Ehrengard, Isak Dinesen

Esta mujer fue sin duda una bruja, y me causa un cierto mal rollo leerla. Uno sigue sus narraciones hechizado, a sabiendas de que el último secreto de ellas es insondable. E insondable sólo es el mundo mismo, no sus esforzados escribientes. Además, de cuando en cuando se me antoja conservadora, como nostálgica de cuando la vida era más difícil de entender pero más fácil de practicar gracias al retorcido punto de vista de la aristocracia. No sé, creo que hay algo intencionado en todo el asunto, pero la conozco poco para saber hacia donde. Las mujeres de sus relatos -especialmente en Cuentos de invierno– suelen salir moralmente malparadas, y en cambio los hombres parecen amados por la autora, pero puede ser una generalización injusta. Los paisajes que describe conocen el Destino Último de la historia narrada, sin embargo permanecen encriptados con todo lujo de detalles. Cierta profundidad romántica, en fin, se insinúa en cada cuento, pero te esquiva incluso en el inevitablemente abrupto final…

Sin embargo, tenemos Ehrengard, que se publicó poco después de desaparecer la baronesa. Creo que representa una coda feliz, o al menos así lo recuerdo yo. Decía André Gide que es imposible hacer el relato de la felicidad, que si acaso se cuenta lo que la perturba, lo que la logra o lo que la pierde, pero eso era, me parece, porque Gide concebía la felicidad estáticamente. Hay al menos dos novelas cortas, o cuentos largos, donde la felicidad se mueve, progresa, chisporrotea, y uno es este de la danesa sifilítica y otro Los europeos de Henry James. Como si el sol no se ocultase en ninguno de los dos, a la manera de ciertas zonas de Alaska o Noruega, pero cumpliendo con su papel de estufa de los sueños. Yo leí Ehrengard hace mucho en Bruguera, pero luego me lo compré en Reino de Redonda, que es mucho más caro por ser de tapa dura y de colección exclusiva pero que gracias a eso conoce un número mayor de reseñas elogiosas 

La mejor reseña, no obstante, y más completa, me parece esta, excelente, de un tal Eloy Tizón , a la que sólo tengo algo que objetar: tal vez sea cierto que la sexualidad está fuera de la narrativa de Dinesen -como lo está, por cierto, de la de James-, pero no el erotismo. En el primero de los Siete cuentos góticos una mujer es acogida en casa de un desconocido una noche de lluvia. La chica llega a la casa y se va quitando una por una las innumerables prendas empapadas que a principios del s. XX ocultaban la piel femenina desde el cuello hasta el tobillo, hasta quedar, si no recuerdo mal, completamente desnuda. Luego no hay trato carnal, de acuerdo, sino únicamente recuerdo imborrable para él de un cuerpo en la penumbra, pero si eso no más sensual que un libro entero de Anaïs Nin que venga Dios y lo vea -¡eso, que lo vea y nos lo insufle en la retina y en el corazón! Isak Dinesen podía ser muy inquietante a la vez que encantadora. Fue una hechicera, ya lo digo. Lo que es seguro es que no se parece a nada que yo conozca en el siglo XX, y, bueno, sólo por eso se comprenden las muchas defensas ilustres que tuvo para el Nobel. Ahora: no me hubiese metido en su casa a charlar de cualquier cosa por nada del mundo excepto por ella misma… ​

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3 Comentarios

  • EL CUERVO CONFINADO

    Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
    mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
    inclinado sobre un ordenador caduco, tenso de bulos,
    cabeceando, casi dormido,
    oyóse de súbito un leve golpe,
    como si suavemente tocaran,
    tocaran a la puerta de mi cuarto.
    “Es -dije musitando- un visitante
    tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
    Eso es todo, y nada más.”

    ¡Ah! aquel lúcido recuerdo
    de una extraña primavera;
    espectros de encierros solitarios
    entre un techo y un suelo;
    angustia de la nostalgia de viejo mundo;
    en vano encareciendo a mis contactos
    dieran tregua a mi dolor.
    Dolor por la pérdida de las calles, soleadas,
    ruido del tráfico, ciudad de Madrid llamada.
    Aquí ya sin nombre, para siempre…

    Y el crujir triste, vago, escalofriante
    de la televisión con interferencias
    llenábame de fantásticos terrores
    jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
    acallando el latido de mi corazón,
    vuelvo a repetir:
    “Es un visitante a la puerta de mi cuarto
    queriendo entrar. Algún visitante
    que de seguro luce mascarilla.
    Eso es todo, y nada más.”

    Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
    y ya sin titubeos:
    “Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
    mas el caso es que, adormilado
    cuando vinisteis a tocar quedamente,
    tan quedo vinisteis a llamar,
    a llamar a la puerta de mi cuarto,
    que apenas pude creer que os oía.”
    Y entonces abrí de par en par la puerta:
    Oscuridad, y nada más.

    Escrutando hondo en aquella negrura
    permanecí largo rato, atónito, temeroso,
    dudando, soñando sueños que ningún mortal
    se haya atrevido jamás a soñar.
    Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
    y la única palabra ahí proferida
    era el balbuceo de un nombre: “¿coronavirus?”
    Lo pronuncié en un susurro, y el eco
    lo devolvió en un murmullo: “¡coronavirus!”

    Apenas esto fue, y nada más.
    Vuelto a mi cuarto, mi fiebre toda,
    toda mi fiebre abrasándose dentro de mí,
    no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
    “Ciertamente -me dije-, ciertamente
    algo sucede en la reja de mi ventana.
    Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
    y así penetrar pueda en el misterio.
    Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
    y así penetrar pueda en el misterio.”
    ¡Es el viento, y nada más!

    De un golpe abrí la puerta,
    y con suave batir de alas, entró
    un majestuoso cuervo
    semejante al ave de Twitter.
    Sin asomos de reverencia,
    ni un instante quedo;
    y con aires de gran señor o de gran dama
    fue a posarse sobre el Mackintosh,
    como un cáctus curativo.
    Posado, inmóvil, y nada más.

    Entonces, este pájaro de ébano
    cambió mis tristes rayadas en una sonrisa
    con el grave y severo decoro
    del aspecto de que se revestía.
    “Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.
    no serás un cobarde.
    hórrido cuervo vetusto y amenazador.
    Evadido de la ribera nocturna.
    ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche pandémica!”
    Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

    Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
    pudiera hablar tan claramente;
    aunque poco significaba su respuesta.
    Poco pertinente era. Pues no podemos
    sino concordar en que ningún ser humano
    ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
    posado sobre el monitor de su Mac,
    pájaro o bestia, posado como un cactus
    curativo en la pantalla de su PC
    con semejante nombre: “Nunca más.”

    Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
    las palabras pronunció, como virtiendo
    su alma sólo en esas palabras.
    Nada más dijo entonces;
    no movió ni una pluma.
    Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
    “Otros amigos se confinaron antes;
    mañana él también se confinará,
    como se confinaron mis esperanzas.”
    Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

    Sobrecogido al romper el silencio
    tan idóneas palabras,
    “sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
    es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
    de un amo infortunado a quien Covid impío
    persiguió, acosó sin dar tregua
    hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
    hasta que las toses secas de su esperanza
    llevaron sólo esa carga viral
    de “Nunca, nunca más.”

    Mas el Cuervo arrancó todavía
    de mis ida de pinza una sonrisa;
    acerqué un mullido asiento
    frente al pájaro, el Mac y el ratón;
    y entonces, hundiéndome en la piel de vaca,
    empecé a enlazar un alucine con otro,
    pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
    lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
    flaco y ominoso pájaro de antaño
    quería decir graznando: “Nunca más,”

    En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
    frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
    quemaban hasta el fondo de mi pecho.
    Esto y más, sentado, adivinaba,
    con la cabeza reclinada
    en el forro del cojín de IKEA
    acariciado por la luz de una GRUNSTED;
    en el forro de terciopelo fosforito
    acariciado por la luz de la lámpara
    que sería mi único sol, ¡ay!, nunca más!

    Entonces me pareció que el aire
    se tornaba más denso, perfumado
    por Axe o tal vez por Hugo Boss
    cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
    “¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,
    por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
    tregua de nepente de tus recuerdos del exterior!
    ¡Apura, oh, apura este dulce Gintonic
    y olvida a tu vieja Madrid!”
    Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

    “¡Tertuliano! exclamé-, ¡cosa diabólica!
    ¡Tertuliano, sí, seas pájaro o demonio
    enviado por el Mediaset, o arrojado
    por la república china a este refugio desolado e impávido,
    a esta desértica tierra encantada,
    a este hogar hechizado por el horror!
    Experto, dime, en verdad te lo imploro,
    ¿hay, dime, hay vacuna para el Covid?
    ¡Dime, dime, te imploro!”
    Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

    “¡Experto! exclamé-, ¡cosa diabólica!
    ¡Experto, sí, seas pájaro o demonio!
    ¡Por ese cielo limpio que se curva sobre nuestras cabezas,
    ese tapeo con caña que adoramos tú y yo,
    dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Lavapiés
    tendrá en sus brazos a un bar abierto
    llamado por los dueños “Marytere”,
    tendrá en sus brazos a una rara y radiante birra
    llamada por los parroquianos “coronita”!”
    Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

    “¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
    pájaro o espíritu trumpiano! -le grité presuntuoso.
    ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera del Manzanares.
    No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
    que profirió tu espíritu!
    Deja mi soledad intacta.
    Abandona el puto monitor de mi Mac.
    Aparta tu pico de mi patata
    y tu figura de la webcam de mi máquina.
    Y el Cuervo dijo: Nunca más.”

    Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
    Aún sigue posado, aún sigue posado
    en el jodido monitor de mi Mac,
    como un cactus infeccioso y fatal.
    Y sus ojos tienen la apariencia
    de los de un demonio que está soñando.
    Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
    tiende en el parqué su sombra. Y mi alma,
    del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
    no podrá liberarse de este encierro ¡Nunca más!

    https://youtu.be/01gXE8orvvQ

  • EL CIELO ESTRELLADO SOBRE MÍ Y EL VIRUS MORTAL DENTRO DE MÍ

    “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y espanto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y el coronavirus dentro de mí. Son cosas ambas que no debo buscar fuera de mi círculo visual y limitarme a conjeturarlas como si estuvieran protegidas por mascarillas o se hallaran en Oriente; las veo ante mí y las enlazo directamente con la conciencia de mi indigencia. La primera arranca del sitio que yo ocupo en el mundo sensible descontaminado, y ensancha el enlace en que yo estoy hacia lo inmensamente grande con mundos y más mundos y sistemas de sistemas, y además su principio y duración hacia los tiempos limitados de la entropía o el Big Crunch. La segunda arranca de mi polución invisible, de mi bosque pulmonar, y me expone en un mundo que tiene verdadera infecciosidad, pero sólo es captable por la prueba PCR, y con el cual (y, en consecuencia, al mismo tiempo también con todos los demás contagiados de la Tierra) me reconozco enlazado no de modo puramente contingente, como aquél, sino universal y funerario.
    La primera visión de una innumerable multitud de confinados aniquila, por así decir, mi importancia como siendo criatura animal que debe devolver al planeta (sólo un punto en el universo) la materia purulenta de donde salió después de haber estado provisto por breve tiempo de salud (no se sabe cómo). La segunda, en cambio, mengua mi valor como fuerza de trabajo infinitamente, en virtud de mi prescindibilidad, en la cual el virus mortal me revela una vida independiente de la normalidad y aun de todo el mundo de ayer, por lo menos en la medida en que pueda inferirse de la destinación proletaria de mi existencia en virtud de esta mierda, destinación que no está limitada a las condiciones y límites de esta crisis”.

    Dark Kant.: Crítica de la razón práctica, conclusión.

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