James Joyce: una coda

La celebración del 80 aniversario de la muerte del artista y literato irlandés, James Joyce, ha contado con un contenido de altos vuelos en estas páginas de Hypérbole, casi de forma excepcional en los medios de comunicación cultural. Dando muestra de lo certero de la senda hyperbólica y de lo somero de los intereses de otras competencias alicaídas, absortas en pandemias, nevadas y elecciones catalanas.

Sendos trabajos de Óscar Sánchez Vadillo (Nieves y bienes sobre Madrid a los 80 años de la muerte de J.J.) y de Inés Praga Terente (80 años de la muerte de J.J., vecino de Dublín), dan cuenta del estado de la cuestión. No tanto del estado de los últimos estudios referidos al escritor dublinés, cuanto a la centralidad joyceana en la literatura del siglo XX, donde se acaba conectando con el antecedente proustiano y con el consecuente faulkneriano.

Y esa celebración se ha producido desde el repaso y rememoración de los textos centrales y nucleares del irlandés: desde El retrato del artista adolescente a Ulises, pasando por Dublineses a Stephen hero o Exiliados y terminando en el estrépito del Finnegans wake.

Por razones que desconozco, me ha llamado la atención en esos trabajos solemnes y de gran interés, la ausencia de referencias a dos piezas que considero centrales y fundamentales en la trayectoria de nuestro hombre. Por más que se sean breves y de corto recorrido, o que sean piezas excepcionales como ocurre con la faceta poética en Joyce. Aunque hay quien mantiene que el universo escrito de Joyce siempre alentó a un poeta, frustrado unas veces y oculto otras más.

Ese carácter menor de esos dos trabajos permite ver la importancia seminal y fundacional de las obras menores entendidas como atributos prospectivos, como ocurre en tantos otros ordenes de la vida: desde la mayor creación artística, a la batalla militar más elaborada y trazada en su estrategia sobre el tablero y no sobre el campo de combate. La facilidad clasificatoria hace que se identifiquen las obras mayores como parte del canon de un autor y se soslayen los tanteos laterales de piezas breves, inconclusas o enigmáticas en sí mismas, que han sido probablemente el sustento de otras lecturas.

Y es que, frente a la solemnidad de las obras tenidas por canónicas que circulan en el escaparate de la repetición, sigue aleteando el sinsentido de las obras desperdigadas, aisladas y dispuestas a modo de señales previas de un esfuerzo aplazado y no siempre entendido un valorado. Negándole a esas piezas el carácter de obra acabada y por ello, desplazadas en el universo de los valores críticos a un desván amalgamado de viejos enseres en desuso. Como ocurre, en otras ocasiones similares, con los bocetos y croquis que preludian lo que ya está pensado y madurado en la cabeza del creador y que puede requerir desarrollos sucesivos, pero no intenciones nuevas.

Me refiero a dos obras de 1914 y de 1927, esto es rodeando y bordeando Ulises, como espejo de las miradas. Como son el Giacomo Joyce y los Poemas Manzanas. Dos obras menores que preludian y posceden otras centralidades acaparadas por el mundo de Dedalus.

Del Giacomo Joyce, escrito en Trieste en 1914 – publicada póstumamente en 1968 por Faber and Faber en una edición facsimilar del manuscrito original de dieciséis páginas y que contó con prólogo y notas del biógrafo de Joyce, Richard Ellman, similar por otra parte a la edición de Viking Press de New York, del mismo año–. Del Giacomo Joyce, trabajo liviano y cuajado de giros italianos aprendidos del dialecto friulano de la Trieste aún austriaca, se ha dicho –pese a su brevedad hermética y a su rareza, a contrapelo de un lugar tan lateral en su encrucijada geográfica como Dublín mismo–​ que es un antecedente adriático del Ulises, que en esos momentos estaría en fase de elaboración, anotación, estudio y maduración. Es un poemario –para algunos–, para otros una letanía libre del algún recitativo, en el que Joyce – Giacomo es la forma italiana del nombre del autor– intenta penetrar en la mente de una dama oscura y judía, objeto de un amor ilícito. Incluso esa referencia lateral, al final del texto, del músico holandés Jan Pieters Sweelink, que “hace que todo lo bello parezca extraño y lejano”. Extrañeza y lejanía.

La edición española bilingüe, apareció en 1970 en los Cuadernos ínfimos de Tusquets, dentro de la extraordinaria serie Los heterodoxos que dirigiera el mexicano Sergio Pitol, para la citada editorial y que contaba con su inconfundible color plata en las portadas y contras, según concepto elaborado por el arquitecto y diseñador gráfico Óscar Tusquets, con la colaboración de Lluis Clotet y Angel Jové, habituales en otras portadas de los Cuadernos Ínfimos. Por lo que la portada –al ser un cuaderno heterodoxo y temible– aparecía taladrada en la cartulina con la X de rigor–X de Heterodoxos– con un fondo amarillo –otro color igualmente problemático– vinculado a los judíos venecianos del Gueto del Cannaregio y al horror teatral. La foto de la portada nos presenta a un raro Joyce a la guitarra, que procede del fondo de Ottocaro Weiss de Zúrich. La edición española era obra de Alfredo Matilla, autor además de un breve nota aclaratoria.

 Los poemas manzanas (Poemes penyeach), fueron editados el mismo año de 1970, aunque ahora fuera en Madrid, en Alberto Corazón editor, dentro de la colección Visor de poesía, que dirigieran Jesús García Sánchez (alias Chus Visor) y José Batlló (el viejo factótum de la colección de poesía El Bardo). El diseño en los negros habituales en los trabajo de Albero Corazón como diseñador, con grafismo en amarillo –otra coincidencia con la pieza de Tusquets. La edición era de José María Martín Triana, quien también realiza un prólogo de gran interés. Donde entre otras cosas fija que “Este libro contiene poesías fechadas desde 1904 hasta 1932. La mayor parte de ellas escrita entre 1912 y 1915, cuando el poeta vivía, enseñando inglés en Trieste. Los demás poemas fueron compuestos en sitios tan dispares como son Dublín, Zúrich y París. La primera edición de Poemes Penyeach, fue publicada en 1927 por la Shakespeare&Co, en París. ‘Ecce Puer’ apareció en el New Republic, el 30 de noviembre de 1932, dedicado al nieto del autor. ‘El Santo Oficio’, entre 1904 y 1905 en Pola, y ‘Gas de un mechero’ en 1912, ambos editados por el mismo Joyce”.

Además de ello, Martín Triana resume el sentido de Poemes Penyeach, casi como una bagetelle o un juego despojado de interés.Literalmente Poemas a penique cada uno. Joyce como se ha dicho anteriormente, gustaba jugar con las palabras variando su sentido. En el caso que nos ocupa es bien claro que lo ha hecho con la palabra Poemas, quitándole así valor a unos poemas que a sus ojos nunca fueron importantes, y también jugando con el precio original de la obra, que fue de un chelín, regalando uno de esos poemas a quien se molestara en comprar el libro”.

 En ese año de 1970, se produjo la famosa boutade de Juan Benet, en la entrevista de la revista Triunfo (22 de agosto) con Eduardo G. Rico –donde se glosan Volverás a Región y Una meditación–, al decir solemne e impetuoso, como era frecuente en él: “Joyce es de segunda fila”. Afirmación que, años después, tuvo que contextualizar, rectificar y revisar. Todo, entonces, para esconder la necesidad de ‘matar’ literariamente a Luís Martín Santos, por persona interpuesta. Con el que había estado escribiendo –se ha conocido en 2020– un proyecto raro como resulta ser Un amanecer podrido.

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1 Comment

  • Yo pondría más a Hemingway de consecuente de Joyce que a Bill -por no hablar de Beckett, su secretario que sencillamente se decidió a ser su antítesis. De hecho, en una obra tardía, Islas en el golfo, o algo así, Ernest saca al propio Joyce en su novela, rindiéndole un homenaje etílico, que es lo más sentido que él podía ofrecer. Benet seguramente lo vio igual, o no hubiese rotulado ese a todas luces absurdo título…

    Gracias, José (pero Ellmann no menciona esos libros, debieron salir con otro nombre).

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