes importantes para la total subversión que encierra Finnegans Wake, donde se narra la ciudad y no lo que pasa en ella. Dublin llega a ser la propia historia y no el marco de esta, deja de ser contexto para convertirse en texto, lo que constituye una auténtica cima literaria.

Resulta evidente que la obra de Joyce se desvió totalmente de los pomposos postulados del Renacimiento Literario Irlandés y sus impulsores. En su lugar, se asoma a Europa llevando consigo la vertiente irlandesa más oscurecida y más silenciada: la parroquia de la clase media católica, la comunidad de vecinos de Dublin con un destino y una vida gris pero que son la auténtica representación de esa Irlanda que comienza su andadura como Estado Libre y teje los mimbres de la futura república. El exilio fue para Joyce el medio idóneo para preservar su integridad e independencia artística y con ello consiguió quitar el pedestal a la Irlanda de las hadas, las reinas y los duendes y otorgárselo a la Irlanda de los ciudadanos grises que acumulaban peniques y oraciones.Puede afirmarse que Joyce fue un escritor profundamente irlandés que rechazó las limitaciones de ser irlandés. En lugar de recoger la antorcha de Yeats recogió la de Ibsen, en lugar de Cuchulain o Deirdre buscó a Dante, Vico, Descartes o San Agustín. Opuso la cotidianeidad al mito, el prosaísmo a los sueños, la rutina a la hazaña heroica y el arte a cualquier otro intento de rebelión o revolución.

Y como ya presagia el refrán, tampoco Joyce fue profeta en su tierra. Durante décadas fue ignorado en Irlanda, donde incluso se evitaba pronunciar su nombre en los círculos intelectuales y literarios, en tanto que encabezaba los logros y la gloria del Modernismo en lengua inglesa. No debe extrañar que durante mucho tiempo Joyce fuese leído y catalogado como un escritor inglés, como también fue el caso de Swift, Oscar Wilde y bastantes otros. A la conocida facilidad inglesa para usurpar tesoros ajenos, se unía en este caso la dificultad de Irlanda para forjar su propio destino y su auténtica tradición literaria que con Joyce cobra un impulso gigantesco. Aunque muy lentamente, su obra fue adquiriendo en Irlanda un lugar de honor y quizá sea Retrato del Artista Adolescente la que haya tenido una mayor influencia en la literatura posterior, hasta el punto de que el Bildungsroman irlandés es un género en sí mismo, extraordinariamente fértil. Más de un escritor, por otra parte, ha declarado su frustración al contar con un antecedente tan excelso que hace imposible- al menos en teoría- cualquier intento innovador; pero nadie puede imaginar los derroteros de la literatura irlandesa si aquel día de 1904 James Joyce no hubiera emprendido el exilio.

Nada se ha dicho aquí, antes de terminar, de la extraordinaria complejidad de la obra de Joyce, hasta el punto de que se considera  imposible de leer y entender. Admito la dificultad de Ulises, que exige una inmersión lenta en una buena edición anotada (existen varias en inglés y en español) y de este modo puede llegar a ser una lectura muy placentera aunque nunca fácil. Y confieso la imposibilidad de Finnegans Wake, a no ser que uno esté dispuesto a dedicarle parte de su vida descifrando, más que leyendo, sus malabarismos lingüísticos. En cambio Retrato del Artista Adolescente debería ser lectura obligada para los españoles (sobre todo los que ya no son tan jóvenes), porque muchos de nosotros también crecimos en un país donde, entre otros males, la Iglesia Católica ha ejercido- y sigue ejerciendo- un poder extraordinario. Si alguien se preguntara, por contra, cual es mi lectura favorita de Joyce, no dudo en contestar que es Los Muertos, el último y sublime relato de Dublineses, que escribió con solo 25 años. Quizá otro día hablemos aquí de su grandeza porque ahora falta espacio, pero somos muchos los que hemos sucumbido a su lectura constante. No olvidemos, por ejemplo, a John Huston (él mismo de raíces irlandesas) que hizo una película del mismo nombre cuando ya estaba a punto de morir, hasta el punto de que tuvo que dirigir el rodaje con una bomba de oxígeno. La versión cinematográfica de Los Muertos (titulada Dublineses en español) obra el milagro de equiparar la obra literaria, algo bastante excepcional.

España está estos días cubierta con el blanco de la nieve y quizá eso nos haga evocar con más fuerza y con más emoción aquel día de Enero en que Joyce nos dejó, hace ya 80 años. Pero el propio Joyce describió un paisaje semejante en el último párrafo de Los Muertos, uno de los textos más bellos que conozco y con el que  cierro este escrito a modo de sentido homenaje:

Unos roces en el cristal le hicieron volverse hacia la ventana. Había comenzado de nuevo a nevar. Contempló somnoliento los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra la luz de la farola. Había llegado el momento de que emprendiera el viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba de igual modo sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los lugares de la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía dulcemente sobre el Pantano de Allen y, más hacia el oeste, caía suavemente en las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también sobre todos los lugares del solitario cementerio en la colina donde Michael Furey yacía enterrado. Yacía apelmazada en las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña cancela, en los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos.  

( Traducción de Eduardo Chamorro)  

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7 Comentarios

  • Excelentísimo. Sólo cambiaría San Agustín por Santo Tomás. A mi no me hubiera importado nada ser un irlandés gris y borrachín compatriota de Bloom ese día inmortal, a la vez que trivial, en que Homero abandono su pedestal de fundador de la cultura de Occidente a cambio de recuperar la vista para el mundo real. Tengo en casa una guía de Dublín que no recuerdo donde robé y que es vieja, entrañablemente encuadernada y cuidada en la prosa por su humilde autor. Algún día aprenderé el inglés suficiente como para leer la primera página, o le pediré a mi amigo Javier que me la lea. En una taberna y frente a un whisky, naturalmente…

    Gracias Inés y larga vida (in memoriam) al cuatro ojos de Jim.

    • Gracias, Oscar. He visto con agrado que los dos terminamos nuestros artículos con el final de Los Muertos. Feliz coincidencia, porque es un texto bellísimo. Y el que tú incluyes me gusta mucho más que el mío. Yo nunca he leído Dublineses en español y cogí la edición de Cátedra que era la que tenía a mano. Pero la traducción- mucho mejor en tu cita- marca la diferencia. Si no me equivoco es de Cabrera Infante.

  • Que va, todo es mucho más Bloom y menos Dedalus. Sencillamente cogí la cita del primer bloguero que me encontré, alguién que no se sintió en la necesidad de dar el traductor. La edición que yo manejaba hace mil años, y que se perdió en el tiempo como pintas en Dublin, fue la de Alianza, que creo que sí, que era la del cubano. No obstante, para Ulises sí tengo a Cátedra, y tan feliz con ella. La comparé en la librería con la del todoterreno Valverde y encontré que la primera no repetía palabra en la primera página, así de tonto. Además pensé que el prólogo del editor sería más explicativo, por más largo (gran error: el prólogo de Valverde es mucho mejor, y los de Cátedra suelen ser horribles, ese tipo de filólogo al que han engañado haciéndole creer que su tarea consiste en encuadrar la obra en tiempo, espacio y parámetros así… la antiliteratura, vamos…)

    Pero sí, teníamos ambos esa nieve que lo sepulta todo a la vez que lo purifica todo muy-muy a güevo…

  • Gracias por recordar (y recordarnos) un aniversario que ha pasado, me parece, bastante desapercibido. El apartarse de la corriente arcádica irlandesa me ha recordado otro olvido, el del también irlandés Flann O’Brien, cuya obra Joyce conocía (se la recomendó Samuel Beckett) y admiraba. Precisamente en La boca pobre O’Brien parodia (o más bien satiriza) tal corriente ensalzadora de un pasado idílico, denunciando ácidamente las condiciones de vida del campesinado irlandés. Tanto él como Beckett aprendieron no poco de Joyce, y sin embargo O’Brien sigue, me temo, sin conocerse lo bastante, a pesar de sus enormes novelas “At Swim-Two-Birds” (traducida como “En nadar dos pájaros”), que ofrece tres comienzos distintos; “El tercer policía” (donde las bicicletas tienen un extraño comportamiento sexual, un inventor chiflado llamado De Selby sostiene que la tierra tiene forma “asalchichada” y se dice que «El infierno da vueltas y más vueltas. Su forma es circular y su naturaleza interminable, repetitiva y muy próxima a lo insoportable»); o “Crónica de Dalkey”, en la que el mismo De Selby mantiene conversaciones con san Agustín gracias a uno de sus descacharrantes inventos, y donde aparece el propio Joyce, que visita desde el más allá al protagonista.
    Y, hablando de inventos, el mismo O’Brien proponía los cubitos de hielo hechos con whisky, para no aguarlo… Un tipo listo, sin duda, además de gran escritor.

    • Javier Ortega, gracias a tí por tu acertada evocación del gran Flann O’ Brien, cuyo enorme ingenio fue eclipsado por Joyce en gran parte. Tiene el mérito, con respecto a éste, de que él siempre escribió ” a pie de obra”, es decir, nunca se fué de aquel Dublin que tanto odiaba/amaba Joyce. Y le supera mucho en el imaginario popular, sobre todo en los pubs. Todo un personaje, aparte de un gran escritor, y parte viva del paisaje de Dublin, algo que Joyce solo consiguió en la literatura.

  • Sin duda. Por suerte, la editorial Nórdica emprendió hace unos años la publicación de su obra en castellano, y ahora se puede acceder a ella fácilmente…

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