Toyo Ito, White U house, Tokio, 1976

Probablemente, la trayectoria de los Premios Pritzker en su reparto equitativo en Japón permita un entendimiento adecuado de la Arquitectura, en la segunda mitad del siglo XX en el país del Sol Naciente. Desde los inicios del movimiento Metabolista –lanzado en la Exposición Mundial de Diseño de Tokio en 1960–, con la presencia de Kenzo Tange (Priztker, 1987) y de Fumihiko Maki (Pritzker 1993), hasta los últimos premiados –por más que no sigan una huella cronológica, toda vez que Kazuyo Sejima (1956) obtuviera el galardón diez años antes que Isozaki (1931), a pesar de ser veinticinco años más joven– explicitan, a mi juicio, cierta radiografía del universo nipón.

Todo ello nos permite entender los movimientos oscilatorios –como una onda que va y regresa, y a veces se desvanece– producidos en Japón desde la reconstrucción económica derivada de la postguerra a la exaltación del Metabolismo –coincidente con las Olimpiada de Tokio de 1964 y, sobre todo, con la Expo de Osaka de 1970–. Baste observar –para advertir de esa circularidad aludida– que las aplazadas Olimpiadas de Tokio de 2020, se producían utilizando dos de los edificios de 1964 –particularmente el Palacio olímpico de Tange y el Gimnasio de Maki–. De igual forma que Osaka se prepara en 2025 para reverdecer el prodigio del 1970 y su Expo que fue saludada como Una experiencia de futuro, y en la que colaboraron los citados Tange, Maki, Mishiyama o Kikutaki. Y así la Expo Osaka’70 conectaba con la muestra de los Metabolistas en New York, en 1961, bajo la rúbrica de Una arquitectura visionaria. Un futuro visionario, frente al minimalismo zen de otras instancias vitales: unas tradiciones constructivas herederas de formas imperiales, opuestas a la brevedad mística del Jardín zen.

Y esos excesos formales y ese optimismo tecnológico de los años sesenta –implícito en la reconstrucción económica misma y en las soluciones formales de la arquitectura japonesa del momento– estaban condenados a fijar un concepto de límite y de austeridad en la expresión ulterior. Dejando esa inflación del futurismo visionario restringida al campo del cine de Khitano y del alabado cómic. Visibles estas cuestiones del control formal y de la sequedad expresiva en la que podemos llamar, tercera generación. Una tercera generación de arquitectos nacidos en el contexto de la dura experiencia de la Segunda Guerra Mundial, como ocurre con Tadao Ando y con Toyo Ito –por más que éste naciera en Seúl y que aquel tuviera una formación irregular, ambos acabaron por conseguir el Pritzker, Ando en 1995, Ito en 2013–, pero ambos formados en la década de los setenta y de sus relatividades expresivas. Y unidos, consecuentemente, más con el cine de Ozu –contención formal y rigor expresivo, bajo formas neopopulares– que con las vanidades de feria y espectáculo de los Metabolistas y sus herederos actuales. Ello es más cierto en Tadao Ando y en su completa trayectoria, mientras que Ito –una vez realizada la casa que comentamos– se abre a otros universos formales diferentes.

Nació en Seúl (Corea) en 1941 durante el periodo de ocupación colonial japonesa, se graduó de la Universidad Nacional de Tokio en 1965. Trabajó durante 4 años en la oficina de Kiyonori Kikutake Arquitectos y Asociados, más tarde abre su propia oficina llamada Urbot (Urban Robot) en 1971, en Tokio. Unos de sus primeros trabajos comprenden la Silver Hut y el mobiliario de la Chica Nómada de Tokio, en el cual trabajó la entonces colaboradora de su oficina Kazuyo Sejima.  En 1979, el estudio cambia su nombre al de Toyo Ito & Associates, Architects. Con los cambios de denominación de la oficina, expresa ya esas vicisitudes y alternancias, al tiempo que inicia un periodo de expansión y difusión internacional, explorando la imagen física de la ciudad en la era digital. Tal como explica en sus escritos como El Jardín de Microchips. La imagen de la arquitectura en la era microelectrónica o Hacia la arquitectura del viento, donde reflexiona sobre la experiencia urbana propia de la ciudad contemporánea que acontece en dos espacios de referencia: la electrónica y la naturaleza. Un espacio físico convencional y un conjunto de espacios virtuales –como otro movimiento pendular– en los que gran parte de las expectativas, sensibilidades e intereses urbanos se administran. En 2016 y 2017, fue miembro del jurado mundial del Prix Versailles.

Toyo Ito diseñó la casa White U para su hermana mayor, que acababa de perder a su marido por un cáncer en 1976.  Tras la muerte de su marido, la viuda pidió a su hermano que construyera una casa para ella y sus pequeñas hijas donde pudieran disfrutar del contacto con el suelo y la naturaleza.  En esta obra se distingue el valor simbólico de alguna arquitectura japonesa, volcada a la reflexión del vacío y a la meditación de la ausencia.  La casa White U no es solo una casa, es una casa para dolientes, por lo que a veces fue vista como un santuario y como un penitenciario.

Esto da sentido al diseño cerrado en planta de la casa. Aislada del exterior y encerrada sobre sí misma –como un pliegue interior– dejando en el centro de la casa un patio vacío y poco accesible, un lugar para la memoria y la meditación, no para ser habitado.  Toyo Ito concentra el programa de necesidades de la vivienda en los dos brazos de la U conectados por ese espacio curvo, vacío e iluminado cenitalmente, de gran valor simbólico. Estos extremos del pasillo son de color oscuro, que se opone a la fuente de luz principal que es la entrada al patio interior, cerca del centro de la curva y en el punto de encuentro simbólico de la familia. Las superficies interiores son todas blancas, generando un espacio minimalista para el pensamiento contemplativo.

Veintiún años después de ser construida y una vez que los tres miembros de la familia ya se habían mudado, Toyo Ito fue a mirar cómo se demolía el edificio. La casa había tenido una gran influencia en sus tres residentes, sin embargo, su destrucción no fue a su juicio, un acontecimiento triste. La familia ya no estaba de luto, y el diseño de la White U se había adaptado a esa forma de pensar y de olvidar. Después de haber cumplido su propósito del duelo, la demolición de la casa fue el inicio de un nuevo capítulo para la familia.

Y esta clausura –doblemente simbólica, para Toyo Ito y para la Arquitectura japonesa– es la que permite entender la deriva actual de obras –que perdida la gravedad precedente de los setenta– retornan al abigarramiento confuso de los coloristas sesenta, con una superposición de asuntos y cuestiones de la manio de una nueva visibilidad. Piezas como la Casa Dayta (2019) de Suzuko Yamada o la casa Stairway (2019) de Oki Sato y el grupo Nendo, plantean un nuevo retorno a ciertas raíces del primer Metabolismo, aunque ahora sea a escala doméstica.

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